Discurso al congreso eclesial de la diócesis de Roma

Benedicto XVI: El desafío, transmitir la fe a las nuevas generaciones

Queridos hermanos y hermanas:

Con espíritu agradecido al Señor nos volvemos a reunir en esta basílica de San Juan de Letrán con motivo de la inauguración del congreso diocesano anual. Damos gracias a Dios que nos permite en esta tarde revivir la experiencia de la primera comunidad cristiana, que “tenía un solo corazón y una sola alma” (Hechos 4, 32). Doy las gracias al cardenal vicario por las gentiles palabras que me ha dirigido en nombre de todos y presento a cada quien mi saludo más cordial, asegurando mi oración por vosotros y por aquellos que no pueden estar aquí compartiendo esta importante etapa de la vida de nuestra diócesis, en particular por quienes viven momentos de sufrimiento físico o espiritual.

Me ha complacido saber que en este año pastoral habéis comenzado a aplicar las indicaciones surgidas en el congreso del año pasado, y confío que también en el futuro cada comunidad, sobre todo parroquial, siga comprometiéndose para atender cada vez mejor, con la ayuda ofrecida por la diócesis, la celebración de la Eucaristía, particularmente la dominical, preparando adecuadamente a los agentes pastorales y dedicándose para que el misterio del altar sea vivido cada vez más como un manantial del que se puede sacar la fuerza para ofrecer un testimonio más incisivo de la caridad, que renueve el tejido social de nuestra ciudad.

El tema de esta nueva etapa de evaluación pastoral, “La alegría de engendrar en la fe de la Iglesia de Roma – La iniciación cristiana”, está relacionado con el camino ya recorrido. De hecho, desde hace ya muchos años nuestra diócesis está comprometida en la reflexión sobre la transmisión de la fe. Recuerdo que, precisamente en esta basílica, en una intervención durante el Sínodo Romano, cité unas palabras que me había escrito Hans Urs von Balthasar:“La fe no debe ser presupuesta sino propuesta”. Así es. De por sí, la fe no se conserva en el mundo, no se transmite automáticamente al corazón del hombre, sino que debe ser siempre anunciada. El anuncio de la fe, a su vez, para que sea eficaz debe comenzar por un corazón que cree, que espera, que ama, un corazón que adora a Cristo y cree en la fuerza del Espíritu Santo. Así sucedió desde el inicio, como nos recuerda el episodio bíblico escogido para iluminar esta evaluación pastoral. Está tomado del segundo capítulo de los Hechos de los Apóstoles, en el que san Lucas, nada más haber narrado el acontecimiento de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, refiere el primer discurso que san Pedro dirigió a todos. La profesión de fe al final del discurso --“Ese Jesús que vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Señor y Mesías” (Hechos 2, 36)-- es el gozoso anuncio que la Iglesia no deja de repetir desde hace siglos a cada hombre.

Ante aquel anuncio todos “se conmovieron profundamente”. Esta reacción fue causada ciertamente por la gracia de Dios: todos comprendieron que esa proclamación realizaba las promesas y provocaba en cada uno el deseo de la conversión y del perdón de los propios pecados. Las palabras de Pedro no se limitaban al anuncio de hechos, sino que mostraban su significado, poniendo en relación la vicisitud de Jesús con las promesas de Dios, con las expectativas de Israel y, por tanto, con las de cada hombre. La gente de Jerusalén comprendió que la resurrección de Jesús era capaz de iluminar la existencia humana. De hecho, de este acontecimiento nació una nueva comprensión de la dignidad del hombre y de su destino eterno, de la relación entre el hombre y la mujer, del significado último del dolor, del compromiso en la construcción de la sociedad. La respuesta de la fe nace cuando el hombre descubre, por gracia de Dios, que creer significa encontrar la verdadera vida, la “vida en plenitud”. Uno de los grandes padres de la Iglesia, san Hilario de Poitiers, escribió que se convirtió en creyente cuando comprendió, al escuchar en el Evangelio, que para alcanzar una vida verdaderamente feliz eran insuficientes tanto las posesiones, como el tranquilo disfrute de los bienes y que había algo más importante y precioso: el conocimiento de la verdad y la plenitud del amor entregados por Cristo (Cf. De Trinitate 1,2).

Queridos amigos: la Iglesia, cada uno de nosotros, tiene que llevar al mundo esta gozosa noticia: Jesús es el Señor, Aquel en el que se han hecho carne la cercanía y el amor de Dios por cada hombre y mujer y por toda la humanidad. Este anuncio tiene que resonar de nuevo en las regiones de antigua y tradición cristiana.El beato Juan Pablo II habló de la necesidad de una nueva evangelización dirigida a quienes, a pesar de que ya han escuchado hablar de la fe, han dejado de apreciar la belleza del cristianismo, es más, en ocasiones lo consideran incluso como un obstáculo para alcanzar la felicidad. Por este motivo, deseo repetir lo que les dije a los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia: “La felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis el derecho de experimentar tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, escondido en la Eucaristía”.

Los hombres se olvidan de Dios también porque con frecuencia se reduce la persona de Jesús a un hombre sabio y se debilita o incluso se niega la divinidad. Esta manera de pensar impide comprender la novedad radical del cristianismo, pues si Jesús no es el Hijo único del Padre, entonces tampoco Dios ha venido a visitar la historia del hombre. Por el contrario, ¡la encarnación forma parte del corazón mismo del Evangelio! Que crezca, por tanto, el compromiso por una renovada estación de evangelización, que no es sólo tarea de algunos, sino de todos los miembros de la Iglesia. En esta hora de la historia, ¿no es quizá ésta la misión que el Señor nos encomienda: anunciar la novedad del Evangelio, como Pedro y Pablo, cuando llegaron a nuestra ciudad? Hay muchas personas que todavía no han encontrado al Señor: hay que ofrecerles una atención pastoral especial. Junto a los niños y los muchachos de familias cristianas que piden recorrer los itinerarios de iniciación cristiana, hay adultos que no han recibido el Bautismo, o que se han alejado de la fe de la Iglesia. Es una atención hoy más urgente que nunca, que pide comprometernos con confianza, apoyados por la certeza de que la gracia de Dios siempre actúa en el corazón del hombre. Yo mismo he tenido la alegría de bautizar cada año, durante la Vigilia Pascual, a algunos jóvenes y adultos.

Pero, ¿quién es el mensajero de este alegre anuncio? Seguramente cada bautizado. Sobre todo los padres, quienes tienen la tarea de pedir el Bautismo para sus propios hijos. ¡Qué grande es este don que la liturgia llama “puerta de nuestra salvación, inicio de la vida en Cristo, fuente de la nueva humanidad” (Prefacio del Bautismo). Todos los papás y mamás están llamados a cooperar con Dios en la transmisión del don inestimable de la vida, pero también a dar a conocer a Aquel que es la Vida. Queridos padres, la Iglesia como madre cariñosa trata de apoyaros en esta tarea fundamental. Desde que son pequeños, los niños tienen necesidad de Dios y tienen la capacidad de percibir su grandeza; saben apreciar el valor de la oración y de los ritos, así como intuir la diferencia entre el bien y el mal. Acompañadles, por tanto, en la fe, desde la edad más tierna.

Y, ¿cómo es posible cultivar después la semilla de la vida eterna según el niño va creciendo? San Cipriano nos recuerda: “Nadie puede tener a Dios por Padre, sino tiene a la Iglesia por Madre”. Desde siempre la comunidad cristiana ha acompañado la formación de los niños y de los muchachos, ayudándoles no sólo a comprender con la inteligencia las verdades de la fe, sino también viviendo experiencias de oración, de caridad y de fraternidad. La palabra de la fe corre el riesgo de quedarse muda, si no encuentra una comunidad que la lleva a la práctica, haciéndola viva y atrayente. Todavía hoy las parroquias, los campamentos de verano, las pequeñas y grandes experiencias de servicio son una preciosa ayuda para los adolescentes que recorren el camino de la iniciación cristiana para madurar un compromiso de vida coherente. Aliento por tanto a recorrer este camino que permite descubrir el Evangelio como la plenitud de la existencia y no como una teoría. Todo esto debe proponerse en particular a quienes se preparan a recibir el sacramento de la Confirmación para que el don del Espíritu Santo confirme la alegría de haber sido engendrados hijos de Dios. Os invito por tanto a dedicaros con pasión al redescubrimiento de este sacramento para que quien ya está bautizado pueda recibir como don de Dios el sello de la fe y se convierta plenamente en testigo de Cristo.

Para que todo esto sea eficaz y dé fruto es necesario que el conocimiento de Jesús crezca y se prolongue más allá de la celebración de los sacramentos. Esta es la tarea de la catequesis, como recordaba el beato Juan Pablo II: “La peculiaridad de la catequesis, distinta del anuncio primero del Evangelio que ha suscitado la conversión, persigue el doble objetivo de hacer madurar la fe inicial y de educar al verdadero discípulo por medio de un conocimiento más profundo y sistemático de la persona y del mensaje de Nuestro Señor Jesucristo(exhortación apostólica Catechesi tradendae, 19). La catequesis es acción eclesial y por tanto es necesario que los catequistas enseñen y den testimonio de la fe de la Iglesia y no su interpretación. Precisamente por este motivo fue redactado el Catecismo de la Iglesia Católica, que esta tarde vuelvo a entregar espiritualmente a todos vosotros para que la Iglesia de Roma pueda comprometerse con renovada alegría en la educación de la fe. La estructura del Catecismo deriva de la experiencia del catecumenado de la Iglesia de los primeros siglos y retoma los elementos fundamentales que hacen de una persona un cristiano: la fe, los sacramentos, los mandamientos, el Padrenuestro.

Para ello es necesario educar en el silencio y la interioridad. Confío que en las parroquias de Roma los itinerarios de iniciación cristiana eduquen en la oración para que penetre en la vida y ayude a encontrar la Verdad que habita nuestro corazón. La fidelidad a la fe de la Iglesia, además, debe conjugarse con una “creatividad catequística” que tenga en cuenta el contexto, la cultura y la edad de los destinatarios. El patrimonio de historia y de arte que custodia Roma es un camino ulterior para acercar a las personas a la fe. Invito a todos a recurrir a las riquezas de este “camino de la belleza”, que lleva a Aquel que es, según san Agustín, la Belleza tan antigua y siempre nueva.

Queridos hermanos y hermanas: deseo daros las gracias por vuestro generoso y precioso servicio en esta fascinante obra de evangelización y de catequesis. ¡No tengáis miedo de comprometeros por el Evangelio! A pesar de las dificultades que encontráis para conciliar las exigencias familiares y laborales con las de las comunidades en las que desempeñáis vuestra misión, confiad siempre en la ayuda de la Virgen María, Estrella de la Evangelización. El beato Juan Pablo II, que hasta el final se entregó para anunciar el Evangelio en nuestra ciudad y amó con particular afecto a los jóvenes, intercede también por nosotros ante el Padre. Asegurándoos mi constante oración, imparto a todos la Bendición Apostólica.


CIUDAD DEL VATICANO, lunes 13 de junio de 2011 (ZENIT.org).-

No hay comentarios:

Publicar un comentario