viernes, 27 de febrero de 2009

"cada uno quiere ser superior al otro y con arrogancia intelectual quiere hacer creer que él es mejor"


“Lectio divina” del Papa a los seminaristas de Roma

Señor cardenal, queridos amigos:

Para mí siempre es una gran alegría estar en mi Seminario, ver a los futuros sacerdotes de mi diócesis, estar con vosotros en el signo de Nuestra Señora de la Confianza. Con Ella, que nos ayuda y acompaña, y que nos da realmente la certeza de ser siempre ayudados por la gracia divina, seguimos adelante.

Vamos a ver ahora qué nos dice san Pablo con este texto: "Habéis sido llamados a la libertad". La libertad en todas las épocas ha sido el gran sueño de la humanidad, desde los comienzos, pero particularmente en la época moderna. Sabemos que Lutero se inspiró en este texto de la Carta a los Gálatas, y la conclusión fue que la Regla monástica, la jerarquía, el magisterio le parecieron como un yugo de esclavitud del que era necesario librarse. Sucesivamente, el periodo de la Ilustración fue totalmente guiado, penetrado por este deseo de la libertad, que se pensaba haber ya alcanzado . Pero también el marxismo se presentó como camino hacia la libertad.

Nos preguntamos esta noche: ¿qué es la libertad? ¿cómo podemos ser libres? San Pablo nos ayuda a entender esta realidad complicada que es la libertad insertando este concepto en un contexto de divisiones antropológicas y teológicas fundamentales. Dice: "Que esta libertad no se convierta en un pretexto para vivir según la carne, sino poneos al servicio unos de otros en la caridad" El rector nos ha dicho ya que "carne" no es el cuerpo, sino que "carne" --en el lenguaje de san Pablo-- es expresión de la absolutización del yo, del yo que quiere serlo todo y tomarlo todo para sí. El yo absoluto, que no depende de nada ni de nadie, parece poseer realmente, en definitiva, la libertad. Soy libre si no dependo de nadie, si puedo hacer todo lo que quiero. Pero precisamente esta absolutización del yo es "carne", es decir, es degradación del hombre, no es conquista de la libertad: el libertinismo no es libertad, es más bien el fracaso de la libertad.

Y Pablo se atreve a proponer una fuerte paradoja: "Mediante la caridad, poneos al servicio" (en griego douléuete); es decir, la libertad se realiza paradójicamente en el servicio; llegamos a ser libres si nos convertimos en siervos unos de otros. Y así Pablo pone todo le problema de la libertad a la luz de la verdad del hombre. Reducirse a la carne, aparentemente elevándose al rango de divinidad - "Sólo yo soy el hombre" - introduce en la mentira. Porque en realidad no es así: el hombre no es un absoluto, de forma que pueda aislarse y comportarse sólo según su propia voluntad. Esto va contra la verdad de nuestro ser. Nuestra verdad es que, ante todo, somos criaturas, criaturas de Dios y vivimos en relación con el Creador. Somos seres relacionales, y sólo aceptando esta relacionalidad entramos en la verdad, de otra manera caemos en la mentira y en ella, al final, nos destruimos.

Somos criaturas, por tanto dependientes del Creador. En el periodo de la Ilustración, sobre todo al ateísmo, esto le parecía como una dependencia de la que era necesario liberarse. En realidad, sin embargo, sería una dependencia fatal sólo si este Dios Creador fuese un tirano, no un Ser bueno, sólo si fuese como son los tiranos humanos. Si en cambio este Creador nos ama y nuestra dependencia supone estar en el espacio de su amor, en este caso precisamente la dependencia es libertad. De esta forma de hecho estamos en la caridad del Creador, estamos unidos a Él, a toda su realidad, a todo su poder. Por tanto éste es el primer punto: ser criatura quiere decir ser amados por el Creador, estar en esta relación de amor que Él nos da, con la que nos previene. De ahí deriva ante todo la verdad sobre nosotros mismos, que es al mismo tiempo, una llamada a la caridad.

Y por ello ver a Dios, orientarse a Dios, conocer a Dios, conocer la voluntad de Dios, insertarse en la voluntad, es decir, en el amor de Dios es entrar cada vez más en el espacio de la verdad. Y este camino del conocimiento de Dios, de la relación de amor con Dios, es la aventura extraordinaria de nuestra vida cristiana: porque conocemos en Cristo el rostro de Dios, el rostro de Dios que nos ama hasta la cruz, hasta el don de sí mismo.

Pero la relacionalidad criatural implica también un segundo tipo de relación: estamos en relación con Dios, pero al mismo tiempo, como familia humana, estamos también en relación el uno con el otro. En otras palabras, libertad humana es, por una parte, estar en la alegría y en el espacio grande del amor de Dios, pero implica también ser una sola cosa con el otro y para el otro. No hay libertad contra el otro. Si yo me absolutizo me convierto en enemigo del otro, ya no podemos convivir más sobre la tierra y toda la vida se convierte en crueldad, en fracaso. Solo una libertad compartida es una libertad humana; en el estar juntos podremos entrar en la sinfonía de la libertad.

Y por tanto este es otro punto de gran importancia: sólo aceptando al otro, aceptando también la aparente limitación que supone para mi libertad el respeto por la libertad del otro, sólo insertándome en la red de dependencias que nos hace, finalmente, una sola familia humana, yo estaré en camino hacia la liberación común.

Aquí aparece un elemento muy importante: ¿cuál es la medida de este compartir la libertad? Vemos que el hombre necesita orden, derecho, para poder realizar su libertad, que es una libertad vivida en común. ¿Y cómo podemos encontrar este orden justo, en el que nadie sea oprimido, sino que cada uno pueda ofrecer su propia contribución para formar esta especie de concierto de la libertad? Si no hay una verdad común del hombre como aparece en la visión de Dios, queda sólo el positivismo y se tiene la impresión de algo impuesto de manera incluso violenta. De ahí esta rebelión contra el orden y el derecho como si se tratase de una esclavitud.

Pero si podemos encontrar el orden del Creador en nuestra naturaleza, el orden de la verdad que da a cada uno su sitio, orden y derecho pueden ser precisamente instrumentos de libertad contra la esclavitud de egoísmo. Servirnos unos a otros se convierte en instrumento de la libertad, y aquí podemos incluir toda una filosofía de la política según la Doctrina social de la Iglesia, la cual nos ayuda a encontrar este orden común que da a cada uno su lugar en la vida común de la humanidad. La primera realidad que hay que respetar es, por tanto, la verdad: la libertad contra la verdad no es libertad. Servirnos unos a otros crea el espacio común de la libertad.

Y luego Pablo sigue diciendo: "La ley encuentra su plenitud en un solo precepto: Amarás a tu prójimo como a tí mismo". Tras esta afirmación aparece el misterio del Dios encarnado, aparece el misterio de Cristo que en su vida, en su muerte, en su resurrección se convierte en la ley viviente. Inmediatamente, las primeras palabras de nuestra lectura -"Habéis sido llamados a la libertad" - señalan este misterio. Hemos sido llamados por el Evangelio, hemos sido llamados realmente en el Bautismo, en la participación en la muerte y la resurrección de Cristo, y de esta forma hemos pasado de la "carne", del egoísmo, a la comunión con Cristo. Y así estamos en la plenitud de la ley.

Conocéis todos probablemente las hermosas palabras de san Agustín: "Dilige et fac quod vis - Ama y haz lo que quieras". Lo que Agustín dice es la verdad, si hemos entendido bien la palabra "amor". "Ama y haz lo que quieras", pero debemos ser penetrados realmente de la comunión con Cristo, habernos identificado con su muerte y su resurrección, estar unidos a Él en la comunión de su Cuerpo. En la participación de los sacramentos, en la escucha de la Palabra de Dios, realmente la voluntad divina, la ley divina entra en nuestra voluntad, nuestra voluntad se identifica con la suya, se convierten en una sola voluntad y así somos realmente libres, podemos realmente hacer lo que queremos, porque queremos con Cristo, queremos en la verdad y con la verdad.

Oremos por tanto al Señor para que nos ayude en este camino que comenzó con el Bautismo, un camino de identificación con Cristo que se realiza siempre de nuevo en la Eucaristía. En la tercera Plegaria eucarística decimos: "Para ser en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu". Es un momento en el cual, a través de la Eucaristía y a través de nuestra verdadera participación en el misterio de la muerte y de la resurrección de Cristo, nos convertimos en un solo espíritu con Él, estamos en esta identificación de la voluntad, y así llegamos realmente a la libertad.

Tras esta palabra --la ley se ha cumplido-- tras esta única palabra que se convierte en realidad en la comunión con Cristo, aparecen detrás del Señor todas las figuras de los santos que han entrado en esta comunión con Cristo, en esta unidad del ser, en esta unidad con su voluntad. Aparece sobre todo la Virgen, en su humildad, en su bondad, en su amor. La Virgen nos da esta confianza, nos toma de la mano, nos guía, nos ayuda en el camino de unirnos a la voluntad de Dios, como ella lo estuvo desde el primer momento, expresando esta unión en su "Fiat".

Y finalmente, tras estas cosas hermosas, una vez más en la carta se señala la situación un poco triste de la comunidad de los Gálatas, cuando Pablo dice: Si os mordéis y os devoráis mutuamente, mirad al menos de no destruiros del todo unos a otros... Caminad según el Espíritu". Me parece que en esta comunidad -que ya no estaba en el camino de la comunión con Cristo, sino en la ley exterior de la "carne" - emergen naturalmente también las polémicas y Pablo dice: "Os convertís en fieras, uno muerde al otro". Se refiere así a las polémicas que nacen donde la fe degenera en intelectualismo y la humildad es sustituida por la arrogancia de ser mejor que el otro.

Vemos bien que hoy también hay cosas parecidas donde, en lugar de insertarse en la comunión con Cristo, en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, cada uno quiere ser superior al otro y con arrogancia intelectual quiere hacer creer que él es mejor. Y así nacen las polémicas que son destructivas, nace una caricatura de la Iglesia, que debería ser una sola alma y un solo corazón.

En esta advertencia de San Pablo debemos encontrar hoy un motivo de examen de conciencia: no pensar en ser superior al otro, sino encontrarnos en la humildad de Cristo, encontrarnos en la humildad de la Virgen, entrar en la obediencia de la fe. Precisamente así se abre realmente también para nosotros el gran espacio de la verdad y de la libertad en el amor.

Finalmente, queremos agradecer a Dios porque nos ha mostrado su rostro en Cristo, porque nos ha dado a la Virgen, nos ha dado a los santos, nos ha llamado a ser un solo cuerpo, un solo espíritu con Él. Y oremos para que nos ayude a insertarnos cada vez más en esta comunión con su voluntad, para encontrar así, con la libertad, el amor y la alegría.

[Al final de la cena con la comunidad del Seminario Romano, el Santo Padre dirigió estas palabras]

Me dicen que se espera aún una palabra mía. Ya he hablado quizás demasiado, pero quisiera expresar mi gratitud, mi alegría por estar con vosotros. En mi coloquio ahora en la mesa he aprendido algo más de la historia de Letrán, comenzando por Constantino, Sixto V, Benedicto XIV, Papa Lambertini.

Así he visto todos los problemas de la historia y el renacimiento siempre nuevo de la Iglesia en Roma. Y he comprendido que en la discontinuidad de los acontecimientos históricos exteriores está la gran continuidad de la unidad de la Iglesia en todos los tiempos. Y también sobre la composición del Seminario he comprendido que es expresión de la catolicidad de nuestra Iglesia. De todos los continentes somos una Iglesia y tenemos en común el futuro. Esperemos sólo que crezcan aún las vocaciones porque, como ha dicho el rector, de trabajadores en la viña del Señor. ¡Gracias a todos vosotros!

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]

[© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]


http://www.zenit.org, 23-2-09









lunes, 23 de febrero de 2009

Nuevas fronteras de la genética y riesgo de la eugenesia

Discurso que dirigió Benedicto XVI este lunes a los participantes en el congreso científico internacional "Las nuevas fronteras de la genética y el riesgo de la eugenesia" organizado por la Academia Pontificia para la Vida con motivo de su XV asamblea general.

Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, ilustres académicos,señoras y señores:

Es para mí un placer recibiros con motivo de la XV asamblea ordinaria de la Academia Pontificia para la Vida. En 1994, mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II la instituía bajo la presidencia de un científico, el profesor Jerôme Lejeune, interpretando con amplias miras la delicada tarea que debería desempeñar con el pasar de los años. Doy las gracias al presidente, monseñor Rino Fisichella, por las palabras con las que ha introducido este encuentro, confirmando el gran compromiso de la Academia a favor de la promoción y defensa de la vida humana.

Desde que a mediados del siglo XIX, el abad agustino Gregor Mendel, descubrió las leyes de la herencia de los caracteres, llegando a ser considerado como el fundador de la genética, esta ciencia ha dado pasos gigantescos en la comprensión de ese lenguaje que constituye la base de la información biológica que determina el desarrollo de un ser viviente. Por este motivo, la genética moderna desempeña un papel de particular importancia dentro de las disciplinas biológicas que han contribuido al prodigioso desarrollo de los conocimientos sobre la arquitectura invisible del cuerpo humano y de los procesos celulares y moleculares que establecen sus múltiples actividades. La ciencia ha llegado hoy a desvelar tanto los diferentes mecanismos recónditos de la fisiología humana, como los procesos que están ligados a la aparición de algunos defectos heredables de los padres, así como procesos que hacen que algunas personas queden más expuestas al riesgo de contraer una enfermedad. Estos conocimientos, fruto del ingenio y del esfuerzo de innumerables estudiosos, permiten llegar más fácilmente no sólo a un diagnóstico más eficaz y precoz de las enfermedades genéticas, sino también a ofrecer terapias destinadas a aliviar los sufrimientos de los enfermos y, en algunos casos, incluso a restituirles la esperanza de recobrar la salud. Además, desde que se encuentra a disposición la secuencia de todo el genoma humano, las diferencias entre un sujeto y otro y entre las diversas poblaciones humanas se han convertido en objeto de estudios genéticos que dejan entrever la posibilidad de nuevas conquistas.

El ámbito de la investigación sigue siendo hoy muy abierto y cada día se discuten nuevos horizontes que en gran parte siguen sin ser explorados. El esfuerzo del investigador en estos ámbitos tan enigmáticos y preciosos exige un apoyo particular; por este motivo, la colaboración entre las diferentes ciencias es un apoyo que no puede faltar nunca para llegar a resultados que sean eficaces y al mismo tiempo que produzcan un auténtico progreso para toda la humanidad. Esta complementariedad permite evitar el riesgo de un difundido reduccionismo genético, que tiende a identificar a la persona exclusivamente con la referencia a la información genética y a su interacción con el ambiente. Es necesario confirmar que el hombre siempre será más grande que todo lo que conforma su cuerpo; de hecho, lleva la fuerza del pensamiento, que siempre está orientada a la verdad sobre sí mismo y sobre el mundo. Se demuestran llenas de significado las palabras de un gran pensador que fue también un valiente científico, Blaise Pascal: "El hombre no es más que un junco, el más endeble de la naturaleza, pero es un junco pensante. No hace falta que todo el universo se ocupe de aplastarlo. Un vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Pero, aunque el universo lo estuviese destruyendo, el hombre sería más noble que aquello que le mata; porque él sabe que está muriendo, mientras que el universo no tiene ni idea de la superioridad que tiene sobre él" (Pensamientos, 347).

Cada ser humano, por tanto, es mucho más que una singular coincidencia de informaciones genéticas que le son transmitidas por sus padres. La procreación de un hombre no podrá reducirse nunca a una mera reproducción de un nuevo individuo de la especie humana, como sucede con un animal. Cada vez que aparece una persona se trata siempre de una nueva creación. Lo recuerda con profunda sabiduría el Salmo: "Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno... No desconocías mis huesos, cuando, en lo oculto, me iba formando" (139, 13.15). Si se quiere entrar en el misterio de la vida humana, por tanto, es necesario que ninguna ciencia se aísle, pretendiendo que posee la última palabra. Hay que compartir, por el contrario, la vocación común para llegar a la verdad, según la diferencia de las metodologías y de los contenidos propios de cada ciencia.

Vuestro congreso, de todos modos, no analiza sólo los grandes desafíos que la genética tiene que afrontar; abarca también los riesgos de la eugenesia, práctica que ciertamente no es nueva y que en el pasado ha llevado a aplicar formas inauditas de auténtica discriminación y violencia. La desaprobación por la eugenesia utilizada con la violencia de un régimen estatal, o como fruto del odio hacia una estirpe o población, está tan profundamente arraigada en las conciencias que fue expresada formalmente por la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. A pesar de ello, en nuestros días siguen apareciendo manifestaciones preocupantes de esta práctica odiosa, que se presenta con rasgos diferentes. Es verdad que no se vuelven a presentar ideologías eugenésicas y raciales que en el pasado humillaron al hombre y provocaron tremendos sufrimientos, pero se insinúa una nueva mentalidad que tiende a justificar una consideración diferente de la vida y de la dignidad de la persona fundada sobre el propio deseo y sobre el derecho individual. De este modo, se tiende a privilegiar las capacidades operativas, la eficacia, la perfección y la belleza física en detrimento de otras dimensiones de la existencia que no son consideradas como dignas. De este modo, se debilita el respeto que se debe a todo ser humano, en presencia de un defecto en su desarrollo o de una enfermedad genética, que podrá manifestarse en el transcurso de su vida, y se penalizan desde la concepción a aquellos hijos cuya vida es juzgada como no digna de ser vivida.

Es necesario confirmar que toda discriminación ejercida por cualquier poder sobre personas, pueblos o etnias en virtud de diferencias debidas a reales o presuntos factores genéticos es un atentado contra la misma humanidad. Hay que confirmar con fuerza la misma dignidad de todo ser humano por el hecho mismo de haber llegado a la vida. El desarrollo biológico, psíquico, cultural o el estado de salud no pueden convertirse nunca en un elemento de discriminación. Es necesario, por el contrario, consolidar la cultura de la acogida y del amor que testimonian concretamente la solidaridad hacia quien sufre, derribando las barreras que la sociedad levanta con frecuencia discriminando a quien tiene una discapacidad o sufre patologías, o peor aún, llegando a la selección y el rechazo de la vida en nombre de un ideal abstracto de salud y de perfección física. Si el hombre es reducido a objeto de manipulación experimental desde los primeros pasos de su desarrollo, significa que las biotecnologías médicas se rinden ante el arbitrio del más fuerte. La confianza en la ciencia no puede hacer olvidar el primado de la ética cuando está en juego la vida humana.

Confío en que vuestra investigación en este sector, queridos amigos, pueda continuar con el debido empeño científico y con la atención que la ética exige ante problemas tan importantes y determinantes para el desarrollo coherente de la existencia personal. Este es el auspicio con el que deseo concluir este encuentro. Invocando sobre vuestro trabajo copiosas luces celestes, os imparto a todos vosotros con afecto una bendición apostólica especial.

Catholic.net Inc.








miércoles, 18 de febrero de 2009

Mensaje de Cuaresma 2009



MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

"Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días
y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,2)

¡Queridos hermanos y hermanas!

Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor —la oración, el ayuno y la limosna— para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.

Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que “el ayuno ya existía en el paraíso”, y “la primera orden en este sentido fue dada a Adán”. Por lo tanto, concluye: “El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia” (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar “para humillarnos —dijo— delante de nuestro Dios” (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: “A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos” (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.

En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”, con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.

La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del “viejo Adán” y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: “El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica” (Sermo 43: PL 52, 320, 332).

En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no “vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos” (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).

La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima complicación de nudos” (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura” (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: “Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia – Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención”.

Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 11 de diciembre de 2008

BENEDICTUS PP. XVI

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana


sábado, 14 de febrero de 2009

Audiencia a la Conferencia de los Presidentes de las Mayores Organizaciones Judías Estadounidenses


Queridos amigos:

Con alegría os doy la bienvenida y doy las gracias al rabino Arthur Schneier y al señor Alan Solow por las palabras que me han dirigido en vuestro nombre. Me acuerdo muy bien de las diferentes ocasiones durante mi visita a los Estados Unidos, el año pasado, en las que pude encontrarme con algunos de vosotros en Washington y en Nueva York. Usted, rabino Schneier, con cortesía me recibió en la Sinagoga de Park East horas antes de vuestra celebración de la Pascua. Ahora, tengo la alegría de ofrecerle hospitalidad en mi casa. Encuentros como éste nos permiten demostrar nuestro respeto recíproco. Quiero que sepáis que vosotros sois todos bienvenidos hoy en la casa de Pedro, la casa del Papa.

Recuerdo con gratitud las diferentes ocasiones que he tenido en el transcurso de muchos años de pasar tiempo en compañía de mis amigos judíos. Mis visitas, si bien breves, a vuestra comunidad en Washington y en Nueva York, han sido una experiencia de estima fraterna y amistad sincera. Esto sucedió también durante la visita a la sinagoga de Colonia, la primera de este género en mi pontificado. Para mí fue sumamente conmovedor pasar unos momentos con la comunidad judía en la ciudad que conozco tan bien, que ha acogido al primer asentamiento judío en Alemania, cuyos orígenes se remontan a los tiempos del Imperio Romano.

Un año después, en mayo de 2006, visité el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. ¿Qué palabras pueden expresar adecuadamente esa experiencia profundamente impactante? Mientras atravesaba la entrada de ese lugar del horror, escenario de tanto sufrimiento inenarrable, medité en el incontable número de prisioneros, muchos de ellos judíos, que habían recorrido el mismo camino en el cautiverio de Auschwitz y en todos los demás campos de concentración. A aquellos hijos de Abraham, afectados por el luto y espantosamente humillados, para apoyarse sólo les quedaba prácticamente la fe en el Dios de sus padres, una fe que nosotros, cristianos, compartimos con vosotros, nuestros hermanos y hermanas. ¿Cómo podemos comenzar a comprender la enormidad de lo que sucedió en aquellas prisiones infames? Todo el género humano experimenta una profunda vergüenza por la brutalidad salvaje manifestada entonces hacia vuestro pueblo. Permitidme que repita lo que dije en aquella triste ocasión: "Quienes regían el Tercer Reich querían aplastar al pueblo judío en su totalidad; eliminarlo de la lista de los pueblos de la tierra. En esa ocasión, las palabras del Salmo --'se nos mata cada día, como ovejas de matadero se nos trata'-- se verificaron de manera terrible".

Nuestro encuentro de hoy se desarrolla en el contexto de vuestra visita a Italia, en concomitancia con vuestra misión de responsables a Israel. Yo también me preparo para visitar Israel, una tierra que es santa para los cristianos y para los judíos, dado que las raíces de nuestra fe se encuentran allí. De hecho, la Iglesia encuentra su sustento en la raíz de ese buen olivo, el pueblo de Israel, en el que se han injertado las ramas de los olivos silvestres de los gentiles (Cf. Romanos, 11, 17-24). Desde los primeros días del cristianismo, nuestra identidad y cada uno de los aspectos de nuestra vida y de nuestro culto están íntimamente ligados a la antigua religión de nuestros padres en la fe.

La historia de dos mil años de relaciones entre el judaísmo y la Iglesia ha experimentado muchas fases, algunas de las cuales dejan un recuerdo doloroso.
Ahora que podemos encontrarnos con espíritu de reconciliación, no tenemos que permitir que las dificultades pasadas nos impidan ofrecernos recíprocamente la mano de la amistad. De hecho, ¿qué familia no ha experimentado tensiones de un modo u otro? La declaración del Concilio Vaticano II Nostra aetate ha marcado un hito en el camino hacia la reconciliación y ha subrayado claramente los principios que orientan desde entonces la actitud de la Iglesia en las relaciones entre cristianos y judíos. La Iglesia está profunda e irrevocablemente comprometida en el rechazo de toda forma de antisemitismo y en la construcción de relaciones buenas y duraderas entre nuestras dos comunidades. Una imagen particular que expresa este compromiso es la del momento en el que mi querido predecesor, el Papa Juan Pablo II, se detuvo ante el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén, implorando el perdón de Dios después de toda la injusticia que el pueblo judío había tenido que sufrir. Ahora hago mía su oración: "Dios de nuestros padres, tú escogiste a Abraham y a su descendencia para que tu Nombre fuera llevado a las gentes: nos sentimos profundamente dolidos por el comportamiento de quienes, a través de la historia, han hecho sufrir a sus hijos, y, pidiéndote perdón, queremos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la alianza. Por Cristo nuestro Señor" (26 de marzo de 2000).

El odio y el desprecio por hombres, mujeres y niños, manifestados en la Shoá fueron un crimen contra Dios y contra la humanidad. Esto debería quedar claro a todos, en particular a quienes pertenecen a la tradición de las Sagradas Escrituras, según las cuales, todo ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis, 1, 26-27). Es indudable que toda negación o minimización de este terrible crimen es intolerable y totalmente inaceptable. Recientemente, en una audiencia pública, he vuelto a afirmar que la Shoá debe ser "una advertencia contra el olvido, contra la negación o el reduccionismo, pues la violencia contra un ser humano es violencia contra todos" (28 de enero de 2009).

Este capítulo terrible de nuestra historia no debe olvidarse nunca.

Como se dice con razón, el recuerdo es memoria "memoria futuri", para nosotros es una advertencia para el futuro y una exhortación a luchar por la reconciliación. Recordar es hacer todo lo posible por evitar que se repita una catástrofe como ésta en la familia humana, construyendo puentes de amistad duradera. Mi ferviente deseo es que la memoria de este espantoso crimen fortalezca nuestra determinación por curar las heridas que durante tanto tiempo han mancillado las relaciones entre cristianos y judíos. Deseo de todo corazón que nuestra amistad se fortalezca, de modo que el compromiso irrevocable de la Iglesia a seguir manteniendo relaciones respetuosas y armoniosas con el pueblo de la Alianza produzca frutos en abundancia.

[Traducción del inglés de Jesús Colina

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]

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domingo, 1 de febrero de 2009

Beneticto XVI: Escritura y Tradición son el fundamento de la fe


Catequesis en la Audiencia General del miércoles 28-1-2009


Queridos hermanos y hermanas,

Las últimas Cartas del epistolario paulino, de las que quisiera hablar hoy, se llaman Cartas Pastorales, porque se enviaron a figuras singulares de Pastores de la Iglesia: dos a Timoteo y una a Tito, colaboradores estrechos de san Pablo. En Timoteo, el Apóstol veía casi un alter ego; de hecho le confió misiones importantes (en Macedonia: cfr Hch 19,22; en Tesalónica: cfr 1 Ts 3,6-7; en Corinto: cfr 1 Cor 4,17; 16,10-11), y después escribió de él un elogio halagador: “Pues a nadie tengo de tan iguales sentimientos que se preocupe sinceramente de vuestros intereses” (Fil 2,20). Según la Storia ecclesiastica de Eusebio de Cesarea, del siglo IV, Timoteo fue después el primer obispo de Éfeso (cfr 3,4). En cuanto a Tito, también él debía haber sido muy querido al Apóstol, que lo define explícitamente “lleno de celo... mi compañero y colaborador” (2 Cor 8,17.23), es más, “mi verdadero hijo en la fe común” (Tt 1,4). El había sido encargado para un par de misiones muy delicadas en la Iglesia de Corinto, cuyo resultado reconfortó a Pablo (cfr 2 Cor 7,6-7.13; 8,6). Seguidamente, por cuanto sabemos, Tito alcanzó a Pablo en Nicópolis de Epiro, en Grecia (cfr Tt 3,12), y fue después enviado por él a Dalmacia (cfr 2 Tm 4,10). Según la carta dirigida a él, acabo siendo obispo de Creta (cfr Tt 1,5).

Las Cartas dirigidas a estos dos Pastores ocupan un lugar totalmente particular dentro del Nuevo Testamento. La mayoría de los exegetas es hoy del parecer que estas Cartas no habrían sido escrita s por el propio Pablo, sino que su origen estaría en la “escuela de Pablo”, y reflejaría su herencia para una nueva generación, quizás integrando algún breve escrito o palabra del mismo Apóstol. Por ejemplo, algunas palabras de la Segunda Carta a Timoteo parecen tan auténticas que sólo podrían venir del corazón y la boca del Apóstol.

Sin duda la situación eclesial que emerge de estas Cartas es distinta a la de los años centrales de la vida de Pablo. Él ahora, retrospectivamente, se autodefine “heraldo, apóstol y maestro” de los paganos en la fe y en la verdad (cfr 1 Tm 2,7; 2 Tm 1,11); se presenta como uno que ha obtenido misericordia, porque Jesucristo -escribe así- “manifestase primeramente toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habían de creeren él para obtener vida eterna” (1 Tm 1,16). Por tanto lo esencial es que realmente en Pablo, perseguidor convertido por la presencia del Resucitado, aparece la magnanimidad del Señor para nuestro ánimo, para inducirnos a esperar y a tener confianza en la misericordia del Señor que, a pesar de nuestra pequeñez, puede hacer cosas grandes. Además de los años centrales de la vida de Pablo, se presuponen también nuevos contextos culturales. De hecho, se hace alusión al surgimiento de enseñanzas considerar totalmente equivocadas o falsas (cfr 1 Tm 4,1-2; 2 Tm 3,1-5), como las de quienes pretendían que el matrimonio no fuese bueno (cfr 1 Tm 4,3a). Vemos qué moderna es esta preocupación, porque también hoy se lee a veces la Escritura como objeto de curiosidad histórica y no como Palabra del Espíritu Santo, en la que podemos escuchar la misma voz del Señor y conocer su presencia en la historia. Podríamos decir que, con este breve elenco de errores presente en las Cartas, aparecen anticipados algunos esbozos de esa orientación errónea sucesiva que conocemos por el nombre de Gnosticismo (cfr 1 Tm 2,5-6; 2 Tm 3,6-8).

A estas doctrinas se enfrenta el autor con dos llamadas de fondo. Una consiste en la vuelta a una lectura espiritual de la Sagrada Escritura (cfr 2 Tm 3,14-17), es decir, a una lectura que la considera realmente como “inspirada” y procedente del Espíritu Santo, de modo que por ella se puede ser “instruido para la salvación”. Se lee la Escritura correctamente poniéndose en diálogo con el Espíritu Santo, para sacar de ella luz “para enseñar, convencer, corregir y educar en la justicia” (2 Tm 3,16). En este sentido añade la Carta: “así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena” (2 Tm 3,17). La otra llamada consiste en la referencia al buen “depósito” (parathéke): es una palabra especial de las Cartas pastorales con la que se indica la tradición de la fe apostólica que hay que custodiar con ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros. Este llamado “depósito” hay que considerarlo como la suma de la Tradición apostólica y como criterio de fidelidad al anuncio del Evangelio. Y aquí debemos tener presente que en las Cartas pastorales, como en todo el Nuevo Testamento, el término “Escrituras” significa explícitamente el Antiguo Testamento, porque los escritos del Nuevo Testamento o no existían aún o no formaban aún parte de un canon de las Escrituras. Por tanto la Tradición del anuncio apostólico, este “depósito”, es la clave de lectura para entender la Escritura, el Nuevo testamento. En este sentido, Escritura y Tradición, Escritura y anuncio apostólico como claves de lectura, se acercan y casi se funden, para formar juntas el “fundamento firme puesto por Dios” (2 Tm 2,19). El anuncio apostólico, es decir la Tradición, es necesaria para introducirse en la comprensión de la Escritura y captar en ella la voz de Cristo. Es necesario de hecho estar “adherido a la palabra fiel, conforme a la enseñanza” (Tt 1,9). En la base de todo está precisamente la fe en la revelación histórica de la bondad de Dios, el cual en Jesucristo ha manifestado concretamente su “amor por los hombres”, un amor que en el texto original griego está significativamente calificado como filanthropía (Tt 3,4; cfr 2 Tm 1,9-10); Dios ama a la humanidad.

En conjunto, se ve bien que la comunidad cristiana va configurándose en términos muy claros, según una identidad que no sólo toma distancia de interpretaciones incongruentes, sino que sobre todo afirma su propio anclaje en los puntos esenciales de la fe, que aquí es sinónimo de “verdad” (1 Tm 2,4.7; 4,3; 6,5; 2 Tm 2,15.18.25; 3,7.8; 4,4; Tt 1,1.14). En la fe aparece la verdad esencial de quienes somos, quién es Dios, cómo debemos vivir. Y de esta verdad (la verdad de la fe) la Iglesia se define como “columna y apoyo” (1 Tm 3,15). En todo caso, permanece como una comunidad abierta, de ámbito universal, que reza por todos los hombres de toda clase y condición, para que lleguen al conocimiento d ella verdad: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, porque “Jesús se ha dado a sí mismo en rescate por todos” (1 Tm 2,4-5). Por tanto el sentido de la universalidad, aunque las comunidades son aún pequeñas, es fuerte y determinante para estas Cartas. Además esta comunidad cristiana “no injuria a nadie” y “muestra una perfecta mansedumbre con todos los hombres” (Tt 3,2). Este es un primer componente importante de estas Cartas: la universalidad de la fe como verdad, como clave de lectura de la Sagrada Escritura, del Antiguo Testamento y así delinea una unidad de anuncio y Escritura y una fe viva abierta a todos y testigo del amor de Dios a todos.

Otro componente típico de estas Cartas es su reflexión sobre la estructura ministerial de la Iglesia. Sen ellas las que por primera vez presentan la triple subdivisión de obispos, presbíteros y diáconos (cfr 1 Tm 3,1-13; 4,13; 2 Tm 1,6; Tt 1,5-9). Podemos observar en las Cartas pastorales el confluir de dos distintas estructuras ministeriales y así la constitución de la forma definitiva del ministerio de la Iglesia. En las Cartas paulinas de los años centrales de su vida, Pablo habla de “epíscopos” (Fil 1,1), y de “diáconos”: esta es la estructura típica de la Iglesia que se formó en la época del mundo pagano. Permanece por tanto dominante la figura del apóstol mismo y por eso solo poco a poco se desarrollan el resto de los ministerios.

Si, como se ha dicho, en las Iglesias formadas en el mundo pagano tenemos obispos y diáconos, y no presbíteros, en las Iglesias formadas en el mundo judeo-cristiano los presbíteros son la estructura dominante. Al final en las Cartas pastorales las dos estructuras se unen: aparece ahora el “epíscopo", (el obispo) (cfr 1 Tm 3,2; Tt 1,7), siempre en singular, acompañado del artículo determinante “el”. Y junto al “epíscopo” encontramos a los presbíteros y los diáconos. Aún ahora es determinante la figura del Apóstol, pero las tres Cartas, como ya he dicho, se dirigen ya no a comunidades, sino a personas: Timoteo y Tito, los cuales por una parte aparecen como obispos, por otra comienzan a estar en el lugar del Apóstol.

Se nota así inicialmente la realidad que más tarde se llamará “sucesión apostólica”. Pablo dice con tono de gran solemnidad a Timoteo: “No descuides el carisma que hay en tí, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros” (1 Tim 4, 14). Podemos decir que en estas palabras aparece inicialmente también en carácter sacramental del ministerio. Y así tenemos lo esencial de la estructura católica: Escritura y Tradición, Escritura y anuncio, formando un conjunto, pero a esta estructura, por así decir doctrinal, debe añadirse la estructura personal, los sucesores de los Apóstoles, como testigos del anuncio apostólico.

Es importante finalmente señalar que en estas Cartas la Iglesia se comprende a sí misma en términos muy humanos, en analogía con la casa y la familia. Particularmente en 1 Tm 3,2-7 se leen instrucciones muy detalladas sobre el epíscopo, cómo debe ser “Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar, ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero, que gobierne bien su propia casa y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad; pues si alguno no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios? ... Es necesario también que tenga buena fama entre los de fuera”. Debe notarse aquí sobre todo la importante aptitud para la enseñanza (cfr también 1 Tm 5,17), de la que se encuentran ecos también en otros pasajes (cfr 1 Tm 6,2c; 2 Tm 3,10; Tt 2,1), y después una especial característica personal, la de la “paternidad”. El epíscopo de hecho se considera como padre de la comunidad cristiana (cfr también 1 Tm 3,15). Por lo demás la idea de la Iglesia como “casa de Dios” hunde sus raíces en el Antiguo Testamento (cfr Nm 12,7) y se encuentra reformulada en Hb 3,2.6, mientras en otro lugar se lee que todos los cristianos ya no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares de la casa de Dios (cfr Ef 2,19).

Oremos al Señor y a san Pablo para que también hoy, como cristianos, podamos caracterizarnos cada vez más, en relación con la sociedad en la que vivimos, como miembros de la “familia de Dios”. Y oremos también para que los pastores de la Iglesia tengan cada vez más sentimientos paternos, a la vez tiernos y fuertes, en la formación de la Casa de Dios, de la comunidad, de la Iglesia.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez]

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