<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506</id><updated>2012-02-01T04:44:35.194-08:00</updated><category term='Documento de Aparecida'/><category term='Iglesia Católica'/><category term='Compendio del Catecismo'/><category term='Dogmas'/><category term='Desviaciones doctrinarias'/><category term='El Magisterio de la Iglesia'/><category term='Magisterio Pontificio'/><category term='Acontecimientos religiosos'/><category term='CELAM'/><category term='Encíclicas políticas'/><category term='Organismos del Vaticano'/><category term='Conferencia Episcopal Argentina'/><category term='Código de Derecho Canónico'/><category term='Doctrina Social de la Iglesia (síntesis)'/><title type='text'>Magisterio</title><subtitle type='html'>Principales documentos de la Iglesia</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default?start-index=101&amp;max-results=100'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>134</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-3041815304724368478</id><published>2012-01-28T12:13:00.000-08:00</published><updated>2012-01-28T12:15:40.094-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Magisterio Pontificio'/><title type='text'>Discurso del Santo Padre</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;A UN GRUPO DE OBISPOS DE ESTADOS UNIDOS&lt;br /&gt;EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Sala del Consistorio&lt;br /&gt;Jueves 19 de enero de 2012&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Queridos hermanos en el episcopado:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Os saludo a todos con afecto fraterno y rezo para que esta peregrinación de renovación espiritual y de comunión profunda os confirme en la fe y en la entrega a vuestra misión de pastores de la Iglesia que está en Estados Unidos. Como sabéis, mi intención es reflexionar con vosotros, a lo largo de este año, sobre algunos de los desafíos espirituales y culturales de la nueva evangelización.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uno de los aspectos más memorables de mi visita pastoral a Estados Unidos fue la ocasión que me permitió reflexionar sobre la experiencia histórica estadounidense de la libertad religiosa, y más específicamente sobre la relación entre religión y cultura. En el centro de toda cultura, perceptible o no, hay un consenso respecto a la naturaleza de la realidad y al bien moral, y, por lo tanto, respecto a las condiciones para la prosperidad humana. En Estados Unidos ese consenso, como lo presentan los documentos fundacionales de la nación, se basaba en una visión del mundo modelada no sólo por la fe, sino también por el compromiso con determinados principios éticos derivados de la naturaleza y del Dios de la naturaleza. Hoy ese consenso se ha reducido de modo significativo ante corrientes culturales nuevas y potentes, que no sólo se oponen directamente a varias enseñanzas morales fundamentales de la tradición judeo-cristiana, sino que son cada vez más hostiles al cristianismo en cuanto tal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Iglesia en Estados Unidos, por su parte, está llamada, en todo tiempo oportuno y no oportuno, a proclamar el Evangelio que no sólo propone verdades morales inmutables, sino que lo hace precisamente como clave para la felicidad humana y la prosperidad social (cf. Gaudium et spes, 10). Algunas tendencias culturales actuales, en la medida en que contienen elementos que quieren limitar la proclamación de esas verdades, sea reduciéndola dentro de los confines de una racionalidad meramente científica sea suprimiéndola en nombre del poder político o del gobierno de la mayoría, representan una amenaza no sólo para la fe cristiana, sino también para la humanidad misma y para la verdad más profunda sobre nuestro ser y nuestra vocación última, nuestra relación con Dios. Cuando una cultura busca suprimir la dimensión del misterio último y cerrar las puertas a la verdad trascendente, inevitablemente se empobrece y se convierte en presa de una lectura reduccionista y totalitaria de la persona humana y de la naturaleza de la sociedad, como lo intuyó con gran claridad el Papa Juan Pablo II.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Iglesia, con su larga tradición de respeto de la correcta relación entre fe y razón, tiene un papel fundamental que desempeñar al oponerse a las corrientes culturales que, sobre la base de un individualismo extremo, buscan promover conceptos de libertad separados de la verdad moral. Nuestra tradición no habla a partir de una fe ciega, sino desde una perspectiva racional que vincula nuestro compromiso de construir una sociedad auténticamente justa, humana y próspera con la certeza fundamental de que el universo posee una lógica interna accesible a la razón humana. La defensa por parte de la Iglesia de un razonamiento moral basado en la ley natural se funda en su convicción de que esta ley no es una amenaza para nuestra libertad, sino más bien una «lengua» que nos permite comprendernos a nosotros mismos y la verdad de nuestro ser, y forjar de esa manera un mundo más justo y más humano. Por tanto, la Iglesia propone su doctrina moral como un mensaje no de constricción, sino de liberación, y como base para construir un futuro seguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El testimonio de la Iglesia, por lo tanto, es público por naturaleza. La Iglesia busca convencer proponiendo argumentos racionales en el ámbito público. La separación legítima entre Iglesia y Estado no puede interpretarse como si la Iglesia debiera callar sobre ciertas cuestiones, ni como si el Estado pudiera elegir no implicar, o ser implicado, por la voz de los creyentes comprometidos a determinar los valores que deberían forjar el futuro de la nación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la luz de estas consideraciones, es fundamental que toda la comunidad católica de Estados Unidos llegue a comprender las graves amenazas que plantea al testimonio moral público de la Iglesia el laicismo radical, que cada vez encuentra más expresiones en los ámbitos político y cultural. Es preciso que en todos los niveles de la vida eclesial se comprenda la gravedad de tales amenazas. Son especialmente preocupantes ciertos intentos de limitar la libertad más apreciada en Estados Unidos: la libertad de religión. Muchos de vosotros habéis puesto de relieve que se han llevado a cabo esfuerzos concertados para negar el derecho de objeción de conciencia de los individuos y de las instituciones católicas en lo que respecta a la cooperación en prácticas intrínsecamente malas. Otros me habéis hablado de una preocupante tendencia a reducir la libertad de religión a una mera libertad de culto, sin garantías de respeto de la libertad de conciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En todo ello, una vez más, vemos la necesidad de un laicado católico comprometido, articulado y bien formado, dotado de un fuerte sentido crítico frente a la cultura dominante y de la valentía de contrarrestar un laicismo reductivo que quisiera deslegitimar la participación de la Iglesia en el debate público sobre cuestiones decisivas para el futuro de la sociedad estadounidense. La formación de líderes laicos comprometidos y la presentación de una articulación convincente de la visión cristiana del hombre y de la sociedad siguen siendo la tarea principal de la Iglesia en vuestro país. Como componentes esenciales de la nueva evangelización, estas preocupaciones deben modelar la visión y los objetivos de los programas catequéticos en todos los niveles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al respecto, quiero expresar mi aprecio por vuestros esfuerzos para mantener contactos con los católicos comprometidos en la vida política y para ayudarles a comprender su responsabilidad personal de dar un testimonio público de su fe, especialmente en lo que se refiere a las grandes cuestiones morales de nuestro tiempo: el respeto del don de Dios de la vida, la protección de la dignidad humana y la promoción de derechos humanos auténticos. Como señaló el Concilio, y como quise reafirmar durante mi visita pastoral, el respeto de la justa autonomía de la esfera secular debe tener en cuenta también la verdad de que no existe un reino de cuestiones terrenas que pueda sustraerse al Creador y a su dominio (cf. Gaudium et spes, 36). No cabe duda de que un testimonio más coherente por parte de los católicos de Estados Unidos desde sus convicciones más profundas daría una importante contribución a la renovación de la sociedad en su conjunto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Queridos hermanos en el episcopado, con estas breves reflexiones he querido tocar algunas de las cuestiones más urgentes que debéis afrontar en vuestro servicio al Evangelio y su importancia para la evangelización de la cultura estadounidense. Ninguna persona que mire con realismo estas cuestiones puede ignorar las dificultades auténticas que la Iglesia encuentra en el tiempo presente. Sin embargo, en verdad, nos puede animar la creciente toma de conciencia de la necesidad de mantener un orden civil arraigado claramente en la tradición judeo-cristiana, así como la promesa de una nueva generación de católicos, cuya experiencia y convicciones desempeñarán un papel decisivo al renovar la presencia y el testimonio de la Iglesia en la sociedad de Estados Unidos. La esperanza que nos ofrecen estos «signos de los tiempos» es de por sí un motivo para renovar nuestros esfuerzos con el fin de movilizar los recursos intelectuales y morales de toda la comunidad católica al servicio de la evangelización de la cultura estadounidense y de la construcción de la civilización del amor. Con gran afecto os encomiendo a todos vosotros, así como al rebaño confiado a vuestra solicitud pastoral, a la oración de María, Madre de la esperanza, y os imparto de corazón mi bendición apostólica, como prenda de gracia y de paz en Jesucristo nuestro Señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;© Copyright 2012 - Libreria Editrice Vaticana&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-3041815304724368478?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/3041815304724368478/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2012/01/discurso-del-santo-padre.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/3041815304724368478'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/3041815304724368478'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2012/01/discurso-del-santo-padre.html' title='Discurso del Santo Padre'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-5192081036592909420</id><published>2012-01-04T08:48:00.000-08:00</published><updated>2012-01-04T08:49:46.101-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Magisterio Pontificio'/><title type='text'>Jornada Mundial de la Paz</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;MENSAJE DE SU SANTIDAD&lt;br /&gt;BENEDICTO XVI&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1 DE ENERO DE 2012&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;EDUCAR A LOS JÓVENES EN LA JUSTICIA Y LA PAZ&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. El comienzo de un Año nuevo, don de Dios a la humanidad, es una invitación a desear a todos, con mucha confianza y afecto, que este tiempo que tenemos por delante esté marcado por la justicia y la paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Con qué actitud debemos mirar el nuevo año? En el salmo 130 encontramos una imagen muy bella. El salmista dice que el hombre de fe aguarda al Señor «más que el centinela la aurora» (v. 6), lo aguarda con una sólida esperanza, porque sabe que traerá luz, misericordia, salvación. Esta espera nace de la experiencia del pueblo elegido, el cual reconoce que Dios lo ha educado para mirar el mundo en su verdad y a no dejarse abatir por las tribulaciones. Os invito a abrir el año 2012 con dicha actitud de confianza. Es verdad que en el año que termina ha aumentado el sentimiento de frustración por la crisis que agobia a la sociedad, al mundo del trabajo y la economía; una crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas. Parece como si un manto de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro tiempo y no dejara ver con claridad la luz del día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esta oscuridad, sin embargo, el corazón del hombre no cesa de esperar la aurora de la que habla el salmista. Se percibe de manera especialmente viva y visible en los jóvenes, y por esa razón me dirijo a ellos teniendo en cuenta la aportación que pueden y deben ofrecer a la sociedad. Así pues, quisiera presentar el Mensaje para la XLV Jornada Mundial de la Paz en una perspectiva educativa: «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz», convencido de que ellos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi mensaje se dirige también a los padres, las familias y a todos los estamentos educativos y formativos, así como a los responsables en los distintos ámbitos de la vida religiosa, social, política, económica, cultural y de la comunicación. Prestar atención al mundo juvenil, saber escucharlo y valorarlo, no es sólo una oportunidad, sino un deber primario de toda la sociedad, para la construcción de un futuro de justicia y de paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se ha de transmitir a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio del bien. Éste es un deber en el que todos estamos comprometidos en primera persona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las preocupaciones manifestadas en estos últimos tiempos por muchos jóvenes en diversas regiones del mundo expresan el deseo de mirar con fundada esperanza el futuro. En la actualidad, muchos son los aspectos que les preocupan: el deseo de recibir una formación que los prepare con más profundidad a afrontar la realidad, la dificultad de formar una familia y encontrar un puesto estable de trabajo, la capacidad efectiva de contribuir al mundo de la política, de la cultura y de la economía, para edificar una sociedad con un rostro más humano y solidario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es importante que estos fermentos, y el impulso idealista que contienen, encuentren la justa atención&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;en todos los sectores de la sociedad. La Iglesia mira a los jóvenes con esperanza, confía en ellos y los anima a buscar la verdad, a defender el bien común, a tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos capaces de ver «cosas nuevas» (Is 42,9; 48,6).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los responsables de la educación&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. La educación es la aventura más fascinante y difícil de la vida. Educar –que viene de educere en latín– significa conducir fuera de sí mismos para introducirlos en la realidad, hacia una plenitud que hace crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven. Requiere la responsabilidad del discípulo, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones, son más necesarios que nunca; testigos que sepan ver más lejos que los demás, porque su vida abarca espacios más amplios. El testigo es el primero en vivir el camino que propone.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia? Ante todo la familia, puesto que los padres son los primeros educadores. La familia es la célula originaria de la sociedad. «En la familia es donde los hijos aprenden los valores humanos y cristianos que permiten una convivencia constructiva y pacífica. En la familia es donde se aprende la solidaridad entre las generaciones, el respeto de las reglas, el perdón y la acogida del otro»[1].Ella es la primera escuela donde se recibe educación para la justicia y la paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vivimos en un mundo en el que la familia, y también la misma vida, se ven constantemente amenazadas y, a veces, destrozadas. Unas condiciones de trabajo a menudo poco conciliables con las responsabilidades familiares, la preocupación por el futuro, los ritmos de vida frenéticos, la emigración en busca de un sustento adecuado, cuando no de la simple supervivencia, acaban por hacer difícil la posibilidad de asegurar a los hijos uno de los bienes más preciosos: la presencia de los padres; una presencia que les permita cada vez más compartir el camino con ellos, para poder transmitirles esa experiencia y cúmulo de certezas que se adquieren con los años, y que sólo se pueden comunicar pasando juntos el tiempo. Deseo decir a los padres que no se desanimen. Que exhorten con el ejemplo de su vida a los hijos a que pongan la esperanza ante todo en Dios, el único del que mana justicia y paz auténtica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quisiera dirigirme también a los responsables de las instituciones dedicadas a la educación: que vigilen con gran sentido de responsabilidad para que se respete y valore en toda circunstancia la dignidad de cada persona. Que se preocupen de que cada joven pueda descubrir la propia vocación, acompañándolo mientras hace fructificar los dones que el Señor le ha concedido. Que aseguren a las familias que sus hijos puedan tener un camino formativo que no contraste con su conciencia y principios religiosos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me dirijo también a los responsables políticos, pidiéndoles que ayuden concretamente a las familias e instituciones educativas a ejercer su derecho deber de educar. Nunca debe faltar una ayuda adecuada a la maternidad y a la paternidad. Que se esfuercen para que a nadie se le niegue el derecho a la instrucción y las familias puedan elegir libremente las estructuras educativas que consideren más idóneas para el bien de sus hijos. Que trabajen para favorecer el reagrupamiento de las familias divididas por la necesidad de encontrar medios de subsistencia. Ofrezcan a los jóvenes una imagen límpida de la política, como verdadero servicio al bien de todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No puedo dejar de hacer un llamamiento, además, al mundo de los medios, para que den su aportación educativa. En la sociedad actual, los medios de comunicación de masa tienen un papel particular: no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye positiva o negativamente en la formación de la persona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También los jóvenes han de tener el valor de vivir ante todo ellos mismos lo que piden a quienes están en su entorno. Les corresponde una gran responsabilidad: que tengan la fuerza de usar bien y conscientemente la libertad. También ellos son responsables de la propia educación y formación en la justicia y la paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Educar en la verdad y en la libertad&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. San Agustín se preguntaba: «Quid enim fortius desiderat anima quam veritatem? - ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad?»[2]. El rostro humano de una sociedad depende mucho de la contribución de la educación a mantener viva esa cuestión insoslayable. En efecto, la educación persigue la formación integral de la persona, incluida la dimensión moral y espiritual del ser, con vistas a su fin último y al bien de la sociedad de la que es miembro. Por eso, para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza. Contemplando la realidad que lo rodea, el salmista reflexiona: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que de él te cuides?» (Sal 8,4-5). Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Quién es el hombre? El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad –no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida– porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Así pues, reconocer con gratitud la vida como un don inestimable lleva a descubrir la propia dignidad profunda y la inviolabilidad de toda persona. Por eso, la primera educación consiste en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano y ayudar a los otros a llevar una vida conforme a esta altísima dignidad. Nunca podemos olvidar que «el auténtico desarrollo del hombre concierne de manera unitaria a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones»[3],incluida la trascendente, y que no se puede sacrificar a la persona para obtener un bien particular, ya sea económico o social, individual o colectivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo en la relación con Dios comprende también el hombre el significado de la propia libertad. Y es cometido de la educación el formar en la auténtica libertad. Ésta no es la ausencia de vínculos o el dominio del libre albedrío, no es el absolutismo del yo. El hombre que cree ser absoluto, no depender de nada ni de nadie, que puede hacer todo lo que se le antoja, termina por contradecir la verdad del propio ser, perdiendo su libertad. Por el contrario, el hombre es un ser relacional, que vive en relación con los otros y, sobre todo, con Dios. La auténtica libertad nunca se puede alcanzar alejándose de Él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La libertad es un valor precioso, pero delicado; se la puede entender y usar mal. «En la actualidad, un obstáculo particularmente insidioso para la obra educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad y cultura, del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio “yo”. Por consiguiente, dentro de ese horizonte relativista no es posible una auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común»[4].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para ejercer su libertad, el hombre debe superar por tanto el horizonte del relativismo y conocer la verdad sobre sí mismo y sobre el bien y el mal. En lo más íntimo de la conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien que ha hecho y del mal que ha cometido[5].Por eso, el ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado con la ley moral natural, que tiene un carácter universal, expresa la dignidad de toda persona, sienta la base de sus derechos y deberes fundamentales, y, por tanto, en último análisis, de la convivencia justa y pacífica entre las personas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El uso recto de la libertad es, pues, central en la promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se distancie de la propia forma de ser y vivir. De esa actitud brotan los elementos sin los cuales la paz y la justicia se quedan en palabras sin contenido: la confianza recíproca, la capacidad de entablar un diálogo constructivo, la posibilidad del perdón, que tantas veces se quisiera obtener pero que cuesta conceder, la caridad recíproca, la compasión hacia los más débiles, así como la disponibilidad para el sacrificio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Educar en la justicia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4. En nuestro mundo, en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, más allá de las declaraciones de intenciones, está seriamente amenazo por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de utilidad, del beneficio y del tener, es importante no separar el concepto de justicia de sus raíces transcendentes. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. La visión integral del hombre es lo que permite no caer en una concepción contractualista de la justicia y abrir también para ella el horizonte de la solidaridad y del amor[6].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No podemos ignorar que ciertas corrientes de la cultura moderna, sostenida por principios económicos racionalistas e individualistas, han sustraído al concepto de justicia sus raíces transcendentes, separándolo de la caridad y la solidaridad: «La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo»[7].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Serán saciados porque tienen hambre y sed de relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus hermanos y hermanas, y con toda la creación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Educar en la paz&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5. «La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad»[8].La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios. Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad; hemos de ser activos dentro de las comunidades y atentos a despertar las consciencias sobre las cuestiones nacionales e internacionales, así como sobre la importancia de buscar modos adecuados de redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y de la resolución de los conflictos. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios», dice Jesús en el Sermón de la Montaña (Mt 5,9).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. Invito de modo particular a los jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia los ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir contracorriente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Levantar los ojos a Dios&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6. Ante el difícil desafío que supone recorrer la vía de la justicia y de la paz, podemos sentirnos tentados de preguntarnos como el salmista: «Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal 121,1).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Deseo decir con fuerza a todos, y particularmente a los jóvenes: «No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico [...], mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?»[9]. El amor se complace en la verdad, es la fuerza que nos hace capaces de comprometernos con la verdad, la justicia, la paz, porque todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1 Co 13,1-13).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Queridos jóvenes, vosotros sois un don precioso para la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo ante las dificultades y no os entreguéis a las falsas soluciones, que con frecuencia se presentan como el camino más fácil para superar los problemas. No tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación. Vivid con confianza vuestra juventud y esos profundos deseos de felicidad, verdad, belleza y amor verdadero que experimentáis. Vivid con intensidad esta etapa de vuestra vida tan rica y llena de entusiasmo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sed conscientes de que vosotros sois un ejemplo y estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os esforcéis por superar las injusticias y la corrupción, cuanto más deseéis un futuro mejor y os comprometáis en construirlo. Sed conscientes de vuestras capacidades y nunca os encerréis en vosotros mismos, sino sabed trabajar por un futuro más luminoso para todos. Nunca estáis solos. La Iglesia confía en vosotros, os sigue, os anima y desea ofreceros lo que tiene de más valor: la posibilidad de levantar los ojos hacia Dios, de encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados por la causa de la paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a la que todos debemos aspirar. Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos mutuamente en nuestro camino, trabajemos para dar a nuestro mundo un rostro más humano y fraterno y sintámonos unidos en la responsabilidad respecto a las jóvenes generaciones de hoy y del mañana, particularmente en educarlas a ser pacíficas y artífices de paz. Consciente de todo ello, os envío estas reflexiones y os dirijo un llamamiento: unamos nuestras fuerzas espirituales, morales y materiales para «educar a los jóvenes en la justicia y la paz».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vaticano, 8 de diciembre de 2011&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;BENEDICTUS PP XVI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--------------------------------------------------------------------------------&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Notas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[1] Discurso a los Administradores de la Región del Lacio, del Ayuntamiento y de la Provincia de Roma, (14 enero 2011), L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (23 enero 2011), 3.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[2] Comentario al Evangelio de S. Juan, 26,5.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[3] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 11: AAS 101 (2009), 648; cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 14: AAS 59 (1967), 264.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[4] Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial de la diócesis de Roma (6 junio 2005): AAS 97 (2005), 816.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[5] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 16.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[6]Cf. Discurso en el Bundestag (Berlín, 22 septiembre 2011): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 septiembre 2011), 6-7.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[7] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 6: AAS 101 (2009), 644-645.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[8] Catecismo de la Iglesia Católica, 2304.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[9] Vigilia de oración con los jóvenes (Colonia, 20 agosto 2005): AAS 97 (2005), 885-886.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;© Copyright 2011 - Libreria Editrice Vaticana&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-5192081036592909420?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/5192081036592909420/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2012/01/jornada-mundial-de-la-paz.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/5192081036592909420'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/5192081036592909420'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2012/01/jornada-mundial-de-la-paz.html' title='Jornada Mundial de la Paz'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-5738171480945009940</id><published>2011-12-05T13:02:00.000-08:00</published><updated>2011-12-05T13:03:43.593-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Magisterio Pontificio'/><title type='text'>María, paradigma de la recta teología</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Audiencia a los miembros de la Comisión Teológica Internacional&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señor cardenal,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;venerados hermanos en el Episcopado,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ilustres profesores y profesoras, ¡Queridos colaboradores!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es una gran alegría para mí poder acoger la conclusión de la Sesión anual Plenaria de la Comisión Teológica Internacional. Quisiera expresar, antes que nada, un sentido agradecimiento por las palabras que el señor cardenal William Levada, en calidad de presidente de la Comisión, ha querido dirigirme en vuestro nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las ponencias de esta Sesión este año han coincidido con la primera semana de Adviento, ocasión que nos recuerda cómo todo teólogo está llamado a ser hombre del adviento, testigo de la espera vigilante, que ilumina las vías de la inteligencia de la Palabra que se ha hecho carne. Podemos decir que el conocimiento del verdadero Dios tiende y se nutre de ese “momento” que nos es desconocido, en que el Señor volverá. Estar vigilantes y vivir la esperanza de la espera, no es, por tanto, un deber secundario para un recto pensamiento teológico, que encuentra su razón en la persona de Aquél que se encuentra con nosotros e ilumina nuestro conocimiento de la salvación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy tengo el placer de reflexionar brevemente con vosotros sobre tres temas que la Comisión Teológica Internacional está estudiando en los últimos años. El primero, como se ha dicho, está relacionado con la cuestión fundamental de toda reflexión teológica; la cuestión de Dios y en particular, la comprensión del monoteísmo. A partir de este amplio horizonte doctrinal habéis profundizado también en un tema de carácter eclesial: el significado de la Doctrina Social de la Iglesia, reservando, además, una atención particular a un tema que hoy es de gran actualidad para el pensamiento teológico sobre Dios: la cuestión del mismo estatus de la teología actual, en sus perspectivas, en sus principios y criterios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Detrás de la profesión de la fe cristiana en el Dios único, se encuentra la cotidiana profesión de fe del pueblo de Israel: “Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor” (Dt 6,4). El logro sin precedentes de la libre disposición del amor de Dios hacia todos los hombres se ha llevado a cabo en la encarnación del Hijo en Jesucristo. En tal revelación de la intimidad de Dios y de la profundidad de su vínculo de amor con el hombre, el monoteísmo del Dios único se ha iluminado con una luz completamente nueva: la luz trinitaria. Y en el misterio trinitario se ilumina también la hermandad entre los hombres. La teología cristiana, junto con la vida de los creyentes, debe restituir la feliz y cristalina evidencia en el impacto sobre nuestra comunidad de la revelación trinitaria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya que los conflictos étnicos y religiosos del mundo hacen cada vez más difícil acoger la singularidad del pensamiento cristiano de Dios y del humanismo inspirado por esto, los hombres pueden reconocer en el nombre de Jesucristo la verdad de Dios Padre hacia la cual el Espíritu Santo urge cada gemido de la criatura (cfr Rm 8).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La teología, en fecundo diálogo con la filosofía , puede ayudar a los creyentes a tomar conciencia y testificar que el monoteísmo trinitario nos muestra el verdadero Rostro de Dios, y este monoteísmo no es fuente de violencia sino que es fuerza de paz personal y universal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El punto de partida de toda teología cristiana es la acogida de esta Revelación divina: la acogida personal del Verbo hecho carne, la escucha de la Palabra de Dios en la Escritura. Sobre este punto de partida, la teología ayuda a la inteligencia creyente de la fe y a su transmisión. Toda la historia de la Iglesia muestra, sin embargo, que el reconocimiento del punto de partida no basta para alcanzar la unidad en la fe. Cada lectura de la Biblia se coloca necesariamente en un contexto dado, y el único contexto en el que el creyente puede estar en plena comunión con Cristo es la Iglesia y su tradición viva. Debemos vivir nuevamente la experiencia de los primeros discípulos, que “se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42). Desde esta perspectiva, la Comisión ha estudiado los principios y criterios según los cuales una teología puede ser católica, y también ha reflexionado sobre la contribución actual de la teología. Es importante recordar que la teología católica, siempre atenta al vínculo entre fe y razón, ha tenido un papel histórico en el nacimiento de la Universidad. Una teología verdaderamente católica con dos movimientos, intellectus quaerens fidem et fide quaerens intellectum, es hoy más que necesaria para hacer posible una sinfonía de las ciencias para evitar las derivas violentas de una religiosidad que se opone a la razón y de una razón se opone a la religión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Comisión Teológica estudia además la relación entre la Doctrina Social de la Iglesia y el conjunto de la Doctrina cristiana. El compromiso social de la Iglesia no es sólo algo humano, ni se resuelve en una teoría social. La transformación de la sociedad, realizada por los cristianos a través de los siglos, es una respuesta a la venida al mundo del Hijo de Dios: el esplendor de tal Verdad y Caridad ilumina toda la cultura y sociedad. San Juan afirma: “En esto hemos conocido el amor: en que él entregó su vida por nosotros. Por eso, también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos”(1 Jn 3,16). Los discípulos de Cristo Redentor saben que sin la atención al otro, el perdón, el amor incluso a los enemigos, ninguna comunidad humana puede vivir en paz; y esto comienza en la primera y fundamental sociedad que es la familia. En la necesaria colaboración a favor del bien común también con quien comparte nuestra fe, debemos hacer presente los verdaderos y profundos motivos religiosos de nuestro compromiso social, así como esperamos de los demás que manifiesten sus motivaciones, para que la colaboración se haga en la claridad. Quién haya percibido las bases de la actuación social cristiana, podrá encontrar así un estímulo para tomar en consideración la misma fe en Cristo Jesús.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Queridos amigos, nuestro encuentro confirma de forma significativa que la Iglesia necesita la competencia y fiel reflexión de los teólogos sobre el misterio del Dios, de Jesucristo y de su Iglesia. Sin una sana y vigorosa reflexión teológica, la Iglesia podría no expresar plenamente la armonía entre fe y razón. Al mismo tiempo, sin la fiel vivencia de la comunión con la Iglesia y la adhesión a su Magisterio, como espacio vital de la propia existencia, la teología no podría dar una razón adecuada del don de la fe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Animando, a través vuestro, a todos los hermanos y hermanas teólogos que están en los distintos contextos eclesiales, invoco sobre vosotros la intercesión de María, Mujer del Adviento y Madre del Verbo encarnado, que es para nosotros, en su custodia de la Palabra en su corazón, paradigma de la recta teología, el modelo sublime del verdadero conocimiento del Hijo de Dios. Sea Ella, la Estrella de la esperanza, la que guíe y proteja el precioso trabajo que desarrolláis para la Iglesia y por y en nombre de la Iglesia. Con estos sentimientos de gratitud, os renuevo mi Bendición Apostólica. Gracias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CIUDAD DEL VATICANO, lunes 5 de diciembre de 2011 (ZENIT.org).-&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-5738171480945009940?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/5738171480945009940/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/12/maria-paradigma-de-la-recta-teologia.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/5738171480945009940'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/5738171480945009940'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/12/maria-paradigma-de-la-recta-teologia.html' title='María, paradigma de la recta teología'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-7034237973607530243</id><published>2011-12-02T13:58:00.000-08:00</published><updated>2011-12-02T14:02:43.369-08:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Magisterio Pontificio'/><title type='text'>Exhortación Apostólica Postsinodal</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;AFRICAE MUNUS&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;DEL PAPA BENEDICTO XVI&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;A LOS OBISPOS, AL CLERO,&lt;br /&gt;A LAS PERSONAS CONSAGRADAS&lt;br /&gt;Y A LOS FIELES LAICOS&lt;br /&gt;SOBRE LA IGLESIA EN ÁFRICA&lt;br /&gt;AL SERVICIO DE LA RECONCILIACIÓN,&lt;br /&gt;LA JUSTICIA Y LA PAZ&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Vosotros sois la sal de la tierra...&lt;br /&gt;Vosotros sois la luz del mundo»&lt;br /&gt;(Mt 5, 13.14)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;INTRODUCCIÓN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. El compromiso de África con el Señor Jesús es un tesoro precioso que confío en este comienzo del tercer milenio a los Obispos, a los sacerdotes, a los diáconos permanentes, a las personas consagradas, a los catequistas y a los laicos de ese querido continente y de las islas vecinas. Esa misión comporta que África ahonde en la vocación cristiana. Invita a vivir, en nombre de Jesús, la reconciliación entre las personas y las comunidades, y a promover para todos la paz y la justicia en la verdad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. He deseado que la segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 octubre de 2009, estuviera en continuidad con la Asamblea de 1994 que quiso ser un «acontecimiento de esperanza y de resurrección, en el momento mismo en que las vicisitudes humanas parecían más bien empujar a África hacia el desánimo y la desesperación»[1]. La Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Africa de mi predecesor, el beato Juan Pablo II, recogía las orientaciones y las opciones pastorales de los Padres sinodales para una nueva evangelización del continente africano. Convenía, al final del primer decenio de este tercer milenio, que se avivaran nuestra fe y nuestra esperanza para contribuir a construir una África reconciliada, por los caminos de la verdad y de la justicia, del amor y de la paz (cf. Sal 85,11). Con los Padres sinodales, recuerdo que «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal 127,1).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. Los resultados más visibles del Sínodo de 1994 fueron una vitalidad eclesial excepcional y el desarrollo teológico de la Iglesia como familia de Dios[2]. Para dar a la Iglesia de Dios en el&lt;br /&gt;continente africano y en las islas vecinas un impulso nuevo cargado de esperanza y de caridad evangélica, me pareció necesario convocar una segunda Asamblea sinodal. Sostenidas por la invocación cotidiana al Espíritu Santo y la plegaria de innumerables fieles, las sesiones sinodales han producido frutos que desearía transmitir con este documento a la Iglesia universal, y particularmente a la Iglesia en África[3], para que sea verdaderamente «sal de la tierra» y «luz del mundo» (cf. Mt 5,13.14)[4]. Animada por una «fe que actúa por el amor» (Ga 5,6), la Iglesia desea aportar frutos de caridad: la reconciliación, la paz y la justicia (cf. 1 Co 13,4-7). Esta es su misión específica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4. Me ha impresionado la calidad de las intervenciones de los Padres sinodales y de otras personas que han participado en la Asamblea. El realismo y la clarividencia de su contribución han demostrado la madurez cristiana del continente. No han tenido miedo de enfrentarse a la verdad y han intentado sinceramente reflexionar sobre las posibles soluciones a los problemas que afrontan sus Iglesias particulares, y también la Iglesia universal. Han constatado también que las bendiciones de Dios, Padre de todos, son innumerables. Dios nunca abandona a su pueblo. No me parece necesario insistir en las diferentes situaciones sociopolíticas, étnicas, económicas o ecológicas que los africanos viven diariamente y que no se pueden ignorar. Los africanos conocen mejor que nadie cómo, demasiado a menudo desgraciadamente, esas situaciones son difíciles, confusas e incluso trágicas. Rindo homenaje a los africanos y a todos los cristianos de ese continente que las afrontan con decisión y dignidad. Desean, con razón, que esa dignidad sea reconocida y respetada. Puedo asegurarles que la Iglesia respeta y ama a África.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5. Ante los numerosos desafíos que África desea acometer para llegar a ser cada vez más una tierra prometedora, la Iglesia podría sufrir la tentación del desánimo, como Israel, pero nuestros antepasados en la fe nos han enseñado la actitud adecuada que se ha de adoptar. En este sentido, Moisés, el siervo del Señor, «por la fe… se mantuvo firme como si estuviera viendo al Dios invisible» (Hb 11,27). El autor de la Carta a los Hebreos nos lo recuerda: «La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve» (11,1). Exhorto, pues, a toda la Iglesia a mirar a África con fe y esperanza. Jesucristo, que nos ha invitado a ser «la sal de la tierra» y «la luz del mundo» (Mt 5,13.14), nos ofrece la fuerza del Espíritu para llevar a cabo ese ideal cada vez mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6. Pienso que las palabras de Cristo: «Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo», tendrían que ser el hilo conductor del Sínodo, y también el del período postsinodal. Dirigiéndome al conjunto de los fieles africanos en Yaundé, les dije: «Por Jesús, hace dos mil años, Dios ha traído en persona la luz y la sal a África. Desde entonces, la semilla de su presencia está en el fondo de los corazones de este querido continente y germina poco a poco más allá y a través de los avatares de la historia humana de vuestra tierra»[5].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7. La Exhortación apostólica Ecclesia in Africa ha hecho suya «la idea-guía de la Iglesia como Familia de Dios», y en ella los Padres sinodales «han reconocido una expresión de la naturaleza de la Iglesia particularmente apropiada para África. En efecto, la imagen pone el acento en la solicitud por el otro, la solidaridad, el calor de las relaciones, la acogida, el diálogo y la confianza»[6]. La Exhortación invita a las familias cristianas africanas a ser «iglesias domésticas»[7] para ayudar a sus comunidades respectivas a reconocer que pertenecen a un solo y mismo Cuerpo. Esta imagen es importante no sólo para la Iglesia en África, sino también para la Iglesia universal, en una época en que la familia está amenazada por quienes desean una vida sin Dios. Privar de Dios al continente africano, sería hacerlo morir poco a poco arrancándole su alma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8. En la tradición viva de la Iglesia, como respuesta a las expectativas de la Exhortación apostólica Ecclesia in Africa[8], considerar a la Iglesia como una familia y una fraternidad, es restaurar un aspecto de su patrimonio. En esa realidad en la que Jesucristo, «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29), ha reconciliado a todos los hombres con Dios Padre (cf. Ef 2,14-18) y le ha dado el Espíritu Santo (cf. Jn 20,22), la Iglesia se convierte a su vez en portadora de la Buena Nueva de la filiación divina de toda persona humana. Ella está llamada a transmitirla a toda la humanidad, proclamando la salvación que Cristo ha logrado para nosotros, celebrando la comunión con Dios y viviendo la fraternidad en la solidaridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9. La memoria de África conserva el dolor de las cicatrices dejadas por las luchas fratricidas entre etnias, por la esclavitud y la colonización. Todavía hoy, el continente se enfrenta a rivalidades, a nuevas formas de esclavitud y de colonización. La primera Asamblea especial lo había comparado a la víctima de los bandidos, dejada moribunda al lado del camino (cf. Lc 10,25-37). Por eso se ha podido hablar de la «marginación» de África. Una tradición nacida en tierra africana identifica al buen Samaritano con el mismo Señor Jesús e invita a la esperanza. En efecto, Clemente de Alejandría escribía: «¿Quién, más que él, ha tenido piedad de nosotros, que estábamos, por decirlo así, muertos por los poderes del mundo de las tinieblas, postrados por tantas heridas, temores, deseos, cóleras, tristezas, mentiras y placeres? El único médico de esas heridas es Jesús»[9]. Hay, pues, numerosos motivos para la esperanza y la acción de gracias. Así, por ejemplo, pese a las grandes pandemias –como el paludismo, el sida, la tuberculosis y otras–, que diezman la población, y que la medicina trata siempre de erradicar con más eficacia, África conserva su alegría de vivir, de celebrar la vida que proviene del Creador, acogiendo nacimientos para que crezca la familia y la comunidad humana. Veo también un motivo de esperanza en el rico patrimonio intelectual, cultural y religioso que África posee. Ella desea preservarlo, explorarlo más y darlo a conocer al mundo. Se trata de una aportación esencial y positiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10. La segunda Asamblea sinodal para África abordó el tema de la reconciliación, de la justicia y de la paz. La rica documentación que me ha sido enviada tras las Sesiones –los Lineamenta, el Instrumentum laboris, los informes redactados antes y después de la discusiones y las aportaciones de los grupos de trabajo–, invita a «transformar la teología en pastoral, es decir, en un ministerio pastoral muy concreto, en el que las grandes visiones de la Sagrada Escritura y de la Tradición se aplican a la actividad de los obispos y de los sacerdotes en un tiempo y en un lugar determinados»[10].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11. Por preocupación paternal y pastoral, dirijo, pues, este documento al África de hoy, que ha conocido los traumatismos y conflictos que sabemos. El hombre está marcado por su pasado, pero vive y camina en el hoy. Mira el futuro. Como el resto del mundo, África experimenta un torbellino cultural que afecta a los fundamentos milenarios de la vida social y hace difícil a veces el encuentro con la modernidad. En esta crisis antropológica con la que se enfrenta el continente africano, podrá hallar caminos de esperanza instaurando un diálogo entre los miembros de los ámbitos religiosos, sociales, políticos, económicos, culturales y científicos. Tendrá entonces que hallar y promover un concepto de la persona y de su relación con la realidad basada en una renovación espiritual profunda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;12. En la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Africa, Juan Pablo II subrayaba que «no obstante la civilización contemporánea de la “aldea global”, en África como en otras partes del mundo el espíritu de diálogo, paz y reconciliación está lejos de habitar en el corazón de todos los hombres. Las guerras, conflictos, actitudes racistas y xenófobas aún dominan demasiado el mundo de las relaciones humanas»[11]. La esperanza, que caracteriza la vida auténticamente cristiana, recuerda que el Espíritu Santo actúa en todas partes, también en el continente africano, y que las fuerzas de la vida, que nacen del amor, vencen siempre las fuerzas de la muerte (cf. Ct 8,6-7). Por eso, los Padres sinodales han visto cómo las dificultades que encuentran en sus países respectivos y en las Iglesias particulares de África no son obstáculos que impidan avanzar, sino que más bien desafían lo mejor que hay en nosotros: la imaginación, la inteligencia, la vocación a seguir sin arredrarse las huellas de Jesucristo, la búsqueda de Dios, «Amor eterno y Verdad absoluta»[12]. Junto con todos los que intervienen en la sociedad africana, la Iglesia se siente llamada a hacer frente a dichos desafíos. Es, en cierta manera, como un imperativo del Evangelio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;13. Con este documento, deseo ofrecer los frutos y esperanzas del Sínodo, invitando a todos los hombres de buena voluntad a mirar a África con fe y amor, para ayudarla a que sea, por Cristo y por el Espíritu Santo, luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-14). Un valioso tesoro está presente en el alma de África, donde veo un «inmenso “pulmón” espiritual para una humanidad que se halla en crisis de fe y esperanza»,[13] gracias a la inaudita riqueza humana y espiritual de sus hijos, de de sus culturas multicolores, de su suelo y subsuelo con riquezas inmensas. Sin embargo, para mantenerse en pie, con dignidad, África necesita oír la voz de Cristo que proclama hoy el amor al otro, incluso al enemigo, hasta la entrega de su propia sangre, y que ora hoy por la unidad y la comunión de todos los hombres en Dios (cf. Jn 17,20-21).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PRIMERA PARTE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«AHORA HAGO NUEVAS TODAS LAS COSAS» (Ap 21,5)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;14. El Sínodo ha permitido discernir las líneas maestras de la misión para un África que desea la reconciliación, la justicia y la paz. Depende de las iglesias particulares traducir estas líneas en «fervientes propósitos y en líneas de acción concretas»[14]. En efecto, «en las Iglesias particulares es donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas –objetivos y métodos&lt;br /&gt;de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios– que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura»[15] africana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CAPÍTULO I&lt;br /&gt;Al servicio de la reconciliación, la justicia y la paz&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I. Servidores auténticos de la Palabra de Dios&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;15. Un África que avanza, alegre y viva, manifiesta la alabanza de Dios. Como hacía notar san Ireneo: «La gloria de Dios, es el hombre viviente»; pero añade inmediatamente: «La vida del hombre, es la visión de Dios»[16]. Por eso, es tarea de la Iglesia todavía hoy el llevar el mensaje del Evangelio al corazón de las sociedades africanas, conducir a la visión de Dios. Como la sal da sabor a los alimentos, ese mensaje convierte a las personas que lo viven en auténticos testigos. Todos los que crecen así se hacen capaces de reconciliarse en Jesucristo. Se convierten en luz para sus hermanos. Por ello, con los Padres del Sínodo, invito «a la Iglesia […] en África a dar testimonio en su servicio de la reconciliación, la justicia y la paz, como “sal de la tierra” y “luz del mundo”»,[17] para que su vida responda a esta llamada: «Levántate, Iglesia en África, familia de Dios, porque te llama el Padre celestial».[18]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;16. Es una dicha que Dios haya permitido celebrar el Segundo Sínodo para África inmediatamente después del dedicado a la Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia. Este Sínodo había recordado el imperioso deber del discípulo de escuchar a Cristo que llama a través de su Palabra. Por ella, los fieles aprenden a escuchar a Cristo y a dejarse orientar por el Espíritu Santo que revela el sentido de todas las cosas (cf. Jn 16,13). En efecto, la «lectura y la meditación de la Palabra de Dios nos inserta más profundamente en Cristo y orientan nuestro ministerio de servidores de la reconciliación, la justicia y la paz»[19]. Como recuerda el Sínodo, «para convertirse en sus hermanos o hermanas se necesita ser “los hermanos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8,21). La escucha auténtica es obedecer y actuar, es hacer florecer en la vida la justicia y el amor, es dar tanto en la existencia como en la sociedad un testimonio en la línea de la llamada de los profetas que constantemente unía la Palabra de Dios y la vida, la fe y la rectitud, el culto y el compromiso social»[20]. Escuchar y meditar la Palabra de Dios, es desear que ésta penetre y forme nuestra vida para reconciliarnos con Dios, para permitir que Dios nos conduzca a una reconciliación con el prójimo, camino necesario para la construcción de una comunidad de personas y de pueblos. Que la Palabra de Dios se encarne realmente en nuestro rostro y en nuestra vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II. Cristo en el corazón de la realidad africana:&lt;br /&gt;fuente de reconciliación, justicia y paz&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;17. Los tres conceptos principales del tema sinodal, a saber, la reconciliación, la justicia y la paz, han puesto al Sínodo ante su «responsabilidad teológica y social»[21], y han permitido preguntarse también por el papel público de la Iglesia y su lugar en el espacio africano actual[22]. «Se podría decir que reconciliación y justicia son las dos condiciones esenciales de la paz que, por consiguiente, también definen en cierta medida su naturaleza».[23] La tarea que hemos de precisar no es fácil, porque se sitúa entre el compromiso inmediato en política –que no corresponde a la competencia directa de la Iglesia– y el repliegue o la posible evasión en teorías teológicas y espirituales, corriendo así el peligro de resultar una huida frente a una responsabilidad concreta en la historia humana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;18. «La paz os dejo, mi paz os doy», dice el Señor, que añade: «No os la doy como la da el mundo» (Jn 14,27). La paz de los hombres conseguida sin la justicia es ilusoria y efímera. La justicia de los hombres que no brote de la reconciliación por la «verdad del amor» (cf. Ef 4,15) queda inacabada; no es auténtica justicia. El amor de la verdad –«la verdad plena» a la que sólo el Espíritu puede llevarnos (cf. Jn 16,13)– es la que traza el camino que toda justicia humana ha de seguir para conseguir restaurar los lazos fraternos en la «familia humana, comunidad de paz»[24], reconciliada con Dios por Cristo. La justicia no es algo desencarnado. Hunde necesariamente sus raíces en la coherencia humana. Una caridad que no respete la justicia y el derecho de todos, es errónea. Animo a los cristianos, pues, a ser ejemplares en lo que toca a la justicia y la caridad (cf. Mt 5,19-20).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A. «Dejaos reconciliar con Dios» (2 Co 5,20b)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;19. «Reconciliación es un concepto pre-político y una realidad pre-política, que precisamente por eso es de suma importancia para la tarea de la política misma. Si no se crea en los corazones la fuerza de la reconciliación, el compromiso político por la paz se queda sin su presupuesto interior. En el Sínodo, los Pastores de la Iglesia se comprometieron en favor de la purificación interior del hombre, que es la condición preliminar esencial para la edificación de la justicia y de la paz. Pero esa justificación y maduración interior hacia una verdadera humanidad no pueden existir sin Dios»[25].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;20. En efecto, la gracia de Dios es la que nos da un corazón nuevo y nos reconcilia con Él y con los otros[26]. Es Cristo quien ha restaurado la humanidad en el amor del Padre. La reconciliación tiene, pues, su fuente en este amor; nace de la iniciativa del Padre de reanudar la relación con la humanidad, relación rota por el pecado del hombre. En Jesucristo, «en su vida y su ministerio, pero sobre todo en su muerte y resurrección, san Pablo ve a Dios Padre reconciliando consigo al mundo (todas las cosas en el cielo y la tierra), sin tener en cuenta ya los pecados de la humanidad (2 Co 5,19; Rm 5,10; Col 1,21-22). El Apóstol ve cómo Dios Padre reconcilia a judíos y gentiles consigo mismo en un solo cuerpo a través de la cruz (Ef 2,16). San Pablo ve también a Dios reconciliar a judíos y gentiles, creando un hombre nuevo en lugar de dos pueblos (Ef 2,15; 3,6). Así, la experiencia de la reconciliación establece una comunión en dos niveles: la comunión entre Dios y la humanidad; y a partir de la experiencia de reconciliación, nos convierte (a la humanidad reconciliada) “en embajadores de la reconciliación”. Se restablece también la comunión entre los hombres»[27]. «La reconciliación, por lo tanto, no se limita a Dios que en Cristo atrae a sí a una humanidad alienada y pecadora, a través del perdón de los pecados y el amor. También es la restauración de las relaciones entre las personas conciliando las diferencias y eliminando los obstáculos en sus relaciones, gracias a su experiencia del amor de Dios»[28]. La parábola del hijo pródigo lo explica cuando el evangelista nos presenta en el retorno del hijo menor, es decir en su conversión, la necesidad de reconciliarse, por un lado, con su padre y, por otro, con su hermano mayor por la mediación del padre (cf. Lc 15,11-32). Hay testimonios conmovedores de los fieles de África, «testimonios concretos de sufrimientos y de reconciliación en las tragedias de la historia reciente del continente»[29] que muestran el poder del Espíritu Santo que transforma los corazones de las víctimas y de sus verdugos para restablecer la fraternidad[30].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;21. En efecto, sólo una auténtica reconciliación engendra una paz duradera en la sociedad. Ciertamente, sus protagonistas son las autoridades gubernamentales y los jefes tradicionales, pero también los simples ciudadanos. Después de un conflicto, la reconciliación, gestionada y llevada a cabo a menudo en el silencio y la discreción, restaura la unión de los corazones y la convivencia serena. Gracias a ella, tras largos períodos de guerra, las naciones encuentran la paz, y sociedades profundamente heridas por la guerra civil o el genocidio reconstruyen su unidad. Dando y acogiendo el perdón[31] se ha podido sanar la memoria herida de personas o de comunidades, y familias antes divididas hayan encontrado la armonía. «La reconciliación supera las crisis, restaura la dignidad de las personas y abre el camino al desarrollo y a la paz estable entre los pueblos a todos los niveles»[32], han podido subrayar los Padres del Sínodo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para llegar a ser efectiva, esta reconciliación deberá ir acompañada de un gesto valiente y honrado: buscar a los responsables de esos conflictos, de los que han ordenado los crímenes y se han entregado a toda clase de componendas, determinando su responsabilidad. Las víctimas tienen derecho a la verdad y a la justicia. Es importante actualmente y para el futuro purificar la memoria para construir una sociedad mejor en la que estas tragedias no se vuelvan a repetir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;B. Ser justos y construir un orden social justo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;22. Ciertamente, la construcción de un orden social justo es en primera instancia una tarea de la política.[33] Sin embargo, una de las tareas de la Iglesia en África consiste en formar conciencias rectas y receptivas a las exigencias de la justicia, para que sean cada vez más los hombres y mujeres comprometidos y capaces de realizar ese orden social justo por medio de su conducta responsable. El modelo por excelencia, a partir del cual la Iglesia piensa y razona, y que propone a todos, es Cristo.[34] Según su doctrina social, «la Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer y no pretende “de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados”. No obstante, tiene una misión de verdad que cumplir […] Esta misión de verdad es irrenunciable. Su doctrina social es una dimensión singular de este anuncio: está al servicio de la verdad que libera»[35].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;23. Gracias a las Comisiones de Justicia y Paz, la Iglesia se ha comprometido en la formación cívica de los ciudadanos y en el acompañamiento del proceso electoral en diferentes naciones. Contribuye así a la educación de la población y a despertar su conciencia y sus responsabilidades ciudadanas. Este papel educativo concreto es apreciado por un gran número de países, que reconocen a la Iglesia como artífice de paz, agente de reconciliación y heraldo de la justicia. Conviene repetir que, distinguiendo el papel de los Pastores y el de los fieles laicos, la misión de la Iglesia no es de orden político.[36] Su función es educar al mundo en el sentido religioso proclamando a Cristo. La Iglesia desea ser signo y salvaguarda de la trascendencia de la persona humana. Por eso debe educar a los hombres a buscar la verdad suprema ante lo que ellos son y sus interrogantes, para encontrar soluciones justas a sus problemas[37].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. Vivir de la justicia de Cristo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;24. En el plano social, la conciencia humana se ve interpelada por las graves injusticias que hay en nuestro mundo en general, y en África en particular. Que una minoría confisque los bienes de la tierra en detrimento de pueblos enteros, es inaceptable porque es inmoral. La justicia obliga a «dar a cada uno lo suyo» – ius suum unicuique tribuere[38]. Se trata, pues, de hacer justicia a los pueblos. África es capaz de asegurar a todos –personas y naciones del continente– las condiciones básicas que les permitan participar en el desarrollo[39]. Los Africanos podrán así poner los talentos y las riquezas que Dios les ha dado al servicio de su tierra y de sus hermanos. La justicia, vivida en todas las dimensiones de la vida, privada y pública, económica y social, precisa ser sostenida por la subsidiaridad y la solidaridad y, más aún, estar animada por la caridad. «Según el principio de subsidiaridad, ni el Estado ni ninguna sociedad más amplia deben suplantar la iniciativa y la responsabilidad de las personas y de las corporaciones intermedias»[40]. La solidaridad es garantía de la justicia y la paz, de la unidad, pues tiende a que «la abundancia de unos supla la falta de los otros»[41]. Y la caridad, que asegura el vínculo con Dios, va más lejos que la justicia distributiva. Porque si «la justicia es virtud que distribuye a cada uno su propio bien… no es la justicia del hombre la que sustrae el hombre al verdadero Dios»[42].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;25. Dios mismo nos muestra la verdadera justicia cuando, por ejemplo, vemos a Jesús entrar en la vida de Zaqueo y ofrecer así al pecador la gracia de su presencia (cf. Lc 19,1-10). ¿Cómo es la justicia de Cristo? Los testigos del encuentro con Zaqueo observan a Jesús (cf. Lc 19,7); su murmullo de reprobación manifiesta un amor de la justicia. Ignoran, sin embargo, la justicia del amor que se abre hasta el extremo, hasta hacer recaer sobre sí la «maldición» debida a los humanos, y recibir en cambio la «bendición» que es el don de Dios (cf. Ga 3,13-14). La justicia divina ofrece a la justicia humana, siempre limitada e imperfecta, el horizonte hacia el que debe tender para realizarse plenamente. Nos hace tomar conciencia, además, de nuestra propia indigencia, de la necesidad del perdón y la amistad de Dios. Es lo que vivimos en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía que fluyen de la acción de Cristo. Esta acción nos introduce en una justicia en la que recibimos mucho más de lo que teníamos derecho a esperar porque, en Cristo, la caridad es el compendio de la Ley (cf. Rm 13,8-10).[43] Por Cristo, único modelo, el justo es invitado a entrar en el orden del amor-agápē.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. Un orden justo en la lógica de las Bienaventuranzas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;26. El discípulo de Cristo, unido a su Maestro, debe contribuir a formar una sociedad justa en la que todos puedan participar activamente con sus propios talentos en la vida social y económica. Podrán ganar lo que les es necesario para vivir según su dignidad humana en una sociedad en la que la justicia será vivificada por el amor.[44] Cristo no propone una revolución de tipo social o político, sino la del amor, realizada en el don total de su persona en su muerte en la Cruz y su Resurrección. Sobre esta revolución del amor se fundan las Bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-10). Éstas ofrecen el nuevo horizonte de justicia inaugurado en el misterio pascual, gracias al cual podemos llegar a ser justos y construir un mundo mejor. La justicia de Dios que nos revelan las Bienaventuranzas levanta a los humildes y abaja a los que se ensalzan. Se cumple verdaderamente en el reino de Dios, que llegará a su cumplimento al final de los tiempos. Pero se manifiesta ya desde ahora, allí donde los pobres son consolados y admitidos al festín de la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;27. Según la lógica de las Bienaventuranzas, se ha de tener una atención preferencial con el pobre, el hambriento, el enfermo –por ejemplo de sida, tuberculosis o paludismo–, con el ex-tranjero, el humillado, el prisionero, el emigrante despreciado, el refugiado o el desplazado (cf. Mt 25,31-46). La respuesta a sus necesidades en la justicia y la caridad depende de todos. África espera esa atención de toda la familia humana así como de sí misma.[45] Pero deberá comenzar por introducir en su propio seno, y resueltamente, la justicia política, social y administrativa, elementos de la cultura política necesaria para el desarrollo y la paz. Por su parte, la Iglesia aportará su contribución específica apoyándose en la enseñanza de las Bienaventuranzas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C. El amor en la verdad: fuente de paz&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;28. La perspectiva social que muestra el actuar de Cristo, fundada en el amor, trasciende el minimum que exige la justicia humana: es decir que se dé al otro lo que corresponda. La lógica interna del amor va más allá de esta justicia y llega hasta dar lo que se posee[46]: «No amemos de palabra y con la boca, sino con hechos y de verdad» (1 Jn 3,18). Como su Maestro, el discípulo de Cristo irá aún más lejos, hasta el don de sí mismo por sus hermanos (cf. 1 Jn 3,16). Es el precio de la paz auténtica en Dios (cf. Ef 2,14).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. Servicio fraterno concreto&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;29. Ni siquiera una sociedad desarrollada, puede prescindir del servicio fraterno animado por el amor. «Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo»[47]. Es el amor lo que alivia los corazones heridos, solitarios, abandonados. Es el amor lo que crea la paz o la restablece en el corazón humano y la instaura entre los hombres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. La Iglesia como centinela&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;30. En la situación actual de África, la Iglesia está llamada a hacer oír la voz de Cristo. Desea seguir la recomendación de Jesús a Nicodemo, que se preguntaba por la posibilidad de renacer: «Tenéis que nacer de nuevo» (Jn3,7). Los misioneros han propuesto a los Africanos ese nuevo nacimiento «del agua y del espíritu» (Jn3,5), una Buena Noticia que toda persona tiene derecho a oír para realizar plenamente su vocación[48]. La Iglesia en África vive de esa herencia. A causa de Cristo, y por fidelidad a su enseñanza de vida, se siente impulsada a estar presente allí donde la humanidad conoce el sufrimiento y a hacerse eco del grito silencioso de los inocentes perseguidos, o de los pueblos cuyos gobernantes hipotecan el presente y el futuro en nombre de intereses personales[49]. Por su capacidad para reconocer el rostro de Cristo en el niño, el enfermo, el que sufre o el necesitado, la Iglesia contribuye a forjar lentamente pero con seguridad el África nueva. En su función profética, cada vez que los pueblos elevan su voz diciéndole: «Vigía, ¿qué queda de la noche?» (Is 21,11), la Iglesia desea estar lista para dar razón de la esperanza que lleva en sí (cf. 1 P 3,15) porque una aurora nueva asoma al horizonte (cf. Ap 22,5). Sólo el rechazo de la deshumanización del hombre, y del conformismo –por miedo a la prueba o al martirio– servirá de verdad a la causa del Evangelio. «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: Yo he vencido al mundo» (Jn16,33). La paz auténtica viene de Cristo (cf. Jn 14,27). No se parece a la del mundo. No es fruto de negociaciones y acuerdos diplomáticos basados en intereses. Es la paz de la humanidad reconciliada consigo misma en Dios, y de la que la Iglesia es el sacramento[50].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CAPÍTULO II&lt;br /&gt;Los campos para la reconciliación, la justicia y la paz&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;31. Deseo ahora indicar algunos campos que los Padres del Sínodo han identificado para la misión actual de la Iglesia en su preocupación por ayudar a África a emanciparse de las fuerzas que la paralizan. ¿No dijo Cristo primeramente al paralítico: «Tus pecados están perdonados» y luego, «ponte en pie» (Lc 5,20.24)?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I. Atención a la persona humana&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A. La metanoia: una auténtica conversión&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;32. Ante la situación del continente, la mayor preocupación de los miembros del Sínodo ha sido cómo grabar en el corazón de los africanos discípulos de Cristo la voluntad de comprometerse efectivamente en vivir el Evangelio en su existencia y en la sociedad. Cristo llama constantemente a la metanoia, a la conversión[51]. Los cristianos están marcados por el espíritu y las costumbres de su época y de su ambiente. Por la gracia del bautismo, están invitados a renunciar a las tendencias nocivas dominantes e ir contracorriente. Esto exige un compromiso decidido para «una conversión continua hacia el Padre, fuente de toda verdadera vida, el único capaz de liberarnos del mal, de toda tentación y mantenernos en su Espíritu, en un mismo combate contra las fuerzas del mal»[52]. La conversión sólo es posible apoyándose en convicciones de fe consolidadas por una catequesis auténtica. Conviene pues «mantener una relación viva entre el catecismo aprendido de memoria y el catecismo vivido, para llegar a una conversión de vida profunda y permanente»[53]. La conversión se vive de manera especial en el Sacramento de la Reconciliación, al que se prestará una atención particular para que sea una verdadera «escuela del corazón». En esa escuela, el discípulo de Cristo se forja poco a poco en una vida cristiana adulta, atenta a las dimensiones teologales y morales de sus actos, haciéndose así capaz de «hacer frente a las dificultades de la vida social, política, económica y cultural»[54] y llevar una vida marcada por el espíritu evangélico. La contribución de los cristianos en África sólo será decisiva si la inteligencia de la fe llegará a la inteligencia de la realidad[55]. Para ello, es indispensable la educación en la fe, de lo contrario Cristo no será más que un nombre suplementario adherido a nuestras teorías. La palabra y el testimonio van a la par[56]. Pero el testimonio solo no es suficiente, porque «el más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado –lo que Pedro llamaba dar “razón de vuestra esperanza” (1 P 3,15)–, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús».[57]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;B. Vivir la verdad del Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;33. Los miembros del Sínodo señalaron también que muchos cristianos en África adoptan una actitud ambigua frente a la celebración del Sacramento de la Reconciliación, mientras que estos mismos cristianos suelen ser muy escrupulosos en la aplicación de los ritos tradicionales de la reconciliación. Para ayudar a los fieles católicos a vivir un auténtico camino hacia la metanoia en la celebración de este Sacramento, en el que la mentalidad se oriente por completo al encuentro con Cristo,[58] sería bueno que los obispos hicieran un estudio serio de las ceremonias tradicionales africanas de reconciliación para evaluar los aspectos positivos y las limitaciones. En efecto, estas mediaciones pedagógicas tradicionales[59] no pueden sustituir al Sacramento en ninguna circunstancia. La Exhortación apostólica postsinodal Reconciliatio et paenitentia, del beato Juan Pablo II, señaló claramente el ministro y las formas del Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación[60]. Estas mediaciones pedagógicas tradicionales sólo pueden ayudar a reducir el desgarro sentido y vivido por algunos fieles, ayudándolos a abrirse con mayor profundidad y verdad a Cristo, el único gran Mediador, para recibir la gracia del Sacramento de la Penitencia. Celebrado con fe, este sacramento es suficiente para reconciliarnos con Dios y con el prójimo[61]. En definitiva, es Dios quien, en su Hijo, nos reconcilia con Él y con los demás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C. Espiritualidad de comunión&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;34. La reconciliación no es un acto aislado, sino un largo proceso gracias al cual cada uno se ve restablecido en el amor, un amor que sana por la acción de la Palabra de Dios. Esta se convierte entonces en una forma de vivir, y a la vez en una misión. Para alcanzar una verdadera reconciliación, y llevar a la práctica la espiritualidad de comunión por la reconciliación, la Iglesia necesita testigos que estén profundamente arraigados en Cristo, y que se alimenten de su Palabra y de los Sacramentos. Así, aspirando a la santidad, estos testigos son capaces de implicarse en la obra de comunión de la Familia de Dios, comunicando al mundo, incluso con el martirio, el espíritu de reconciliación, de justicia y paz, a ejemplo de Cristo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;35. Quisiera recordar lo que el Papa Juan Pablo II proponía a toda la Iglesia como condiciones de una espiritualidad de comunión: ser capaces de reconocer la luz del misterio de la Trinidad también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado[62]; estar atento, «al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico, considerándolo como “uno que me pertenece”, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad»[63]; la capacidad de reconocer lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como un don que Dios me hace a través de aquel que lo ha recibido, más allá de su persona, que se transforma entonces en un administrador de las gracias divinas; en fin, «saber “dar espacio” al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias»[64].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De este modo, maduran hombres y mujeres de fe y de comunión, que dan prueba de valentía con la verdad y la abnegación, e iluminados por la alegría. Dan también un testimonio profético de una vida coherente con su fe. María, Madre de la Iglesia, que supo acoger la Palabra de Dios, es su modelo: por su escucha de la Palabra, Ella alcanzó a comprender las necesidades de los hombres y a interceder por ellos con compasión[65].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;D. Inculturación del Evangelio y evangelización de la cultura&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;36. Para lograr esta comunión, sería bueno volver a examinar una necesidad mencionada durante la Primera Asamblea del Sínodo para África: un estudio exhaustivo de las tradiciones culturales africanas. Los miembros del Sínodo han constatado la existencia de una dicotomía entre ciertas prácticas tradicionales de las culturas africanas y las exigencias específicas del mensaje de Cristo. La preocupación por la relevancia y la credibilidad exige de la Iglesia un profundo discernimiento con vistas a identificar los aspectos culturales que obstaculizan la encarnación de los valores del Evangelio, así como los que los promueven[66].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;37. Sin embargo, no debemos olvidar que el Espíritu Santo es el verdadero protagonista de la inculturación, «es el que precede, en modo fecundo, al diálogo entre la Palabra de Dios, revelada en Jesucristo, y las inquietudes más profundas que brotan de la multiplicidad de los hombres y de las culturas. Así continúa en la historia, en la unidad de una misma y única fe, el acontecimiento de Pentecostés, que se enriquece a través de la diversidad de lenguas y culturas»[67]. El Espíritu Santo actúa para que el Evangelio sea capaz de impregnar todas las culturas, sin dejarse atenazar por ninguna de ellas[68]. Los Obispos se preocuparán de velar para que esta exigencia de inculturación se cumpla según las normas establecidas por la Iglesia. Discernir los elementos culturales y tradiciones contrarios al Evangelio ayudará a separar el trigo de la cizaña (cf. Mt 13,26). De este modo, el cristianismo, aunque permaneciendo fiel a sí mismo, con absoluta fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición de la Iglesia, asumirá el rostro de las innumerables culturas y pueblos donde ha sido acogido y ha arraigado. Así, la Iglesia llegará a ser un icono del futuro que el Espíritu de Dios nos prepara[69], icono al que África ofrecerá su propia contribución. En esta obra de inculturación, tampoco hay que olvidar la tarea, igualmente esencial, de la evangelización del mundo de la cultura contemporánea africana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;38. Son conocidas las iniciativas de la Iglesia en la apreciación positiva y en la preservación de las culturas africanas. Es muy importante continuar con esta tarea, dado que la entremezcla de los pueblos, aun siendo un enriquecimiento, frecuentemente debilita las culturas y la sociedades. Lo que está en juego en estos encuentros entre culturas es la identidad de las comunidades africanas. Hay que esforzarse, pues, en transmitir los valores que el Creador ha infundido en los corazones de los africanos desde la noche de los tiempos. Estos han servido de matriz para modelar sociedades que viven en una cierta armonía, porque llevan en su interior formas tradicionales de regular una convivencia pacífica. Por tanto, hay que dar relieve a estos elementos positivos, iluminándolos desde dentro (cf. Jn 8,12), para que el cristiano sea realmente alcanzado por el mensaje de Cristo, y de este modo la luz de Dios brille en los ojos de los hombres. Entonces, al ver las buenas obras de los cristianos, los hombres y las mujeres darán gloria «al Padre que está en el cielo» (Mt 5,16).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;E. El don de Cristo: la Eucaristía y la Palabra de Dios&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;39. Más allá de las diferencias de origen o de cultura, el gran desafío que nos aguarda a todos es discernir en la persona humana, amada de Dios, el fundamento de una comunión que respete e integre las aportaciones particulares de las diversas culturas[70]. «Debemos abrir realmente estas fronteras entre tribus, etnias y religiones a la universalidad del amor de Dios»[71]. Hombres y mujeres diferentes por su origen, cultura, lengua o religión pueden convivir armónicamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;40. En efecto, el Hijo de Dios ha puesto su morada entre nosotros; ha derramado su sangre por nosotros. Cumpliendo su promesa de estar con nosotros hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20), se nos entrega cada día como alimento en la Eucaristía y en las Escrituras. En la Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, escribí que «Palabra y Eucaristía se pertenecen tan íntimamente que no se puede comprender la una sin la otra: la Palabra de Dios se hace sacramentalmente carne en el acontecimiento eucarístico. La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico»[72].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;41. En efecto, la Escritura Santa atestigua que la Sangre derramada de Cristo se transforma por el bautismo en el principio y el vínculo de una nueva fraternidad. Ésta es lo opuesto a la división, como el tribalismo, el racismo o el etnocentrismo (cf. Ga 3,26-28). La Eucaristía es la fuerza que congrega a los hijos de Dios dispersos y los mantiene en comunión[73], «puesto que por nuestras venas circula la misma Sangre de Cristo, que nos convierte en hijos de Dios, miembros de la Familia de Dios».[74] Al acoger a Jesús en la Eucaristía y en la Escritura, somos enviados al mundo para ofrecerle a Cristo, poniéndonos al servicio de los demás (cf. Jn 13,15; 1 Jn 3,16).[75]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II. La convivencia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A. La familia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;42. La familia es el «santuario de la vida» y una célula vital de la sociedad y de la Iglesia. En ella es «donde se plasma el rostro de un pueblo y sus miembros adquieren las enseñanzas fundamentales. Ellos aprenden a amar en cuanto son amados gratuitamente, aprenden el respeto a las otras personas en cuanto son respetados, aprenden a conocer el rostro de Dios en cuanto reciben su primera revelación de un padre y una madre llenos de atenciones. Cuando faltan estas experiencias fundamentales, es el conjunto de la sociedad el que sufre violencia y se vuelve, a su vez, generador de múltiples violencias»[76].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;43. La familia es ciertamente el lugar propicio para aprender y practicar la cultura del perdón, de la paz y la reconciliación. «En una vida familiar “sana” se experimentan algunos elementos esenciales de la paz: la justicia y el amor entre hermanos y hermanas, la función de la autoridad manifestada por los padres, el servicio afectuoso a los miembros más débiles, porque son pequeños, ancianos o están enfermos, la ayuda mutua en las necesidades de la vida, la disponibilidad para acoger al otro y, si fuera necesario, para perdonarlo. Por eso, la familia es la primera e insustituible educadora de la paz»[77]. A causa de su importancia capital y de las amenazas que se ciernen sobre esta institución –la distorsión de la noción misma de matrimonio y familia, la infravaloración de la&lt;br /&gt;maternidad y la banalización del aborto, la facilitación del divorcio y el relativismo de una «nueva ética»–, la familia tiene necesidad de ser protegida y defendida[78], para que preste ese servicio que la sociedad misma espera de ella, es decir, ofrecer hombres y mujeres capaces de construir un entramado social de paz y armonía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;44. Aliento vivamente a las familias, pues, a hallar inspiración y fuerza en el Sacramento de la Eucaristía, para vivir la novedad radical que Cristo ha traído al corazón de la vida cotidiana, novedad que lleva a cada uno a ser testigo capaz de difundir luz en su ambiente de trabajo y en toda la sociedad. «El amor entre el hombre y la mujer, la acogida de la vida y la tarea educativa son ámbitos privilegiados en los que la Eucaristía puede mostrar su capacidad de transformar la existencia y llenarla de sentido»[79]. No hay duda que participar en la Eucaristía dominical es una exigencia de la conciencia cristiana y que al mismo tiempo la forma[80].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;45. Por otra parte, reservar en la familia un lugar destacado para la oración, personal y comunitaria, significa respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: el primado de la gracia. La oración nos recuerda constantemente el primado de Cristo y, unido a ello, el primado de la vida interior y de la santidad. El diálogo con Dios abre el corazón al flujo de la gracia y permite que la Palabra de Cristo pase por nosotros con toda su fuerza. Para ello es necesario que en el seno de la familia se escuche asiduamente y se lea con atención la Santa Escritura[81].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;46. Más aún, «la misión educativa de la familia cristiana [es] como un verdadero ministerio, por medio del cual se transmite e irradia el Evangelio, hasta el punto de que la misma vida de familia se hace itinerario de fe y, en cierto modo, iniciación cristiana y escuela de los seguidores de Cristo. En la familia consciente de tal don, como escribió Pablo VI, “todos los miembros evangelizan y son evangelizados”. En virtud del ministerio de la educación los padres, mediante el testimonio de su vida, son los primeros mensajeros del Evangelio ante los hijos [...] Llegan a ser plenamente padres, es decir engendradores no sólo de la vida corporal, sino también de aquella que, mediante la renovación del Espíritu, brota de la Cruz y Resurrección de Cristo»[82].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;B. Los ancianos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;47. En África, los ancianos gozan de una veneración especial. No son apartados de las familias o marginados, como en otras culturas. Al contrario, son estimados y están perfectamente integrados en su familia, de la que son la referencia más alta. Esta hermosa realidad africana debería servir de inspiración a la sociedad occidental, para que acoja la ancianidad con mayor dignidad. La Escritura Santa menciona a menudo a las personas mayores. «La mucha experiencia es la corona de los ancianos, y su orgullo es el temor del Señor» (Si 25,6). La ancianidad, a pesar de la fragilidad que parece caracterizarla, es un don que hay que vivir cotidianamente en la disponibilidad serena hacia Dios y el prójimo. Es también el tiempo de la sabiduría, porque en el tiempo vivido ha aprendido la grandeza y la precariedad de la existencia. Así, el anciano Simeón, como hombre de fe, proclama con entusiasmo y sabiduría no un adiós angustiado a la vida, sino una acción de gracias al Salvador del mundo (cf. Lc 2,25-32).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;48. Las personas mayores pueden influir de diversos modos sobre la familia gracias a esta sabiduría, a veces difícil de adquirir. Su experiencia les lleva naturalmente no sólo a colmar la diferencia, sino también a afirmar la necesidad de la interdependencia humana. Son un tesoro para todos los miembros de la familia, sobre todo para las parejas jóvenes y los niños que encuentran en ellas comprensión y amor. No siendo sólo transmisores de la vida, contribuyen por su comportamiento a consolidar su hogar (cf. Tt 2,2-5) y, por su oración y su vida de fe, a enriquecer espiritualmente a todos los miembros de su familia y de la comunidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;49. Con frecuencia, la estabilidad y el orden social están confiados en África todavía a un consejo de ancianos o a jefes tradicionales. De esta manera, los ancianos contribuyen eficazmente a la edificación de una sociedad cada vez más justa que mira hacia adelante, no a través de experimentos, a veces arriesgados, sino gradualmente y con un prudente equilibrio. Los ancianos contribuyen así a la reconciliación de las personas y las comunidades por su sabiduría y experiencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;50. La Iglesia mira con gran estima a las personas mayores. Deseo volver a deciros, con el beato Juan Pablo II: «La Iglesia os necesita. Pero también la sociedad civil necesita de vosotros [...] Sabed emplear generosamente el tiempo que tenéis a disposición y los talentos que Dios os ha concedido [...] Contribuid a anunciar el Evangelio [...] Dedicad tiempo y energías a la oración».[83]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C. Los hombres&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;51. Los hombres tienen su propia misión en la familia. Como esposos y padres, mediante la relación conyugal y la educación de los hijos ejercen la noble responsabilidad de aportar valores necesarios para la sociedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;52. Con los Padres sinodales, animo a los hombres católicos a colaborar activamente en sus familias a la educación humana y cristiana de los hijos, al respeto y a la protección de la vida desde el momento de su concepción[84]. Les invito a instaurar un estilo de vida cristiano, enraizado y fundado en el amor (cf. Ef 3,17). Con san Pablo, les repito: «Amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella [...] Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia»&lt;br /&gt;(Ef 5,25.28-29). No temáis hacer visible y palpable que no hay amor más grande que dar la vida por quien se ama (cf. Jn 15,13), es decir, y en primer lugar, por la esposa y los hijos. Cultivad una alegría serena en vuestro hogar. El matrimonio es un «don del Señor», decía san Fulgencio de Ruspe[85]. El respeto a la dignidad inviolable de cada persona humana será un antídoto eficaz contra las prácticas tradicionales contrarias al Evangelio y vejatorias particularmente para la mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;53. Al manifestar y vivir en la tierra la paternidad misma de Dios (cf. Ef 3,15), estáis llamados a garantizar el desarrollo personal de todos los miembros de la familia, cuna y medio más eficaz para humanizar la sociedad, lugar de encuentro de varias generaciones[86]. Que por la dinámica creadora de la Palabra de Dios misma, crezca vuestro sentido de responsabilidad hasta comprometeros concretamente en la Iglesia[87]. La Iglesia tiene necesidad de testigos convencidos y eficaces de la fe que promuevan la reconciliación, la justicia y la paz y colaboren entusiasta y decididamente a la transformación del entorno familiar y de la sociedad en su conjunto[88]. Con vuestro trabajo que permite asegurar regularmente vuestra subsistencia y la de vuestras familias, dais este testimonio. Más aún, por el ofrecimiento de este trabajo a Dios, os asociáis a la obra redentora de Jesucristo que ha dado al trabajo una dignidad eminente trabajando con sus propias manos en Nazaret[89].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;54. La calidad y el esplendor de vuestra vida cristiana depende de una profunda vida de oración, alimentada con la Palabra de Dios y los Sacramentos. Estad, pues, atentos para mantener viva esta dimensión esencial de vuestro compromiso cristiano; vuestro testimonio de fe en las tareas cotidianas, vuestra participación en los movimientos eclesiales, encuentran ahí la fuente de su dinamismo. Así os convertiréis en ejemplos que las jóvenes generaciones desearán imitar, y los ayudaréis de este modo a emprender una vida adulta responsable. No tengáis miedo de hablarles de Dios y de iniciarles con vuestro ejemplo a la vida de fe y al compromiso social y caritativo, ayudándoles a descubrir que verdaderamente han sido creados a imagen y semejanza de Dios: «Los signos de esta imagen divina en el hombre pueden ser reconocidos, no en el aspecto del cuerpo que se corrompe, sino en la prudencia e inteligencia, en la justicia, la moderación, el temperamento, la sabiduría, la instrucción»[90].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;D. Las mujeres&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;55. Las mujeres africanas, con sus muchos talentos y sus preciosos dones, son una gran riqueza para la familia, la sociedad y la Iglesia. Como decía Juan Pablo II: «La mujer es aquella en quien el orden del amor en el mundo creado de las personas halla un terreno para su primera raíz»[91]. La Iglesia y la sociedad necesitan que las mujeres encuentren el puesto que les corresponde en el mundo «para que el ser humano pueda vivir sin deshumanizarse completamente»[92].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;56. Aunque es innegable que se ha progresado en favorecer la promoción y la educación de la mujer en algunos países de África, sin embargo, en su conjunto, aún no se ha llegado a valorar y reconocer plenamente su dignidad, sus derechos, así como su aportación esencial a la familia y a la sociedad. La promoción de las jóvenes y las mujeres está menos favorecida que la de los jóvenes y los hombres. Todavía son demasiadas las prácticas humillantes para las mujeres, las vejaciones en nombre de tradiciones ancestrales. Con los Padres sinodales, invito encarecidamente a los discípulos de Cristo a combatir todos los actos de violencia contra las mujeres, a denunciarlos y a condenarlos[93]. En este contexto, sería conveniente que los comportamientos dentro de la Iglesia fueran un modelo para el conjunto de la sociedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;57. En mi viaje a África, insistí en que «hay que reconocer, afirmar y defender la misma dignidad del hombre y la mujer: ambos son personas, diferentes de cualquier otro ser viviente del mundo que les rodea»[94]. El cambio de mentalidad en este campo es desgraciadamente demasiado lento. La Iglesia tiene la obligación de contribuir a este reconocimiento y liberación de la mujer, siguiendo el ejemplo de Cristo (cf. Mt 15,21-28; Lc 7,36-50; 8,1-3; 10,38-42; Jn 4,7-42). Crear para ella un ámbito en el que pueda tomar la palabra y desarrollar sus talentos mediante iniciativas que refuercen su valía, su autoestima y su especificidad, les permitirá ocupar en la sociedad un puesto igual al del hombre –sin confundir ni uniformar la especifi-cidad de cada uno–, pues ambos son «imagen» del Creador (cf. Gn 1,27). Que los obispos animen y promuevan la formación de las mujeres para que asuman «su propia parte de responsabilidad y de participación en la vida comunitaria de la sociedad y […] de la Iglesia»[95]. Y así contribuirán a la humanización de la sociedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;58. Vosotras, mujeres católicas, os inscribís en la tradición evangélica de las mujeres que asistían a Jesús y a los apóstoles (cf. Lc 8,3). Sois para las Iglesias locales como la «columna vertebral»[96], pues vuestro número y vuestra presencia activa en vuestras organizaciones son de gran ayuda para el apostolado de la Iglesia. Cuando la paz se ve amenazada y la justicia ultrajada, cuando la pobreza sigue creciendo, vosotras os mantenéis firmes en defensa de la dignidad humana, de la familia y de los valores de la religión. Que el Espíritu Santo suscite sin cesar mujeres santas y valientes que no cejen en su valiosa colaboración espiritual para el crecimiento de nuestras comunidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;59. Queridas hijas de la Iglesia, aprended continuamente en la escuela de Cristo, como María de Betania, a reconocer su Palabra (cf. Lc 10,39). Formaos en el catecismo y en la Doctrina social de la Iglesia, donde encontraréis los principios que os ayudarán a comportaros como verdaderas discípulas. Así os comprometeréis adecuadamente en los diferentes proyectos en favor de las mujeres. No dejéis de defender la vida, pues Dios os ha hecho receptoras de la vida. La Iglesia estará siempre a vuestro lado. Ayudad con vuestros consejos y ejemplo a las jóvenes para que afronten con paz la vida adulta. Ayudaos mutuamente. Respetad a las más ancianas de entre vosotras. La Iglesia cuenta con vosotras para crear una «ecología humana»[97] mediante el amor y la ternura, la acogida y la delicadeza y, sobre todo, mediante la misericordia, valores que vosotras sabéis inculcar a los hijos, y de los cuales el mundo tiene tanta necesidad. Así, mediante la riqueza de vuestros dones propiamente femeninos[98], favoreceréis la reconciliación de los hombres y de las comunidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;E. Los jóvenes&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;60. Los jóvenes son la mayor parte de la población en África. Esta juventud es un don y un tesoro de Dios, por el que toda la Iglesia está agradecida al Señor de la vida[99]. Se ha de amar a esta juventud, estimarla y respetarla. Ella «expresa un deseo profundo, a pesar de posibles ambigüedades, de aquellos valores auténticos que tienen su plenitud en Cristo. ¿No es, tal vez, Cristo el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda del corazón? ¿No es Cristo el amigo supremo y a la vez el educador de toda amistad auténtica? Si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado por la Cruz»[100].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;61. En la Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, pensando en los jóvenes, escribí: «en la edad de la juventud, surgen de modo incontenible y sincero preguntas sobre el sentido de la propia vida y sobre qué dirección dar a la propia existencia. A estos interrogantes, sólo Dios sabe dar una respuesta verdadera. Esta atención al mundo juvenil implica la valentía de un anuncio claro; hemos de ayudar a los jóvenes a que adquieran confianza y familiaridad con la Sagrada Escritura, para que sea como una brújula que indica la vía a seguir. Para ello, necesitan testigos y maestros, que caminen con ellos y los lleven a amar y a comunicar a su vez el Evangelio, especialmente a sus coetáneos, convirtiéndose ellos mismos en auténticos y creíbles anunciadores»[101].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;62. San Benito pide en su Regla que el abad del monasterio escuche a los más jóvenes, diciendo: «Dios inspira a menudo al más joven lo que es mejor»[102]. No dejemos, pues, de involucrar directamente a los jóvenes en la sociedad y la vida de la Iglesia, con el fin de que no se abandone a sentimientos de frustración y rechazo ante la imposibilidad de hacerse cargo de su futuro, especialmente en situaciones en las que los jóvenes son vulnerables por falta de educación, por el desempleo, la explotación política y toda clase de dependencias[103].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;63. Queridos jóvenes, pueden tentaros reclamos de todo tipo: ideologías, sectas, dinero, drogas, sexo fácil o violencia. Estad alerta: quienes os hacen estas propuestas quieren destruir vuestro porvenir. No obstante las dificultades, no os dejéis desanimar y no renunciéis a vuestros ideales, a vuestra dedicación y asiduidad en la formación humana, intelectual y espiritual. Para alcanzar el discernimiento, la fuerza necesaria y la libertad para resistir a esas presiones, os animo a poner a Jesucristo en el centro de toda vuestra vida mediante la oración, y también mediante el estudio de la Sagrada Escritura, la práctica de los sacramentos, la formación en la Doctrina social de la Iglesia, así como a participar de manera activa y entusiasta en las agrupaciones y movimientos eclesiales. Haced crecer en vosotros el anhelo de fraternidad, de justicia y de paz. El futuro está en manos de quienes saben encontrar razones sólidas para vivir y para esperar. Si lo queréis, el futuro está en vuestras manos, porque los dones que el Señor ha dispensado a cada uno de vosotros, fortalecidos por el encuentro con Cristo, pueden ofrecer al mundo una esperanza autentica[104].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;64. Cuando se trata de orientaros en vuestra opción de vida, cuando os planteéis la cuestión sobre una consagración total –en el sacerdocio ministerial o en la vida consagrada– apoyaros en Cristo, tomadlo como modelo, escuchad su palabra meditándola asiduamente. Durante la homilía en la misa inaugural de mi pontificado, os he exhortado con estas palabras que me parece oportuno repetiros, pues son siempre actuales: «Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana [...] Queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida»[105].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;F. Los niños&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;65. Como los jóvenes, los niños son un regalo de Dios a la humanidad, y han de ser objeto de un cuidado especial por parte de su familia, la iglesia, la sociedad y los gobiernos, pues son una fuente de esperanza y de renovación en la vida. Dios está cercano a ellos de manera especial y su vida es preciosa a sus ojos, aun cuando las circunstancias parecen contrarias o imposibles (cf. Gn 17,17-18; 18,12; Mt 18,10).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;66. En efecto, «cada ser humano inocente es absolutamente igual a todos los demás en el derecho a la vida. Esta igualdad es la base de toda auténtica relación social que, para ser verdadera, debe fundamentarse sobre la verdad y la justicia, reconociendo y tutelando a cada hombre y a cada mujer como persona y no como una cosa de la que se puede disponer»[106].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;67. Así pues, ¿cómo no deplorar y condenar enérgicamente el trato intolerable que reciben tantos niños en África?[107] La Iglesia es madre y no sabría abandonarlos, sean quienes sean. Hemos de ponerles a la luz del amor de Cristo dándoles su amor, para que ellos oigan decir: «Eres precioso para mí, de gran precio, y te amo» (Is 43,4). Dios quiere la felicidad y la sonrisa de cada niño, y está a su favor «porque de los que son como ellos es el reino de Dios» (Mc 10,14).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;68. Jesucristo ha mostrado siempre su predilección por los más pequeños (cf. Mc 10,13-16). El Evangelio mismo está impregnado de la profunda verdad sobre el niño. En efecto, ¿qué quiere decir: «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18,3)? ¿Acaso no hace Jesús de los niños un modelo también para los adultos? En los niños, hay algo que nunca debe faltar a quien quiere entrar en el reino de los cielos. Se promete el cielo a todos los que son sencillos como los niños, a todos que, como ellos, están llenos de un espíritu de abandono en la confianza, puros y ricos de bondad. Sólo ellos pueden encontrar en Dios a un Padre y llegar a ser, gracias a Jesús, hijos de Dios. Hijos e hijas de nuestros padres, Dios quiere que todos seamos sus hijos adoptivos mediante la gracia[108].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III. La visión africana de la vida&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;69. En la cosmovisión africana, la vida es percibida como una realidad que engloba e incluye a los antepasados, a los vivos y los aún por nacer, a toda la creación y a todos los seres: los que hablan y los que son mudos, los que piensan y los que no tienen pensamiento. Se considera al universo visible y al invisible como un espacio de vida de los hombres, pero también como un ámbito de comunión, en el que las generaciones pasadas están al lado de manera invisible con las actuales, madres a su vez de las generaciones futuras. Esta gran apertura del corazón y del espíritu de la tradición africana os predispone, queridos hermanos y hermanas, a oír y recibir el mensaje de Cristo y comprender el misterio de la Iglesia, para dar todo su valor a la vida humana y a las condiciones de su pleno desarrollo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A. La protección de la vida&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;70. Entre las disposiciones para proteger la vida humana en el continente africano, los miembros del Sínodo han tenido en consideración los esfuerzos desplegados por las instituciones internacionales en favor de ciertos aspectos del desarrollo.[109] No obstante, se ha observado con preocupación que hay una falta de claridad ética en los encuentros internacionales, e incluso, un lenguaje confuso que trasmite valores contrarios a la moral católica. La Iglesia se preocupa constantemente por el desarrollo integral de «todo hombre y de todo el hombre», como decía el Papa Pablo VI[110]. Por eso, los Padres sinodales han querido subrayar los aspectos cuestionables de ciertos documentos de entes internacionales, en especial los que se refieren a la salud reproductiva de la mujer. La postura de la Iglesia no admite ambigüedad alguna por lo que se refiere al aborto. El niño en el seno materno es una vida humana que se ha de proteger. El aborto, que consiste en eliminar a un inocente no nacido, es contrario a la voluntad de Dios, pues el valor y la dignidad de la vida humana debe ser protegida desde la concepción hasta la muerte natural. La Iglesia en África y las islas vecinas deben comprometerse a ayudar y apoyar a las mujeres y a los cónyuges tentados por el aborto, y a estar cercana de los que han tenido esta triste experiencia, con el fin de educar en el respeto de la vida. Y se alegra por la valentía de los gobiernos que han legislado en contra de la cultura de la muerte, de la cual el aborto es una dramática expresión, y en favor de la cultura de la vida[111].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;71. La Iglesia sabe que muchos –personas, asociaciones, departamentos especializados o estados– se oponen a una sana doctrina sobre esto. «No debemos temer la hostilidad y la impopularidad, rechazando todo compromiso y ambigüedad que nos conformaría a la mentalidad de este mundo (cf. Rm 12,2). Debemos estar en el mundo, pero no ser del mundo (cf. Jn 15,19; 17,16), con la fuerza que nos viene de Cristo, que con su muerte y resurrección ha vencido el mundo (cf. Jn 16,33)»[112].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;72. Sobre la vida humana en África se ciernen serias amenazas. Hay que deplorar, como en otras partes, los estragos del abuso de drogas y el alcohol, que destruye el potencial humano del continente y afecta especialmente a los jóvenes[113]. El paludismo[114], la tuberculosis y el sida, diezman la población africana y dañan gravemente su vida socioeconómica. El problema del sida, en particular, exige sin duda una respuesta médica y farmacéutica. Pero ésta no es suficiente, pues el problema es más profundo. Es sobre todo ético. El cambio de conducta que requiere –como, por ejemplo, la abstinencia sexual, el rechazo de la promiscuidad sexual, la fidelidad en el matrimonio– plantea en último término la cuestión fundamental del desarrollo integral, que implica un enfoque y una respuesta global de la Iglesia. En efecto, para que sea eficaz, la prevención del sida debe basarse en una educación sexual fundada en una antropología enraizada en el derecho natural, e iluminada por la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;73. En nombre de la vida –que la Iglesia tiene el deber de proteger y defender– y en unión con los Padres sinodales, renuevo mi apoyo y me dirijo a todas las instituciones y a todos los movimientos de la Iglesia que trabajan en el campo de la salud, y en particular en el del sida: Estáis haciendo un trabajo maravilloso e importante. Pido a los organismos internacionales que os reconozcan y ayuden respetando vuestra especificidad y en un espíritu de colaboración. Y aliento vivamente de nuevo a los institutos y programas de investigación terapéutica y farmacéutica que luchan por erradicar las pandemias. Que no escatimen esfuerzos para llegar lo antes posible a resultados, por amor del don precioso de la vida[115]. Que puedan encontrar soluciones y hacer accesibles a todos los tratamientos y las medicinas, teniendo en cuenta las situaciones de precariedad. La Iglesia sostiene desde hace mucho tiempo la causa de un tratamiento médico de alta calidad y de menor costo para todos los afectados[116].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;74. La defensa de la vida comporta también la erradicación de la ignorancia mediante la alfabetización de la población y una educación de calidad que abarque a toda la persona. A lo largo de su historia, la Iglesia Católica ha prestado una atención especial a la educación. Ha sensibilizado, animado y ayudado continuamente a los padres a vivir su responsabilidad de primeros educadores de la vida y la fe de sus hijos. En África, sus estructuras –como escuelas, colegios, institutos, centros de formación profesional o universidades– ponen a disposición de la población los medios para acceder al conocimiento, sin distinción de origen, medios económicos o religión. La Iglesia aporta su contribución para que se pueda valorar y crecer los talentos que Dios ha puesto en todo corazón humano. Muchos Institutos religiosos han nacido para este fin. Innumerables santos y santas han comprendido que santificar al hombre significa ante todo promover su dignidad mediante la educación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;75. Los miembros del Sínodo han constatado que África, como en el resto del mundo, está pasando por una crisis de la educación[117]. Han subrayado la necesidad de un programa educativo que conjugue la fe y la razón para preparar a los niños y jóvenes a la vida adulta. Los fundamentos y sanos criterios, puestos así, les permitirán afrontar las opciones cotidianas, caracterizando la vida adulta en el plano afectivo, social, profesional y político.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;76. El analfabetismo representa uno de los principales obstáculos para el desarrollo. Es un flagelo igual que las pandemias. Aunque no mata directamente, contribuye sin embargo activamente a la marginación de la persona –que es una forma de muerte social– y la imposibilita acceder al conocimiento. Alfabetizar a la persona es hacer de ella un miembro de pleno derecho de la res publica, a cuya construcción podrá contribuir[118], y es también dar la posibilidad a los cristianos de tener acceso al tesoro inestimable de las Escrituras que alimentan su vida de fe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;77. Invito a las comunidades e instituciones católicas a responder generosamente a este gran desafío, que es un verdadero laboratorio de humanización, y a intensificar sus esfuerzos, dentro de sus posibilidades, a desarrollar, solos o en colaboración con otras organizaciones, programas eficaces y adecuadas a la población. Las comunidades e instituciones católicas sólo superarán este desafío conservando su identidad eclesial y manteniéndose celosamente fieles al mensaje evangélico y al carisma de su fundador. La identidad cristiana es un bien precioso que hay que saber preservar y custodiar por temor de que la sal no se desvirtúe y termine siendo pisada por la gente (cf. Mt 5,13).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;78. Conviene ciertamente sensibilizar a los gobiernos a incrementar su ayuda en favor de la escolarización. La Iglesia reconoce y respeta el papel del Estado en la educación. Pero afirma también su legítimo derecho a participar en ella, y a aportar su contribución específica. Y sería oportuno recordar al Estado que la Iglesia tiene derecho a educar según sus propias normas y en sus instalaciones. Es un derecho que se enmarca en la libertad de acción, «como requiere el cuidado de la salvación de los hombres»[119]. Muchos Estados africanos reconocen el importante papel que la Iglesia desempeña desinteresadamente en la construcción de su nación a través de sus centros educativos. Por tanto, aliento encarecidamente a los gobernantes en sus esfuerzos por apoyar esta labor educativa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;B. Respeto por la creación y el ecosistema&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;79. Con los Padres sinodales, invito a todos los miembros de la Iglesia a trabajar y abogar por una economía atenta a los pobres, oponiéndose resueltamente a un orden injusto que, bajo el pretexto de reducir la pobreza, ha contribuido tantas veces a incrementarla[120]. Dios ha dado a África importantes recursos naturales. Ante la pobreza crónica de sus poblaciones, víctimas de la explotación y de malversaciones locales y extranjeras, la opulencia de ciertos grupos hiere a la conciencia humana. Constituidos para crear riqueza en sus propios países, y a menudo con la complicidad de quienes ejercen el poder en África, estos grupos aseguran con demasiada frecuencia sus propias operaciones en detrimento del bienestar de la población local[121]. En colaboración con los otros componentes de la sociedad civil, la Iglesia debe denunciar el orden injusto que impide a los pueblos africanos consolidar sus economías[122] y «desarrollarse de acuerdo con sus características culturales»[123]. También es deber de la Iglesia luchar para que «cada nación sea ella misma la principal artífice de su progreso económico y social [...] y tome parte en la realización del bien común universal, como miembro activo y responsable de la sociedad humana, en condición de igualdad con otros pueblos»[124].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;80. Hay hombres y mujeres de negocios, gobiernos, grupos económicos, que se comprometen en programas de explotación que contaminan el medio ambiente y causan una desertificación sin precedentes. Se producen daños graves a la naturaleza y los bosques, a la flora y la fauna, e innumerables especies podrían desaparecer para siempre. Todo esto amenaza el ecosistema entero y, en consecuencia, la supervivencia de la humanidad[125]. Exhorto a la Iglesia en África a alentar a los gobernantes a proteger los bienes fundamentales como la tierra y el agua para la vida humana de las generaciones actuales y las del futuro[126], así como para la paz entre los pueblos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C. La buena gobernanza de los Estados&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;81. Un instrumento de primaria importancia al servicio de la reconciliación, la justicia y la paz, puede ser la institución política, cuyo deber esencial es el establecimiento y la gestión del orden justo[127]. Este orden está a su vez al servicio de la «vocación a la comunión de las personas»[128]. Para alcanzar este ideal, la Iglesia en África debe ayudar a construir la sociedad en colaboración con las autoridades gubernamentales e instituciones públicas y privadas que participan en la construcción del bien común[129]. Los líderes tradicionales pueden desempeñar un papel muy positivo para el buen gobierno. La Iglesia, por su parte, se compromete a promover en su seno y en la sociedad una cultura muy atenta a la primacía del derecho[130]. A título de ejemplo, las elecciones son una ocasión en la que se expresa la opción política de un pueblo y son un signo de la legitimidad para ejercer el poder. Estas son el momento privilegiado para un debate público sano y sereno, caracterizado por el respeto de las diferentes opiniones y los diferentes grupos políticos. Favorecer el buen desarrollo de las elecciones, suscitará y alentará una participación real y activa de los ciudadanos en la vida política y social. La falta de respeto a la Constitución nacional, a la ley o al veredicto de las urnas allí dónde las elecciones han sido libres, ecuánimes y transparentes, manifestaría una grave disfunción de la gobernabilidad y significaría una falta de competencia en la gestión de los asuntos públicos[131].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;82. Hoy en día, muchos de los que toman decisiones, tanto políticos como economistas, creen que no deben nada a nadie, sino sólo a sí mismos. «Piensan que sólo son titulares de derechos y con frecuencia les cuesta madurar en su responsabilidad respecto al desarrollo integral propio y ajeno. Por ello, es importante urgir una nueva reflexión sobre los deberes que los derechos presuponen, y sin los cuales éstos se convierten en algo&lt;br /&gt;arbitrario»[132].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;83. El crecimiento de la tasa de criminalidad en las sociedades cada vez más urbanizadas es un motivo de gran preocupación para todos los responsables y para los gobernantes. Por tanto, hay una necesidad urgente de establecer sistemas independientes judiciales y penitenciarios, con el fin de restaurar la justicia y rehabilitar a los culpables. Se han de desterrar también los casos de errores judiciales y los malos tratos a los reclusos, así como las numerosas ocasiones en que no se aplica la ley, lo que comporta una violación de los derechos humanos[133], y también los encarcelamientos que sólo muy tarde, o nunca, terminan en un proceso. «La Iglesia en África [...] reconoce su misión profética respecto a todos los afectados por la delincuencia, así como la necesidad que tienen de reconciliación, justicia y paz»[134]. Los reclusos son seres humanos que merecen, no obstante su crimen, ser tratados con respeto y dignidad. Necesitan nuestra atención. Para ello, la Iglesia debe organizar la pastoral penitenciaria por el bien material y espiritual de los presos. Esta actividad pastoral es un servicio real que la Iglesia ofrece a la sociedad y que el Estado debe favorecer en aras del bien común. Junto con los miembros del Sínodo, llamo la atención de los responsables de la sociedad sobre la necesidad de hacer todo lo posible para llegar a la eliminación de la pena capital[135], así como para la reforma del sistema penal, para que la dignidad humana del recluso sea respetada. Corresponde a los agentes de pastoral la tarea de estudiar y proponer la justicia restitutiva como un medio y un proceso para favorecer la reconciliación, la justicia, y la paz, así como la reinserción en las comunidades de las víctimas y de los trasgresores[136].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;D. Migrantes, desplazados y refugiados&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;84. Millones de migrantes, desplazados o refugiados buscan una patria y una tierra de paz en África o en otros continentes. La dimensión de este éxodo, que afecta a todos los países, pone de manifiesto la magnitud de tantas pobrezas, con frecuencia provocadas por fallos en la gestión pública. Miles de personas han tratado y tratan aún atravesar mares y desiertos en busca de un oasis de paz y prosperidad, de una mejor formación y una mayor libertad. Lamentablemente, muchos refugiados y desplazados vuelven a encontrar violencias de todo tipo, la explotación, e incluso la cárcel o, en demasiados casos, la muerte. Algunos estados han respondido a esta tragedia con una legislación represiva[137]. La precaria situación de estos pobres debería despertar la compasión y la solidaridad generosa de todos; por el contrario, a menudo suscita temor y ansiedad. Muchos consideran a los emigrantes como una carga, les miran con recelo, viendo en ellos peligro, inseguridad y amenaza. Esta percepción lleva a reacciones de intolerancia, xenofobia y racismo. Mientras tanto, estos inmigrantes se ven obligados por su precaria situación a realizar trabajos mal pagados, y a menudo ilegales, humillantes o denigrantes. Ante esta situación, la conciencia humana no puede dejar de sentirse indignada. La migración, tanto dentro como fuera del continente, se convierte así en un drama multidimensional, que afecta seriamente al capital humano de África, provocando la desestabilización y la destrucción de las familias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;85. La Iglesia recuerda que África fue una tierra de refugio para la Sagrada Familia, cuando huyó del poder político sanguinario de Herodes[138] en busca de una tierra que prometía paz y seguridad. Y la Iglesia seguirá haciendo oír su voz y comprometiéndose en la defensa de todos[139].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;E. Globalización y ayuda internacional&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;86. Los Padres sinodales han expresado su perplejidad y preocupación ante la globalización. Ya he llamado la atención sobre este fenómeno, como un desafío que se ha de afrontar. «La verdad de la globalización como proceso y su criterio ético fundamental vienen dados por la unidad de la familia humana y su crecimiento en el bien. Por tanto, hay que esforzarse incesantemente para favorecer una orientación cultural personalista y comunitaria, abierta a la trascendencia, del proceso de integración planetaria»[140]. La Iglesia desea que la globalización de la solidaridad llegue a grabar «en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad»[141], evitando la tentación de un pensamiento único sobre la vida, la cultura, la política o la economía, en beneficio de un constante respeto ético de las diversas realidades humanas, para lograr una solidaridad efectiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;87. Esta globalización de la solidaridad se manifiesta ya en cierta medida en la ayuda internacional. Hoy en día, la noticia de una catástrofe da rápidamente la vuelta al mundo, y suscita con mucha frecuencia un movimiento de compasión y gestos concretos de generosidad. La Iglesia hace un gran servicio de caridad protegiendo las necesidades reales del destinatario. En nombre del derecho de los necesitados y de los sin voz, y en nombre del respeto y la solidaridad que les debe ofrecer, la Iglesia pide que «los organismos internacionales y las organizaciones no gubernamentales se esfuercen por una transparencia total»[142].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV. Diálogo y comunión entre los creyentes&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;88. Como nos muestran muchos movimientos sociales, las relaciones interreligiosas condicionan la paz en África, como en otras partes. Por consiguiente, es importante que la Iglesia promueva el diálogo como una actitud espiritual, con el fin de que los creyentes aprendan a trabajar juntos, como por ejemplo, en las asociaciones orientadas hacia la paz y la justicia, con un espíritu de confianza y apoyo mutuo. Se ha de educar a las familias a escuchar, a la fraternidad y al respeto, sin miedo al otro[143]. Sólo una cosa es necesaria (cf. Lc 10,42) y capaz de satisfacer la sed de eternidad de todo ser humano, así como el deseo de unidad de la humanidad entera: el amor y la contemplación de Aquel ante el cual san Agustín exclamó: «¡Oh eterna verdad, y verdadera caridad, y amada eternidad»[144].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A. Diálogo ecuménico y desafío de los nuevos movimientos religiosos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;89. Al invitar a participar en la Asamblea sinodal a nuestros hermanos cristianos ortodoxos, coptos ortodoxos, luteranos, anglicanos y metodistas –y, en particular, a Su Santidad Abuna Paulos, Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Tewahedo de Etiopía, una de las más antiguas comunidades cristianas del continente africano–, he querido poner de manifiesto que el camino común hacia la reconciliación pasa ante todo por la comunión de los discípulos de Cristo. Un cristianismo dividido sigue siendo un escándalo, puesto que contradice de facto la voluntad del Divino Maestro (cf. Jn 17,21). El diálogo ecuménico apunta, pues, a orientar nuestro camino común hacia la unidad de los cristianos, siendo asiduos en la escucha de la Palabra de Dios, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a la oración (cf. Hch 2,42). Exhorto a toda la familia eclesial –las iglesias particulares, los institutos de vida consagrada, asociaciones y movimientos laicales– a proseguir este camino con mayor resolución, en el espíritu y sobre la base de las indicaciones del Directorio ecuménico, y través de las diversas asociaciones ecuménicas existentes. E invito también a formar otras nuevas allí donde puedan ser una ayuda para la misión. Que podamos emprender juntos obras de caridad y proteger el patrimonio religioso, gracias al cual los discípulos de Cristo encuentran la fuerza espiritual que necesitan para la construcción de la familia humana[145].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;90. A lo largo de estas últimas décadas, la Iglesia en África se ha preguntado con insistencia sobre el nacimiento y la expansión de comunidades no católicas, llamadas a veces también autóctonas africanas (Independent African Churches). Con frecuencia se derivan de iglesias y comunidades eclesiales cristianas tradicionales que adoptan aspectos de las culturas tradicionales africanas. Estos grupos han aparecido recientemente en el panorama ecuménico. Los pastores de la Iglesia católica deberán tener en cuenta esta nueva realidad para promover la unidad entre los cristianos en África y, por tanto, encontrar una respuesta adecuada al contexto con vistas a una evangelización más profunda, para hacer llegar de modo eficaz la verdad de Cristo a los africanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;91. En África han surgido también en los últimos decenios muchos movimientos sincretistas y sectas. A veces es difícil discernir si son de inspiración auténticamente cristiana o simplemente fruto del capricho de un líder que pretende poseer dones excepcionales. Su denominación y su vocabulario se prestan fácilmente a la confusión, y pueden inducir a error a los fieles de buena fe. Aprovechando estructuras estatales en elaboración, la erosión de la solidaridad familiar tradicional y una catequesis insuficiente, numerosas sectas explotan la credulidad y ofrecen un respaldo religioso a creencias religiosas multiformes y heterodoxas no cristianas. Destruyen la paz de los cónyuges y sus familias a causa de falsas profecías y visiones. Seducen incluso a los políticos. La teología y la pastoral de la Iglesia debe individuar las causas de este fenómeno, no sólo para frenar la «sangría» de fieles de las parroquias que se van a otros grupos, sino también para constituir la base para una respuesta pastoral apropiada, en vista de la atracción que estos movimientos ejercen sobre ellos. Esto significa, una vez más: evangelizar en profundidad el alma africana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;B. Diálogo interreligioso&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. Las religiones tradicionales africanas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;92. La Iglesia convive cotidianamente con los seguidores de las religiones tradicionales africanas. Estas religiones, que hacen referencia a los antepasados y a una forma de mediación entre el hombre y la Inmanencia, son el terreno cultural y espiritual del que provienen la mayoría de los cristianos conversos, y con el que mantienen un contacto diario. Conviene elegir entre los convertidos algunos bien informados, con el fin de que puedan ser guías para la Iglesia en el conocimiento cada vez más profundo y preciso de las tradiciones, la cultura y las religiones tradicionales. Será así más fácil conocer los verdaderos puntos de ruptura. Además, se llegará también a la necesaria distinción entre lo cultural y lo cultual, descartando los elementos mágicos, causa de división y ruina en la familia y en la sociedad. En este sentido, el Concilio Vaticano II ha precisado que la Iglesia «exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los seguidores de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socioculturales que se encuentran en ellos»[146]. Con el fin de que los tesoros de la vida sacramental y de la espiritualidad de la Iglesia se puedan descubrir en toda su profundidad y se transmitan mejor en la catequesis, la Iglesia podría examinar, con un estudio teológico, ciertos elementos de las culturas tradicionales africanas que son conformes con las enseñanzas de Cristo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;93. Puesto que se apoya en las religiones tradicionales, se percibe hoy un cierto recrudecer de la hechicería. Renacen los temores y se crean lazos de sujeción paralizante. Las preocupaciones sobre la salud, el bienestar, los niños, el clima, la protección contra los malos espíritus, llevan en ocasiones a recurrir a prácticas tradicionales de las religiones africanas que están en desacuerdo con la enseñanza cristiana. El problema de la «doble pertenencia» al cristianismo y a estas religiones sigue siendo un desafío. Para la Iglesia en África, es necesario guiar a las personas a descubrir la plenitud de los valores del Evangelio, mediante la catequesis y una profunda inculturación. Conviene determinar cuál es el significado profundo de las prácticas de brujería, identificando las implicaciones teológicas, sociales y pastorales que conlleva este flagelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. El Islam&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;94. Los Padres sinodales han subrayado la complejidad de la realidad musulmana en el continente africano. En algunos países, hay un buen entendimiento entre cristianos y musulmanes; en otros, los cristianos no son más que ciudadanos de segunda clase, y los católicos extranjeros, religiosos o laicos, tiene dificultades para obtener visados y permisos de residencia; hay países donde no se distingue suficientemente entre los elementos religiosos y políticos; y otros, en fin, en los que se produce agresividad. Exhorto a la Iglesia a perseverar en cualquier situación en la estima de los «musulmanes, que adoran un Dios único, vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres»[147]. Si todos nosotros, creyentes en Dios, deseamos servir a la reconciliación, la justicia y la paz, hemos de trabajar juntos para impedir toda forma de discriminación, intolerancia y fundamentalismo confesional. En su obra social, la Iglesia no hace distinción alguna por la religión. Ayuda a los necesitados, sean cristianos, musulmanes o animistas. Da testimonio así del amor de Dios, el Creador de todos, y anima a los seguidores de otras religiones a una actitud respetuosa y a una reciprocidad en la estima. Animo a toda la Iglesia a buscar, mediante un diálogo paciente con los musulmanes, el reconocimiento jurídico y práctico de la libertad religiosa, de modo que todo ciudadano disfrute en África, no sólo del derecho a elegir libremente su religión[148] y a practicar su culto, sino también del derecho a la libertad de conciencia[149]. La libertad religiosa es el camino de la paz[150].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C. Convertirse en «sal de la tierra» y «luz del mundo»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;95. La misión evangelizadora de la Iglesia en África se nutre de varias fuentes, la Escritura, la Tradición y la vida sacramental. Como han subrayado muchos Padres sinodales, el ministerio de la Iglesia se apoya eficazmente en el Catecismo de la Iglesia Católica. Además, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia es una guía para la misión de la Iglesia como «Madre y Educadora» en el mundo y la sociedad y, por eso, un instrumento pastoral de primer orden[151]. Un cristiano que acude a la fuente genuina, Cristo, es transformado por Él en «luz del mundo» (Mt 5,14), y transmite a Aquel que es «la luz del mundo» (Jn8,12). Su conocimiento debe estar animado por la caridad. En efecto, el saber, «si quiere ser sabiduría capaz de orientar al hombre a la luz de los primeros principios y de su fin último, ha de ser “sazonado” con la “sal” de la caridad»[152].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;96. Para llevar a cabo la tarea que estamos llamados a cumplir, hagamos nuestra la exhortación de san Pablo: «Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiadas del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu» (Ef 6,14-18).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;SEGUNDA PARTE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ACTUAR BAJO LA ACCIÓN TRANSFORMADORA&lt;br /&gt;DEL ESPÍRITU SANTO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;97. Las orientaciones de la misión que he mencionado sólo se convierten en realidad si la Iglesia actúa, por un lado, bajo la guía del Espíritu Santo y, por otro, como un solo cuerpo, por utilizar la imagen de san Pablo, que presenta estas dos condiciones de forma articulada. En efecto, en un África marcada por los contrastes, la Iglesia debe indicar claramente el camino hacia Cristo. Ha de mostrar cómo se vive, en fidelidad a Jesucristo, la unidad en la diversidad, tal como enseña el Apóstol: «Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común» (1 Co 12,4-7). Al exhortar a todos los miembros de la familia eclesial a ser «la sal de la tierra» y «la luz del mundo» (Mt 5,13.14), deseo insistir en ese «ser» que, por el Espíritu, debería actuar con vistas al bien común. Nunca se puede ser cristiano aisladamente. Los dones que el Señor concede a cada uno –a obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas, catequistas, laicos– han de contribuir a la armonía, la comunión y la paz en la Iglesia misma y en la sociedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;98. Conocemos bien el episodio del paralítico que trajeron a Jesús para que lo sanara (cf. Mc 2,1-12). Este hombre simboliza hoy para nosotros todos nuestros hermanos y hermanas de África y de otras partes, paralizados de diferentes maneras y, por desgracia, sumidos a menudo en una profunda postración. Ante los desafíos que he mencionado muy brevemente siguiendo las comunicaciones de los Padres sinodales, meditemos sobre la actitud de los que llevaban al paralítico. Éste no podía acceder a Jesús si no era con la ayuda de cuatro personas de fe, que desafiaron la barrera física de la multitud haciendo gala de solidaridad y de absoluta confianza en Jesús. Cristo, nos dice el Evangelio, «vio la fe que tenían». A continuación, remueve el obstáculo espiritual diciendo al paralítico: «Tus pecados te son perdonados». Le libera de lo que impide a este hombre levantarse. Este ejemplo nos obliga a crecer en la fe y a dar muestra también nosotros de solidaridad y creatividad para ayudar a quienes llevan pesadas cargas, abriéndolos así a la plenitud de la vida en Cristo (cf. Mt 11,28). Ante los obstáculos físicos y espirituales que se nos presentan, movilicemos las energías espirituales y materiales de todo el cuerpo, de la Iglesia, seguros de que Cristo actuará por el Espíritu Santo en cada uno de sus miembros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CAPÍTULO I&lt;br /&gt;Los miembros de la Iglesia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;99. Queridos hijos e hijas de la Iglesia, especialmente vosotros, queridos fieles de África, el amor de Dios os ha colmado de toda clase de bendiciones y hecho capaces de actuar como la sal de la tierra. Todos vosotros, como miembros de la Iglesia, debéis ser consciente de que la paz y la justicia son fruto ante todo de la reconciliación del ser humano consigo mismo y con Dios. Que sólo Cristo es el único y verdadero «Príncipe de la Paz». Su nacimiento es prenda de la paz mesiánica, como anunciaron los profetas (cf. Is 9,5-6; 57,19; Mi 5, 4; Ef 2,14-17). Esta paz no viene de los hombres sino de Dios. Es el don mesiánico por excelencia. Esta paz lleva a la justicia del Reino, que se ha de buscar a tiempo y a destiempo en todo lo que se hace (cf. Mt 6,33), de modo que en todas las circunstancias se dé gloria a Dios (cf. Mt 5,16). Ahora bien, sabemos que el justo es fiel a la ley de Dios, pues se ha convertido (cf. Lc 15,7; 18,14). Cristo ha traído esta nueva fidelidad para hacernos «irreprochables e inocentes» (Flp 2,15).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I. Los obispos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;100. Queridos hermanos en el Episcopado, la santidad a la que está llamado el obispo exige el ejercicio de las virtudes –las virtudes teologales en primer lugar– y de los consejos evangélicos[153]. Vuestra santidad personal debe repercutir en beneficio de los que han sido confiados a vuestro cuidado pastoral, y a los que debéis servir. La vida de oración fecundará desde dentro vuestro apostolado. Un obispo debe ser amante de Cristo. Vuestra distinción y autoridad moral que sustentan el ejercicio de vuestra potestad jurídica, sólo pueden venir de vuestra santidad de vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;101. Como decía san Cipriano a mediados del siglo III en Cartago, «la Iglesia se apoya sobre los obispos, y todos sus actos son gobernados por ellos mismos, que la presiden»[154]. La comunión, la unidad y la cooperación con el presbiterium será el antídoto a los gérmenes de división y que os ayudará a poneros todos juntos a la escucha del Espíritu Santo. Él os guiará por el sendero justo (cf. Sal 22,3). Amad y respetad a vuestros sacerdotes. Son los colaboradores preciosos de vuestro ministerio episcopal. Imitad a Cristo. Él creó a su alrededor un ambiente de amistad, de amor fraterno y de comunión, tomado de las entrañas del misterio trinitario. «Os invito a seguir solícitos para ayudar a vuestros sacerdotes a vivir en íntima unión con Cristo. Su vida espiritual es el fundamento de su vida apostólica. Exhortadles con dulzura a la oración cotidiana y a la celebración digna de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y la Reconciliación, como lo hacía san Francisco de Sales con sus sacerdotes [...] Los sacerdotes necesitan vuestro afecto, vuestro aliento y vuestra solicitud»[155].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;102. Estad unidos al Sucesor de Pedro, con vuestros sacerdotes y todos vuestros fieles. No gastéis energías humanas y pastorales en la búsqueda vana de responder a cuestiones que no son de vuestra directa competencia, o en derroteros de un nacionalismo que puede ofuscar. Seguir a este ídolo, así como absolutizar la cultura africana, es más fácil que seguir las exigencias de Cristo. Estos ídolos son señuelos. Más aún, son una tentación de creer que el reino de la felicidad eterna en la tierra puede llegar sólo como fruto del esfuerzo humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;103. Vuestro primer deber es llevar a todos la Buena Nueva de salvación y ofrecer a los fieles una catequesis que contribuya a un conocimiento más profundo de Jesucristo. Poned cuidado en dar a los laicos una verdadera conciencia de su misión en la Iglesia, y animadles a llevarla a cabo con sentido de responsabilidad, teniendo siempre en cuenta el bien común. Los programas de formación permanente de los laicos, especialmente para los líderes políticos y económicos, deberán insistir en la conversión como condición necesaria para transformar el mundo. Conviene comenzar siempre con la oración, siguiendo luego con la catequesis, que llevará a actuaciones concretas. La creación de estructuras vendrá posteriormente, si realmente es necesario, pues éstas nunca podrán reemplazar el poder de la oración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;104. Queridos hermanos en el Episcopado, siguiendo a Cristo, Buen Pastor, sed buenos guías y servidores de la grey que se os ha confiado, ejemplares en vuestra vida y conducta. La buena administración de vuestras diócesis requiere vuestra presencia. Para que vuestro mensaje sea creíble, haced que vuestras diócesis sean modélicas, tanto en el comportamiento de las personas como en la transparencia y buena gestión financiera. No tengáis miedo de recurrir a la experiencia de los auditores contables para dar ejemplo también a los fieles y a la sociedad en su conjunto. Promoved el buen funcionamiento de los organismos de la iglesia diocesana y parroquial, según lo dispuesto por el derecho de la Iglesia. Como responsables de la Iglesia particular, os corresponde ante todo la búsqueda de la unidad, la justicia y la paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;105. El Sínodo ha recordado que «la Iglesia es una comunión que comporta una solidaridad pastoral orgánica. Los obispos, en comunión con el Obispo de Roma, son los primeros promotores de comunión y colaboración en el apostolado de la Iglesia»[156]. Las Conferencias Episcopales nacionales y regionales tienen el cometido de consolidar esta comunión eclesial y de promover esta solidaridad pastoral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;106. Para que la pastoral social de la Iglesia sea más visible, consistente y eficaz, el Sínodo ha sentido la necesidad de una acción más solidaria en todos los ámbitos. Convendría que las Conferencias Episcopales nacionales y regionales, así como la Asamblea de la Jerarquía Católica de Egipto (ahce), renueven su compromiso de solidaridad colegial[157]. Esto implica en concreto una participación tangible en las actividades de estas estructuras, tanto en lo que respecta al personal como a los recursos financieros. La Iglesia dará así testimonio de esa unidad, por la que Cristo ha suplicado (cf. Jn 17,20-21).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;107. También parece conveniente que los Obispos se comprometan ante todo a promover y sostener efectiva y afectivamente el Simposium de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar (SECEAM) como una estructura continental de solidaridad y comunión eclesial[158]. Es oportuno, además, mantener buenas relaciones con la Confederación de las Conferencias de Superiores Mayores de África y Madagascar (CO.SMAM), las asociaciones de universidades católicas y otras estructuras eclesiales continentales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II. Los sacerdotes&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;108. Como estrechos e indispensables colaboradores del Obispo, los sacerdotes[159] tienen la responsabilidad de continuar la obra de la evangelización. La Segunda Asamblea del Sínodo para África se celebró durante el año sacerdotal, haciendo un llamamiento especial a la santidad. Queridos sacerdotes, recordad que vuestro testimonio de vida pacífica, por encima de los confines tribales y raciales, puede tocar los corazones[160]. La llamada a la santidad nos invita a ser pastores según el corazón de Dios[161], que apacientan la grey con justicia (cf. Ez 34,16). Ceder a la tentación de convertiros en guías políticos[162] o trabajadores sociales, traicionaría vuestra misión sacerdotal y frustraría a la sociedad, que espera de vosotros palabras y gestos proféticos. Ya lo decía san Cipriano: «Los que honran el sacerdocio divino [...] no deben ejercer su ministerio mas que en el sacrificio y el altar, y no asistir mas que a la oración»[163].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;109. Al consagraros sobre todo a los que el Señor os confía para formarlos en las virtudes cristianas y guiarlos hacia la santidad, no sólo los ganaréis para Cristo, sino que los haréis también protagonistas de una sociedad africana renovada. Dada la complejidad de las situaciones que debéis afrontar, os invito a profundizar en la vida de oración y en la formación permanente: que ésta sea tanto espiritual como intelectual. Familiarizaros con las Escrituras, con la Palabra de Dios que meditáis cada día para explicársela a los fieles. Desarrollad también vuestro conocimiento del Catecismo y de los documentos del Magisterio, así como de la Doctrina Social de la Iglesia. De este modo podréis, por vuestra parte, formar a los miembros de la comunidad cristiana de los que sois responsables inmediatos, para que lleguen a ser auténticos discípulos y testigos de Cristo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;110. Vivid con sencillez, humildad y amor filial la obediencia al Obispo de vuestra diócesis. «Por respeto a quien nos amó, se ha de obedecer sin hipocresía alguna; porque no se engaña al obispo visible, sino que se miente al invisible. Pues en este caso no se habla de la carne, sino de Dios que conoce lo invisible»[164]. En el marco de la formación permanente, parece apropiado que se vuelvan a leer y meditar algunos documentos, como el Decreto conciliar sobre el ministerio y la vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, la Exhortación apostólica postsinodal, del Papa Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, de 1992, o el Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros, de 1994 o, también, la Instrucción El Presbítero, pastor y guía de la Comunidad parroquial, de 2002.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;111. Edificad las comunidades cristianas con el ejemplo, viviendo con verdad y alegría vuestros compromisos sacerdotales: el celibato en castidad y el desapego de los bienes materiales. Vividos con madurez y serenidad, estos signos son particularmente conformes al estilo de vida de Jesús, expresando «la dedicación total y exclusiva a Cristo, a la Iglesia y al Reino de Dios»[165]. Dedicaros intensamente a poner en práctica la pastoral diocesana de la reconciliación, la justicia y la paz, especialmente mediante los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, la catequesis, la formación de los laicos y el acompañamiento de los responsables de la sociedad. Todo sacerdote debe sentirse feliz de servir a la Iglesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;112. Seguir a Cristo en el camino del sacerdocio requiere tomar decisiones. No siempre son fáciles de vivir. Las exigencias del Evangelio, formuladas durante siglos por la enseñanza del Magisterio, son radicales a los ojos del mundo. A veces es difícil seguirlas, pero no imposible. Cristo nos enseña que no podemos servir a dos señores a la vez (cf. Mt 6,24). Él se refiere ciertamente al dinero, ese tesoro temporal que puede ocupar nuestro corazón (cf. Lc 12,34), pero alude también a tantos otros bienes que poseemos: por ejemplo, nuestra vida, nuestra familia, nuestra educación, nuestras relaciones personales. Se trata de bienes preciosos y estupendos que son constitutivos de nuestra persona. Pero Cristo pide a quien llama que se abandone totalmente a la providencia. Le pide una decisión radical (cf. Mt 7,13-14), que a veces nos resulta difícil de comprender y vivir. Pero si Dios es nuestro verdadero tesoro –esa perla fina que se desea adquirir a toda costa, aunque haya que hacer grandes sacrificios (cf. Mt 13,45-46)–, entonces desearemos que nuestro corazón y nuestro cuerpo, nuestro espíritu y nuestra mente, sean sólo para Él. Este acto de fe nos permitirá ver con otros ojos lo que nos parece importante, y vivir respecto a nuestro cuerpo, a nuestras relaciones humanas con la familia o los amigos, a la luz de la llamada de Dios y de sus exigencias al servicio de la Iglesia. Conviene reflexionar profundamente sobre esto. Y esta reflexión comenzará desde el seminario para continuarla a lo largo de toda la vida sacerdotal. Cristo, conociendo las fuerzas debilidades de nuestro corazón, nos dice, como para darnos ánimo: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura» (Mt 6,33).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III. Los misioneros&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;113. Los misioneros no africanos han de responder generosamente a la llamada del Señor con un ardiente celo apostólico, han venido a compartir la dicha de la Revelación. A su vez, hay misioneros africanos en otros continentes. ¿Cómo no rendirles en este momento un homenaje especial? Los misioneros venidos a África –sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos– han construido iglesias, escuelas y hospitales, y contribuido mucho a que las culturas africanas sean conocidas; pero han edificado sobre todo el cuerpo de Cristo y enriquecido la casa de Dios. Ellos han sabido compartir el sabor de «la sal» de la Palabra y hacer brillar la luz de los sacramentos. Y, por encima de todo, han dado a África lo más precioso que tenían: Cristo. Gracias a ellos, muchas culturas tradicionales fueron liberadas de los miedos ancestrales y los espíritus impuros (cf. Mt 10,1). De la buena semilla que han sembrado (cf. Mt 13,24) han surgido muchos santos africanos, que son aún hoy modelos en los que se han de inspirar mayormente. Es de desear que se renueve y promueva su culto. Su compromiso con la causa del Evangelio ha sido a veces heroico, y a precio incluso de sus vidas. Una vez más se ha verificado la afirmación de Tertuliano, según la cual «la sangre de los mártires es semilla de cristianos»[166]. Doy gracias al Señor por estos santos, signos de la vitalidad de la Iglesia en África.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;114. Animo a los pastores de las iglesias particulares a identificar aquellos siervos africanos del Evangelio que pueden ser canonizados según las normas de la Iglesia, no sólo para aumentar el número de los santos africanos, sino también para tener nuevos intercesores en el cielo, con el fin de que acompañen a la Iglesia en su peregrinación terrena e intercedan ante Dios por el continente africano. Encomiendo a Nuestra Señora de África y a los santos de este continente tan amado la Iglesia que peregrina en él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV. Los diáconos permanentes&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;115. Merece subrayarse la grandeza de la llamada recibida por los diáconos permanentes. Fieles a la misión recibida hace siglos, les invito a trabajar con humildad en estrecha colaboración con los obispos[167]. Les pido con afecto que prosigan ofreciendo lo que Cristo nos enseña en el Evangelio: la seriedad en el trabajo bien hecho[168], la fuerza moral en el respeto de los valores, la honestidad, la lealtad a la palabra dada, la alegría de aportar su parte en la edificación de la sociedad y de la Iglesia, la protección de la naturaleza, el sentido del bien común. Queridos diáconos, ayudad a la sociedad africana en todos sus componentes a mejorar la responsabilidad de los hombres como maridos y padres, a respetar a la mujer, que es igual al hombre en dignidad, y a cuidar de los niños abandonados a su propia suerte y sin educación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;116. No dejéis de prestar una atención particular a los enfermos mentales o físicos,[169] a los más débiles y más pobres de vuestras comunidades. Que vuestra caridad sea creativa. En la pastoral parroquial, recordad que una sana espiritualidad permite al Espíritu de Cristo liberar al ser humano para que actúe con eficacia en la sociedad. Los obispos velarán por completar vuestra formación, para que ella contribuya al desempeño de vuestro carisma[170]. Como san Esteban, san Lorenzo y san Vicente, diáconos y mártires, esforzaos en reconocer y encontrar a Cristo en la Eucaristía y en los pobres. Este servicio del altar y de la caridad, os hará amar el encuentro con el Señor, presente en el altar y en los pobres. Entonces estaréis dispuestos a dar la vida por Él hasta la muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V. Las personas consagradas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;117. Por los votos de castidad, pobreza y obediencia, la vida de las personas consagradas se ha convertido en un testimonio profético. Pueden ser así ejemplo para la reconciliación, la justicia y la paz, incluso en circunstancias de gran tensión[171]. La vida de comunidad muestra que es posible vivir fraternamente estando unidos, aun cuando sea diferente el origen étnico o racial (cf. Sal 133,1). Ella puede y debe hacer ver y creer que hoy en día, en África, quienes siguen a Cristo Jesús encuentran en Él el secreto de la alegría de vivir juntos, en el amor mutuo y la comunión fraterna, consolidada cada día en la Eucaristía y la Liturgia de las Horas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;118. Queridos consagrados, seguid viviendo vuestro carisma con un celo verdaderamente apostólico en los diversos campos indicados por vuestros fundadores. Así pondréis más cuidado en mantener encendida vuestra lámpara. Vuestros fundadores han querido seguir a Cristo de verdad, respondiendo a su llamada. Las diferentes obras en las que se ha plasmado, son joyas que adornan la Iglesia[172]. Conviene, pues, desarrollarlas siguiendo lo más fielmente posible el carisma de vuestros fundadores, sus ideales y proyectos. Quisiera subrayar aquí la parte importante de personas consagradas en la vida eclesial y misionera. Son una ayuda necesaria y preciosa para la actividad pastoral, pero también una manifestación de la naturaleza íntima de la vocación cristiana[173]. Por eso os invito, queridas personas consagradas, a permanecer en estrecha comunión con la Iglesia particular y su primer responsable, el obispo. Y os invito también a fortalecer vuestra comunión con el Obispo de Roma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;119. África es la cuna de la vida contemplativa cristiana. Siempre presente en el norte de África, y particularmente en Egipto y Etiopía, ha echado raíces en el África subsahariana en el siglo pasado. Que el Señor bendiga a los hombres y mujeres que han decidido seguirlo sin condiciones. Su vida oculta es como la levadura en la masa. Su oración constante sostendrá el esfuerzo apostólico de los obispos, sacerdotes, de otras personas consagrada, de los catequistas y de toda la Iglesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;120. Las reuniones de las distintas Conferencias Nacionales de Superiores Mayores y las de la CO.SMAM, permiten compartir las reflexiones y las fuerzas, no sólo para asegurar la finalidad de cada uno de los Institutos, preservando siempre su autonomía, su carácter y su espíritu propio, sino también para tratar cuestiones comunes en un clima de hermandad y solidaridad. Conviene cultivar un espíritu eclesial asegurando una sana coordinación y una adecuada cooperación con las Conferencias Episcopales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI. Los seminaristas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;121. Los Padres sinodales han prestado una atención especial a los seminaristas. Sin descuidar la formación teológica y espiritual, obviamente prioritaria, se ha destacado la importancia del crecimiento psicológico y humano de cada candidato. Los futuros sacerdotes deben desarrollar en ellos una adecuada comprensión de sus propias culturas sin quedar atrapados dentro de sus confines étnicos y culturales[174]. Han de enraizarse igualmente en los valores evangélicos para reforzar su compromiso, en fidelidad y lealtad a Cristo. La fecundidad de su futura misión dependerá mucho de su profunda unión con Cristo, de la calidad de su vida de oración y vida interior, de los valores humanos, morales y espirituales que han asimilado durante su formación. Todo seminarista ha de llegar a ser un hombre de Dios, buscando y viviendo «la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre» (1 Tm 6,11).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;122. «Los seminaristas han de aprender la vida comunitaria, de manera que la vida fraterna entre ellos se convierta más tarde en fuente de una auténtica experiencia del sacerdocio como íntima fraternidad sacerdotal»[175]. Los directores y formadores del seminario trabajarán juntos, siguiendo las instrucciones de los obispos, con el fin de asegurar una formación integral de los seminaristas a ellos confiados. En la selección de candidatos, será necesario un discernimiento minucioso y un acompañamiento esmerado, para que los admitidos al sacerdocio sean verdaderos discípulos de Cristo y auténticos servidores de la Iglesia. Se pondrá suma atención en iniciarles a la inmensa riqueza del patrimonio bíblico, teológico, espiritual, moral, litúrgico y jurídico de la Iglesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;123. Me he dirigido a los seminaristas con una Carta después del año sacerdotal, clausurado en junio de 2010[176]. He insistido allí en la identidad, la espiritualidad y el apostolado del sacerdote. Recomiendo vivamente a todos los seminaristas a leer y meditar este breve documento, que está dirigido a cada uno de ellos personalmente y que los formadores pondrán a su disposición. El seminario es un tiempo de preparación para el sacerdocio, un tiempo de estudio. Un tiempo de discernimiento, formación y maduración humana y espiritual. Que los seminaristas utilicen sensatamente este tiempo que se les ofrece para acumular reservas espirituales y humanas de las que podrán sacar provecho durante su vida sacerdotal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;124. Queridos seminaristas, sed apóstoles entre los jóvenes de vuestra generación, invitándolos a seguir a Cristo en la vida sacerdotal. No tengáis miedo. Hay muchas personas que os acompañan, y os sostienen con la oración (cf. Mt 9,37-38).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VII. Los catequistas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;125. Los catequistas son agentes de pastoral valiosos en la misión de evangelizar. Su papel ha sido muy importante en la primera evangelización, el acompañamiento catecumenal, la animación y la ayuda a las comunidades. «Con toda naturalidad, llevaron a cabo una inculturación eficaz, que produjo excelentes frutos (cf. Mc 4,20). Fueron los catequistas quienes consiguieron que la “luz brille ante los hombres” (Mt 5,16), porque, viendo el bien que hacían, poblaciones enteras pudieron dar gloria a nuestro Padre que está en los cielos. Africanos que evangelizaron a africanos»[177]. Este papel importante en el pasado, sigue siendo crucial para el presente y el futuro de la Iglesia. Les doy las gracias por su amor a la Iglesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;126. Exhorto a los Obispos y sacerdotes a cuidar de la formación humana, intelectual, doctrinal, moral, espiritual y pastoral de los catequistas, prestando mucha atención a sus condiciones de vida para salvaguardar su dignidad. Que no olviden sus legítimas necesidades materiales[178], porque, como el trabajador fiel en la viña del Señor, tienen derecho a una retribución justa (cf. Mt 20, 1-16), en espera de aquella que el Señor les dará de manera equitativa, pues solo Él es justo y conoce su corazón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;127. Queridos catequistas, recordad que, para muchas comunidades, sois el rostro concreto e inmediato del discípulo diligente y el modelo de vida cristiana. Os animo a proclamar, por ejemplo, que la vida familiar merece una gran consideración, que la educación cristiana prepara a los hijos a ser en la sociedad honestos y fiables en sus relaciones con los demás. Acoged a todos sin discriminación: ricos y pobres, indígenas y extranjeros, católicos y no católicos (cf. St 2,1). No hagáis acepción de personas (cf. Hch 10,34, Rm 2,11, Ga 2,6, Ef 6,9). Al asimilar vosotros mismos las Sagradas Escrituras y las enseñanzas del Magisterio, podréis ofrecer una catequesis sólida, animar los grupos de oración y proponer la lectio divina a las comunidades que cuidáis. Vuestra actuación será entonces coherente, constante y fuente de inspiración. Al evocar con reconocimiento el recuerdo glorioso de vuestros predecesores, os saludo y animo a trabajar hoy con la misma abnegación, el mismo ardor apostólico y la misma fe. Si tratáis de ser fieles a vuestra misión, contribuiréis no sólo a vuestra santificación personal, sino también a la construcción eficaz del Cuerpo místico de Cristo, la Iglesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII. Los laicos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;128. La Iglesia se hace presente y activa en la vida del mundo a través de sus miembros laicos. Ellos tienen un gran papel que desempeñar en la Iglesia y en la sociedad. Para que puedan cumplir bien esta función, conviene que se organicen en las diócesis escuelas o centros de formación bíblica, espiritual, litúrgica y pastoral. Deseo de todo corazón que se dote a los laicos con responsabilidades en el orden político, económico y social, de un conocimiento sólido de la Doctrina Social de la Iglesia, que ofrece principios de acción conformes al Evangelio. En efecto, los fieles laicos son «enviados de Cristo» (2 Co 5,20) en el ámbito público en el corazón del mundo[179]. Su testimonio cristiano sólo será creíble si son profesionales competentes y honestos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;129. Los laicos, hombres y mujeres, están llamados ante todo a la santidad, y a vivir esta santidad en el mundo. Queridos fieles, cultivad con esmero la vida interior y la relación con Dios, de modo que el Espíritu Santo os ilumine en cada circunstancia. Para que la persona humana y el bien común permanezca efectivamente en el centro de la acción humana, política, económica o social, uniros profundamente a Cristo para conocerlo y amarlo, consagrando tiempo a Dios en la oración y recibiendo los sacramentos. Dejaos iluminar e instruir por Él y su Palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;130. Quisiera volver sobre la peculiaridad de la vida profesional del cristiano. En pocas palabras, se trata de testimoniar a Cristo en el mundo, mostrando mediante el ejemplo que el trabajo puede ser un lugar de realización personal muy positivo, en vez de ser por encima de todo un medio de lucro. El trabajo le permite participar en la obra de la creación y estar al servicio de sus hermanos y hermanas. Al hacerlo así, será «sal de la tierra» y «luz del mundo», como nos pide el Señor. En su vida diaria, pondrá en práctica la opción preferencial por los pobres, independientemente de su posición en la sociedad, según el espíritu de las Bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12), para ver en ellos el rostro concreto de Jesús, que le llama a servir (cf. Mt 25,31-46).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;131. Puede ser útil organizarse en asociaciones para seguir formando vuestra conciencia cristiana y ayudaros mutuamente en la lucha por la justicia y la paz. Las pequeñas Comunidades Eclesiales Vivas (CEV) o las Small Christian Communities (SCC), así como las «nuevas comunidades»[180] son instituciones útiles para mantener la llama viva de vuestro bautismo. Contribuid también con vuestra competencia a la animación de las universidades católicas que no dejan de desarrollarse a partir de las recomendaciones de la Exhortación apostólica Ecclesia in Africa[181]. Asimismo, quisiera animaros a tener una presencia activa y valiente en el mundo de la política, la cultura, las artes, los medios de comunicación y las diversas asociaciones. Que sea una presencia sin complejos ni miedos, sino orgullosa y consciente de la preciosa contribución que puede aportar al bien común.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CAPÍTULO II&lt;br /&gt;Principales campos de apostolado&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;132. El Señor nos ha confiado una misión particular y nunca nos deja sin los medios necesarios para cumplirla. No sólo ha concedido a cada uno dones personales para la edificación de su Cuerpo, que es la Iglesia, sino que ha confiado también a toda la comunidad eclesial unos dones particulares para que pueda continuar su misión. El don por excelencia es el Espíritu Santo. Gracias a él formamos un solo cuerpo y «sólo con la fuerza del Espíritu Santo podemos percibir lo que es recto y después ponerlo en práctica»[182]. Los medios son necesarios para nuestra acción, pero se vuelven insuficientes si Dios mismo no nos dispone a colaborar en su obra de reconciliación a través de «nuestras capacidades de pensar, hablar, sentir, actuar»[183]. Gracias al Espíritu Santo nos convertimos verdaderamente en «sal de la tierra» y «luz del mundo» (Mt 5,13.14).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I. La Iglesia como presencia de Cristo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;133. «La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»[184]. En cuanto comunidad de discípulos de Cristo, podemos hacer visible y comunicar el amor de Dios. «El amor es una luz –en el fondo&lt;br /&gt;la única– que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar»[185]. Esta realidad se manifiesta en la Iglesia universal, diocesana, parroquial, en las CEV/SCC[186], en los movimientos y asociaciones, y hasta en la familia cristiana, «llamada a ser una “iglesia doméstica”, un lugar de fe, de oración y de solicitud amorosa por el bien verdadero y duradero de cada uno de sus miembros»[187], una comunidad donde se viven los gestos de paz.[188] Las CEV/SCC, los movimientos y las asociaciones pueden ser, en el seno de las parroquias, lugares propicios para acoger y vivir el don de la reconciliación ofrecido por Cristo, nuestra paz. Cada miembro de la comunidad debe convertirse en custodio del otro: este es uno de los significados del gesto de la paz en la celebración de la Eucaristía.[189]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II. El mundo de la educación&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;134. Las escuelas católicas son instrumentos preciosos para aprender a tejer en la sociedad, desde la infancia, lazos de paz y armonía para la educación en los valores africanos asumidos de los del Evangelio. Animo a los Obispos y los Institutos de personas consagradas a trabajar para que los niños en edad escolar puedan asistir a la escuela: es una cuestión de justicia hacia todo niño y, además, el futuro de África depende de ello. Que los cristianos, en particular los jóvenes, se dediquen a las ciencias de la educación con vistas a transmitir un saber imbuido de la verdad, un saber hacer y un saber ser animados por una conciencia cristiana formada a la luz de la doctrina social de la Iglesia. Se debería poner también atención para asegurar una remuneración justa al personal de las instituciones educativas de la Iglesia y al conjunto del personal de las estructuras eclesiales para fortalecer la credibilidad de la Iglesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;135. En el contexto actual de gran mezcla de poblaciones, culturas y religiones, el papel de las universidades e instituciones académicas católicas es esencial para la búsqueda paciente, rigurosa y humilde de la luz que viene de la Verdad. Solo una verdad que trascienda la medida humana, condicionada por limitaciones, da serenidad a las personas y reconcilia a las sociedades entre sí. En este sentido, es oportuno crear nuevas universidades católicas donde no existan todavía. Queridos hermanos y hermanas comprometidos en las universidades e instituciones académicas católicas, a vosotros os corresponde, por una parte, educar la inteligencia y el espíritu de las jóvenes generaciones a la luz del Evangelio y, por otra, ayudar a las sociedades africanas a comprender mejor los desafíos que hoy afronta África, ofreciendo la luz necesaria mediante vuestras investigaciones y análisis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;136. La misión confiada por la Exhortación apostólica Ecclesia in Africa a las instituciones universitarias católicas conserva todo su valor. Mi beato Predecesor ha escrito: «Las Universidades e Institutos Superiores católicos en África tienen un papel importante en la proclamación de la Palabra salvífica de Dios. Son un signo del crecimiento de la Iglesia cuando incorporan en sus investigaciones las verdades y las experiencias de la fe y ayudan a interiorizarlas. Estos centros de estudio están así al servicio de la Iglesia, ofreciéndole personal bien preparado; estudiando importantes cuestiones teológicas y sociales; desarrollando la teología africana; promoviendo el trabajo de inculturación [...]; publicando libros y difundiendo el pensamiento católico; emprendiendo las investigaciones que les encargan los Obispos y contribuyendo a un estudio científico de las culturas […] Los centros culturales católicos ofrecen a la Iglesia singulares posibilidades de presencia y acción en el campo de los cambios culturales. En efecto, éstos son unos foros públicos que permiten, mediante el diálogo creativo, una amplia difusión de convicciones cristianas sobre el hombre, la mujer, la familia, el trabajo, la economía, la sociedad, la política, la vida internacional y el ambiente. Son así un lugar de escucha, de respeto y tolerancia»[190]. Los Obispos han de velar para que estos centros universitarios conserven su naturaleza católica, asumiendo siempre orientaciones fieles a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;137. Para contribuir de una manera decidida y cualificada a la sociedad africana, es indispensable ofrecer a los estudiantes una formación en la Doctrina Social de la Iglesia. Esto ayudará así a la Iglesia en África a preparar con serenidad una pastoral que llegue al ser del africano y lo reconcilie consigo mismo en la adhesión a Cristo. Corresponde a los obispos también apoyar una pastoral de la inteligencia y la razón que cree el hábito de un diálogo racional y de un análisis crítico en la sociedad y en la Iglesia. Como dije en Yaundé: «Tal vez este siglo permita, con la gracia de Dios, un renacer en vuestro continente, aunque ciertamente de una forma diversa y nueva, de la prestigiosa Escuela de Alejandría. ¿Por qué no esperar que pueda ofrecer a los africanos de hoy y a la Iglesia universal grandes teólogos y maestros espirituales que contribuyan a la santificación de los habitantes de este continente y de toda la Iglesia?»[191].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;138. Conviene que los Obispos apoyen las capellanías en las universidades e instituciones educativas de la Iglesia, y las creen en las estructuras educativas públicas. La capilla será como su corazón. Permitirá a los estudiantes encontrar a Dios y ponerse bajo su mirada. Y dará también la posibilidad al capellán, que será cuidadosamente escogido por sus virtudes sacerdotales, de ejercer su ministerio pastoral de enseñanza y santificación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III. El mundo de la salud&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;139. La Iglesia de todas la épocas se ha preocupado por la salud. Sigue el ejemplo de Cristo mismo quien, tras haber proclamado la Palabra y curado a los enfermos, dio a sus discípulos la autoridad para «curar toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 10,1; cf. 14,35; Mc 1,32.34; 6,13.55). La Iglesia manifiesta a los que sufren esta misma preocupación por los enfermos a través de sus instituciones sanitarias. Como han señalado los Padres sinodales, la Iglesia está firmemente comprometida en la lucha contra las dolencias, enfermedades y las grandes pandemias[192].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;140. Que las instituciones sanitarias de la Iglesia y todas las personas que a diverso título trabajan en ellas, se esfuercen en ver en cada enfermo un miembro sufriente del Cuerpo de Cristo. Son muchas las dificultades que surgen en vuestro camino: el número creciente de enfermos, la falta de medios materiales y financieros, la deserción de organismos que durante mucho tiempo os han ayudado y que os abandonan; todo esto os provoca a veces la impresión de un trabajo sin resultados tangibles. Queridos operadores sanitarios, sed portadores de la compasión de Jesús a quienes sufren. Sed pacientes, sed fuertes y tened ánimo. En lo que respecta a las pandemias, los medios financieros y materiales son indispensables, pero insistid también sin descanso en informar y educar a la población y, sobre todo, a los jóvenes[193].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;141. Es preciso que las instituciones sanitarias se regulen según las normas éticas de la Iglesia, asegurando los servicios de acuerdo con su enseñanza y exclusivamente en favor de la vida. Que no se conviertan en una fuente de enriquecimiento para los privados. La gestión de los fondos concedidos ha de ser transparente y servir sobre todo al bien del enfermo. Cada institución sanitaria, en fin, debe contar con una capilla. Su presencia recordará al personal (dirección, gestores, médicos, enfermeras...) y al enfermo que sólo Dios es el Señor de la vida y de la muerte. Conviene asimismo multiplicar, en la medida de lo posible, pequeños dispensarios que aseguren en las cercanías una atención de primeros auxilios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV. El mundo de la información y de la comunicación&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;142. La Exhortación apostólica Ecclesia in Africa consideraba que los medios modernos no son solamente instrumentos de comunicación, sino también un mundo que se ha de evangelizar[194]. Deben ofrecer una comunicación auténtica, que es una prioridad en África, pues son un importante instrumento para la evangelización y el desarrollo del continente[195]. «Los medios pueden ofrecer una valiosa ayuda al aumento de la comunión en la familia humana y al ethos de la sociedad, cuando se convierten en instrumentos que promueven la participación universal en la búsqueda común de lo que es justo»[196].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;143. Todos sabemos que las nuevas tecnologías de la información pueden llegar a ser potentes instrumentos de cohesión y de paz o, por el contrario, promotores eficaces de destrucción y división. Pueden ayudar o perjudicar en el plano moral, propagar tanto lo verdadero como lo falso, proponer lo bello o lo indecoroso. La masa de noticias o de anti-noticias, así como del gran volumen de imágenes, pueden ser interesantes, pero pueden llevar también a una fuerte manipulación. La información puede convertirse muy fácilmente en desinformación, y la formación en deformación. Los medios pueden promover una humanización auténtica, pero pueden comportar al mismo tiempo una deshumanización.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;144. Los medios evitarán este escollo si «se organizan y se orientan bajo la luz de una imagen de la persona y el bien común que refleje sus valores universales. El mero hecho de que los medios de comunicación social multipliquen las posibilidades de interconexión y de circulación de ideas no favorece la libertad ni globaliza el desarrollo y la democracia para todos. Para alcanzar estos objetivos se necesita que los medios de comunicación estén centrados en la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural»[197].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;145. La Iglesia debe estar más presente en los medios, no solamente para hacer de ellos un instrumento de difusión del Evangelio, sino también una herramienta para formar a los pueblos africanos en la reconciliación en la verdad, en la promoción de la justicia y la paz. Para ello, una sólida formación ética y de respeto a la verdad ayudará a los periodistas a evitar la atracción del sensacionalismo, así como la tentación de la manipulación de la información y del dinero fácil. Que los periodistas cristianos no tengan miedo de manifestar su fe. Que se sientan ufanos de ella. Es bueno también animar la presencia y la actividad de fieles laicos competentes en el mundo de las comunicaciones públicas y privadas. Como la levadura en la masa, seguirán dando testimonio de la aportación positiva y constructiva que la enseñanza de Cristo y de su Iglesia ofrece al mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;146. Además, la opción tomada por la Primera Asamblea especial para África de considerar la comunicación como uno de los ejes principales de la evangelización se ha mostrado fructífera para el desarrollo de los medios católicos. Convendrá también, tal vez, coordinar las estructuras existentes, como ya se hace en ciertos lugares. La mejora en este sentido del uso de los medios contribuirá a una mayor promoción de los valores defendidos por el Sínodo: la paz, la justicia y la reconciliación en África[198], y permitirá a este continente participar en el desarrollo actual del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CAPÍTULO III&lt;br /&gt;«Levántate, toma tu camilla y echa a andar» (Jn 5,8)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I. Jesús en la piscina de Betesda&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;147. Queridos hermanos en el Episcopado, queridos hijos e hijas de África, después de haber repasado las principales acciones y algunos medios propuestos por la Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos para cumplir la misión de la Iglesia, quisiera volver sobre ciertos puntos ya abordados precedentemente de manera general.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;148. El Evangelio de san Juan, nos presenta en el capítulo 5 una escena junto a la piscina de Betesda que impresiona. Bajo los soportales «estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos», que esperaban el movimiento del agua (v. 3), es decir, la ocasión de ser curados. Se encontraba también entre ellos «un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo» (v. 5), pero que no tenía a nadie que le ayudara a meterse en la piscina. Y aquí entra Jesús en su vida. Todo cambia cuando le dice: «levántate, toma tu camilla y echa a andar» (v. 8). «Y al momento, dice el evangelista, el hombre quedó sano» (v. 9). Ya no necesitaba el agua de la piscina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;149. La acogida de Jesús ofrece a África una curación más eficaz y más profunda que cualquier otra. Como el apóstol Pedro declaró en los Hechos de los Apóstoles (3,6), repito que no es oro o plata lo que África necesita en primer lugar; desea ponerse en pie como el hombre de la piscina de Betesda; desea tener confianza en sí misma, en su dignidad de pueblo amado por su Dios. Este encuentro con Jesús, pues, es lo que la Iglesia debe ofrecer a los corazones afligidos y heridos, anhelantes de reconciliación y de paz, sedientos de justicia. Debemos ofrecer y anunciar la Palabra de Cristo que sana, libera y reconcilia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II. Palabra de Dios y Sacramentos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A. La Sagrada Escritura&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;150. Según san Jerónimo, «quien no conoce las Escrituras no conoce a Cristo»[199]. La lectura y meditación de la Palabra de Dios no sólo nos proporciona la «excelencia del conocimiento de Cristo» (Flp 3,8), sino que también nos arraiga más profundamente en Cristo y orienta nuestro servicio de reconciliación, justicia y paz. La celebración de la Eucaristía, cuya primera parte es la liturgia de la Palabra, constituye la fuente y la cima. Así, pues, recomiendo que se promueva el apostolado bíblico en toda comunidad cristiana, en la familia y en los movimientos eclesiales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;151. Que todo fiel de Cristo adquiera el hábito de la lectura cotidiana de la Biblia. Una lectura atenta de la reciente Exhortación apostólica Verbum Domini ofrecerá indicaciones pastorales útiles. Se procurará iniciar a los fieles en la venerable y fructífera tradición de la lectio divina. La Palabra de Dios puede ayudar a conocer a Jesucristo y suscitar conversiones que lleven a la reconciliación, ya que ella juzga «los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12). Los Padres sinodales han animado a las comunidades cristianas parroquiales, las CEV/SCC, las familias y las asociaciones y movimientos eclesiales, a tener momentos para compartir la Palabra de Dios[200]. Así se convertirán cada vez más en ámbitos en los que la Palabra de Dios, que edifica la comunidad de los discípulos de Cristo, se lee juntos, se meditada y se celebra. Esta Palabra regenera sin cesar la comunión fraterna (cf. 1 P 1,22-25).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;B. La Eucaristía&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;152. Para edificar una sociedad reconciliada, justa y pacífica, el medio más eficaz es una vida de íntima comunión con Dios y con los demás. En efecto, alrededor de la mesa del Señor se congregan hombres y mujeres de diferente origen, cultura, raza, lengua y etnia. Forman una sola y misma unidad gracias al Cuerpo y a la Sangre de Cristo. A través de Cristo-Eucaristía, se hacen consanguíneos y, por tanto, auténticamente hermanos y hermanas, gracias a la Palabra, al Cuerpo y a la Sangre del mismo Jesucristo. Este vínculo de fraternidad es más fuerte que el de nuestras familias humanas, de nuestras tribus. «Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). El ejemplo de Jesús los hace capaces de amarse, de dar la vida unos por otros, pues el amor con el que cada uno es amado se debe comunicar con obras y en verdad[201]. Es indispensable, por tanto, celebrar en comunidad el domingo, Día del Señor, así como también las fiestas de precepto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;153. No es mi intención hacer aquí una exposición teológica sobre la Eucaristía. La he esbozado a grandes líneas en la Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis. Exhorto aquí a toda la Iglesia en África a cuidar muy particularmente la celebración de la Eucaristía, memorial del Sacrificio de Cristo Jesús, signo de unidad y vínculo de caridad, banquete pascual y prenda de la vida eterna. La Eucaristía se ha de celebrar con dignidad y belleza, siguiendo las normas establecidas. La adoración eucarística, personal y comunitaria, permite profundizar este gran misterio. En este sentido, se podría celebrar un congreso eucarístico continental. Ayudaría a sostener el trabajo de los cristianos en su esfuerzo por testimoniar valores fundamentales de comunión en todas las sociedades africanas[202].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;154. Para que se respete el misterio eucarístico, los Padres sinodales recuerdan que las iglesias y capillas son lugares sagrados, que se han de reservar únicamente a las celebraciones litúrgicas, evitando en cuanto sea posible que se conviertan en simples espacios culturales o de socialización. Conviene promover su función primordial de ser lugar privilegiado de encuentro entre Dios y su pueblo, entre Dios y su criatura fiel. Conviene, además, velar para que la arquitectura de estos edificios de culto sea digna del misterio que se celebra en ellos y conforme a la legislación eclesiástica y al estilo local. Estas construcciones deben realizarse bajo la responsabilidad de los obispos, después de haber oído el consejo de personas competentes en liturgia y arquitectura. Que, al franquear el umbral, pueda decirse: «Realmente el Señor está en este lugar […], no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo» (Gn 28,16-17). Y también lograrán su cometido si son una ayuda a la comunidad, regenerada en la Eucaristía y en los demás sacramentos, para prolongar la celebración en la vida social, perpetuando el ejemplo de Cristo mismo (cf. Jn 13,15)[203]. Esta «coherencia eucarística»[204] interpela a toda conciencia cristiana (cf. 1 Co 11,17-34).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C. La reconciliación&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;155. Para ayudar a las sociedades africanas a sanar las heridas de la división y el odio, los Padres sinodales han invitado a la Iglesia a recordar que ella misma lleva en seno las mismas heridas y amarguras. Por tanto, necesita que el Señor la cure para dar un testimonio creíble de que el Sacramento de la Reconciliación cuida y sana los corazones heridos. Este Sacramento renueva los lazos rotos entre la persona humana y Dios, y restaura los vínculos en la sociedad. Educa así nuestros corazones y espíritus para que aprendamos a vivir «en espíritu de unión, con compasión, amor fraternal, misericordia, espíritu de humildad» (cf. 1 P 3,8).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;156. Recuerdo la importancia de la confesión individual, que no puede ser reemplazada por ningún otro acto de reconciliación o alguna otra paraliturgia. Animo, pues, a todos los fieles de la Iglesia, sacerdotes, personas consagradas y laicos, a poner de nuevo el sacramento de la Penitencia en su verdadero lugar, en su doble dimensión personal y comunitaria[205]. Las comunidades que no tienen sacerdote, por las distancias u otras razones, pueden vivir el carácter eclesial de la penitencia y la reconciliación mediante formas no sacramentales. También los cristianos en situación irregular pueden unirse así al camino penitencial de la Iglesia. Como han indicado los Padres sinodales, la forma no sacramental puede ser considerada como un medio de preparación de los fieles para una recepción fructífera del sacramento[206], pero no puede convertirse en una norma habitual ni mucho menos sustituir al sacramento mismo. Exhorto de todo corazón a los sacerdotes a vivir personalmente este sacramento, y a estar verdaderamente disponibles para su celebración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;157. Para alentar la reconciliación con espíritu comunitario, recomiendo vivamente, como han deseado los Padres sinodales, celebrar todos los años en cada país africano «un día o una semana de reconciliación, particularmente durante el Adviento o la Cuaresma»[207]. La SCEAM podrá contribuir a su realización y, de acuerdo con la Santa Sede, promover un Año de la reconciliación de alcance continental, para pedir a Dios un perdón especial por todos los males y ofensas que los seres humanos se han infligido en África unos a otros, y para que se reconcilien las personas y los grupos que han sido heridos en la Iglesia y en el conjunto de la sociedad[208]. Se trataría de un Año jubilar extraordinario «durante el cual la Iglesia en África y en las islas vecinas den gracias con la Iglesia universal y recen para recibir los dones del Espíritu Santo»[209], especialmente el don de la reconciliación, de la justicia y la paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;158. Será útil seguir el consejo de los Padres sinodales para estas celebraciones: «Que se guarde y recuerde fielmente la memoria de los grandes testigos que han dado su vida al servicio del Evangelio y del bien común, o por la defensa de la verdad y de los derechos humanos».[210] A este propósito, los santos son las verdaderas estrellas de nuestra vida, los «que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía»[211].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III. La nueva evangelización&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;159. Antes de concluir este documento, deseo volver de nuevo sobre la tarea de la Iglesia en África, que es la de esforzarse en la evangelización, en la missio ad gentes, así como en la nueva evangelización, para que la fisonomía del continente africano sea modelada cada vez más por la enseñanza siempre actual de Cristo, verdadera «luz del mundo» y auténtica «sal de la tierra».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A. Portadores de Cristo «Luz del mundo»&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;160. La obra urgente de la evangelización se lleva a cabo de manera diferente según las diversas situaciones de cada país. «En sentido estricto se habla de missio ad gentes dirigida a los que no conocen a Cristo. En sentido amplio se habla de “evangelización” para referirse al aspecto ordinario de la pastoral, y de “nueva evangelización” en relación a los que han abandonado la vida cristiana».[212] Solo la evangelización que está animada por la fuerza del Espíritu Santo se convierte en la «ley nueva del Evangelio» y da frutos espirituales[213]. El corazón de toda actividad evangelizadora es el anuncio de la persona de Jesús, el Verbo de Dios encarnado (cf. Jn 1,14), muerto y resucitado, siempre presente en la comunidad de los fieles, en su Iglesia (cf. Mt 28,20). Se trata de una tarea urgente, no solamente para África, sino para todo el mundo, puesto que la misión que Cristo redentor confió a su Iglesia todavía no se ha cumplido plenamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;161. El «Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1) es el camino seguro para encontrar a la persona del Señor Jesús. Escrutar las Escrituras nos permite descubrir cada vez más el verdadero rostro de Jesús, revelación de Dios Padre (cf. Jn 12,45), y su obra de salvación. «Redescubrir el puesto central de la Palabra divina en la vida cristiana nos hace reencontrar de nuevo así el sentido más profundo de lo que el Papa Juan Pablo II había pedido con vigor: continuar la missio ad gentes y emprender con todas las fuerzas la nueva evangelización»[214].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;162. La Iglesia en África, guiada por el Espíritu Santo, debe anunciar –viviéndolo– el misterio de la salvación a los que todavía no lo conocen. El Espíritu Santo, que los cristianos han recibido en el bautismo, es el fuego de amor que impulsa la acción evangelizadora. Los discípulos, después de Pentecostés, «llenos del Espíritu Santo» (Hch 2,4), salieron del Cenáculo, donde se encontraban encerrados por miedo, para proclamar la Buena Nueva de Jesucristo. El acontecimiento de Pentecostés nos permite comprender mejor la misión de los cristianos, «luz del mundo» y «sal de la tierra», en el continente africano. Es propio de la luz difundirse e iluminar a muchos hermanos y hermanas que están todavía en la oscuridad. La missio ad gentes compromete a todos los cristianos de África. Animados por el Espíritu, deben ser portadores de Jesucristo, «luz del mundo», en todo el continente, en todos los ámbitos de la vida personal, familiar y social. Los Padres sinodales han señalado «la urgencia y necesidad de la evangelización, que es la misión y la verdadera identidad de la Iglesia»[215].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;B. Testigos de Cristo resucitado&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;163. El Señor Jesús exhorta también hoy a los cristianos de África a predicar en su nombre «la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos» (Lc 24,47). Para ello, están llamados a ser testigos del Señor resucitado (cf. Lc 24,48). Los Padres sinodales han señalado que la evangelización «consiste esencialmente en dar testimonio de Cristo con el poder del Espíritu, a través de la vida, después por la palabra, en un espíritu de apertura a los demás, de respeto y de diálogo con ellos, ateniéndose a los valores del Evangelio»[216]. Por cuanto respecta a la Iglesia en África, este testimonio debe estar al servicio de la reconciliación, de la justicia y la paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;164. El anuncio del Evangelio debe reencontrar el ardor de los comienzos de la evangelización del continente africano, atribuido al evangelista Marcos, seguido por una «pléyade innumerable de santos, mártires, confesores y vírgenes»[217]. Hay que acudir con gratitud a la escuela de tantos misioneros que, durante muchos siglos y con entusiasmo, han sacrificado sus vidas para llevar la Buena Nueva a sus hermanos y hermanas africanos. A lo largo de estos últimos años, la Iglesia ha conmemorado en diferentes países el centenario de la evangelización. Ella se ha comprometido a difundir el Evangelio a los que no conocen todavía el nombre de Jesucristo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;165. Con el fin de que este esfuerzo sea cada vez más eficaz, la missio ad gentes debe ir a la par con la nueva evangelización. También en África, hay muchas situaciones que reclaman una nueva presentación del Evangelio, «nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión»[218]. En particular, la nueva evangelización debe integrar la dimensión intelectual de la fe con la experiencia viva del encuentro con Jesucristo, que está presente y activo en la comunidad eclesial, porque el origen del ser cristiano no reside en una decisión ética o una gran idea, sino en el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. La catequesis, pues, debe integrar la parte teórica, constituida por nociones aprendidas de memoria, con la práctica vivida en el ámbito litúrgico, espiritual, eclesial, cultural y caritativo, para que la semilla de la Palabra de Dios, al caer sobre una tierra fértil, eche raíces profundas, crezca y madure.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;166. Para que eso suceda, es indispensable emplear los nuevos métodos que hoy están a nuestra disposición. Por cuanto respecta a los medios de comunicación social, de los que ya he hablado, no hay que olvidar lo que ya he subrayado recientemente en la Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini: «Insiste con fuerza santo Tomás de Aquino, mencionando a san Agustín: “También la letra del evangelio mata si falta la gracia interior de la fe que sana”»[219]. Conscientes de esta exigencia, hay que recordar siempre que no hay ningún medio que pueda ni deba sustituir al contacto personal, al anuncio verbal, así como al testimonio de una vida cristiana auténtica. Este contacto personal y este anuncio verbal deben expresar la fe viva que compromete y transforma la existencia, el amor de Dios que alcanza y toca a cada uno tal como es.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C. Misioneros seguidores de Cristo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;167. La Iglesia que camina en África está llamada a contribuir a la nueva evangelización también en los países secularizados, de donde provenían antes numerosos misioneros y en los que hoy lamentablemente hay falta de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Entretanto, un gran número de africanos y africanas han acogido la invitación del dueño de la mies (cf. Mt 9,37-38) a trabajar en su viña (cf. Mt 20,1-16). Sin disminuir el impulso misionero ad gentes en los diferentes países, y también en todo el continente, los obispos de África han de acoger con generosidad la invitación de sus hermanos en los países en los que escasean las vocaciones, y ayudar a los fieles que no tienen sacerdotes. Esta colaboración, que debe estar ordenada por acuerdos entre la Iglesia que envía y la que recibe, se convierte en un signo concreto de fecundidad de la missio ad gentes. Bendecida por el Señor, Buen Pastor (cf. Jn 10,11-18), sostiene así de forma preciosa la nueva evangelización en los países de antigua tradición cristiana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;168. El anuncio de la Buena Nueva hizo nacer en la Iglesia nuevas expresiones, apropiadas a las necesidades de los tiempos, de las culturas y de las esperanzas de los hombres. El Espíritu Santo no deja de suscitar también en África hombres y mujeres que, reunidos en diferentes asociaciones, movimientos y comunidades, consagran su vida a la difusión del Evangelio de Jesucristo. Según la exhortación del Apóstol de los gentiles, «no apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo; quedaos con lo bueno. Guardaos de toda clase de mal» (1 Ts 5,19-22), los Pastores deben vigilar para que estas nuevas expresiones de la perenne fecundidad del Evangelio se integren en la acción pastoral de las parroquias y las diócesis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;169. Queridos hermanos y hermanas, a la luz del tema de la Segunda Asamblea especial para África, la nueva evangelización está particularmente relacionada con el servicio de la Iglesia con vistas a la reconciliación, la justicia y la paz. Por consiguiente, es necesario acoger la gracia del Espíritu Santo que nos hace esta invitación: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Por tanto, se invita a todos los cristianos a reconciliarse con Dios. Estaréis entonces en condiciones de convertiros en artífices de la reconciliación en el seno de las comunidades eclesiales y sociales en las que vivís y trabajáis. La nueva evangelización supone la reconciliación de los cristianos con Dios y entre ellos mismos Exige la reconciliación con el prójimo, la superación de todo género de barreras, como las provenientes de la lengua, la cultura o la raza. Todos somos hijos de un mismo Dios y Padre «que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5,45).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;170. Dios bendecirá un corazón reconciliado concediéndole su paz. Así pues, el cristiano será artífice de paz (cf. Mt 5,9) en la medida en que, enraizado en la gracia divina, colabore con el Creador en la construcción y la promoción del don de la paz. El fiel reconciliado será también promotor de la justicia en todo lugar, sobre todo en las sociedades africanas divididas, víctimas de la violencia y la guerra, que tienen hambre y sed de la justicia verdadera. El Señor nos invita: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura» (Mt 6,33).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;171. La nueva evangelización es una empresa urgente para los cristianos en África, ya que también ellos deben renovar su entusiasmo por pertenecer a la Iglesia. Inspirados por el Espíritu del Señor resucitado, están llamados a vivir, en el ámbito personal, familiar y social, la Buena Nueva y a anunciarla con renovado celo a las personas cercanas y lejanas, empleando para su difusión los nuevos métodos que la providencia divina pone a nuestra disposición. Alabando a Dios Padre por las maravillas que sigue realizando en cada uno de los miembros de su Iglesia, los fieles están invitados a vivificar su vocación cristiana en fidelidad a la Tradición viva de la Iglesia. Abiertos a la inspiración del Espíritu Santo, que sigue suscitando diferentes carismas en la Iglesia, los cristianos deben continuar o emprender con determinación el camino de la santidad para llegar a ser cada día más apóstoles de la reconciliación, la justicia y la paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CONCLUSIÓN&lt;br /&gt;«Ánimo, levántate, que te llama» (Mc 10,49)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;172. Queridos hermanos y hermanas, la última palabra del Sínodo ha sido una llamada de esperanza dirigida a África. Esta llamada será vana si no se radica en el amor trinitario. De Dios, Padre de todos, recibimos la misión de transmitir a África el amor con el que nos ama Cristo, el Hijo primogénito, para que nuestra acción, animada por el Espíritu Santo, sea impregnada por la esperanza y se convierta, a su vez, en fuente de esperanza. Con el fin de facilitar la puesta en práctica de las orientaciones del Sínodo sobre temas tan candentes como la reconciliación, la justicia y la paz, desearía que los «teólogos siguieran estudiando hoy la hondura del misterio trinitario y su significado para el día a día africano»[220]. Puesto que la vocación del hombre es única, no dejemos que decaiga en nosotros el impulso vital de la reconciliación de la humanidad con Dios, gracias al misterio de nuestra salvación en Cristo. La redención es la razón de la fiabilidad y firmeza de nuestra esperanza «gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino»[221].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;173. Lo repito: «Levántate, Iglesia en África, familia de Dios, porque te llama el Padre celestial a quien tus antepasados invocaban como Creador antes de conocer su cercanía misericordiosa, que se reveló en su Hijo unigénito, Jesucristo. Emprende el camino de una nueva evangelización con la valentía que procede del Espíritu Santo»[222].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;174. El rostro de la evangelización lleva hoy el nombre de reconciliación, «condición indispensable para instaurar en África relaciones de justicia entre los hombres y para construir una paz justa y duradera en el respeto de cada individuo y de cada pueblo; una paz que […] se abre a la aportación de todas las personas de buena voluntad más allá de sus respectivas pertenencias religiosas, étnicas, lingüísticas, culturales y sociales»[223]. Que toda la Iglesia católica acompañe con su afecto a los hermanos y hermanas del continente africano. Que los santos de África los sostengan con su plegaria de intercesión[224].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;175. Que «el buen señor de la casa, san José, que personalmente conoce bien lo que significa ponderar, con actitud de solicitud y de esperanza, los caminos futuros de la familia, [y que] nos escuchó con amor y nos acompañó hasta el interior del mismo Sínodo»[225], proteja y acompañe a la Iglesia en su misión al servicio de África, tierra en la que encontró para la Sagrada Familia refugio y protección (cf. Mt 2,13-15). Que la Santísima Virgen María, Madre del Verbo de Dios y Nuestra Señora de África, siga acompañando a toda la Iglesia con su intercesión y su invitación a hacer todo lo que su Hijo nos diga (cf. Jn 2,5). Que la oración de María, Reina de la Paz, cuyo corazón atiende siempre a la voluntad de Dios, sostenga todo esfuerzo de conversión, que consolide cada iniciativa de reconciliación, y haga eficaces todos los esfuerzos en favor de la paz, en un mundo que tiene hambre y sed de justicia (cf. Mt 5,6).[226]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;176. Queridos hermanos y hermanas, a través de la Segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos, el Señor bueno y misericordioso os recuerda encarecidamente que «vosotros sois la sal de la tierra… la luz del mundo» (Mt 5,13.14). Que estas palabras rememoren la dignidad de vuestra vocación de hijos de Dios, miembros de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Esta vocación consiste en difundir, en un mundo a veces oscurecido, la claridad del Evangelio, el esplendor de Jesucristo, luz verdadera que «ilumina a todo hombre» (Jn1,9). Los cristianos, además, han de ofrecer a los hombres el gusto por Dios Padre, el gozo de su presencia creadora en el mundo. Están llamados también a colaborar con la gracia del Espíritu Santo, para que el milagro de Pentecostés prosiga en el continente africano, y todo hijo de la Iglesia sea cada vez más apóstol de la reconciliación, la justicia y la paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;177. Que la Iglesia católica en África sea siempre uno de los pulmones espirituales de la humanidad y se convierta cada día más en una bendición para el noble continente africano y para todo el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ouidah, Benín, 19 de noviembre de 2011, séptimo año de mi Pontificado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;BENEDICTUS PP. XVI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;--------------------------------------------------------------------------------&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[1] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 1: AAS 88 (1996), 5.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[2] Cf. Primera Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos, Mensaje final (6 mayo 1994), 24-25; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 63: AAS 88(1996), 39-40.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[3] Cf. Segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos, Propositio 1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[4] Cf. Propositio 2.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[5] Discurso a los miembros del Consejo especial para África del Sínodo de los Obispos (Yaundé, 19 marzo 2009): AAS 101 (2009), 310.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[6] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 63: AAS 88 (1996), 39-40.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[7] Cf. n. 92: AAS 88 (1996), 57-58; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11; Id., Decr. Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos, 11; Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 21: AAS 74 (1982), 104-106.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[8] Cf. n. 63: AAS 88 (1996), 57-58.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[9] Quis dives salvetur29: PG 9, 633.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[10] Discurso a la Curia Romana (21 diciembre 2009): AAS 102 (2010), 35.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[11] N. 79: AAS 88 (1996), 51.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[12] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 1: AAS 101 (2009) 641.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[13] Homilía en la apertura de la Segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos (4 octubre 2009): AAS 101 (2009), 907.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[14] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 3: AAS 93 (2001), 267.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[15] Ibíd., 29: AAS 93 (2001), 286.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[16] Adversus haereses, IV, 20, 7: PG 7, 1037.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[17] Propositio 34.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[18] Homilía en la clausura de la Segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos (25 octubre 2009): AAS 101 (2009), 918.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[19] Propositio 46.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[20] XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Mensaje final (24 octubre 2008), 10.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[21] Discurso a la Curia Romana (21 diciembre 2009): AAS 102 (2010), 35.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[22] Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 5-9: AAS 101 (2009), 643-647.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[23] Discurso a la Curia Romana (21 diciembre 2009): AAS 102 (2010), 35.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[24] Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la Paz 2008: AAS 100 (2008), 38-45.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[25] Discurso a la Curia Romana (21 diciembre 2009): AAS 102 (2010), 37.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[26] Cf. Propositio 5.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[27] Relatio ante disceptationem, II, a.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[28] Ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[29] Discurso a la Curia Romana (21 diciembre 2009): AAS 102 (2010), 35.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[30] Cf. Homilía en la clausura de la Segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos (25 octubre 2009): AAS 101 (2009), 916.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[31] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la Paz 1997, 1: AAS 89 (1997), 1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[32] Propositio 5.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[33] Cf. Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 28: AAS 98 (2006), 238-240.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[34] Cf. Propositio 14.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[35] Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 9: AAS 101 (2009), 646-647.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[36] Cf. Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 28-29: AAS 98 (2006), 238-240; Comisión teológica internacional, Algunas cuestiones sobre la teología de la Redención (29 noviembre 1994), 14-20.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[37] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 40; Consejo Pontifico Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 49-51.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[38] Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 58, a. 1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[39] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 35: AAS 83 (1991), 837.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[40] Catecismo de la Iglesia Católica, 1894.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[41] Lineamenta, 44.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[42] San Agustín, De civitate Dei, XIX, 21, 1: PL 41, 649.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[43] Cf. Mensaje para la Cuaresma 2010 (30 octubre 2009): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (7 febrero 2010), 11.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[44] Cf. ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[45] Cf. Propositio 17.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[46] Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 6: AAS 101 (2009), 644.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[47] Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 28: AAS 98 (2006), 240.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[48] Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 53. 80: AAS 68 (1976), 41-42. 73-74; Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 46: AAS 83 (1991), 293.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[49] Cf. Mensaje final, 36.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[50] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[51] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la Evangelización (3 diciembre 2007), 9: AAS 100 (2008), 497-498.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[52] Lineamenta, 48.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[53] Propositio 43.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[54] Ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[55] Cf. Discurso al Consejo Pontificio para los Laicos (21 mayo 2010): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (30 mayo 2010), 3.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[56] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes divinitus, sobre la actividad misionera en la Iglesia, 15.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[57] Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 22: AAS 68 (1976), 20.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[58] Cf. Propositio 9.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[59] Cf. Propositio 8.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[60] Cf. nn. 28-34: AAS 77 (1985), 250-273. Esta enseñanza ha sido confirmada por la Carta apostólica en forma de Motu proprio Misericordia Dei (2 mayo 2002): AAS 94 (2002), 452-459.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[61] Cf. Propositio 7.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[62] Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 43: AAS 93 (2001), 297.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[63] Ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[64] Ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[65] Cf. Propositio 9.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[66] Cf. Propositio 33.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[67] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización (3 diciembre 2007), 6: AAS (2008), 494.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[68] Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 19-20: AAS 68 (1976), 18-19.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[69] Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 40: AAS 93 (2001), 295.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[70] Cf. Propositio 32.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[71] Meditación al inicio de la Segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos (5 octubre 2009): AAS 101 (2009), 924.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[72] N. 55: AAS 102 (2010), 734-735.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[73] Cf. Propositio 45.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[74] Discurso a los miembros del Consejo especial para África del Sínodo de los Obispos (Yaundé, 19 marzo 2009): AAS 101 (2009), 313.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[75] Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 51: AAS 99 (2007), 144.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[76] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo (31 mayo 2004), 13: AAS 96 (2004), 682.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[77] Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la Paz 2008, 3: AAS 100 (2008), 38-39.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[78] Cf. Propositio 38.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[79] Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 79: AAS 99 (2007), 165-166.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[80] Cf. ibíd., 73.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[81] Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 38-39: AAS 93 (2001) 293-294.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[82] Id., Exhort. ap. Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 39: AAS 74 (1982), 130-131; cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 71: AAS 68 (1976), 60-61.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[83] Juan Pablo II, Homilía en el Jubileo para la tercera edad (17 septiembre 2000), 5: AAS 92 (2000), 876; cf. Id., Carta a los ancianos (1 octubre 1999): AAS 92 (2000), 186-204.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[84] Cf. Mensaje final, 26.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[85] Epistula1, 11: PL 65, 306C.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[86] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Familiaris consortio (22 noviembre 1981), 25.43: AAS 74 (1982), 110-111. 134-135.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[87] Cf. Propositio 45.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[88] Cf. Mensaje final, 26.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[89] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 67.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[90] Orígenes, De principiis, IV, 4, 10: SC 268 (1980), 427.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[91] Juan Pablo II, Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 29: AAS 80 (1988), 1722; cf. Benedicto XVI, Encuentro con los movimientos católicos para la promoción de la mujer (Luanda, 22 marzo 2009): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (3 abril 2009), 16.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[92] Encuentro con los movimientos católicos para la promoción de la mujer (Luanda, 22 marzo 2009): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (3 abril 2009), 16.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[93] Cf. Propositio 47.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[94] Encuentro con los movimientos católicos para la promoción de la mujer (Luanda, 22 marzo 2009): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (3 abril 2009), 16.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[95] Segunda Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Doc. Justitia in mundo (30 noviembre 1971), 45: AAS 63 (1971), 933; cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 121: AAS 88 (1996), 71-72.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[96] Mensaje final, 25.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[97] Mensaje para la Jornada mundial de la Paz 2010, 11: AAS 102 (2010), 49; cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 51: AAS 101 (2009), 687.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[98] Cf.Juan Pablo II, Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 31: AAS 80 (1988), 1727-1729; Id. Carta a las mujeres (29 junio 1995), 12: AAS 87 (1995), 812.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[99] Cf. Mensaje final, 27-28.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[100] Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 9: AAS 93 (2001), 271-272.[101] N. 104: AAS (2010), 772.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[102] Regla, III, 3; cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 45: AAS 93 (2001), 298-299.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[103] Cf. Propositio 48.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[104] Cf. Mensaje para la XXVJornada mundial de la Juventud (22 febrero 2010), 7: AAS 102 (2010), 253-254; Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 septiembre 210), 104: AAS 102 (2010), 772-773.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[105] AAS 97 (2005), 712.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[106] Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), 57: AAS 87 (1995), 466.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[107] Los Padres sinodales se han referido a diversas situaciones, como, por ejemplo, a los niños sacrificados antes de nacer, los no deseados, los huérfanos, los albinos, los niños de la calle, los abandonados, los niños soldados, los niños prisioneros, los forzados a trabajar, los maltratados a causa de una discapacidad física o mental, los considerados como brujos, los llamados niños serpiente, los vendidos como esclavos del sexo, los traumatizados, los que no tienen perspectivas de provenir...: cf. Propositio 49.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[108] Cf.Juan Pablo II, Carta a los niños (13 diciembre 1994): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (16 diciembre 1994), 6.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[109] Cf. Mensaje final, 30.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[110] Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 14: AAS 59 (1967), 264; cf. Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 18: AAS 101 (2009), 653-654.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[111] Cf. Propositio 20.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[112] Juan Pablo II, Carta enc. Evangelium vitae (25 marzo 1995), 82: AAS 87 (1995), 495.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[113] Cf. Propositio 53.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[114] Cf. Propositio 52.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[115] Cf. Propositio 51.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[116] Cf. Mensaje final, 31.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[117] Cf. Propositio 19.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[118] Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 21: AAS 101 (2009), 655-656.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[119] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 13.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[120] Cf. Propositiones 17. 29.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[121] Cf. Mensaje final, 32.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[122] Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 42: AAS 101 (2009), 677-678; Propositio 15.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[123] Segunda Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Doc. Justitia in mundo (30 noviembre 1971), Prop., 8a: AAS 63 (1971), 941.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[124] Ibíd. Prop., 8b. 8c: AAS 63 (1971), 941.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[125] Cf. Propositio 22.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[126] Cf. Propositio 30.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[127] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política (24 noviembre 2002): AAS 96 (2004), 359-370.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[128] Catecismo de la Iglesia Católica, 2419.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[129] Cf. Propositio 24; Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 58, 60. 67: AAS 101 (2009), 693-694, 695, 700-701; Catecismo de la Iglesia Católica, 1883. 1885.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[130] Cf. Propositio 25.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[131] Cf. Propositio 26.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[132] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 43: AAS 101 (2009), 679.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[133] Cf. Propositio 54.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[134] Ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[135] Cf. Propositio 55.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[136] Cf. Propositio 54.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[137] Cf. Propositio 28.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[138] Cf. Discurso a los miembros del Consejo especial para África del Sínodo de los Obispos (Yaundé, 19 marzo 2009): AAS 101 (2009), 310.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[139] Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 62: AAS 101 (2009), 696-697&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[140] Ibíd., 42: AAS 101 (2009), 677.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[141] Ibíd., 36: AAS 101 (2009), 672.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[142] Ibíd., 47: AAS 101 (2009), 684; cf, propositio 31.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[143] Cf. Propositiones 10. 11. 12. 13.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[144] Confesiones, VII, 10, 16: PL 32, 742.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[145] Cf. Propositio 10.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[146] Decl. Nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 2; cf. Propositio 13.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[147] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, 3.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[148] Cf. Mensaje final, 41.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[149] Cf. Propositio 12.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[150] Cf. Mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la Paz 2011: AAS 103 (2011), 46-58.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[151] Cf. Propositio 18.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[152] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 30: AAS 101 (2009), 665.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[153] Cf. Congregación para los Obispos, Directorio para el Ministerio pastoral de los Obispos (22 febrero 2004), 33-48.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[154] Epistula 33, 1: PL 4, 297.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[155] Discurso a los Obispos de Francia (Lourdes, 14 septiembre 2008): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (26 septiembre 2008), 7.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[156] Propositio 3.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[157] Cf. Propositio 4.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[158] Cf. ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[159] Cf. Propositio 39.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[160] Cf. Mensaje final, 20.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[161] Cf. Propositio 39.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[162] Cf. Discurso a la Curia Romana (21 diciembre 2009): AAS 102 (2010), 35.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[163] Epistula 66, 1: PL 4, 398.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[164] San Ignacio de Antioquía, Ad Magnesios, 3, 2: ed. F. X. Funk, 233.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[165] Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 24: AAS 99 (2007), 125.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[166] Cf. Apologeticum, 50, 13: PL 1, 603.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[167] Cf. Congregación para la Educación Católica, Normas básicas de la formación de los diáconos permanentes (22 febrero 1998), 8; Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los diáconos permanentes (22 febrero 1998), 6. 8. 48.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[168] Cf. Lineamenta, 89.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[169] Cf. Propositio 50.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[170] Cf. Propositio 41.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[171] Cf. Propositio 42.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[172] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 46.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[173] Cf. Id, Decr. Ad gentes divinitus, sobre la actividad misionera en la Iglesia, 18.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[174] Cf. Propositio 40.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[175] Ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[176] Cf. Carta a los seminaristas (18 octubre 2010): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (26 septiembre 2008), 3-4.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[177] Discurso a los miembros del Consejo especial para África del Sínodo de los Obispos (Yaundé, 19 marzo 2009): AAS 101 (2009), 311-312.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[178] Cf. Propositio 44; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 91: AAS 88 (1996), 57.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[179] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Christifideles laici (30 diciembre 1988), 15.17: AAS 81 (1989), 413-416. 418-421.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[180] Propositio 37.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[181] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 103: AAS 88 (1996), 62-63.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[182] Meditación al inicio de la Segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos (5 octubre 2009): AAS 101 (2009), 920.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[183] Ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[184] Conc. Ecum. Vat.II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[185] Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 39: AAS 98 (2006), 250.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[186] Cf. Propositio 35.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[187] Homilía en Nazaret (14 mayo 2009): AAS 101 (2009), 480.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[188] Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 49: AAS 99 (2007), 143.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[189] Cf. Propositio 36.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[190] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 103: AAS 88 (1996), 62-63.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[191] Discurso a los miembros del Consejo especial para África del Sínodo de los Obispos(Yaundé, 19 marzo 2009): AAS 101 (2009), 312.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[192] Cf. Mensaje final, 31.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[193] Cf. ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[194] Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 124: AAS 88 (1996), 72-73.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[195] Cf. Propositio 56.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[196] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 73: AAS 101 (2009), 705.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[197] Ibíd., 73: AAS 101 (2009), 704-705.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[198] Cf. Propositio 56.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[199] Commentariorum in Isaiam prophetam, Prologus: PL 24, 17.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[200] Cf. Propositio 46.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[201] Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 82: AAS 99 (2007), 168-169; Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 14: AAS 98 (2006), 228-229.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[202] Cf. Propositio 8.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[203] Cf. Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), 51: AAS 99 (2007), 144.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[204] Ibíd., 83: AAS 99 (2007), 169.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[205] Cf. Propositio 5.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[206] Cf. Propositio 6; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Reconciliatio et Poenitentia (2 diciembre 1984), 23: AAS 77 (1985), 233-235.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[207] Propositio 8.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[208] Cf. ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[209] Ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[210] Propositio 9.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[211] Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), 49: AAS 99 (2007), 1025.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[212] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización (3 diciembre 2007), 12: AAS 100 (2008), 501.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[213] Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 106, a. 1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[214] Exhort. ap. postsinodal Verbum Domini (30 septiembre 210), 122: AAS 102 (2010), 785.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[215] Propositio 34.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[216] Ibíd.; cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 21: AAS 68 (1976), 19-20.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[217] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 31: AAS 88 (1996), 21.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[218] Id., Discurso a los Obispos del Consejo Episcopal Latinoamericano (Puerto Príncipe, 9 marzo 1983): AAS 75 (1983), 778.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[219] N. 29: AAS 102 (2010), 708.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[220] Discurso a los miembros del Consejo especial para África del Sínodo de los Obispos(Yaundé, 19 marzo 2009): AAS 101 (2009), 312.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[221] Carta enc. Spe salvi, 1: AAS 99 (2007), 985.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[222] Homilía en la misa de clausura de la Segunda Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos (25 octubre 2009): AAS 101 (2009), 918.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[223] Ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[224] Cf. ibíd.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[225] Discurso a la Curia Romana (21 diciembre 2009): AAS 102 (2010), 34.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[226] Cf. Propositio 57.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-7034237973607530243?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/7034237973607530243/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/12/exhortacion-apostolica-postsinodal.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/7034237973607530243'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/7034237973607530243'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/12/exhortacion-apostolica-postsinodal.html' title='Exhortación Apostólica Postsinodal'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-851545886177812735</id><published>2011-10-30T16:39:00.000-07:00</published><updated>2011-10-30T16:41:32.415-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Magisterio Pontificio'/><title type='text'>La Iglesia Católica no cejará en la lucha contra la violencia</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Discurso del Santo Padre en Asís, en el Encuentro por la Paz&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Queridos hermanos y hermanas,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Distinguidos Jefes y representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales y de las Religiones del mundo,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;queridos amigos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han pasado veinticinco años desde que el beato papa Juan Pablo II invitó por vez primera a los representantes de las religiones del mundo a Asís para una oración por la paz. ¿Qué ha ocurrido desde entonces? ¿A qué punto está hoy la causa de la paz? En aquel entonces, la gran amenaza para la paz en el mundo provenía de la división del planeta en dos bloques contrastantes entre sí. El símbolo llamativo de esta división era el muro de Berlín que, pasando por el medio de la ciudad, trazaba la frontera entre dos mundos. En 1989, tres años después de Asís, el muro cayó sin derramamiento de sangre. De repente, los enormes arsenales que había tras el muro dejaron de tener sentido alguno. Perdieron su capacidad de aterrorizar. El deseo de los pueblos de ser libres era más fuerte que los armamentos de la violencia. La cuestión sobre las causas de este derrumbe es compleja y no puede encontrar una respuesta con fórmulas simples. Pero, junto a los factores económicos y políticos, la causa más profunda de dicho acontecimiento es de carácter espiritual: detrás del poder material ya no había ninguna convicción espiritual. Al final, la voluntad de ser libres fue más fuerte que el miedo ante la violencia, que ya no contaba con ningún respaldo espiritual. Apreciamos esta victoria de la libertad, que fue sobre todo también una victoria de la paz. Y es preciso añadir en este contexto que, aunque no se tratara sólo, y quizás ni siquiera en primer lugar, de la libertad de creer, también se trataba de ella. Por eso podemos relacionar también todo esto en cierto modo con la oración por la paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, ¿qué ha sucedido después? Desgraciadamente, no podemos decir que desde entonces la situación se haya caracterizado por la libertad y la paz. Aunque no haya a la vista amenazas de una gran guerra, el mundo está desafortunadamente lleno de discordia. No se trata sólo de que haya guerras frecuentemente aquí o allá; es que la violencia en cuanto tal siempre está potencialmente presente, y caracteriza la condición de nuestro mundo. La libertad es un gran bien. Pero el mundo de la libertad se ha mostrado en buena parte carente de orientación, y muchos tergiversan la libertad entendiéndola como libertad también para la violencia. La discordia asume formas nuevas y espantosas, y la lucha por la paz nos debe estimular a todos nosotros de modo nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tratemos de identificar más de cerca los nuevos rostros de la violencia y la discordia. A grandes líneas –según mi parecer– se pueden identificar dos tipologías diferentes de nuevas formas de violencia, diametralmente opuestas por su motivación, y que manifiestan luego muchas variantes en sus particularidades. Tenemos ante todo el terrorismo, en el cual, en lugar de una gran guerra, se emplean ataques muy precisos, que deben golpear destructivamente en puntos importantes al adversario, sin ningún respeto por las vidas humanas inocentes que de este modo resultan cruelmente heridas o muertas. A los ojos de los responsables, la gran causa de perjudicar al enemigo justifica toda forma de crueldad. Se deja de lado todo lo que en el derecho internacional ha sido comúnmente reconocido y sancionado como límite a la violencia. Sabemos que el terrorismo es a menudo motivado religiosamente y que, precisamente el carácter religioso de los ataques sirve como justificación para una crueldad despiadada, que cree poder relegar las normas del derecho en razón del «bien» pretendido. Aquí, la religión no está al servicio de la paz, sino de la justificación de la violencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de la Ilustración, la crítica de la religión ha sostenido reiteradamente que la religión era causa de violencia, y con eso ha fomentado la hostilidad contra las religiones. En este punto, que la religión motive de hecho la violencia es algo que, como personas religiosas, nos debe preocupar profundamente. De una forma más sutil, pero siempre cruel, vemos la religión como causa de violencia también allí donde se practica la violencia por parte de defensores de una religión contra los otros. Los representantes de las religiones reunidos en Asís en 1986 quisieron decir –y nosotros lo repetimos con vigor y gran firmeza– que esta no es la verdadera naturaleza de la religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción. Contra eso, se objeta: Pero, ¿cómo sabéis cuál es la verdadera naturaleza de la religión? Vuestra pretensión, ¿no se deriva quizás de que la fuerza de la religión se ha apagado entre vosotros? Y otros dirán: ¿Acaso existe realmente una naturaleza común de la religión, que se manifiesta en todas las religiones y que, por tanto, es válida para todas? Debemos afrontar estas preguntas si queremos contrastar de manera realista y creíble el recurso a la violencia por motivos religiosos. Aquí se coloca una tarea fundamental del diálogo interreligioso, una tarea que se ha de subrayar de nuevo en este encuentro. A este punto, quisiera decir como cristiano: Sí, también en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a la violencia en la historia. Lo reconocemos llenos de vergüenza. Pero es absolutamente claro que éste ha sido un uso abusivo de la fe cristiana, en claro contraste con su verdadera naturaleza. El Dios en que nosotros los cristianos creemos es el Creador y Padre de todos los hombres, por el cual todos son entre sí hermanos y hermanas y forman una única familia. La Cruz de Cristo es para nosotros el signo del Dios que, en el puesto de la violencia, pone el sufrir con el otro y el amar con el otro. Su nombre es «Dios del amor y de la paz» (2 Co 13,11). Es tarea de todos los que tienen alguna responsabilidad de la fe cristiana el purificar constantemente la religión de los cristianos partiendo de su centro interior, para que – no obstante la debilidad del hombre – sea realmente instrumento de la paz de Dios en el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si bien una tipología fundamental de la violencia se funda hoy religiosamente, poniendo con ello a las religiones frente a la cuestión sobre su naturaleza, y obligándonos todos a una purificación, una segunda tipología de violencia de aspecto multiforme tiene una motivación exactamente opuesta: es la consecuencia de la ausencia de Dios, de su negación, que va a la par con la pérdida de humanidad. Los enemigos de la religión –como hemos dicho– ven en ella una fuente primaria de violencia en la historia de la humanidad, y pretenden por tanto la desaparición de la religión. Pero el «no» a Dios ha producido una crueldad y una violencia sin medida, que ha sido posible sólo porque el hombre ya no reconocía norma alguna ni juez alguno por encima de sí, sino que tomaba como norma solamente a sí mismo. Los horrores de los campos de concentración muestran con toda claridad las consecuencias de la ausencia de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero no quisiera detenerme aquí sobre el ateísmo impuesto por el Estado; quisiera hablar más bien de la «decadencia» del hombre, como consecuencia de la cual se produce de manera silenciosa, y por tanto más peligrosa, un cambio del clima espiritual. La adoración de Mamón, del tener y del poder, se revela una anti-religión, en la cual ya no cuenta el hombre, sino únicamente el beneficio personal. El deseo de felicidad degenera, por ejemplo, en un afán desenfrenado e inhumano, como se manifiesta en el sometimiento a la droga en sus diversas formas. Hay algunos poderosos que hacen con ella sus negocios, y después muchos otros seducidos y arruinados por ella, tanto en el cuerpo como en el ánimo. La violencia se convierte en algo normal y amenaza con destruir nuestra juventud en algunas partes del mundo. Puesto que la violencia llega a hacerse normal, se destruye la paz y, en esta falta de paz, el hombre se destruye a sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ausencia de Dios lleva al decaimiento del hombre y del humanismo. Pero, ¿dónde está Dios? ¿Lo conocemos y lo podemos mostrar de nuevo a la humanidad para fundar una verdadera paz? Resumamos ante todo brevemente las reflexiones que hemos hecho hasta ahora. He dicho que hay una concepción y un uso de la religión por la que esta se convierte en fuente de violencia, mientras que la orientación del hombre hacia Dios, vivido rectamente, es una fuerza de paz. En este contexto me he referido a la necesidad del diálogo, y he hablado de la purificación, siempre necesaria, de la religión vivida. Por otro lado, he afirmado que la negación de Dios corrompe al hombre, le priva de medidas y le lleva a la violencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Junto a estas dos formas de religión y anti-religión, existe también en el mundo en expansión del agnosticismo otra orientación de fondo: personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios. Personas como éstas no afirman simplemente: «No existe ningún Dios». Sufren a causa de su ausencia y, buscando lo auténtico y lo bueno, están interiormente en camino hacia Él. Son «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz». Plantean preguntas tanto a una como a la otra parte. Despojan a los ateos combativos de su falsa certeza, con la cual pretenden saber que no hay un Dios, y los invitan a que, en vez de polémicos, se conviertan en personas en búsqueda, que no pierden la esperanza de que la verdad exista y que nosotros podemos y debemos vivir en función de ella. Pero también llaman en causa a los seguidores de las religiones, para que no consideren a Dios como una propiedad que les pertenece a ellos hasta el punto de sentirse autorizados a la violencia respecto a los demás. Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios. Así, su lucha interior y su interrogarse es también una llamada a a nosotros creyentes, a todos los creyentes, a purificar su propia fe, para que Dios –el verdadero Dios– se haga accesible. Por eso he invitado de propósito a representantes de este tercer grupo a nuestro encuentro en Asís, que no sólo reúne representantes de instituciones religiosas. Se trata más bien del estar juntos en camino hacia la verdad, del compromiso decidido por la dignidad del hombre y de hacerse cargo en común de la causa de la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho. Para concluir, quisiera aseguraros que la Iglesia católica no cejará en la lucha contra la violencia, en su compromiso por la paz en el mundo. Estamos animados por el deseo común de ser «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Os doy las gracias&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 27 octubre 2011 (ZENIT.org).-&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-851545886177812735?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/851545886177812735/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/10/la-iglesia-catolica-no-cejara-en-la.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/851545886177812735'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/851545886177812735'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/10/la-iglesia-catolica-no-cejara-en-la.html' title='La Iglesia Católica no cejará en la lucha contra la violencia'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-6756120872180111072</id><published>2011-10-24T18:42:00.000-07:00</published><updated>2011-10-24T18:44:17.010-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Organismos del Vaticano'/><title type='text'>Pontificio Consejo Justicia y Paz</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;“Por una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la prospectiva de una Autoridad Pública con competencia universal”.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prólogo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«La presente situación del mundo exige una acción de conjunto que tenga como punto de partida una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales. Con la experiencia que tiene de la humanidad, la Iglesia, sin pretender de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados, “sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido”».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con estas palabras Pablo VI, en la profética y siempre actual Encíclica Populorum progressio de 1967, trazaba de manera límpida «las trayectorias» de la íntima relación de la Iglesia con el mundo: trayectorias que se cruzan en el valor profundo de la dignidad del ser humano y en la búsqueda del bien común, y que además hacen a los pueblos responsables y libres de actuar según sus más altas aspiraciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La crisis económica y financiera que está atravesando el mundo convoca a todos, personas y pueblos, a un profundo discernimiento sobre los principios y de los valores culturales y morales que son fundamentales para la convivencia social. Pero no sólo eso. La crisis compromete a los agentes privados y a las autoridades públicas competentes a nivel nacional, regional e internacional a una seria reflexión sobre las causas y sobre las soluciones de naturaleza política, económica y técnica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esta prospectiva, la crisis, enseña Benedicto XVI, «nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo. Conviene afrontar las dificultades del presente en esta clave, de manera confiada, más que resignada».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los líderes mismos del G20, en el Statement adoptado en Pittsburgh en el año 2009, han afirmado como «The economic crisis demonstrates the importance of ushering in a new era of sustainable global economic activity grounded in responsibility».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recogiendo el llamamiento del Santo Padre y, al mismo tiempo, haciendo propias las preocupaciones de los pueblos – sobre todo de aquellos que en mayor medida sufren los efectos de la situación actual – el Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, en el respeto de las competencias de las autoridades civiles y políticas, desea proponer y compartir la propia reflexión “Por a una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la perspectiva de una autoridad pública con competencia universal”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta reflexión desea ser una contribución a los responsables de la tierra y a todos los hombres de buena voluntad; un gesto de responsabilidad, no sólo respecto de las generaciones actuales, sino sobre todo hacia aquellas futuras, a fin de que no se pierda jamás la esperanza de un futuro mejor y la confianza en la dignidad y en la capacidad de bien de la persona humana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Peter K. A. Card. Turkson † Mario Toso, SDB&lt;br /&gt;Presidente Secretario&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Libreria Editrice Vaticana&lt;br /&gt;Ciudad del Vaticano&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;POR UNA REFORMA DEL SISTEMA FINANCIERO Y MONETARIO INTERNACIONAL EN LA PERSPECTIVA DE UNA AUTORIDAD PÚBLICA CON COMPETENCIA UNIVERSAL&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Premisa&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Toda persona individualmente, toda comunidad de personas, es partícipe y responsable de la promoción del bien común. Fieles a su vocación de naturaleza ética y religiosa, las comunidades de creyentes deben en primer lugar preguntarse si los medios de los que dispone la familia humana para la realización del bien común mundial son los más adecuados. La Iglesia, por su parte, está llamada a estimular en todos, indistintamente, «el deseo de participar en el conjunto ingente de esfuerzos realizados [por los hombres] a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, respondiendo [así] a la voluntad de Dios».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. Desarrollo económico y desigualdades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La grave crisis económica y financiera, que hoy atraviesa el mundo, encuentra su origen en múltiples causas. Sobre la pluralidad y sobre el peso de estas causas persisten opiniones diversas: algunos subrayan, ante todo, los errores inherentes a las políticas económicas y financieras; otros insisten sobre las debilidades estructurales de las instituciones políticas, económicas y financieras; otros, en fin, las atribuyen a fallas de naturaleza ética, presentes en todos los niveles, en el marco de una economía mundial cada vez más dominada por el utilitarismo y el materialismo. En los distintos estadios de desarrollo de la crisis se encuentra siempre una combinación de errores técnicos y de responsabilidades morales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el caso del intercambio de bienes materiales y de servicios, son la naturaleza, la capacidad productiva y el trabajo en sus múltiples formas, quienes ponen un límite a la cantidad, determinando un conjunto de costes y de precios que permite, bajo ciertas condiciones, una asignación eficiente de los recursos disponibles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero en materia monetaria y financiera, las dinámicas son distintas. En los últimos decenios, han sido los bancos los que han extendido el crédito, el cual ha generado moneda, lo cual a su vez ha exigido una ulterior expansión del crédito. El sistema económico ha sido impulsado en tal modo, hacia una espiral inflacionista que, inevitablemente, ha encontrado un límite en el riesgo sostenible para los institutos de crédito, sometidos a un ulterior peligro de quiebra, con consecuencias negativas para todo el sistema económico y financiero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de la Segunda Guerra Mundial, las economías nacionales progresaron, aunque con enormes sacrificios de millones e incluso de miles de millones de personas que habían otorgado su confianza con su comportamiento de productores y empresarios, por un lado, y de ahorradores y consumidores, por el otro, hasta llegar a un progresivo y regular desarrollo de la moneda y de las finanzas, en conformidad con las potencialidades de crecimiento real de la economía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de los años noventa del pasado siglo, se descubre en cambio como la moneda y los títulos de crédito a nivel global aumentaron mucho más rápidamente que la producción del rédito, incluso a precios corrientes. Se derivó, por consiguiente, en la formación bolsas excesivas de liquidez y burbujas especulativas que luego se transformaron en crisis de solvencia y de confianza que se han propagado y subseguido en el transcurso de los años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una primera crisis se verificó en los años setenta hasta principios de los ochenta, debido a los precios del petróleo. Posteriormente se verificaron una serie de crisis en varios Países en vías de desarrollo. Baste pensar en la primera crisis de México en los años ochenta, o en las de Brasil, Rusia y Corea; y luego nuevamente en México en los años noventa, en Tailandia y en Argentina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La burbuja especulativa sobre los inmuebles y la reciente crisis financiera tienen el mismo origen: la excesiva cantidad de moneda y de instrumentos financieros a nivel global.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras las crisis en los Países en vías de desarrollo, que han estado a punto de involucrar el sistema monetario y financiero global, han sido contenidas con formas de intervención por parte de los países más desarrollados, la crisis que ha estallado en el año 2008, se ha caracterizado por un elemento decisivo y disruptivo respecto a las precedentes. Se ha originado en el contexto de Estados Unidos, una de las áreas más relevantes para la economía y las finanzas mundiales, involucrando la moneda a la que se remiten todavía la gran mayoría de los intercambios internacionales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una orientación de tipo liberal – reticente respecto a las intervenciones públicas en los mercados – ha propiciado la quiebra de un importante instituto internacional, imaginando de este modo, delimitar la crisis y sus efectos. Se ha derivado, desafortunadamente, una propagación de la desconfianza que ha impulsado a mutar repentinamente de actitud, estimulando intervenciones públicas de diverso tipo, de enorme alcance (el 20% del producto nacional) a fin de contener las consecuencias negativas que hubieran afectado todo el sistema financiero internacional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las consecuencias sobre la denominada «economía real», pasando s través de las graves dificultades de algunos sectores – en primer lugar el de la construcción – y con la difusión de expectativas desfavorables, han generado una tendencia negativa de la producción y del comercio internacional, con graves repercusiones en la ocupación, y con efectos que probablemente aun no han agotado su alcance. El costo para millones, e incluso miles de millones de personas, en los Países desarrollados, pero sobre todo también en aquellos en vías de desarrollo, es inmenso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Países y áreas donde se carece todavía de los bienes más elementales como la salud, la alimentación y la protección contra la intemperie, más de mil millones de personas se ven obligadas a sobrevivir con unos ingresos medios de poco más de un dólar diario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El bienestar económico global, medido en primer lugar por la producción de renta, y también por la difusión de las capabilities, se ha acrecentado, en el curso de la segunda mitad del siglo XX, en una medida y con una rapidez antes jamás experimentado en la historia del género humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero también han aumentado enormemente las desigualdades en varios Países y entre ellos. Mientras que algunos Países y áreas económicas, las más industrializadas y desarrolladas, han visto crecer notablemente la producción de la renta, otros Países han sido excluidos, de hecho, del progreso generalizado de la economía, e incluso han empeorado en su situación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los peligros de una situación de desarrollo económico, concebido en términos de liberalismo, han sido denunciados lúcida y proféticamente por Pablo VI – a causa de las nefastas consecuencias sobre los equilibrios mundiales y la paz – ya en 1967, después del Concilio Vaticano II, con la Encíclica Populorum progressio. El Pontífice indicó, como condiciones imprescindibles para la promoción de un auténtico desarrollo, la defensa de la vida y la promoción del progreso cultural y moral de las personas. Sobre tales fundamentos, Pablo VI afirmaba que el desarrollo plenario y planetario «es el nuevo nombre de la paz».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A cuarenta años de distancia, en el año 2007, el Fondo Monetario Internacional reconocía, en su Informe anual, la estrecha conexión por una parte de un proceso de globalización que no ha sido gobernado adecuadamente, y las fuertes desigualdades a nivel mundial por el otro. Hoy los modernos medios de comunicación hacen evidentes a todos los pueblos, ricos y pobres, las desigualdades económicas, sociales y culturales que se han producido a nivel global, creando tensiones e imponentes movimientos migratorios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más aún, se ha de reafirmar que el proceso de globalización, con sus aspectos positivos está a la base del grande desarrollo de la economía mundial del siglo XX. Vale la pena recordar que, entre el 1900 y el 2000, la población mundial casi se cuadruplicó y que la riqueza producida a nivel mundial creció en modo mucho más rápido de manera que los ingresos medios per cápita aumentaron fuertemente. A la vez, sin embargo, no ha aumentado la equitativa distribución de la riqueza; sino que en muchos casos ha empeorado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Pero qué es lo que ha impulsado al mundo en esta dirección extremadamente problemática incluso para la paz?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ante todo, un liberalismo económico sin reglas y sin supervisión. Se trata de una ideología, de una forma de «apriorismo económico», que pretende tomar de la teoría las leyes del funcionamiento del mercado y las denominadas leyes del desarrollo capitalista, exagerando algunos de sus aspectos. Una ideología económica que establezca a priori las leyes del funcionamiento del mercado y del desarrollo económico, sin confrontarse con la realidad, corre el peligro de convertirse en un instrumento subordinado a los intereses de los Países que ya gozan, de hecho, de una posición de mayores ventajas económicas y financieras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reglas y controles, si bien de manera imperfecta, con frecuencia están presentes a nivel nacional y regional; sin embargo a nivel internacional, dichas reglas y controles se realizan y se consolidan con dificultad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la base de las disparidades y de las distorsiones del desarrollo capitalista, se encuentra en gran parte, además de la ideología del liberalismo económico, la ideología utilitarista, es decir la impostación teórico-práctica según la cual «lo que es útil para el individuo conduce al bien de la comunidad». Es necesario notar que una «máxima» semejante, contiene un fondo de verdad, pero no se puede ignorar que no siempre lo que es útil individualmente, aunque sea legítimo, favorece el bien común. En más de una ocasión es necesario un espíritu de solidaridad que trascienda la utilidad personal por el bien de la comunidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los años veinte del siglo pasado, algunos economistas ya habían puesto en guardia para que no se diera crédito excesivamente, en ausencia de reglas y controles, a esas teorías, que hoy se han transformado en ideologías y praxis dominantes a nivel internacional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un efecto devastante de estas ideologías, sobre todo en las últimas décadas del siglo pasado y en los primeros años del nuevo siglo, ha sido la explosión de la crisis, en la que aún se encuentra sumergido el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Benedicto XVI, en su encíclica social, ha individuado de manera precisa la raíz de una crisis que no es solamente de naturaleza económica y financiera, sino antes de todo, es de tipo moral, además de ideológica. La economía, en efecto – observa el Pontífice – tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento, no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona. El Papa ha denunciado, a continuación, el papel desempeñado por el utilitarismo y por el individualismo, así como las responsabilidades de quienes los han asumido y difundido como parámetro para el comportamiento óptimo de aquellos – operadores económicos y políticos – que actúan e interactúan en el contexto social. Pero Benedicto XVI ha también descubierto y denunciado una nueva ideología, la «ideología de la tecnocracia».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. El rol de la técnica y el desafío ético.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El enorme desarrollo económico y social del siglo pasado, ciertamente luego con sus luces, pero también con sus graves aspectos de sombra, se debe, en gran parte, al continuado desarrollo de la técnica y, en las décadas más recientes, a los progresos de la informática y a sus aplicaciones, a la economía y, en primer lugar, a las finanzas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para interpretar con lucidez la actual nueva cuestión social, es necesario evitar el error, hijo también de la ideología neoliberal, de considerar que los problemas por afrontar son de orden exclusivamente técnico. En cuanto tales, escaparían a la necesidad de un discernimiento y de una valoración de tipo ético. Pues bien, la encíclica de Benedicto XVI pone en guardia contra los peligros de la ideología de la tecnocracia, es decir de aquella absolutización de la técnica que «tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia» y a minimizar el valor de las decisiones del individuo humano concreto que actúa en el sistema económico-financiero, reduciéndolas a meras variables técnicas. La cerrazón a un «más allá», comprendido como algo más, respecto a la técnica, no sólo hace imposible el encontrar soluciones adecuadas para los problemas, sino que empobrece cada vez más, a nivel material y moral, a las principales víctimas de la crisis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También en el contexto de la complejidad de los fenómenos, la relevancia de los factores éticos y culturales no puede, por lo tanto ser desatendida ni subestimada. La crisis, en efecto, ha revelado comportamientos de egoísmo, de codicia colectiva y de acaparamiento de los bienes a grande escala. Nadie puede resignarse a ver al hombre vivir como «un lobo para el otro hombre», según la concepción evidenciada por Hobbes. Nadie, en conciencia, puede aceptar el desarrollo de algunos Países en perjuicio de otros. Si no se pone remedio a las diversas formas de injusticia, los efectos negativos que se producirán a nivel social, político y económico estarán destinados a originar un clima de hostilidad creciente, e incluso de violencia, hasta minar las bases mismas de las instituciones democráticas, aún de aquellas consideradas más sólidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por el reconocimiento de la primacía del ser respecto al del tener, de la ética respecto a la economía, los pueblos de la tierra deberían asumir, como alma de su acción, una ética de la solidaridad, abandonando toda forma de mezquino egoísmo, abrazando la lógica del bien común mundial que trasciende el mero interés contingente y particular. Deberían, en fin de cuentas, mantener vivo el sentido de pertenencia a la familia humana en nombre de la común dignidad de todos los seres humanos: «por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en 1991, después del fracaso del colectivismo marxista, el Beato Juan Pablo II había puesto en guardia contra el peligro de «una idolatría del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza, no son ni pueden ser simples mercancías». Es preciso, hoy sin demora acoger su amonestación y tomar un camino más en sintonía con la dignidad y con la vocación trascendente de la persona y de la familia humana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. El gobierno de la globalización.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el camino hacia la construcción de una familia humana más fraterna y más justa y, aún antes, de un nuevo humanismo abierto a la trascendencia, se presenta particularmente actual la enseñanza del Beato Juan XXIII. En la profética Carta encíclica Pacem in terris del 1963, él advertía ya que el mundo se estaba dirigiendo hacia una unificación cada vez mayor. Tomaba pues conciencia, del hecho que en la comunidad humana, había disminuido la correspondencia entre la organización política a nivel mundial y las exigencias objetivas del bien común universal. Por consiguiente, auguraba fuera creada un día, una «Autoridad pública mundial».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ante la unificación del mundo, propiciada por el complejo fenómeno de la globalización; ante la importancia de garantizar, además de los otros bienes colectivos, el bien representado por un sistema económico-financiero mundial libre, estable y al servicio de la economía real, la enseñanza de la Pacem in terris se presenta, hoy en día, aún más vital y digna de urgente concretización.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mismo Benedicto XVI, en el surco trazado por la Pacem in terris, ha expresado la necesidad de constituir una Autoridad política mundial. Dicha necesidad se presenta además evidente, si se piensa que la agenda de cuestiones a tratar a nivel global se hace cada vez más amplia. Piénsese, por ejemplo, en la paz y la seguridad; en el desarme y el control de armamentos; en la promoción y la tutela de los derechos humanos fundamentales; en el gobierno de la economía y en las políticas de desarrollo; en la gestión de los flujos migratorios y en la seguridad alimentaria; en la tutela del medio ambiente. En todos esos campos, resulta cada vez más evidente la creciente interdependencia entre los Estados y las regiones del mundo, y la necesidad de respuestas, no sólo sectoriales y aisladas, sino sistemáticas e integradas, inspiradas por la solidaridad y por la subsidiaridad, y orientadas hacia el bien común universal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como lo recuerda Benedicto XVI, si no se sigue ese camino, también «el derecho internacional, no obstante los grandes progresos alcanzados en los diversos campos, correría el riesgo de estar condicionado por los equilibrios de poder entre los más fuertes».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La finalidad de la Autoridad pública, recordaba ya Juan XXIII en la Pacem in terris, es, ante todo, la de servir al bien común. Dicha Autoridad, por tanto, debe dotarse de estructuras y mecanismos adecuados, eficaces, es decir, a la altura de la propia misión y de las expectativas que en ella se ponen. Esto es particularmente verdadero al interno de un mundo globalizado, que hace a las personas y a los pueblos permanecer cada vez más interconectados e interdependientes, pero que muestra también el peso del egoísmo y de los intereses sectoriales, entre los cuales la existencia de mercados monetarios y financieros de carácter prevalentemente especulativo, perjudiciales para la «economía real», en especial de los Países más débiles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es este un proceso complejo y delicado. Tal Autoridad supranacional debe, en efecto, poseer una impostación realista y ha de ponerse en práctica gradualmente, para favorecer también la existencia de sistemas monetarios y financieros eficientes y eficaces, es decir, mercados libres y estables, disciplinados por un marco jurídico adecuado, funcionales en orden al desarrollo sostenible y al progreso social de todos, e inspirados por los valores de la caridad y de la verdad. Se trata de una Autoridad con un horizonte planetario, que no puede ser impuesta por la fuerza, sino que debería ser la expresión de un acuerdo libre y compartido, más allá de las exigencias permanentes e históricas del bien común mundial, y no fruto de coerciones o de violencias. Debería surgir de un proceso de maduración progresiva de las conciencias y de las libertades, así como del conocimiento de las crecientes responsabilidades. No pueden, en consecuencia, ser desatendidos considerandos superfluos, elementos como la confianza recíproca, la autonomía y la participación. El consenso debe involucrar, un número cada vez mayor de Países que se adhieren por convicción, mediante ese diálogo sincero que no margina, sino más aún que valora las opiniones minoritarias. La Autoridad mundial debería, pues, involucrar coherentemente a todos los pueblos en una colaboración a la que están llamados a contribuir con el patrimonio de sus propias virtudes y civilizaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La constitución de una Autoridad política mundial debería estar precedida por una fase preliminar de concertación, de la que emergerá una institución legitimada, capaz de proporcionar una guía eficaz y, al mismo tiempo, de permitir que cada País exprese y procure el propio bien particular. El ejercicio de una Autoridad semejante, puesta al servicio del bien de todos y de cada uno, será necesariamente super partes, es decir, por encima de toda visión parcial y de todo bien particular, en vistas a la realización del bien común. Sus decisiones no deberán ser el resultado del pre-poder de los Países más desarrollados sobre los Países más débiles. Deberán, en cambio, ser asumidas que asumirlas, en el interés de todos y no sólo en ventaja de algunos grupos formados por lobbies privadas o por Gobiernos nacionales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una institución supranacional, expresión de una «comunidad de las Naciones», no podrá por otra parte, durar por mucho tiempo, si las diversidades de los Países, a nivel de las culturas, de los recursos materiales e inmateriales, y de las condiciones históricas y geográficas, no son reconocidas y plenamente respetadas. La ausencia de un consenso convencido, alimentado por una incesante comunión moral de la comunidad mundial, debilitaría la eficacia de la correspondiente Autoridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que vale a nivel nacional vale también a nivel mundial. La persona no está hecha para servir incondicionalmente a la Autoridad, cuya tarea es la de ponerse al servicio de la persona misma, en coherencia con el valor preeminente de la dignidad del ser humano. Del mismo modo, los Gobiernos no deben servir incondicionalmente a la Autoridad mundial. Esta última, ante todo debe ponerse al servicio de los diversos Países miembros, de acuerdo al principio de subsidiaridad, creando, entre otras, las condiciones socioeconómicas, políticas y jurídicas indispensables también para la existencia de mercados eficientes y eficaces, que no estén hiperprotegidos por políticas nacionales paternalistas, ni debilitados por déficit sistemáticos de las finanzas públicas y de los Productos nacionales que, de hecho, impiden a los mercados operar en un contexto mundial como instituciones abiertas y competitivas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la tradición del Magisterio de la Iglesia, retomada con vigor por Benedicto XVI, el principio de subsidiaridad debe regular las relaciones entre el Estado y las comunidades locales, entre las Instituciones públicas y las Instituciones privadas, sin excluir aquellas monetarias y financieras. Así, en un nivel ulterior, debe regir las relaciones entre una eventual, futura Autoridad pública mundial y las instituciones regionales y nacionales. Tal principio es en garantía tanto la legitimidad democrática, como la eficacia de las decisiones de quienes están llamados a tomarlas. Permite respetar la libertad de las personas y de las comunidades de personas y, al mismo tiempo, responsabilizarlas respecto de los objetivos y de los deberes que les competen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Según la lógica de la subsidiaridad, la Autoridad superior ofrece su subsidium, es decir su ayuda, cuando la persona y los actores sociales y financieros son intrínsecamente inadecuados o no logran hacer por sí mismos lo que les es requerido. Gracias al principio de solidaridad, se construye una relación durable y fecunda entre la sociedad civil planetaria y una Autoridad pública mundial, cuando los Estados, los cuerpos intermedios, las diversas sociedades – incluidas aquellas económicas y financieras – y los ciudadanos toman las decisiones dentro de la prospectiva del bien común mundial, que trasciende el nacional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«El gobierno de la globalización» - se lee en la Caritas in veritate - «debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recíprocamente». Sólo así se puede evitar el riesgo del aislamiento burocrático de la Autoridad central, que correría el peligro de la deslegitimación de una separación demasiado grande de las realidades sobre las cuales se funda, y podría fácilmente caer en tentaciones paternalistas, tecnocráticas, o hegemónicas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo permanece aún un largo camino por recorrer antes de llegar a la constitución de una tal Autoridad pública con competencia universal. La lógica desearía que el proceso de reforma se desarrollase teniendo como punto de referencia la Organización de las Naciones Unidas, en razón de la amplitud mundial de sus responsabilidades, de su capacidad de reunir las Naciones de la tierra, y de la diversidad de sus propias tareas y de las de sus Agencias especializadas. El fruto de tales reformas debería ser una mayor capacidad de adopción de políticas y opciones vinculantes, por estar orientadas a la realización del bien común a nivel local, regional y mundial. Entre las políticas aparecen como más urgentes aquellas relativas a la justicia social global: políticas financieras y monetarias que no dañen los Países más débiles; políticas dirigida a la realización de mercados libres y estables y una distribución ecua de la riqueza mundial incluso mediante formas inéditas de solidaridad fiscal global, de la cual se referirá más adelante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el proceso de la constitución de una Autoridad política mundial no se pueden desvincular las cuestiones de governance (es decir, de un sistema de simple coordinación horizontal sin una Autoridad super partes), de aquellas de un shared government (es decir de un sistema que, además de la coordinación horizontal, establezca una Autoridad super partes) funcional y proporcionado al gradual desarrollo de una sociedad política mundial. La constitución de una Autoridad política mundial no podrá ser lograda sin una práctica previa de multilateralismo, no sólo a nivel diplomático, sino también y principalmente en el ámbito de los programas para el desarrollo sostenible y para la paz. No se puede llegar a un Gobierno mundial si no es dando una expresión política a interdependencias y cooperaciones preexistentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4. Hacia una reforma del sistema financiero y monetario internacional que responda a las exigencias de todos los Pueblos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En materia económica y financiera, las dificultades más relevantes se derivan de la carencia de un eficaz conjunto de estructuras capaces de garantizar, además de un sistema de governance, un sistema de government de la economía y de las finanzas internacionales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué se puede decir de esta prospectiva? ¿Cuáles son los pasos que se deben desarrollar concretamente?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con referencia al actual sistema económico y financiero mundial, se deben subrayar dos elementos determinantes: el primero es la gradual disminución de la eficiencia de las instituciones de Bretton Woods, desde los inicios de los años Setenta. En particular, el Fondo Monetario Internacional ha perdido un carácter esencial para la estabilidad de las finanzas mundiales, es decir, el de reglamentar la creación global de moneda y de velar sobre el monto de riesgo del crédito asumido por el sistema. En definitiva, ya no se dispone más de ese «bien público universal» que es la estabilidad del sistema monetario mundial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El segundo factor es la necesidad de un corpus mínimo compartido de reglas necesarias para la gestión del mercado financiero global, que ha crecido mucho más rápidamente que la «economía real» habiéndose velozmente desarrollado, por efecto de un lado, de la abrogación generalizada de los controles sobre los movimientos de capitales y de la tendencia a la desreglamentación de las actividades bancarias y financieras; y, por el otro, con los progresos de la técnica financiera favorecidos por los instrumentos informáticos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el plano estructural, en la última parte del siglo anterior, la moneda y las actividades financieras a nivel global crecieron mucho más rápidamente que las producciones de bienes y servicios. En dicho contexto, la cualidad del crédito ha tendido a disminuir, hasta exponer a los institutos de crédito a un riesgo mayor de aquel razonablemente sostenible. Baste observar lo acaecido a los grandes y pequeños institutos de crédito en el contexto de las crisis que se manifestaron en los años ochenta y noventa del siglo anterior y, en fin, en la crisis de 2008.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún en la última parte del siglo anterior, se desarrolló la tendencia a definir las orientaciones estratégicas de la política económica y financiera al interno de clubes y de grupos más o menos amplios de los Países más desarrollados. Sin negar los aspectos positivos de este enfoque, no se puede dejar de notar que así, no parece respetarse plenamente el principio representativo, en particular de los Países menos desarrollados o emergentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La necesidad de tener en cuenta la voz de un mayor número de Países ha conducido, por ejemplo, a la ampliación de dichos grupos, pasando así del G7 al G20. Ha sido, ésta, una evolución positiva, en cuanto ha consentido involucrar, en las orientaciones para la economía y las finanzas globales, la responsabilidad de Países con una población más elevada, en vías de desarrollo y emergentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el ámbito del G20 pueden, por lo tanto, madurar directrices concretas que, oportunamente elaboradas en las apropiadas sedes técnicas, podrán orientar los órganos competentes a nivel nacional y regional en la consolidación de las instituciones existentes y en la creación de nuevas instituciones con apropiados y eficaces instrumentos a nivel internacional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los líderes mismos del G20 afirman en la Declaración final de Pittsburgh de 2009 que «la crisis económica demuestra la importancia de comenzar una nueva era de la economía global basada en la responsabilidad». A fin de hacer frente a la crisis y abrir una nueva era «de la responsabilidad», además de las medidas de tipo técnico y de corto plazo, los leaders proponen una «reforma de la arquitectura global para afrontar las exigencias del siglo XXI»; y por tanto además «un marco que permita definir las políticas y las medidas comunes con el objeto de producir un desarrollo global sólido, sostenible y equilibrado».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es preciso por tanto, dar inicio a un proceso de profunda reflexión y de reformas, recorriendo vías creativas y realistas, que tiendan a valorizar los aspectos positivos de las instituciones y de los fora ya existentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una atención específica debería reservarse a la reforma del sistema monetario internacional y, en particular, al empeño para dar vida a una cierta forma de control monetario global, desde luego ya implícita en los Estudios del Fondo Monetario Internacional. Es evidente que, en cierta medida, esto equivale a poner en discusión los sistemas de cambio existentes, para encontrar modos eficaces de coordinación y supervisión. Se trata de un proceso que debe involucrar también a los Países emergentes y en vías de desarrollo, al momento de definir las etapas de adaptación gradual de los instrumentos existentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el fondo se delinea, en prospectiva, la exigencia de un organismo que desarrolle las funciones de una especie de «Banco central mundial» que regule el flujo y el sistema de los intercambios monetarios, con el mismo criterio que los Bancos centrales nacionales. Es necesario redescubrir la lógica de fondo, de paz, coordinación y prosperidad común, que portaron a los Acuerdos de Bretton Woods, para proveer respuestas adecuadas a las cuestiones actuales. A nivel regional, dicho proceso podría realizarse con valorización de las instituciones existentes como, por ejemplo, el Banco Central Europeo. Esto requeriría, sin embargo, no sólo una reflexión a nivel económico y financiero, sino también y ante todo, a nivel político, con miras a la constitución de instituciones públicas correspondientes que garanticen la unidad y la coherencia de las decisiones comunes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estas medidas se deberían ser concebidas como unos de los primeros pasos en la prospectiva de una Autoridad pública con competencia universal; como una primera etapa de un más amplio esfuerzo de la comunidad mundial por orientar sus instituciones hacia la realización del bien común. Deberán seguir otras etapas, teniendo en cuenta que las dinámicas que conocemos pueden acentuarse, pero también acompañarse de cambios que hoy día sería en vano tratar de prever.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En dicho proceso, es necesario recuperar la primacía de lo espiritual y de la ética y, con ello, la primacía de la política – responsable del bien común – sobre la economía y las finanzas. Es necesario volver a llevar estas últimas al interno de los confines de su real vocación y de su función, incluida aquella social, en vista de sus evidentes responsabilidades hacia la sociedad, para dar vida a mercados e instituciones financieras que estén efectivamente al servicio de la persona, es decir, que sean capaces de responder a las exigencias del bien común y de la fraternidad universal, trascendiendo toda forma de monótono economicismo y de mercantilismo performativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la base de dicho enfoque de tipo ético, parece pues, oportuno reflexionar, por ejemplo,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;a) sobre medidas de imposición fiscal a las transacciones financieras, mediante alícuotas equitativas, pero moduladas con gastos proporcionados a la complejidad de las operaciones, sobre todo de las que se realizan en el mercado «secundario». Dicha imposición sería muy útil para promover el desarrollo global y sostenible, según los principios de la justicia social y de la solidaridad; y podría contribuir a la constitución de una reserva mundial de apoyo a los Países afectados por la crisis, así como al saneamiento de su sistema monetario y financiero;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;b) sobre formas de recapitalización de los bancos, incluso con fondos públicos, condicionando el apoyo a comportamientos «virtuosos» y finalizados a desarrollar la «economía real»;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;c) sobre la definición de ámbito de actividad del crédito ordinario y del Investment Banking. Tal distinción permitiría una disciplina más eficaz de los «mercados paralelos» privados de controles y de límites.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un sano realismo requeriría el tiempo necesario para construir amplios consensos, pero el horizonte del bien común universal está siempre presente con sus exigencias ineludibles. Es deseable, por consiguiente, que todos los que, en las Universidades y en los diversos Institutos, llamados a formar las clases dirigentes del mañana, es deseable se dediquen a prepararlas para asumir sus propias responsabilidades de discernir y de servir al bien público global, en un mundo que cambia constantemente. Es necesario resolver la divergencia entre la formación ética y la preparación técnica, evidenciando en modo particular la ineludible sinergia entre los campos de la praxis y de la poiésis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mismo esfuerzo es requerido a todos los que están en grado de iluminar la opinión pública mundial, para ayudarla a afrontar este mundo nuevo no ya en la angustia, sino en la esperanza y en la solidaridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conclusiones&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En medio de las incertezas actuales, en una sociedad capaz de movilizar medios ingentes, pero cuya reflexión en el campo cultural y moral permanece inadecuada respecto a su utilización en orden a la obtención de fines apropiados, estamos llamados a no rendirnos, y a construir sobre todo, un futuro que tenga sentido para las generaciones venideras. No se ha de temer el proponer cosas nuevas, aunque puedan desestabilizar equilibrios de fuerza preexistentes que dominan a los más débiles. Son una semilla que se arroja en la tierra, que germinará y no tardará en dar frutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como ha exhortado Benedicto XVI, son indispensables personas y operadores, en todos los niveles – social, político, económico y profesional – motivados por el valor de servir y promover el bien común mediante una vida buena. Sólo ellos lograrán vivir y ver más allá de las apariencias de las cosas, percibiendo el desvarío entre lo real existente y lo posible nunca antes experimentado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pablo VI ha subrayado la fuerza revolucionaria de la «imaginación prospectiva», capaz de percibir en el presente las posibilidades inscritas en él y de orientar a los seres humanos hacia un futuro nuevo. Liberando la imaginación, la persona humana libera su propia existencia. A través de un compromiso de imaginación comunitaria es posible transformar, no sólo las instituciones, sino también los estilos de vida, y suscitar un futuro mejor para todos los pueblos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los Estados modernos, en el transcurso del tiempo, se han transformado en conjuntos estructurados, concentrando la soberanía al interior del propio territorio. Sin embargo las condiciones sociales, culturales y políticas han mutado progresivamente. Ha aumentado su interdependencia – hasta llegar a ser natural el pensar en una comunidad internacional integrada y regida cada vez más por un ordenamiento compartido – pero no ha desaparecido una forma deteriorada de nacionalismo, según el cual el Estado considera poder conseguir de modo autárquico, el bien de sus propios ciudadanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy, todo eso parece surreal y anacrónico. Hoy, todas las naciones, pequeñas o grandes, junto con sus Gobiernos, están llamadas a superar dicho «estado de naturaleza» que ve a los Estados en perenne lucha entre sí. No obstante de algunos aspectos negativos, la globalización está unificando en mayor medida a los pueblos, impulsándolos a dirigirse hacia un nuevo «estado de derecho» a nivel supranacional, apoyado por una colaboración más intensa y fecunda. Con una dinámica análoga a la que en el pasado ha puesto fin a la lucha «anárquica», entre clanes y reinos rivales, en orden a la constitución de Estados nacionales, la humanidad hoy, tiene que comprometerse en la transición de una situación de luchas arcaicas entre entidades nacionales, hacia un nuevo modelo de sociedad internacional con mayor cohesión, poliárquica, respetuosa de la identidad de cada pueblo, dentro de las múltiples riquezas de una única humanidad. Este pasaje, que por lo demás tímidamente ya se está en curso, aseguraría a los ciudadanos de todos los Países – cualquiera que sea la dimensión o la fuerza que posee – paz y seguridad, desarrollo, libres mercados, estables y transparentes. «Así como dentro de cada Estado [...] el sistema de la venganza privada y de la represalia ha sido sustituido por el imperio de la ley – advierte Juan Pablo II – «así también es urgente ahora que semejante progreso tenga lugar en la Comunidad internacional».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los tiempos para concebir instituciones con competencia universal llegan cuando están en juego bienes vitales y compartidos por toda la familia humana, que los Estados, individualmente, no son capaces de promover y proteger por sí solos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Existen, pues, las condiciones para la superación definitiva de un orden internacional «westphaliano», en el que los Estados perciben la exigencia de la cooperación, pero no asumen la oportunidad de una integración de las respectivas soberanías para el bien común de los pueblos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es tarea de las generaciones presentes reconocer y aceptar conscientemente esta nueva dinámica mundial hacia la realización de un bien común universal. Ciertamente, esta transformación se realizará al precio de una transferencia gradual y equilibrada de una parte de las competencias nacionales a una Autoridad mundial y a las Autoridades regionales, pero esto es necesario en un momento en el cual el dinamismo de la sociedad humana y de la economía, y el progreso de la tecnología trascienden las fronteras, que en el mundo globalizado, de hecho están ya erosionadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La concepción de una nueva sociedad, la construcción de nuevas instituciones con vocación y competencia universales, son una prerrogativa y un deber de todos, sin distinción alguna. Está en juego el bien común de la humanidad, y el futuro mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En este contexto, para cada cristiano hay una especial llamada del Espíritu a comprometerse con decisión y generosidad, para que las múltiples dinámicas en acto, se dirijan las hacia prospectivas de la fraternidad y del bien común. Se abren inmensas áreas de trabajo para el desarrollo integral de los pueblos y de cada persona. Como afirman los Padres del Concilio Vaticano II, se trata de una misión al mismo tiempo social y espiritual que, «en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un mundo en vías de una rápida globalización, remitirse a una Autoridad mundial llega a ser el único horizonte compatible con las nuevas realidades de nuestro tiempo y con las necesidades de la especie humana. No ha de ser olvidado, sin embargo, que esta paso, dada la naturaleza herida de los seres humanos, no se realiza sin angustias y sufrimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Biblia, con el relato de la Torre de Babel (Génesis 11,1-9) advierte cómo la «diversidad» de los pueblos puede transformarse en vehículo de egoísmo e instrumento de división. En la humanidad está muy presente el riesgo de que los pueblos terminen por no comprenderse más y que las diversidades culturales sean motivo de contraposiciones insanables. La imagen de la Torre de Babel también nos señala que es necesario preservarse de una «unidad» sólo aparente, en la que no cesan los egoísmos y las divisiones, porque los fundamentos de la sociedad no son estables. En ambos casos, Babel es la imagen de lo que los pueblos y los individuos pueden llegar a ser cuando no reconocen su intrínseca dignidad trascendente y su fraternidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El espíritu de Babel es la antítesis del Espíritu de Pentecostés (Hechos 2, 1-12), del designio de Dios para toda la humanidad, es decir, la unidad en la diversidad. Sólo un espíritu de concordia, que supere las divisiones y los conflictos, permitirá a la humanidad el ser auténticamente una única familia, hasta concebir un mundo nuevo con la constitución de una Autoridad pública mundial, al servicio del bien común.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-6756120872180111072?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/6756120872180111072/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/10/pontificio-consejo-justicia-y-paz.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/6756120872180111072'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/6756120872180111072'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/10/pontificio-consejo-justicia-y-paz.html' title='Pontificio Consejo Justicia y Paz'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-8322299205875014651</id><published>2011-10-18T07:02:00.000-07:00</published><updated>2011-10-18T07:11:02.296-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Magisterio Pontificio'/><title type='text'>Carta Apostólica "Porta fidei"</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Con la que el Papa convoca el "Año de la fe"&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud».1 Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado.2 Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II,3 con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis,4 realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca».5 &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla».6 Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios,7 para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar»,8 consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza».9 &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».10&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, "santo, inocente, sin mancha" (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación "en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios", anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz».11&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo».12 El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios.13 Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza».14 Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada,15 y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón».16&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «"Creo": Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. "Creemos": Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. "Creo", es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: "creo", "creemos"».17&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor.18&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre».19 Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido.20 La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial... Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial».21&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.22&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: "Id en paz, abrigaos y saciaos", pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: "Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe"» (St 2, 14-18).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;BENEDICTUS PP. XVI&lt;br /&gt;CIUDAD DEL VATICANO, lunes 17 de octubre de 2011 (ZENIT.org).-&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;______________________&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1 Homilía en la Misa de inicio de Pontificado (24 abril 2005): AAS 97 (2005), 710.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2 Cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa en Terreiro do Paço, Lisboa (11 mayo 2010), en L’Osservatore Romano ed. en Leng. española (16 mayo 2010), pag. 8-9.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3 Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 113-118.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4 Cf. Relación final del Sínodo Extraordinario de los Obispos (7 diciembre 1985), II, B, a, 4, en L’Osservatore Romano ed. en Leng. española (22 diciembre 1985), pag. 12.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5 Pablo VI, Exhort. ap. Petrum et Paulum Apostolos, en el XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo (22 febrero 1967): AAS 59 (1967), 196.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6 Ibíd., 198.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7 Pablo VI, Solemne profesión de fe, Homilía para la concelebración en el XIX centenario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo, en la conclusión del "Año de la fe" (30 junio 1968): AAS 60 (1968), 433-445.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8 Id., Audiencia General (14 junio 1967): Insegnamenti V (1967), 801.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9 Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 57: AAS 93 (2001), 308.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10 Discurso a la Curia Romana (22 diciembre 2005): AAS 98 (2006), 52.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 8.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;12 De utilitate credendi, 1, 2.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;13 Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, I, 1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;14 Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 10.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;15 Cf. Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992): AAS 86 (1994), 116.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;16 Sermo 215, 1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;17 Catecismo de la Iglesia Católica, 167.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;18 Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe católica, cap. III: DS 3008-3009; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 5.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;19 Discurso en el Collège des Bernardins, París (12 septiembre 2008): AAS 100 (2008), 722.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;20 Cf. Agustín de Hipona, Confesiones, XIII, 1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;21 Juan Pablo II, Const. ap. Fidei depositum (11 octubre 1992):AAS 86 (1994), 115 y 117.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;22 Cf. Id., Carta enc. Fides et ratio (14 septiembre 1998) 34.106: AAS 91 (1999), 31-32. 86-87.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[Traducción del original en latín proporcionada por la Oficina de Información de la Santa Sede]&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-8322299205875014651?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/8322299205875014651/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/10/carta-apostolica-porta-fidei.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/8322299205875014651'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/8322299205875014651'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/10/carta-apostolica-porta-fidei.html' title='Carta Apostólica &quot;Porta fidei&quot;'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-4644750172683408900</id><published>2011-09-30T13:37:00.000-07:00</published><updated>2011-09-30T13:38:34.329-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Organismos del Vaticano'/><title type='text'>Carta Apostólica en forma de Motu Proprio</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;“QUAERIT SEMPER”&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;DEL SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XVI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;con la cual es modificada la Constitución Apostólica Pastor Bonus y se transfieren algunas competencias de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos a la nueva Oficina para los procedimientos de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada ordenación constituida en el Tribunal de la Rota Romana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Santa Sede siempre ha buscado adecuar la propia estructura de gobierno a las necesidades pastorales que en cada período histórico surgían en la vida de la Iglesia, modificando por eso la organización y la competencia de los Dicasterios de la Curia Romana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Concilio Vaticano II confirmó, además, dicho criterio, reiterando la necesidad de adecuar los Dicasterios a las necesidades de los tiempos, de las regiones y de los ritos, sobre todo en lo que concierne a su número, denominación, competencia, modos de proceder y recíproca coordinación (cfr. Decreto Christus Dominus, 9).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siguiendo tales principios, mi Predecesor, el beato Juan Pablo II, procedió a una reorganización de la Curia Romana mediante la Constitución Apostólica Pastor Bonus, promulgada el 28 de junio de 1988 (AAS 80 [1988] 841-930), configurando las competencias de los diversos Dicasterios teniendo en cuenta el Código de Derecho Canónico promulgado cinco años antes y las normas que ya se preveían para las Iglesias orientales. Luego, con sucesivos procedimientos, tanto mi Predecesor como yo mismo, hemos intervenido modificando la estructura y la competencia de algunos Dicasterios para responder mejor a las cambiantes exigencias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las presentes circunstancias ha parecido conveniente que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos se dedique principalmente a dar nuevo impulso a la promoción de la Sagrada Liturgia en la Iglesia, según la renovación querida por el Concilio Vaticano II a partir de la Constitución Sacrosanctum Concilium.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por lo tanto, he considerado oportuno transferir a una nueva Oficina constituida en el Tribunal de la Rota Romana la competencia de tratar de los procedimientos para la concesión de la dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Ordenación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En consecuencia, siguiendo la propuesta del Eminentísimo Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos y con el parecer favorable del Excelentísimo Decano del Tribunal de la Rota Romana, oído el parecer del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica y del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, establezco y decreto cuanto sigue:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Art. 1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son abolidos los artículos 67 y 68 de la mencionada Constitución Apostólica Pastor Bonus.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Art. 2.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El artículo 126 de la Constitución Apostólica Pastor Bonus es modificado según el siguiente texto:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Art. 126 § 1. Este Tribunal actúa como instancia superior en el grado de apelación, ante la Sede Apostólica, con el fin de tutelar los derechos en la Iglesia, provee a la unidad de la jurisprudencia y, a través de sus sentencias, sirve de ayuda a los tribunales de grado inferior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;§ 2. En este Tribunal se constituye una Oficina a la cual compete juzgar sobre el hecho de la no consumación del matrimonio y sobre la existencia de una causa justa para conceder la dispensa. Por eso, recibe todas las actas junto con el voto del Obispo y con las observaciones del Defensor del Vínculo, pondera atentamente, según el especial procedimiento, la súplica dirigida a obtener la dispensa y, si es el caso, la somete al Sumo Pontífice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;§ 3. Esta Oficina es también competente para tratar las causas de nulidad de la sagrada Ordenación, según la norma del derecho universal y propio, congrua congruis referendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Art. 3.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Oficina para los procedimientos de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Ordenación es moderada por el Decano de la Rota Romana, asistido por Oficiales, Comisarios, diputados y consultores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Art. 4.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día de la entrada en vigor de las presentes normas, los procedimientos de dispensa del matrimonio rato y no consumado y las causas de nulidad de la sagrada Ordenación pendientes ante la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos serán transferidas a la nueva Oficina en el Tribunal de la Rota Romana y por ella serán definidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ordeno que todo lo que he deliberado con esta Carta apostólica en forma de Motu proprio sea observado en todas sus partes, no obstante cualquier disposición contraria, aunque sea digna de particular mención, y establezco que sea promulgado mediante la publicación en el periódico “L’Osservatore Romano”, entrando en vigor el día 1º de octubre de 2011.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dado en Castelgandolfo, el día 30 de agosto del año 2011, séptimo de Nuestro Pontificado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;BENEDICTO XVI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-4644750172683408900?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/4644750172683408900/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/09/carta-apostolica-en-forma-de-motu.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/4644750172683408900'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/4644750172683408900'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/09/carta-apostolica-en-forma-de-motu.html' title='Carta Apostólica en forma de Motu Proprio'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-4831314443433090582</id><published>2011-09-28T07:28:00.000-07:00</published><updated>2011-09-28T07:29:50.234-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Organismos del Vaticano'/><title type='text'>Declaración de la Santa Sede en la ONU sobre los desafíos actuales</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Discurso del secretario para las Relaciones con los Estados: Mons. Dominique Mamberti&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Señor presidente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En nombre de la Santa Sede, tengo el placer de felicitarle por su elección a la Presidencia de la LXVI sesión de la Asamblea General de la ONU, y de asegurarle la plena y sincera colaboración de la Santa Sede. Mis felicitaciones se extienden también al Secretario General, S.E. Señor Ban Ki-moon, quien, durante este periodo de sesiones, el 1 de enero de 2012, comenzará su segundo mandato. Quisiera igualmente saludar cordialmente a la Delegación del Sudán del Sur, convertico en el 193ºpaís miembro de la Organización el pasado julio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señor presidente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como cada año, el debate general ofrece la ocasión de compartir y de afrontar las principales cuestiones que preocupan a la humanidad en búsqueda de un futuro mejor para todos. Los desafíos planteados a la comunidad internacional son numerosos y difíciles. Con todo, ponen cada vez más a la luz la profunda interdependencia existente dentro de la “familia de las naciones”, que ve en la ONU un instrumento importante, a pesar de sus límites, en la identificación y la aplicación de las soluciones a los principales problemas internacionales. En este contexto, sin querer ser exhaustivo, mi Delegación quiere detenerse sobre los desafíos prioritarios, para que el concepto de “familia de las naciones” se concrete cada vez más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer desafío es de orden humanitario. Interpela a toda la comunidad internacional, o mejor, a la “familia de las naciones”, a cuidar de sus miembros más débiles. En ciertas partes del mundo, como en el Cuerno de África, estamos por desgracia en presencia de emergencias humanitarias graves y dramáticas que provocan el éxodo de millones de personas, en su mayoría mujeres y niños, con un número elevado de víctimas de la sequía, del hambre y de la desnutrición. La Santa Sede desea renovar su llamamiento, muchas veces expresado por el Papa Benedicto XVI, a la comunidad internacional para amplificar y apoyar las políticas humanitarias en esas zonas e influir concretamente sobre las diferentes causas que acrecientan su vulnerabilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estas urgencias humanitarias llevan a subrayar la necesidad de encontrar formas innovadoras para poner a la obra el principio de la responsabilidad de proteger, en cuyo fundamento se encuentra el reconocimiento de la unidad de la familia humana y la atención a la dignidad innata de cada hombre y de cada mujer. Como se sabe, este principio hace referencia a la responsabilidad de la comunidad internacional de intervenir en las situaciones en las cuales los Gobiernos ya no pueden por sí mismos o ya no quieren cumplir con el primer deber que les incumbe de proteger a sus poblaciones contra violaciones graves de los derechos humanos, así como ante las consecuencias de las crisis humanitarias. Si los Estados ya no son capaces de garantizar esta protección, la comunidad internacional debe intervenir con los medios jurídicos previstos por la Carta de las Naciones Unidas y por otros instrumentos internacionales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, hay que recordar que existe el riesgo de que dicho principio pueda ser invocado en ciertas circunstancias como un motivo cómodo para utilizar la fuerza militar. Es bueno recordar que el mismo uso de la fuerza conforme a las reglas de las Naciones Unidas debería ser una solución limitada en el tiempo, una medida de verdadera urgencia que debería acompañarse y seguirse de un compromiso concreto de pacificación. En consecuencia, es necesario, para responder al desafío de la “responsabilidad de proteger”, que haya una búsqueda más profunda de los medios de prevenir y de gestionar los conflictos, explorando todas las vías diplomáticas posibles a través de la negociación y del diálogo constructivo y prestando atención y aliento a los más débiles signos de diálogo o de deseo de reconciliación por parte de las partes implicadas. La responsabilidad de proteger debe entenderse no solamente en términos de intervención militar, que deberían ser siempre el último recurso, sino, ante todo, como un imperativo para la comunidad internacional de estar unida ante las crisis y de crear las instancias para negociaciones correctas y sinceras, para apoyar la fuerza moral del derecho, para buscar el bien común y para incitar a los Gobiernos, a la sociedad civil y a la opinión pública a encontrar las causas y a ofrecer soluciones a las crisis de todo tipo, actuando en estrecha colaboración y solidaridad con las poblaciones afectadas y poniendo por encima de todo, la integridad y la seguridad de todos los ciudadanos. Es por tanto importante que la responsabilidad de proteger, entendida en este sentido, sea el criterio y la motivación que subyazga en todo el trabajo de los Estados y de la Organización de las Naciones Unidas para restaurar la paz, la seguridad y los derechos del hombre. Por otro lado, la larga y generalmente exitosa historia de las operaciones de mantenimiento de la paz (peacekeeping) y las iniciativas más recientes de construcción de la paz (peacebuilding) pueden ofrecer experiencias valiosas para concebir modelos de puesta en acto de la responsabilidad de proteger, en el pleno respeto del derecho internacional y de los intereses legítimos de todas las partes implicadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señor presidente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El respeto de la libertad religiosa es el camino fundamental para la construcción de la paz, el reconocimiento de la dignidad humana y la salvaguarda de los derechos del hombre. Este es el segundo desafío, sobre el que quisiera detenerme. Las situaciones en las que el derecho a la libertad religiosa es lesionado o negado a los creyentes de las diferentes religiones, son desgraciadamente numerosos; se observa, ay, un aumento de la intolerancia por motivos religiosos, y desgraciadamente se constata que los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre en mayor número persecuciones a causa de su fe. La falta de respeto de la libertad religiosa representa una amenaza para la seguridad y la paz e impide la realización de un auténtico desarrollo humano integral. El peso particular de una religión determinada en una nación no debería jamas implicar que los ciudadanos pertenecientes a otras confesiones sean discriminados en la vida social o, peor aún se tolere la violencia contra ellos. A propósito de esto, es importante que un compromiso común de reconocer y de promover la libertad religiosa de cada persona y de cada comunidad sea favorecido por un diálogo interreligioso sincero, promovido y puesto en práctica por los representantes de las diferentes confesiones religiosas y apoyado por los Gobiernos y por las instancias internacionales. Renuevo a las autoridades y a los jefes religiosos el llamamiento preocupado de la Santa Sede, para que se adopten medidas eficaces para la protección de las minorías religiosas, allí donde están amenazadas, con el fin de que, por encima de todo, los creyentes de todas las confesiones puedan vivir en seguridad y seguir aportando su contribución a la sociedad de la que son miembros. Pensando en la situación de ciertos países, quisiera repetir, en particular, que los cristianos son ciudadanos con el mismo título que los demás, ligados a su patria y fieles a todos sus deberes nacionales. Es normal que puedan gozar de todos los derechos de ciudadanía, de la libertad de conciencia y de culto, de la libertad en el campo de la enseñanza y de la educación y en el uso de los medios de comunicación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por otra parte, hay países en los que, aunque se concede gran importancia al pluralismo y a la tolerancia, paradójicamente, se tiende a considerar la religión como un factor extraño a la sociedad moderna o considerarlo como desestabilizador, buscando por diversos medios marginarla e impedirle toda influencia en la vida social. ¿Pero cómo puede negarse la contribución de las grandes religiones del mundo al desarrollo de la civilización? Como ha subrayado el Papa Benedicto XVI, la búsqueda sincera de Dios ha llevado a un mayor respeto de la dignidad del hombre. Por ejemplo, las comunidades cristianas, con sus patrimonios de valores y de principios, han contribuido fuertemente a la toma de conciencia de las personas y de los pueblos respecto a su propia identidad y dignidad, así como a la conquista de las instituciones del Estado de derecho y a la afirmación de los derechos del hombre y de sus correspondientes deberes. En esta perspectiva, es importante que los creyentes, hoy como ayer, se sientan libres de ofrecer su contribución a la promoción de un ordenamiento justo de las realidades humanes, no solamente mediante un compromiso responsable a nivel civil, económico y político, sino también mediante el testimonio de su caridad y de su fe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un tercer desafío sobre el que la Santa Sede querría llamar a la atención a esta asamblea concierne la prolongación de la crisis económica y financiera mundial. Todos sabemos que un elemento fundamental de la crisis actual es el déficit ético en las estructuras económicas. La ética no es un elemento externo a la economía y la economía no tiene futuro si no tiene en cuenta el elemento moral: en otras palabras, la dimensión ética es fundamental para afrontar los problemas económicos. La economía no sólo funciona a través de una autorregulación del mercado y mucho menos a través de acuerdos que se limiten a conciliar los intereses de los más poderosos; tiene necesidad de una razón de ser ética para funcionar al servicio del hombre. La idea de producir recursos y bienes, es decir la economía, y de gestionarlos de un manera estratégica, es decir política, sin tratar de hacer el bien a través de las mismas acciones, es decir sin ética, se convierte en una ilusión ingenua o cínica, siempre fatal. De hecho, cada decisión económica tiene una consecuencia moral. La economía tiene necesidad de la ética para funcionar correctamente; no de una ética cualquiera, sino de una ética centrada en la persona y capaz de ofrecer perspectivas a las nuevas generaciones. Las actividades económicas y comerciales orientadas hacia el desarrollo deberían ser capaces de hacer disminuir efectivamente la pobreza y de aliviar los sufrimientos de los más desprotegidos. La Santa Sede alienta en este sentido el refuerzo de la ayuda pública al desarrollo, en conformidad con los compromisos asumidos en Gleneagles. Y mi delegación tiene la esperanza de que las discusiones sobre este tema, con motivo del próximo diálogo de alto nivel sobre la “Financiación del desarrollo”, traigan los resultados esperados. Por otra parte, la Santa Sede ha subrayado en varias ocasiones la importancia de una nueva y profunda reflexión sobre el sentido de la economía y sus objetivos, así como una revisión clarividente de la arquitectura financiera y comercial global para corregir las problemas de funcionamiento y las distorsiones. Esta revisión de las reglas económicas internacionales debe integrarse en el marco de la elaboración de un nuevo modelo global de desarrollo. En realidad, lo exige el estado de salud ecológico del planeta, y lo requiere sobre todo la crisis cultural y moral del hombre, cuyos síntomas son evidentes por doquier desde hace tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta reflexión debe inspirar también las sesiones de trabajo de la Conferencia de la ONU sobre el desarrollo sostenible (Río+20), del mes de junio próximo, con las convicción de que “el ser humano debe ser el centro de las preocupaciones por el desarrollo sostenible”, como lo afirma el primer principio de la Declaración de Río de 1992 sobre el ambiente y el desarrollo. El sentido de la responsabilidad y la salvaguarda del ambiente deberían ser orientadas por la conciencia de ser una “familia de naciones”. La idea de “familia” evoca inmediatamente algo más que relaciones simplemente funcionales o simples convergencias de intereses. Una familia es por su misma naturaleza una comunidad fundada en la interdependencia, en la confianza y ayuda mutua, en el respeto sincero. Su pleno desarrollo no se basa en la supremacía del más fuerte, sino en la atención al más débil y marginado, y su responsabilidad se amplía a las generaciones futuras. El respeto por el desarrollo nos debería hacer más atentos a las necesidades de los pueblos más desfavorecidos; debería crear una estrategia a favor de un desarrollo centrado en las personas, favoreciendo la solidaridad y la responsabilidad con todos, incluyendo las generaciones futuras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta estrategia debe beneficiarse de la Conferencia de la ONU para analizar el Tratado sobre el Comercio de Armas (TCA), prevista en 2012. Un comercio de armas que no esté regulado ni sea transparente tiene importantes repercusiones negativas. Frena el desarrollo humano integral, aumenta los riesgos de conflictos, sobre todo internos, y de inestabilidad, y promueve una cultura de violencia y de impunidad, con frecuencia ligada a las actividades criminales, como el tráfico de droga, el tráfico de seres humanos y la piratería, que constituyen problemas internacionales cada vez más graves. Los resultados del actual proceso del TCA serán un test para medir la voluntad real de los estados de asumir sus responsabilidad moral y jurídica en este campo. La comunidad internacional debe preocuparse por alcanzar un Tratado para el Comercio de Armas que sea efectivo y aplicable, consciente del gran número de personas que están afectadas por el comercio ilegal de armas y municiones, así como de sus sufrimientos. De hecho, el objetivo principal del Tratado no sólo debería ser la regulación del comercio de armas convencionales o convertirse en obstáculo del mercado negro, sino también y sobre todo debería tener por objetivo proteger la vida humana y edificar un mundo más respetuoso de la dignidad humana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señor presidente:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su contribución a la edificación de un mundo más respetuoso de la dignidad humana demostrará la capacidad efectiva de la ONU para cumplir con su misión, que tiene por objetivo ayudar a la “familia de naciones” a perseguir objetivos comunes de paz, de seguridad, y de un desarrollo humano integral para todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La preocupación de la Santa Sede se dirige también a los acontecimientos que tienen lugar en algunos países de África del Norte y de Oriente Medio. Quisiera renovar aquí el llamamiento del Santo Padre Benedicto XVI para que todos los ciudadanos, en particular los jóvenes, hagan todo lo posible para promover el bien común y para edificar sociedades en las que se venza la pobreza y en las que toda opción política se inspire en el respeto de la persona humana; sociedades en las que la paz y la concordia triunfarán sobre la división, el odio y la violencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una última observación concierne a la demanda de reconocimiento de Palestina como Estado miembro de las Naciones Unidas, presentada aquí mismo el 23 de septiembre por el Presidente de la Autoridad Nacional Palestina, señor Mahmud Abas. La Santa Sede considera esta iniciativa en la perspectiva de los intentos de encontrar una solución definitiva, con el apoyo de la comunidad internacional, a la cuestión ya afrontada por la Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, con fecha del 29 de noviembre de 1947.Este documento fundamental sienta la base jurídica para la existencia de dos Estados. Uno de ellos ya fue creado, mientras que el otro aún no ha sido aún constituido, a pesar de que han pasado casi sesenta y cuatro años. La Santa Sede está convencida de que, si uno quiere la paz, hay que saber adoptar decisiones valientes. Es necesario que los órganos competentes de las Naciones Unidas tomen una determinación que ayude a poner por obra de forma efectiva el objetivo final, es decir, la realización del derecho de los Palestinos a tener su propio Estado independiente y soberano, y el derecho de los israelíes a la seguridad, estando ambos Estados provistos de fronteras reconocidas internacionalmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La respuesta de las Naciones Unidas, sea la que sea, no constituirá una solución completa, y sólo se logrará una paz duradera mediante negociaciones de buena fe entre israelíes y palestinos evitando acciones o condiciones que contradigan las declaraciones de buena voluntad. La Santa Sede, en consecuencia, exhorta a las partes a retomar las negociaciones con determinación y hace un apremiante llamamiento a la comunidad internacional para que aumente su compromiso y estimule su creatividad y sus iniciativas, para que se llegue a una paz duradera, en el respeto de los derechos de los israelíes y de los palestinos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Gracias, Señor presidente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NUEVA YORK, martes 27 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).-&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-4831314443433090582?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/4831314443433090582/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/09/declaracion-de-la-santa-sede-en-la-onu.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/4831314443433090582'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/4831314443433090582'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/09/declaracion-de-la-santa-sede-en-la-onu.html' title='Declaración de la Santa Sede en la ONU sobre los desafíos actuales'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-1688314522868864850</id><published>2011-09-27T09:03:00.000-07:00</published><updated>2011-09-27T09:06:55.450-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Magisterio Pontificio'/><title type='text'>Discurso del Papa en el Konzerthaus a los católicos comprometidos</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ilustre Señor Presidente federal,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señor Presidente de los Ministros,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señor Alcalde,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ilustres Señoras y Señores,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Queridos hermanos en el ministerio episcopal y sacerdotal:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me alegra tener este encuentro con ustedes, que están comprometidos de muchas maneras con la Iglesia y la sociedad. Esto me ofrece una ocasión de agradecerles personalmente y de todo corazón su servicio y testimonio como "valerosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos" (Lumen gentium, 35), como el Concilio Vaticano II define a las personas que, en virtud de la fe, se preocupan como vosotros por el presente y el futuro. En sus ambientes de trabajo, defienden de buen grado la causa de su fe y de la Iglesia, algo que --como sabemos-- no siempre es fácil en estos momentos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde hace decenios, asistimos a una disminución de la práctica religiosa, constatamos un creciente distanciamiento de una notable parte de los bautizados de la vida de la Iglesia. Surge, pues, la pregunta: ¿Acaso no debe cambiar la Iglesia? ¿No debe, tal vez, adaptarse al tiempo presente en sus oficios y estructuras, para llegar a las personas de hoy que se encuentran en búsqueda o que experimentan dudas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la beata Madre Teresa le preguntaron una vez cuál sería, según ella, lo primero que se debería cambiar en la Iglesia. Su respuesta fue: usted y yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este episodio pone de relieve dos cosas: por un lado, la religiosa quiere decir a su interlocutor que la Iglesia no son sólo los demás, la jerarquía, el Papa y los obispos; la Iglesia somos todos nosotros, los bautizados. Por otro lado, parte del presupuesto de que efectivamente hay motivo para un cambio, de que existe esa necesidad. Cada cristiano y la comunidad de los creyentes están llamados a una conversión continua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo debe conformarse concretamente este cambio? ¿Se trata tal vez de una renovación como la que realiza, por ejemplo, un propietario al reparar o volver a pintar su edificio? ¿O acaso se trata de una corrección, para retomar el rumbo y recorrer de modo más directo y expeditivo el camino? Ciertamente, estos y otros aspectos tienen importancia y aquí no podemos afrontarlos todos. Pero por lo que respecta a la Iglesia, el motivo fundamental del cambio es la misión apostólica de los discípulos y de la Iglesia misma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, la Iglesia debe verificar constantemente su fidelidad a esta misión. Los tres Evangelios sinópticos enfocan distintos aspectos del envío a la misión: ésta se basa en una experiencia personal: "Vosotros soy testigos" (Lc 24, 48); se expresa en relaciones: "Haced discípulos a todos los pueblos" (Mt 28, 19); trasmite un mensaje universal: "Proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc 16, 15). Sin embargo, a causa de las pretensiones y de los condicionamientos del mundo, el testimonio viene repetidamente ofuscado, alienadas las relaciones y relativizado el mensaje. Si después la Iglesia, como dice el Papa Pablo VI, "trata de adaptarse a aquel modelo que Cristo le propone, es necesario que ella se diferencie profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima" (Carta encíclica Ecclesiam suam, 24). Para cumplir su misión, ella tomará continuamente las distancias de su entorno, debe en cierta medida ser desmundanizada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La misión de la Iglesia deriva ciertamente del misterio del Dios uno y trino, del misterio de su amor creador. El amor no está presente en Dios de un modo cualquiera: Él mismo, por su naturaleza, es amor. Y el amor de Dios no quiere quedarse en sí mismo, sino que según su naturaleza quiere difundirse. En la Encarnación y en el sacrificio del Hijo de Dios, ese amor ha abarcado a la humanidad --es decir, a nosotros-- de modo particular. Por así decir, el Hijo ha salido de la esfera de su ser Dios, se ha hecho carne y se ha hecho hombre no sólo para confirmar el mundo en su ser terreno, sino también para ser un acompañante suyo que no lo deja totalmente intacto, sino que lo transforma. Del evento cristológico forma parte algo incomprensible, pues --como dicen los Padres de la Iglesia-- implica un commercium, un intercambio entre Dios y los hombres. Los Padres lo explican así: nosotros no tenemos nada que pudiéramos dar a Dios, sólo podemos presentarle nuestro pecado. Y Él lo acoge, lo asume, y a cambio se nos da a sí mismo y su gloria. Se trata de un intercambio verdaderamente desigual, que se cumple en la vida y en la pasión de Cristo. Él se hace pecador, carga con el pecado, asume lo que es nuestro y nos da lo que es suyo. Pero en el desarrollo del pensamiento y de la vida a la luz de la fe, más tarde, se ha hecho evidente que no sólo le damos el pecado, sino que Él nos ha dado una facultad: desde lo íntimo nos da la fuerza para darle también algo positivo, nuestro amor, para darle la humanidad en sentido positivo. Está claro que sólo gracias a la generosidad de Dios, el hombre, el mendigo, que recibe la riqueza divina, puede también dar algo a Dios; Dios hace que para nosotros sea posible aceptar su don, haciéndonos capaces de convertirnos en donantes ante él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Iglesia debe su ser a este intercambio desigual. No posee nada propio ante Aquel que la ha fundado, de manera que no puede decir: ¡lo hemos hecho muy bien! Su razón de ser consiste en ser instrumento instrumento de redención, en dejarse penetrar por la palabra de Dios, y en introducir al mundo en la unión de amor con Dios. La Iglesia se sumerge totalmente en la atención condescendiente del Redentor hacia los hombres. Cuando es verdaderamente ella misma, siempre está en movimiento, tiene que ponerse constantemente al servicio de la misión que ha recibido del Señor. Y por este motivo siempre tiene que abrirse a las preocupaciones del mundo, del que forma parte, y dedicarse a ellas sin reservas para continuar y hacer presente el intercambio sagrado que comenzó con la Encarnación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el desarrollo histórico de la Iglesia también se manifiesta, sin embargo, una tendencia contraria, la de una Iglesia satisfecha consigo misma, que se acomoda a este mundo, se hace autosuficiente y se adapta a los criterios del mundo. Con frecuencia, de este modo da una importancia mayor a la organización y a la institucionalización que a su vocación a ser abierta hacia Dios y a abrir el mundo al prójimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para corresponder a su verdadera tarea, la Iglesia debe una y otra vez hacer el esfuerzo por separarse de su propia secularización y abrirse nuevamente a Dios. De este modo, sigue las palabras de Jesús: "No sois del mundo, como tampoco yo soy del mundo" (Jn 17,16), y de este modo Él se entrega al mundo. En un cierto sentido, la historia sale en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización, que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, las secularizaciones –sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en cancelación de privilegios o cosas similares– se ha convertido siempre en una profunda liberación para la Iglesia de aspectos mundanos: se despoja por así decir de su riqueza terrena y vuelve a abrazar plenamente su pobreza terrena. De este modo, la Iglesia comparte el destino de la tribu de Leví que, según el Antiguo Testamento, era la única tribu de Israel que no poseía un patrimonio terreno, sino que, como herencia, le había tocado exclusivamente al mismo Dios, su palabra y sus signos. Con esta tribu, la Iglesia compartía en cada momento histórico la exigencia de una pobreza que se abría al mundo para separarse de su vínculos materiales y así su actuación misionera volvía a ser creíble.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de la Iglesia "desmundanizada" resulta más claro. Liberada de su fardo material y político, la Iglesia puede dedicarse al mundo entero de una manera mejor y verdaderamente cristiana, puede verdaderamente estar abierta al mundo. Puede vivir nuevamente con más soltura su llamada al ministerio de la adoración a Dios y al servicio del prójimo. La tarea misionera, que va unida a la adoración cristiana y debería determinar la estructura de la Iglesia, se hace más claramente visible. La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así a Aquel del que toda persona puede decir, con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, se queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se trata aquí de encontrar una nueva táctica para relanzar a la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la sinceridad total, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza plenamente la fe en el hoy, viviéndola plenamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo es fe en apariencia, y que en realidad no son más bien convenciones y costumbre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podemos decirlo con otras palabras: la fe cristiana es siempre para el hombre un escándalo, no sólo en nuestro tiempo. Es verdaderamente una osadía creer que el Dios eterno se preocupa de los seres humanos, que nos conoce; que el Inasequible se ha convertido en un momento dado en accesible; que el Inmortal ha sufrido y ha muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere abolir el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; es decir, cuando ocultan la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay una razón más para pensar que ha llegado nuevamente el momento de encontrar el auténtico desapego del mundo, de extirpar valientemente lo que hay de mundano en la Iglesia. Esto no quiere decir retirarse del mundo, sino todo lo contrario. Una Iglesia aligerada de los elementos mundanos es capaz de comunicar a los hombres –tanto a los que sufren como a los que los ayudan– precisamente en el ámbito social y caritativo, la particular fuerza vital de la fe cristiana. "Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia" (Carta encíclica Deus caritas est, 25). También las obras caritativas de la Iglesia deben estar constantemente atentas a la exigencia de un adecuado distanciamiento del mundo para evitar que, ante un creciente alejamiento de la Iglesia, sus raíces se sequen. Sólo la profunda relación con Dios hace posible una plena atención al hombre, del mismo modo que sin una atención al prójimo se empobrece la relación con Dios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estar abiertos a las vicisitudes del mundo significa por tanto para la Iglesia "desmundanizada" testimoniar, según el Evangelio, con palabras y obras, aquí y ahora, el señorío del amor de Dios. Esta tarea, además, nos remite más allá del mundo presente: la vida presente, en efecto, incluye la relación con la vida eterna. Vivamos como individuos y como comunidad de la Iglesia la sencillez de un gran amor que, en el mundo, es al mismo tiempo lo más fácil y lo más difícil, porque exige nada más y nada menos que darse a sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Queridos amigos, me queda sólo implorar para todos nosotros la bendición de Dios y la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos, cada uno en su propio campo de acción, reconocer una y otra vez y testimoniar el amor de Dios y su misericordia. Gracias por su atención.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FRIBURGO, domingo 25 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).-&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-1688314522868864850?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/1688314522868864850/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/09/discurso-del-papa-en-el-konzerthaus-los.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/1688314522868864850'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/1688314522868864850'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/09/discurso-del-papa-en-el-konzerthaus-los.html' title='Discurso del Papa en el Konzerthaus a los católicos comprometidos'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-189009910540101468</id><published>2011-09-23T08:50:00.000-07:00</published><updated>2011-09-23T08:52:57.293-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Organismos del Vaticano'/><title type='text'>Congregación para la Doctrina de la Fe</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;em&gt;Ante el inminente debate legislativo sobre la muerte digna en la Argentina, se reproduce el siguiente documento&lt;/em&gt;:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;DECLARACIÓN «IURA ET BONA» SOBRE LA EUTANASIA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Introducción&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los derechos y valores inherentes a la persona humana ocupan un puesto importante en la problemática contemporánea. A este respecto, el Concilio Ecuménico Vaticano II ha reafirmado solemnemente la dignidad excelente de la persona humana y de modo particular su derecho a la vida. Por ello ha denunciado los crímenes contra la vida, como "homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado" (Gaudium et spes, 27).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, que recientemente ha recordado la doctrina católica acerca del aborto procurado [1], juzga oportuno proponer ahora la enseñanza de la Iglesia sobre el problema de la eutanasia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, aunque continúen siendo siempre válidos los principios enunciados en este terreno por los últimos Pontífices [2], los progresos de la medicina han hecho aparecer, en los recientes años, nuevos aspectos del problema de la eutanasia que deben ser precisados ulteriormente en su contenido ético.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la sociedad actual, en la que no raramente son cuestionados los mismos valores fundamentales de la vida humana, la modificación de la cultura influye en el modo de considerar el sufrimiento y la muerte; la medicina ha aumentado su capacidad de curar y de prolongar la vida en determinadas condiciones que a veces ponen problemas de carácter moral. Por ello los hombres que viven en tal ambiente se interrogan con angustia acerca del significado de la ancianidad prolongada y de la muerte, preguntándose consiguientemente si tienen el derecho de procurarse a sí mismos o a sus semejantes la "muerte dulce", que serviría para abreviar el dolor y sería, según ellos más conforme con la dignidad humana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Diversas Conferencias Episcopales han preguntado al respecto a esta Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, la cual, tras haber pedido el parecer de personas expertas acerca de los varios aspectos de la eutanasia, quiere responder con esta Declaración a las peticiones de los obispos, para ayudarles a orientar rectamente a los fieles y ofrecerles elementos de reflexión que puedan presentar a las autoridades civiles a propósito de este gravísimo problema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La materia propuesta en este documento concierne ante todo a los que ponen su fe y esperanza en Cristo, el cual mediante su vida, muerte y resurrección ha dado un nuevo significado a la existencia y sobre todo a la muerte del cristiano, según las palabras de San Pablo: "pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el Señor. En fin, sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos" (Rom. 14, 8; Flp 1, 20).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por lo que se refiere a quienes profesan otras religiones, muchos admitirán con nosotros que la fe —si la comparten— en un Dios creador, Providente y Señor de la vida confiere un valor eminente a toda persona humana y garantiza su respeto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Confiamos, sin embargo, en que esta Declaración recogerá el consenso de tantos hombres de buena voluntad, los cuales, por encima de diferencias filosóficas o ideológicas, tienen una viva conciencia de los derechos de la persona humana. Tales derechos, por lo demás, han sido proclamados frecuentemente en el curso de los últimos años en declaraciones de Congresos Internacionales [3]; y tratándose de derechos fundamentales de cada persona humana, es evidente que no se puede recurrir a argumentos sacados del pluralismo político o de la libertad religiosa para negarles valor universal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I. Valor de la vida humana&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La vida humana es el fundamento de todos los bienes, la fuente y condición necesaria de toda actividad humana y de toda convivencia social. Si la mayor parte de los hombres creen que la vida tiene un carácter sacro y que nadie puede disponer de ella a capricho, los creyentes ven a la vez en ella un don del amor de Dios, que son llamados a conservar y hacer fructificar. De esta última consideración brotan las siguientes consecuencias:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. Nadie puede atentar contra la vida de un hombre inocente sin oponerse al amor de Dios hacia él, sin violar un derecho fundamental, irrenunciable e inalienable, sin cometer, por ello, un crimen de extrema gravedad [4].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. Todo hombre tiene el deber de conformar su vida con el designio de Dios. Esta le ha sido encomendada como un bien que debe dar sus frutos ya aquí en la tierra, pero que encuentra su plena perfección solamente en la vida eterna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. La muerte voluntaria o sea el suicidio es, por consiguiente, tan inaceptable como el homicidio; semejante acción constituye en efecto, por parte del hombre, el rechazo de la soberanía de Dios y de su designio de amor. Además, el suicidio es a menudo un rechazo del amor hacia sí mismo, una negación de la natural aspiración a la vida, una renuncia frente a los deberes de justicia y caridad hacia el prójimo, hacia las diversas comunidades y hacia la sociedad entera, aunque a veces intervengan, como se sabe, factores psicológicos que pueden atenuar o incluso quitar la responsabilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se deberá, sin embargo, distinguir bien del suicidio aquel sacrificio con el que, por una causa superior —como la gloria de Dios, la salvación de las almas o el servicio a los hermanos— se ofrece o se pone en peligro la propia vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II. La eutanasia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para tratar de manera adecuada el problema de la eutanasia, conviene ante todo precisar el vocabulario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Etimológicamente la palabra eutanasia significaba en la antigüedad una muerte dulce sin sufrimientos atroces. Hoy no nos referimos tanto al significado original del término, cuanto más bien a la intervención de la medicina encaminada a atenuar los dolores de la enfermedad y da la agonía, a veces incluso con el riesgo de suprimir prematuramente la vida. Además el término es usado, en sentido mas estricto, con el significado de "causar la muerte por piedad", con el fin de eliminar radicalmente los últimos sufrimientos o de evitar a los niños subnormales, a los enfermos mentales o a los incurables la prolongación de una vida desdichada, quizás por muchos años que podría imponer cargas demasiado pesadas a las familias o a la sociedad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es pues necesario decir claramente en qué sentido se toma el término en este documento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por eutanasia se entiende una acción o una omisión que por su naturaleza, o en la intención, causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor. La eutanasia se sitúa pues en el nivel de las intenciones o de los métodos usados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora bien, es necesario reafirmar con toda firmeza que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata en efecto de una violación de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podría también verificarse que el dolor prolongado e insoportable, razones de tipo afectivo u otros motivos diversos, induzcan a alguien a pensar que puede legítimamente pedir la muerte o procurarla a otros. Aunque en casos de ese género la responsabilidad personal pueda estar disminuida o incluso no existir, sin embargo el error de juicio de la conciencia —aunque fuera incluso de buena fe— no modifica la naturaleza del acto homicida, que en sí sigue siendo siempre inadmisible. Las súplicas de los enfermos muy graves que alguna vez invocan la muerte no deben ser entendidas como expresión de una verdadera voluntad de eutanasia; éstas en efecto son casi siempre peticiones angustiadas de asistencia y de afecto. Además de los cuidados médicos, lo que necesita el enfermo es el amor, el calor humano y sobrenatural, con el que pueden y deben rodearlo todos aquellos que están cercanos, padres e hijos, médicos y enfermeros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III. El cristiano ante el sufrimiento y el uso de los analgésicos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La muerte no sobreviene siempre en condiciones dramáticas, al final de sufrimientos insoportables. No debe pensarse únicamente en los casos extremos. Numerosos testimonios concordes hacen pensar que la misma naturaleza facilita en el momento de la muerte una separación que sería terriblemente dolorosa para un hombre en plena salud. Por lo cual una enfermedad prolongada, una ancianidad avanzada, una situación de soledad y de abandono, pueden determinar tales condiciones psicológicas que faciliten la aceptación de la muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo se debe reconocer que la muerte precedida o acompañada a menudo de sufrimientos atroces y prolongados es un acontecimiento que naturalmente angustia el corazón del hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El dolor físico es ciertamente un elemento inevitable de la condición humana, a nivel biológico, constituye un signo cuya utilidad es innegable; pero puesto que atañe a la vida psicológica del hombre, a menudo supera su utilidad biológica y por ello puede asumir una dimensión tal que suscite el deseo de eliminarlo a cualquier precio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, según la doctrina cristiana, el dolor, sobre todo el de los últimos momentos de la vida, asume un significado particular en el plan salvífico de Dios; en efecto, es una participación en la pasión de Cristo y una unión con el sacrificio redentor que Él ha ofrecido en obediencia a la voluntad del Padre. No debe pues maravillar si algunos cristianos desean moderar el uso de los analgésicos, para aceptar voluntariamente al menos una parte de sus sufrimientos y asociarse así de modo consciente a los sufrimientos de Cristo crucificado (cf. Mt 27, 34). No sería sin embargo prudente imponer como norma general un comportamiento heroico determinado. Al contrario, la prudencia humana y cristiana sugiere para la mayor parte de los enfermos el uso de las medicinas que sean adecuadas para aliviar o suprimir el dolor, aunque de ello se deriven, como efectos secundarios, entorpecimiento o menor lucidez. En cuanto a las personas que no están en condiciones de expresarse, se podrá razonablemente presumir que desean tomar tales calmantes y suministrárseles según los consejos del médico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el uso intensivo de analgésicos no está exento de dificultades, ya que el fenómeno de acostumbrarse a ellos obliga generalmente a aumentar la dosis para mantener su eficacia. Es conveniente recordar una declaración de Pío XII que conserva aún toda su validez. Un grupo de médicos le había planteado esta pregunta: "¿La supresión del dolor y de la conciencia por medio de narcóticos ... está permitida al médico y al paciente por la religión y la moral (incluso cuando la muerte se aproxima o cuando se prevé que el uso de narcóticos abreviará la vida)?". El Papa respondió: "Si no hay otros medios y si, en tales circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales: Sí" [5]. En este caso, en efecto, está claro que la muerte no es querida o buscada de ningún modo, por más que se corra el riesgo por una causa razonable: simplemente se intenta mitigar el dolor de manera eficaz, usando a tal fin los analgésicos a disposición de la medicina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los analgésicos que producen la pérdida de la conciencia en los enfermos, merecen en cambio una consideración particular. Es sumamente importante, en efecto, que los hombres no sólo puedan satisfacer sus deberes morales y sus obligaciones familiares, sino también y sobre todo que puedan prepararse con plena conciencia al encuentro con Cristo. Por esto, Pío XII advierte que "no es lícito privar al moribundo de la conciencia propia sin grave motivo" [6].&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV. El uso proporcionado de los medios terapéuticos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es muy importante hoy día proteger, en el momento de la muerte, la dignidad de la persona humana y la concepción cristiana de la vida contra un tecnicismo que corre el riesgo de hacerse abusivo. De hecho algunos hablan de "derecho a morir" expresión que no designa el derecho de procurarse o hacerse procurar la muerte como se quiere, sino el derecho de morir con toda serenidad, con dignidad humana y cristiana. Desde este punto de vista, el uso de los medios terapéuticos puede plantear a veces algunos problemas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En muchos casos, la complejidad de las situaciones puede ser tal que haga surgir dudas sobre el modo de aplicar los principios de la moral. Tomar decisiones corresponderá en último análisis a la conciencia del enfermo o de las personas cualificadas para hablar en su nombre, o incluso de los médicos, a la luz de las obligaciones morales y de los distintos aspectos del caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada uno tiene el deber de curarse y de hacerse curar. Los que tienen a su cuidado los enfermos deben prestarles su servicio con toda diligencia y suministrarles los remedios que consideren necesarios o útiles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Pero se deberá recurrir, en todas las circunstancias, a toda clase de remedios posibles?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta ahora los moralistas respondían que no se está obligado nunca al uso de los medios "extraordinarios". Hoy en cambio, tal respuesta siempre válida en principio, puede parecer tal vez menos clara tanto por la imprecisión del término como por los rápidos progresos de la terapia. Debido a esto, algunos prefieren hablar de medios "proporcionados" y "desproporcionados". En cada caso, se podrán valorar bien los medios poniendo en comparación el tipo de terapia, el grado de dificultad y de riesgo que comporta, los gastos necesarios y las posibilidades de aplicación con el resultado que se puede esperar de todo ello, teniendo en cuenta las condiciones del enfermo y sus fuerzas físicas y morales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para facilitar la aplicación de estos principios generales se pueden añadir las siguientes puntualizaciones:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— A falta de otros remedios, es lícito recurrir, con el consentimiento del enfermo, a los medios puestos a disposición por la medicina más avanzada, aunque estén todavía en fase experimental y no estén libres de todo riesgo. Aceptándolos, el enfermo podrá dar así ejemplo de generosidad para el bien de la humanidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Es también lícito interrumpir la aplicación de tales medios, cuando los resultados defraudan las esperanzas puestas en ellos. Pero, al tomar una tal decisión, deberá tenerse en cuenta el justo deseo del enfermo y de sus familiares, así como el parecer de médicos verdaderamente competentes; éstos podrán sin duda juzgar mejor que otra persona si el empleo de instrumentos y personal es desproporcionado a los resultados previsibles, y si las técnicas empleadas imponen al paciente sufrimientos y molestias mayores que los beneficios que se pueden obtener de los mismos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es siempre lícito contentarse con los medios normales que la medicina puede ofrecer. No se puede, por lo tanto, imponer a nadie la obligación de recurrir a un tipo de cura que, aunque ya esté en uso, todavía no está libre de peligro o es demasiado costosa. Su rechazo no equivale al suicidio: significa más bien o simple aceptación de la condición humana, o deseo de evitar la puesta en práctica de un dispositivo médico desproporcionado a los resultados que se podrían esperar, o bien una voluntad de no imponer gastos excesivamente pesados a la familia o la colectividad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— Ante la inminencia de una muerte inevitable, a pesar de los medios empleados, es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares. Por esto, el médico no tiene motivo de angustia, como si no hubiera prestado asistencia a una persona en peligro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conclusión&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las normas contenidas en la presente Declaración están inspiradas por un profundo deseo de servir al hombre según el designio del Creador. Si por una parte la vida es un don de Dios, por otra la muerte es ineludible; es necesario, por lo tanto, que nosotros, sin prevenir en modo alguno la hora de la muerte, sepamos aceptarla con plena conciencia de nuestra responsabilidad y con toda dignidad. Es verdad, en efecto que la muerte pone fin a nuestra existencia terrenal, pero, al mismo tiempo, abre el camino a la vida inmortal. Por eso, todos los hombres deben prepararse para este acontecimiento a la luz de los valores humanos, y los cristianos más aún a la luz de su fe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los que se dedican al cuidado de la salud pública no omitan nada, a fin de poner al servicio de los enfermos y moribundos toda su competencia; y acuérdense también de prestarles el consuelo todavía más necesario de una inmensa bondad y de una caridad ardiente. Tal servicio prestado a los hombres es también un servicio prestado al mismo Señor, que ha dicho: "...Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en el transcurso de una audiencia concedida al infrascripto cardenal Prefecto ha aprobado esta Declaración, decidida en reunión ordinaria de esta Sagrada Congregación, y ha ordenado su publicación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Roma, desde la Sede de la Sagrada Congregación para la Doctrina le la Fe, 5 de mayo de 1980.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cardenal Franjo SEPER&lt;br /&gt;Prefecto&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Jerôme HAMER,&lt;br /&gt;arzobispo titular de Lorium,&lt;br /&gt;Secretario&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Notas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[1] Declaración sobre el aborto procurado, 18 de noviembre de 1974, (AAS 66, 1974, págs. 730-747)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[2] Pío XII, Discurso a los congresistas de la Unión Internacional de las Ligas Femeninas Católicas, 11 de septiembre de 1947 (AAS 39, 1947 pág. 483); Alocución a la Unión Católica Italiana de las Comadronas, 29 de octubre de 1951 (AAS 43, 1951, págs. 835-854); Discurso a los miembros de la Oficina Internacional de Documentación de Medicina Militar, 19 de octubre de 1953 (AAS 45, 1953, págs. 744-754); Discurso a los participantes en el IX Congreso de la Sociedad Italiana de Anestesiología, 24 de febrero de 1957 (AAS 49, 1957, pág. 146); cf. Alocución sobre la "Reanimación", 24 de noviembre de 1957 (AAS 49, 1957, págs. 1027-1033). Pablo VI, Discurso a los miembros del Comité Especial de las Naciones Unidas para la cuestión del "Apartheid", 22 de mayo de 1974 (AAS 66, 1974, pág. 346). Juan Pablo II, Alocución a los obispos de Estados Unidos de América, 5 de octubre de 1979 (AAS 71, 1979, pág. 1225).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[3] Recuérdese en particular la recomendación 779 (1976), referente a los derechos de los enfermos y de los moribundos, de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa en su XXVII sesión ordinaria. Cf. Sipeca, núm. 1, marzo de 1977, págs. 14-15.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[4] Se dejan completamente de lado las cuestiones de la pena de muerte y de la guerra, que exigirían consideraciones específicas, ajenas al tema de esta Declaración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[5] Pío XII, Discurso, del 24 de febrero de 1957 (AAS 49, 1957, pág. 147).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;[6] Pío XII, Discurso, del 24 de febrero de 1957 (AAS 49, 1957, pág. 145, cf. Alocución, del 9 de septiembre de 1958 (AAS 50, 1958, pág. 694).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-189009910540101468?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/189009910540101468/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/09/congregacion-para-la-doctrina-de-la-fe.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/189009910540101468'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/189009910540101468'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/09/congregacion-para-la-doctrina-de-la-fe.html' title='Congregación para la Doctrina de la Fe'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-43790398720572757</id><published>2011-09-16T15:23:00.000-07:00</published><updated>2011-09-16T15:26:08.261-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Organismos del Vaticano'/><title type='text'>Documental sobre el origen del hombre</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Bajo los auspicios del &lt;strong&gt;Pontificio Consejo para la Cultura&lt;/strong&gt;, y como parte del Proyecto STOQ (Science, Theology and the Ontological Quest), acaba de ver la luz la versión trilingüe, italiana, española e inglesa del DVD “El Origen del Hombre”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se trata de una serie de nueve documentales en torno a la evolución, la creación y la fe, elaborados con el asesoramiento de profesores de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz y de otras universidades. Recogen opiniones de más de treinta científicos, entre ellos, los premios nobel Christian De Duve y Werner Arber. Algunos de ellos son creyentes, católicos, protestantes o judíos, y otros no.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estos documentales, realizados por Goya Producciones, investigan el desarrollo del Universo desde el "Big Bang" hasta los primates, los homínidos, y el triunfo del "Homo Hapiens". Responden a las preguntas ¿cómo nació el universo? ¿surgimos por azar?, ¿hubo una inteligencia que guió la evolución?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El premio nobel Christian de Duve afirma que la teoría de que el mundo es eterno, inventada por Fred Hoyle, demostró ser falsa y tuvo razón su maestro Lemaitre al descubrir la teoría del "Big Bang", la explosión que dio origen al universo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El profesor belga Michel Ghins cree que la teoría de "los universos múltiples" fue ideada para escapar a la hipótesis de que Dios creó nuestro mundo. Pero esto no es una escapatoria porque "es imaginable que Dios Todopoderoso crease esta profusión de múltiples universos".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Para el profesor italiano Evandro Agazzi, el azar no explica la existencia del mundo. Los que creen explicarlo todo a partir de alguna ciencia positiva caen en una "actitud reduccionista anticientífica".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;El profesor de Boston Thomas Glick cree que estos fundamentalistas del materialismo se fabrican una especie de religión o metafísica, "pero nadie confunde esto con ciencia".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para el profesor Arana, de la Universidad de Sevilla "nunca hubo oposición entre fe y razón. Pero siempre hubo oposición entre dos ‘fes': la fe cientista, por decirlo así, y la fe religiosa".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Es pues la Biblia compatible con la ciencia? El premio nobel suizo Werner Arber responde: "Yo puedo leer en el Génesis, al comienzo del Antiguo Testamento, que el mundo fue creado en varios periodos, y para mí, esos varios periodos son precisamente evolución".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En opinión del investigador holandés Cees Dekker "el método de la ciencia por sí mismo no es cristiano ni es ateo. Ciencia y religión no están en conflicto. Y la ciencia en sí misma encaja muy bien con la visión cristiana del mundo".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La serie "El Origen del Hombre", afirma la productora, "pone al desnudo una cierta explotación ideológica de la ciencia, y en particular del darwinismo.&lt;strong&gt; Darwin fue manipulado a favor del racismo, tanto por parte del marxismo como en la Alemania nazi y en Estados Unidos. La Iglesia católica, por su parte, no condenó a Darwin. La evolución podría haberse dado dentro de la creación".&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Esta serie audiovisual, añade, expone "la inconsistencia de posiciones ateas como las de Stephen Hawking o Richard Dawkins en un extremo, y la de los fundamentalistas bíblicos y creacionistas en el otro". Concluye que “no es científico negar lo sobrenatural. La ciencia natural no capta lo que cae fuera de la esfera material".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta nueva versión del DVD ha contado con una ayuda de la John Templeton Foundation y de otros patrocinadores. En Italia la distribuye Diffusione San Paolo bajo el título “L’Origine dell’Uomo”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ROMA, jueves 15 septiembre 2011 (ZENIT.org).-&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-43790398720572757?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/43790398720572757/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/09/documental-sobre-el-origen-del-hombre.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/43790398720572757'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/43790398720572757'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/09/documental-sobre-el-origen-del-hombre.html' title='Documental sobre el origen del hombre'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-5054915547989040456</id><published>2011-09-14T07:43:00.000-07:00</published><updated>2011-09-14T07:44:54.169-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Organismos del Vaticano'/><title type='text'>Comunicado sobre la Fraternidad Sacerdotal San Pío X</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Emitido por la Oficina de Prensa de la Santa Sede&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"El 14 de septiembre 2011, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha tenido lugar un encuentro entre el cardenal William Joseph Levada, Prefecto de esa congregación y Presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, el arzobispo Luis Ladaria, S.J., secretario de la misma congregación y monseñor Guido Pozzo, secretario de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei con el obispo Bernard Fellay, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, y los reverendos Niklaus Pfluger y Alain-Marc Nely, respectivamente primer y segundo Asistente general de la Fraternidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A raíz de la súplica dirigida por el Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X a Su Santidad Benedicto XVI el 15 de diciembre de 2008, el Santo Padre decidió levantar la excomunión a los cuatro obispos consagrados por el arzobispo Lefebvre, y al mismo tiempo, abrir una serie de coloquios doctrinales con dicha Fraternidad con el fin de aclarar los problemas de orden doctrinal y superar la fractura existente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cumplimiento de las disposiciones del Santo Padre, una comisión mixta de estudios formada por expertos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y por expertos de la Congregación para la Doctrina de la Fe se reunió en ocho sesiones que se celebraron en Roma entre octubre de 2009 y abril de 2011. Estas conversaciones, cuyo objetivo era exponer y analizar las dificultades doctrinales esenciales sobre temas controvertidos, consiguieron aclarar las respectivas posturas y sus motivos.&lt;br /&gt;Incluso teniendo en cuenta las preocupaciones e instancias planteadas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X con respecto a la custodia de la integridad de la fe católica frente a la hermenéutica de ruptura del Concilio Vaticano II con la Tradición, mencionada en el discurso de Benedicto XVI a la Curia Romana el 22 de diciembre de 2005, la Congregación para la Doctrina de la Fe considera que la base fundamental para lograr la reconciliación plena con la Sede Apostólica es la aceptación del texto del Preámbulo doctrinal entregado en la sesión del 14 de septiembre de 2011. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Dicho preámbulo establece algunos principios doctrinales y criterios de interpretación de la doctrina católica, necesarios para garantizar la fidelidad al Magisterio de la Iglesia y el "sentire cum Ecclesia", dejando abierto, al mismo tiempo, a una discusión legítima, el estudio y la explicación teológica de expresiones o formulaciones particulares presentes en los documentos del Concilio Vaticano II y del Magisterio sucesivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante la misma sesión, se han propuesto algunos elementos de cara a una solución canónica para la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que serían sucesivos a la eventual y esperada conciliación".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CIUDAD DEL VATICANO, 14 SEP 2011 (VIS).-&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-5054915547989040456?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/5054915547989040456/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/09/comunicado-sobre-la-fraternidad.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/5054915547989040456'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/5054915547989040456'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/09/comunicado-sobre-la-fraternidad.html' title='Comunicado sobre la Fraternidad Sacerdotal San Pío X'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-5223844567421290880</id><published>2011-08-23T07:29:00.000-07:00</published><updated>2011-08-23T07:31:31.129-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Organismos del Vaticano'/><title type='text'>Congregación para el Clero</title><content type='html'>&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Carta a los rectores de santuarios&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los peregrinos, en el corazón de la nueva evangelización&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reverendos Rectores:&lt;br /&gt;Deseo dirigiros, a cada uno, mi cordial saludo, que extiendo de buen grado a cuantos&lt;br /&gt;colaboran con vosotros en el cuidado pastoral de los Santuarios, y expresaros asimismo mi&lt;br /&gt;sincera gratitud por la entrega diligente con la cual os ocupáis diariamente de las&lt;br /&gt;necesidades pastorales de los peregrinos que, de todas partes del mundo, acuden cada vez&lt;br /&gt;en mayor número a los lugares de culto que os han sido encomendados.&lt;br /&gt;Mediante esta carta, me hago ante todo intérprete de los sentimientos del Santo Padre&lt;br /&gt;Benedicto XVI, quien considera de gran importancia la presencia de los Santuarios,&lt;br /&gt;preciosos en la vida de la Iglesia, puesto que, en cuanto meta de peregrinación, son sobre&lt;br /&gt;todo lugares con una «gran capacidad de convocatoria, que reúnen a un número creciente de peregrinos y turistas religiosos, algunos de los cuales se encuentran en situaciones humanas y espirituales complicadas, con cierta lejanía respecto a la vivencia de la fe y una débil pertenencia eclesial» (Carta con ocasión del II Congreso Mundial de pastoral de las&lt;br /&gt;peregrinaciones y Santuarios – Santiago de Compostela, 27-30 de septiembre de 2010).&lt;br /&gt;Afirmaba el Beato Papa Juan Pablo II: «siempre y en todas partes los santuarios cristianos&lt;br /&gt;han sido o han querido ser signos de Dios, de su irrupción en la historia humana» (Discurso&lt;br /&gt;a los Rectores de Santuarios – 22 de enero de 1981). Los Santuarios, por tanto, son «un&lt;br /&gt;signo de Cristo que vive entre nosotros, y los cristianos han reconocido en este signo la&lt;br /&gt;iniciativa del amor del Dios vivo en favor de los hombres» (Consejo pontificio para la&lt;br /&gt;pastoral de los emigrantes e itinerantes, El Santuario. Memoria, presencia y profecía del&lt;br /&gt;Dios vivo – 8.05.1999, n. 5).&lt;br /&gt;La Congregación para el Clero, consciente del peculiar valor que revisten los&lt;br /&gt;Santuarios en la experiencia de fe de todo cristiano, y competente en la materia (cfr. Juan&lt;br /&gt;Pablo II, Constitución apostólica Pastor bonus – 28.06.1988, art. 97, 1°), desea someter a&lt;br /&gt;vuestra atención algunas consideraciones que quieren dar un impulso renovado y más eficaz&lt;br /&gt;a las actividades ordinarias de la pastoral que se llevan a cabo en los Santuarios. En efecto,&lt;br /&gt;en un clima de secularismo generalizado, el santuario sigue representando, todavía hoy, un&lt;br /&gt;lugar privilegiado en el cual el hombre, peregrino en esta tierra, hace experiencia de la&lt;br /&gt;presencia amorosa y salvífica de Dios. Allí encuentra un espacio fecundo, lejano de los&lt;br /&gt;afanes cotidianos, donde se puede recoger y recuperar vigor espiritual para retomar el&lt;br /&gt;camino de fe con mayor ardor y buscar, encontrar y amar a Cristo en la vida ordinaria, en el&lt;br /&gt;mundo.&lt;br /&gt;¿Cuál es el corazón de las actividades pastorales en un Santuario? La normativa&lt;br /&gt;canónica, a propósito de estos lugares de culto, con profunda sabiduría teológica y&lt;br /&gt;experiencia eclesial, prevé que en estos «se debe proporcionar abundantemente a los fieles&lt;br /&gt;los medios de salvación, predicando con diligencia la palabra de Dios y fomentando con&lt;br /&gt;esmero la vida litúrgica principalmente mediante la celebración de la Eucaristía y de la&lt;br /&gt;penitencia, y practicando también otras formas aprobadas de piedad popular» (can. 1234,&lt;br /&gt;§1). La norma canónica, por tanto, trazando una preciosa síntesis de la pastoral específica de los Santuarios, ofrece una interesante ocasión para reflexionar brevemente sobre algunos elementos fundamentales que caracterizan la función que la Iglesia os ha encomendado.&lt;br /&gt;1. Anuncio de la Palabra, oración y piedad popular&lt;br /&gt;El santuario es el lugar en el que resuena con singular fuerza la Palabra de Dios. El&lt;br /&gt;Santo Padre Benedicto XVI, en la Exhortación apostólica post-sinodal Verbum Domini, de&lt;br /&gt;reciente publicación (30.09.2010), confirma que la Iglesia «se funda sobre la Palabra de&lt;br /&gt;Dios, nace y vive de ella» (n. 3). Es la “casa” (cfr. ibídem, n. 52) en la cual la Palabra divina&lt;br /&gt;es acogida, meditada, anunciada y celebrada (cfr. ibídem, n. 121). Cuanto el Pontífice dice&lt;br /&gt;de la Iglesia puede afirmarse análogamente del Santuario.&lt;br /&gt;El anuncio de la Palabra asume un papel esencial en la vida pastoral del Santuario. Los&lt;br /&gt;ministros sagrados, por lo tanto, tienen la tarea de preparar ese anuncio, en la oración y en la meditación, filtrando el contenido del anuncio con la ayuda de la Teología espiritual,&lt;br /&gt;siguiendo el Magisterio y a los Santos. La Sagrada Escritura y la Liturgia (cfr. Concilio&lt;br /&gt;Ecuménico Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, 4.12.1963, n. 35) serán las&lt;br /&gt;fuentes principales de su predicación, a las cuales se unen el precioso Catecismo de la&lt;br /&gt;Iglesia Católica y su Compendio. El ministerio de la Palabra, ejercido de formas distintas y&lt;br /&gt;conformes al depósito revelado, será más eficaz e incisivo si nace del corazón, en la oración, y se expresará mediante lenguajes accesibles y hermosos, que sepan mostrar correctamente la perenne actualidad del Verbo eterno.&lt;br /&gt;La respuesta humana a un fecundo anuncio de la Palabra de Dios es la oración. «Los&lt;br /&gt;santuarios son, para los peregrinos en busca de fuentes vivas, lugares excepcionales para&lt;br /&gt;vivir “con la Iglesia” las formas de la oración cristiana» (Juan Pablo II, Catecismo de la&lt;br /&gt;Iglesia Católica [CCC], 11.10.1992, n. 2691).&lt;br /&gt;La vida de oración se desarrolla de distintos modos, entre los cuales encontramos&lt;br /&gt;varias formas de piedad popular que siempre deben dejar «un adecuado espacio a la&lt;br /&gt;proclamación y a la escucha de la Palabra de Dios; en efecto, “en las palabras de la Biblia,&lt;br /&gt;la piedad popular encontrará una fuente inagotable de inspiración, modelos insuperables de&lt;br /&gt;oración y fecundas propuestas de diversos temas”» (Verbum Domini, n. 65).&lt;br /&gt;El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, 9 de abril de 2002) dedica un capítulo a los Santuarios y&lt;br /&gt;a las peregrinaciones, deseando «una relación correcta entre acciones litúrgicas y ejercicios&lt;br /&gt;de piedad» (n. 261). La piedad popular tiene gran relevancia para la fe, la cultura y la&lt;br /&gt;identidad cristiana de numerosos pueblos. Es expresión de la fe de un pueblo, «verdadero&lt;br /&gt;tesoro del pueblo de Dios» (ibídem, n. 9), en la Iglesia y para la Iglesia: para comprenderlo,&lt;br /&gt;baste con imaginar la pobreza que significaría para la historia de la espiritualidad cristiana&lt;br /&gt;de Occidente la ausencia del “Rosario” o del “Vía Crucis”, al igual que la de las&lt;br /&gt;procesiones. Son sólo dos ejemplos, pero suficientemente evidentes para revelar su carácter imprescindible.&lt;br /&gt;Al desempeñar Vuestro ministerio en un Santuario, a menudo tenéis la ocasión de&lt;br /&gt;observar los gestos de piedad, tan peculiares como expresivos, con los cuales los peregrinos&lt;br /&gt;suelen expresar visiblemente la fe que los anima. Las múltiples y variadas formas de&lt;br /&gt;devoción, que con frecuencia derivan de otras tantas sensibilidades y tradiciones culturales,&lt;br /&gt;testimonian la intensidad ferviente de una vida espiritual alimentada por una constante&lt;br /&gt;oración y por el íntimo deseo de adherirse cada vez más estrechamente a Cristo.&lt;br /&gt;La Iglesia, consciente de la significativa incidencia de estas expresiones religiosas en&lt;br /&gt;la vida espiritual de los fieles, siempre ha reconocido su valor y ha respetado sus genuinas&lt;br /&gt;expresiones. Es más, incluso mediante las enseñanzas de los Romanos Pontífices y de los&lt;br /&gt;Concilios, las ha recomendado y favorecido. Pero, al mismo tiempo, donde ha encontrado&lt;br /&gt;actitudes o mentalidades que no se podían atribuir al sano sentido religioso, ha sentido la&lt;br /&gt;necesidad de intervenir, purificando esos actos de elementos desorientadores o dando&lt;br /&gt;meditaciones, cursos, lecciones, etc. Efectivamente, sólo si está arraigada a una originaria&lt;br /&gt;tradición católica, la piedad popular puede ser locus fidei, instrumento fecundo de&lt;br /&gt;evangelización, en el cual también los elementos de la cultura ambiental indígena podrán&lt;br /&gt;encontrar sinérgicamente acogida y dignidad.&lt;br /&gt;Como responsables de la pastoral en los Santuarios, pues, es tarea Vuestra instruir a los&lt;br /&gt;peregrinos sobre el carácter absolutamente preeminente que debe asumir la celebración&lt;br /&gt;litúrgica en la vida de todo creyente. No hay que obstaculizar o rechazar en absoluto la&lt;br /&gt;práctica personal de formas de piedad popular, es más, hay que favorecerla, pero no puede&lt;br /&gt;sustituir la participación en el culto litúrgico. Esas expresiones, de hecho, más que&lt;br /&gt;contraponerse a la centralidad de la Liturgia, deben acompañarla y estar siempre orientadas&lt;br /&gt;hacia ella, puesto que es en la celebración litúrgica de los Sagrados Misterios donde se&lt;br /&gt;expresa la oración común de toda la Iglesia.&lt;br /&gt;2. Misericordia de Dios en el sacramento de la Penitencia&lt;br /&gt;La memoria del amor de Dios, que se hace presente de modo eminente en el santuario,&lt;br /&gt;lleva a pedir perdón por los pecados y al deseo de implorar el don de la fidelidad al depósito&lt;br /&gt;de la fe. El Santuario es también el lugar en el que actúa la permanente misericordia de&lt;br /&gt;Dios. Es un lugar acogedor en el cual el hombre puede tener un encuentro real con Cristo, y&lt;br /&gt;experimentar la Verdad de Su enseñanza y de Su perdón, para acercarse a la Eucaristía&lt;br /&gt;dignamente y, por tanto, provechosamente.&lt;br /&gt;Es preciso, con este fin, favorecer y donde sea posible intensificar la presencia&lt;br /&gt;constante de sacerdotes que, con ánimo humilde y acogedor, se dediquen generosamente a&lt;br /&gt;la escucha de las confesiones sacramentales. Que al administrar el sacramento del Perdón y&lt;br /&gt;la Reconciliación, los confesores, que actúan como «el signo y el instrumento del amor&lt;br /&gt;misericordioso de Dios con el pecador» (CCC, n. 1465), ayuden a los penitentes a&lt;br /&gt;experimentar la ternura de Dios, a percibir la belleza y la grandeza de Su bondad y a&lt;br /&gt;redescubrir en sus corazones el deseo íntimo de la santidad, vocación universal y meta&lt;br /&gt;última para todo creyente (cfr. Congregación para el Clero, El Sacerdote ministro de la&lt;br /&gt;misericordia divina, 9.03.2011, n. 22).&lt;br /&gt;Que los confesores, iluminando la conciencia de los penitentes, pongan asimismo de&lt;br /&gt;relieve el vínculo estrecho que une la Confesión sacramental a una existencia nueva,&lt;br /&gt;orientada hacia una decidida conversión. Por consiguiente, que exhorten a los fieles a&lt;br /&gt;acercarse con regular frecuencia y ferviente devoción a este sacramento, a fin de que,&lt;br /&gt;sostenidos por la gracia que en él se les da, puedan alimentar constantemente su fiel&lt;br /&gt;compromiso de adhesión a Cristo, avanzando en la perfección evangélica.&lt;br /&gt;Que los ministros de la Penitencia estén a disposición de los fieles y sean accesibles,&lt;br /&gt;cultivando una actitud comprensiva, acogedora y alentadora (cfr. El Sacerdote ministro de&lt;br /&gt;la misericordia divina, nn. 51-57). Para respetar la libertad de cada fiel y asimismo para&lt;br /&gt;favorecer la propia plena sinceridad en el foro sacramental, es oportuno que haya a&lt;br /&gt;disposición, en lugares adecuados (por ejemplo, a ser posible, la capilla de la&lt;br /&gt;Reconciliación) confesionarios provistos de una rejilla fija. Como enseña el Beato Papa&lt;br /&gt;Juan Pablo II en la Carta apostólica Misericordia Dei (7.04.2002): «las normas sobre la sede&lt;br /&gt;para la confesión las dan las respectivas Conferencias Episcopales, las cuales han de&lt;br /&gt;garantizar que esté situada en lugar patente y esté provista de rejillas, de modo que puedan utilizarlas los fieles y los confesores mismos que lo deseen» (n. 9, b – cfr. Can. 964, § 2; Consejo pontificio para la interpretación de los textos legislativos, Responsa ad propositum dubium: de loco excipiendi sacramentales confessiones [7 de julio de 1998]: AAS 90 [1998] 711; cfr. El Sacerdote ministro de la misericordia divina, n. 41).&lt;br /&gt;Asimismo, que los ministros se apremien a ayudar a comprender los frutos espirituales&lt;br /&gt;que derivan de la remisión de los pecados. En efecto, el sacramento de la Penitencia&lt;br /&gt;«produce una verdadera "resurrección espiritual", una restitución de la dignidad y de los&lt;br /&gt;bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios»&lt;br /&gt;(CCC, n. 1468).&lt;br /&gt;Considerando el hecho de que los Santuarios son lugares de verdadera conversión,&lt;br /&gt;sería oportuno que se fomente la formación de los confesores para la solicitud pastoral de&lt;br /&gt;quien no ha respetado la vida humana desde su concepción hasta su fin natural.&lt;br /&gt;Además, al dispensar la misericordia divina, que los sacerdotes desempeñen&lt;br /&gt;debidamente este peculiar ministerio adhiriéndose con fidelidad a las enseñanzas genuinas&lt;br /&gt;de la Iglesia. Que estén bien formados en la doctrina y no olviden ponerse al día&lt;br /&gt;periódicamente en particular sobre cuestiones relativas al ámbito moral y bioético (cfr.&lt;br /&gt;CCC, n. 1466). Que respeten también en el campo matrimonial cuanto enseña&lt;br /&gt;autorizadamente el Magisterio eclesial. Por lo tanto, que eviten manifestar en sede&lt;br /&gt;sacramental doctrinas privadas, opiniones personales o valoraciones arbitrarias que no sean&lt;br /&gt;conformes a lo que la Iglesia cree y enseña. Para su formación permanente será útil&lt;br /&gt;alentarles a participar en cursos especializados, como por ejemplo podrían ser los que&lt;br /&gt;organizan la Penitenciaría apostólica y algunas Universidades pontificias (cfr. El Sacerdote&lt;br /&gt;ministro de la misericordia divina, n. 63).&lt;br /&gt;3. La Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana&lt;br /&gt;La Palabra de Dios y la celebración de la Penitencia están íntimamente unidas a la&lt;br /&gt;Santa Eucaristía, misterio central que «contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua» (Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Presbyterorum ordinis, 7.12.1965, n. 5). La celebración eucarística constituye el corazón de la vida sacramental del Santuario. En ella el Señor se nos entrega. Por tanto, que se ayude a los peregrinos que visitan los Santuarios a ser conscientes de que, si acogen confiadamente a Cristo eucarístico en lo íntimo de su alma, Él les ofrece la posibilidad de una transformación real de la existencia.&lt;br /&gt;Que la dignidad de la celebración Eucarística se ponga oportunamente de relieve&lt;br /&gt;mediante el canto gregoriano, polifónico o popular (cfr. Sacrosanctum Concilium, nn. 116 y&lt;br /&gt;118); pero asimismo seleccionando adecuadamente tanto los instrumentos musicales más&lt;br /&gt;nobles (órgano de tubos y afines – cfr. ibídem, n. 120), como los paramentos sacerdotales&lt;br /&gt;que llevan los ministros y los adornos utilizados en la Liturgia, los cuales deben responder a&lt;br /&gt;cánones de nobleza y de sacralidad. Que en el caso de las concelebraciones haya un Maestro de ceremonias, que no concelebre, y se haga todo lo posible para que todos los&lt;br /&gt;concelebrantes lleven la casulla, o planeta, como paramento propio del sacerdote que&lt;br /&gt;celebra los misterios divinos.&lt;br /&gt;El Santo Padre Benedicto XVI escribía en la Exhortación apostólica post-sinodal&lt;br /&gt;Sacramentum Caritatis (22.02.2007), que «la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la&lt;br /&gt;Eucaristía misma bien celebrada» (n. 64). En la Santa Misa, que los ministros respeten&lt;br /&gt;fielmente cuanto establecen las normas de los Libros litúrgicos. De hecho, las rúbricas no&lt;br /&gt;representan indicaciones facultativas para el celebrante sino prescripciones obligatorias que&lt;br /&gt;este debe observar cuidadosamente y con fidelidad en todo gesto o signo. En efecto, cada&lt;br /&gt;norma encierra un sentido teológico profundo, que no se puede disminuir o, en cualquier&lt;br /&gt;caso, desconocer. Un estilo de celebración que introduzca innovaciones litúrgicas&lt;br /&gt;arbitrarias, además de provocar confusión y división entre los fieles, daña la veneranda&lt;br /&gt;Tradición y la autoridad de la Iglesia, además de la unidad eclesial.&lt;br /&gt;El sacerdote que preside la Eucaristía, sin embargo, no es un mero ejecutor de rubricas&lt;br /&gt;rituales. Más bien, la intensa y devota participación interior con la cual celebrará los&lt;br /&gt;misterios divinos, acompañada de la oportuna valoración de los signos y los gestos&lt;br /&gt;litúrgicos establecidos, plasmará, no sólo su espíritu orante, sino que también se revelará&lt;br /&gt;fecunda para la fe eucarística de los creyentes que participan en la celebración con su&lt;br /&gt;actuosa partecipatio (cfr. Sacrosanctum Concilium, n. 14).&lt;br /&gt;Como fruto de Su don en la Eucaristía, Jesucristo permanece bajo la especie del pan.&lt;br /&gt;Las celebraciones como la Adoración eucarística fuera de la santa Misa, con la exposición y&lt;br /&gt;la bendición con el Santísimo Sacramento, manifiestan lo que está en el corazón de la&lt;br /&gt;celebración: la Adoración, o sea, la unión con Jesús Hostia.&lt;br /&gt;Al respecto, el Papa Benedicto XVI enseña que «en la Eucaristía el Hijo de Dios viene&lt;br /&gt;a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la&lt;br /&gt;continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande&lt;br /&gt;de adoración de la Iglesia» (Sacramentum Caritatis, n. 66), añadiendo que: «La adoración&lt;br /&gt;fuera de la santa misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración&lt;br /&gt;litúrgica» (ibídem).&lt;br /&gt;De ese modo, se atribuye enorme importancia al lugar del sagrario en el Santuario (o&lt;br /&gt;también de una capilla destinada exclusivamente a la adoración del Santísimo) puesto que&lt;br /&gt;en sí es un “imán”, invitación y estímulo a la oración, a la adoración, a la meditación, a la&lt;br /&gt;intimidad con el Señor. El Sumo Pontífice, en la mencionada Exhortación, subraya que «la&lt;br /&gt;adecuada colocación del sagrario en nuestras iglesias, en efecto, ayuda a reconocer la&lt;br /&gt;presencia real de Cristo en el santísimo Sacramento. Por tanto, es necesario que el lugar en&lt;br /&gt;que se conservan las especies eucarísticas sea identificado fácilmente por cualquiera que&lt;br /&gt;entre en la iglesia, también gracias a la lamparilla encendida» (ibídem, n. 69).&lt;br /&gt;El sagrario, custodia eucarística, debe ocupar un lugar preeminente en los Santuarios.&lt;br /&gt;Asimismo, que al recordar la relación entre arte, fe y celebración, se preste atención a «la&lt;br /&gt;unidad entre los elementos propios del presbiterio: altar, crucifijo, tabernáculo, ambón,&lt;br /&gt;sede» (ibídem, n. 41). La correcta colocación de los signos elocuentes de nuestra fe, en la&lt;br /&gt;arquitectura de los lugares de culto, sin duda favorece que se dé, especialmente en los&lt;br /&gt;Santuarios, la justa prioridad a Cristo, piedra viva, antes que al saludo a la Virgen o a los&lt;br /&gt;Santos justamente venerados en ese lugar, permitiendo así a la piedad popular que&lt;br /&gt;manifieste sus raíces verdaderamente eucarísticas y cristianas.&lt;br /&gt;4. Un dinamismo nuevo para la evangelización&lt;br /&gt;Por último, deseo poner de relieve que los Santuarios conservan todavía hoy un&lt;br /&gt;extraordinario encanto, que testimonia el número creciente de peregrinos que los visita. Con&lt;br /&gt;frecuencia se trata de hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, con situaciones humanas y espirituales complejas, algo alejados de una vida de fe sólida, o con un frágil sentimiento de pertenencia eclesial. Para ellos visitar un Santuario puede resultar una valiosa oportunidad para encontrar a Cristo y redescubrir el sentido profundo de la propia vocación bautismal o para sentir una llamada saludable.&lt;br /&gt;Por esto, os exhorto a cada uno de vosotros a dirigir hacia estas personas una mirada&lt;br /&gt;especialmente acogedora y atenta. A este propósito, tampoco dejéis nada a la improvisación.&lt;br /&gt;Con sabiduría evangélica y con amplia sensibilidad, sería muy educativo hacerse&lt;br /&gt;compañeros de camino de los peregrinos y visitantes, identificando las razones del corazón&lt;br /&gt;y los anhelos del espíritu. En este servicio, la colaboración de personas con tareas&lt;br /&gt;específicas, dotadas de humanidad acogedora, de perspicacia espiritual, de inteligencia&lt;br /&gt;teologal, ayudará a introducir a los peregrinos en el Santuario como en un acontecimiento&lt;br /&gt;de gracia, lugar de experiencia religiosa, de alegría reencontrada. Al respecto será&lt;br /&gt;conveniente considerar la posibilidad de proponer encuentros espirituales al atardecer o de&lt;br /&gt;noche (adoraciones nocturnas o vigilias de oración) donde la afluencia de peregrinos sea&lt;br /&gt;notable o de flujo permanente.&lt;br /&gt;Vuestra caridad pastoral podrá constituir una buena ocasión y un fuerte estímulo para&lt;br /&gt;que en su corazón brote el deseo de emprender un camino de fe serio e intenso. Mediante las distintas formas de catequesis, ayudaréis a que se comprenda que la fe, lejos de ser un&lt;br /&gt;sentimiento religioso vago y abstracto, es concretamente tangible y siempre se expresa en el amor y en la justicia entre unos y otros.&lt;br /&gt;Así, en los Santuarios, la enseñanza de la Palabra de Dios y la doctrina de la Iglesia,&lt;br /&gt;por medio de las predicaciones, de las catequesis, de la dirección espiritual, de los retiros,&lt;br /&gt;constituye una excelente preparación para acoger el perdón de Dios en el sacramento de la&lt;br /&gt;Penitencia y la participación activa y provechosa en la celebración del Sacrificio del altar.&lt;br /&gt;La Adoración eucarística, la práctica piadosa del Via Crucis y el rezo cristológico y&lt;br /&gt;mariano del Santo Rosario, serán, con los sacramentales y las bendiciones votivas,&lt;br /&gt;testimonios de la piedad humana y camino con Jesús hacia el amor misericordioso del Padre&lt;br /&gt;en el Espíritu. Así la pastoral de la familia retomará vigor, será fecunda y fructuosa la&lt;br /&gt;oración de la Iglesia «al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38): santas y&lt;br /&gt;numerosas vocaciones sacerdotales y de especial consagración.&lt;br /&gt;Además, que los Santuarios, fieles a su gloriosa tradición, no olviden comprometerse&lt;br /&gt;en obras caritativas y en el servicio asistencial, en la promoción humana, en la salvaguardia&lt;br /&gt;de los derechos de la persona, en el compromiso por la justicia, según la doctrina social de&lt;br /&gt;la Iglesia. Es bueno que en torno a ellos florezcan también iniciativas culturales, como&lt;br /&gt;congresos, seminarios, exposiciones, reseñas, concursos y eventos artísticos sobre temas&lt;br /&gt;religiosos. De este modo los Santuarios se convertirán también en promotores de cultura,&lt;br /&gt;tanto docta como popular, contribuyendo, por su parte, al proyecto cultural orientado en&lt;br /&gt;sentido cristiano de la Iglesia.&lt;br /&gt;Así, la Iglesia, bajo la guía de la Virgen María, Estrella de la nueva evangelización&lt;br /&gt;mediante la cual la Gracia se comunica a la humanidad necesitada de redención, se prepara,&lt;br /&gt;en todas partes en el mundo, a la venida del Salvador. Los Santuarios, lugares a los cuales&lt;br /&gt;las personas van para buscar, para escuchar, para rezar, se convertirán misteriosamente en&lt;br /&gt;los lugares en los cuales serán tocadas por Dios a través de Su Palabra, el sacramento de la&lt;br /&gt;Reconciliación y de la Eucaristía, la intercesión de la Madre de Dios y de los Santos.&lt;br /&gt;Sólo de este modo, en medio de las marolas y las tempestades de la historia,&lt;br /&gt;desafiando el pertinaz sentimiento de relativismo imperante, estos favorecerán un renovado&lt;br /&gt;dinamismo con vistas a la tan deseada nueva evangelización.&lt;br /&gt;Agradeciendo de nuevo a cada Rector su entrega y caridad pastoral a fin de que todo&lt;br /&gt;Santuario sea cada vez más signo de la amorosa presencia del Verbo Encarnado, se asegura&lt;br /&gt;la cercanía más cordial en el Señor, bajo la mirada de la santísima Virgen María.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 17 de agosto de 2011 (ZENIT.org).-&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8721328405111326506-5223844567421290880?l=documentos-magisterio.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/feeds/5223844567421290880/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/08/congregacion-para-el-clero.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/5223844567421290880'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8721328405111326506/posts/default/5223844567421290880'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://documentos-magisterio.blogspot.com/2011/08/congregacion-para-el-clero.html' title='Congregación para el Clero'/><author><name>Mario Meneghini</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13002711674603621336</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8721328405111326506.post-1921563628544739995</id><published>2011-07-17T09:46:00.000-07:00</published><updated>2011-07-17T09:52:48.507-07:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Organismos del Vaticano'/><title type='text'>Congregación para el Clero</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;EL SACERDOTE CONFESOR Y DIRECTOR ESPIRITUAL MINISTRO DE LA MISERICORDIA DIVINA&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;(Tomado de Clerus.org y elaborado por Almudi.org)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Presentación&lt;br /&gt;« Es preciso volver al confesionario, como lugar en el cual celebrar el sacramento de la Reconciliación, pero también como lugar en el que “habitar” más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericor-dia, consejo y consuelo, sentirse amado y compren-dido por Dios y experimentar la presencia de la Mi-sericordia divina, junto a la presencia real en la Eu-caristía » [1] .&lt;br /&gt;Con estas palabras, el Santo Padre Benedicto XVI se dirigía durante el reciente Año sacerdotal a los con-fesores, indicando a todos y cada uno la importancia y la consiguiente urgencia apostólica de redescubrir el Sacramento de la Reconciliación, tanto en calidad de penitentes, como en calidad de ministros.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Junto a la Celebración eucarística diaria, la disponi-bilidad a la escucha de las confesiones sacramenta-les, a la acogida de los penitentes y, cuando sea re-querido, al acompañamiento espiritual, son la medi-da real de la caridad pastoral del sacerdote y, con ella, testimonian que se asume con gozo y certeza la propia identidad, redefinida por el Sacramento del Orden y que nunca se puede limitar a mera función.&lt;br /&gt;El sacerdote es ministro, es decir, siervo y a la vez administrador prudente de la divina Misericordia. A él queda confiada la gravísima responsabilidad de “perdonar o retener los pecados” (cfr. Jn 20, 23); a través de él, los fieles pueden vivir, en el presente de la Iglesia, por la fuerza del Espíritu, que es el Señor y da la vida, la gozosa experiencia del hijo pródigo, el cual, cuando regresa a la casa del padre por vil in-terés y como esclavo, es acogido y reconstituido en su dignidad filial.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Donde hay un confesor disponible, antes o después llega un penitente; y donde persevera, incluso de manera obstinada, la disponibilidad del confesor, ¡llegarán muchos penitentes!&lt;br /&gt;Redescubrir el Sacramento de la Reconciliación, como penitentes y como ministros, es la medida de la auténtica fe en la acción salvífica de Dios, que se manifiesta con más eficacia en el poder de la gracia que en las estrategias humanas organizadoras de ini-ciativas, incluidas las pastorales, que a veces olvidan lo esencial.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Acogiendo con intensa motivación la llamada del Santo Padre y traduciendo su intención profunda, queremos ofrecer con este material, fruto maduro del Año sacerdotal, un instrumento útil para la forma-ción permanente del Clero y una ayuda para redes-cubrir el valor imprescindible de la celebración del Sacramento de la Reconciliación y de la dirección espiritual.&lt;br /&gt;La nueva evangelización y la renovación permanen-te de la Iglesia, semper reformanda, obtienen diná-mica linfa vital de la santificación real de cada miembro; santificación que precede, postula y es condición de toda eficacia apostólica y de la invoca-da reforma del Clero.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;En la generosa celebración del Sacramento de la di-vina Misericordia, cada sacerdote está llamado a hacer experiencia constante de la unicidad y de la indispensabilidad del Ministerio que se le ha enco-mendado; esta experiencia contribuirá a evitar esas “fluctuaciones de identidad”, que no pocas veces ca-racterizan la existencia de algunos presbíteros, favo-reciendo el estupor agradecido que, necesariamente, colma el corazón de quien, sin mérito propio, ha sido llamado por Dios, en la Iglesia, a partir el Pan euca-rístico y a dar el Perdón a los hombres.&lt;br /&gt;Con estos deseos encomendamos la difusión y los frutos del presente material a la Santísima Virgen María, Refugio de los pecadores y Madre de la divi-na Gracia.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Vaticano, 9 de marzo de 2011&lt;br /&gt;Miércoles de Ceniza&lt;br /&gt;Mauro Card. Piacenza Prefecto&lt;br /&gt;X Celso Morga Iruzubieta Arzobispo tit. de Alba marítima Secretario&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;INTRODUCCIÓN: HACIA LA SANTIDAD&lt;br /&gt;1. « En todo tiempo y en todo pueblo es grato a Dios quien le teme y practica la justicia (cfr. Hch 10,35). Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera san-tamente » [2] . En el camino hacia la santidad, a la que el Señor nos llama (cfr. Mt 5,48; Ef 1,4), Dios ha querido que nos ayudáramos mutuamente, hacién-donos mediadores en Cristo para acercar a los her-manos a su eterno amor. En este horizonte de cari-dad se insertan la celebración del sacramento de la penitencia y la práctica de la dirección espiritual, ob-jetos de este documento. &lt;br /&gt;A este propósito, llaman nuestra atención algunas palabras de Benedicto XVI: « En nuestro tiempo una de las prioridades pastorales es sin duda formar rec-tamente la conciencia de los creyentes »; y añadía el Papa: « A la formación de las conciencias contribu-ye también la “dirección espiritual”. Hoy más que nunca se necesitan “maestros de espíritu” sabios y santos: un importante servicio eclesial, para el que sin duda hace falta una vitalidad interior que debe implorarse como don del Espíritu Santo mediante una oración intensa y prolongada y una preparación específica que es necesario adquirir con esmero. Además, todo sacerdote está llamado a administrar la misericordia divina en el sacramento de la Peni-tencia, mediante el cual perdona los pecados en nombre de Cristo y ayuda al penitente a recorrer el camino exigente de la santidad con conciencia recta e informada. Para poder desempeñar ese ministerio indispensable, todo presbítero debe alimentar su propia vida espiritual y cuidar la actualización teoló-gica y pastoral permanente » [3] . En esta línea se presenta este material de ayuda a los sacerdotes en cuanto ministros de la misericordia divina.&lt;br /&gt;El año dedicado a recordar la figura del santo Cura de Ars, en el 150 aniversario de su muerte (1859-2009) ha dejado una huella imborrable sobre todo en la vida y ministerio de los sacerdotes: « el compro-miso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo » [4] .&lt;br /&gt;Esta renovación interior de los sacerdotes debe comprender toda su vida y todos los campos de su ministerio, plasmando profundamente sus criterios, motivaciones y actitudes concretas. La actual situa-ción exige el testimonio y requiere que la identidad sacerdotal se viva en la alegría y en la esperanza. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;2. El ministerio del sacramento de la reconciliación, fuertemente vinculado al consejo o dirección espiri-tual, tiende a recuperar, tanto en el ministro como en los fieles, el “itinerario” espiritual apostólico, como retorno pascual al corazón del Padre y como fideli-dad a su proyecto de amor a «todo el hombre y a to-dos los hombres» [5] . Se trata de emprender de nuevo, dentro de sí y en el servicio a los demás, el camino de relación interpersonal con Dios y con los hermanos, en cuanto camino de contemplación, per-fección, comunión y misión.&lt;br /&gt;Alentar la práctica del sacramento de la penitencia en toda su vitalidad, y también el servicio del conse-jo o dirección espiritual, significa vivir más auténti-camente la “alegría en la esperanza” (cfr. Rm 12,12) y, a través de ella, favorecer la estima y el respeto de la vida humana integral, la recuperación de la fami-lia, la orientación de los jóvenes, el nacer de las vo-caciones, el valor del sacerdocio vivido y de la co-munión eclesial y universal. &lt;br /&gt;3. El ministerio del sacramento de la reconciliación con relación a la dirección espiritual, es urgencia de amor: « Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí mismos los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos » (2Cor 5,14-15). Esto presupone una particular entrega para que verdade-ramente los seguidores de Cristo «no vivan ya para sí mismos» (ibid.), sino que se realicen en la caridad y en la verdad. &lt;br /&gt;Todo el trabajo pastoral del apóstol Pablo, con sus dificultades comparadas con los “dolores de parto”, se puede resumir en la urgencia de “formar a Cristo” (cfr. Gal 4,19) en cada uno de los fieles. Su objetivo era « hacer a todos los hombres perfectos en Cristo » (Col 1,28), sin limitaciones y sin confines. &lt;br /&gt;4. El ministerio de la reconciliación y el servicio del consejo o dirección espiritual se insertan en el con-texto de la llamada universal a la santidad como ple-nitud de la vida cristiana y «perfección de la cari-dad» [6] . La caridad pastoral en la verdad de la identidad sacerdotal debe conducir al sacerdote a proyectar todos sus ministerios hacia la perspectiva de la santidad, que es armonización de pastoral pro-fética, litúrgica y diaconal [7] . &lt;br /&gt;Es parte integrante del ministerio sacerdotal estar disponibles a orientar a todos los bautizados hacia la perfección de la caridad.&lt;br /&gt;5. El sacerdote ministro, en cuanto servidor del mis-terio pascual que él anuncia, celebra y comunica, es-tá llamado a ser confesor y guía espiritual, como ins-trumento de Cristo, partiendo también de la propia experiencia. Él es ministro del sacramento de la re-conciliación y servidor de la dirección espiritual y es, al mismo tiempo, beneficiario de estos dos ins-trumentos de santificación para su personal renova-ción espiritual y apostólica.&lt;br /&gt;6. El presente “Material de ayuda” pretende ofrecer algunos ejemplos sencillos, factibles y generadores de esperanza, que hacen referencia a numerosos do-cumentos eclesiales (citados en los diversos puntos) para una eventual consulta. No se trata de una ca-suística, sino de un servicio actualizado de esperanza y de aliento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I.&lt;br /&gt;EL MINISTERIO DE LA PENITENCIA Y DE LA RECONCILIACIÓN EN LA PERSPECTIVA DE LA SANTIDAD CRISTIANA&lt;br /&gt;Importancia actual, momento de gracia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una invitación urgente&lt;br /&gt;7. Al inicio del tercer milenio, Juan Pablo II escribía: « Deseo pedir, además, una renovada valentía pasto-ral […] para proponer de manera convincente y efi-caz la práctica del sacramento de la reconciliación» [8] . El mismo Papa afirmaba sucesivamente que era su preocupación «reforzar solícitamente el sacra-mento de la reconciliación, incluso como exigencia de auténtica caridad y verdadera justicia pastoral» recordando que «todo fiel, con las debidas disposi-ciones interiores, tiene derecho a recibir personal-mente la gracia sacramental » [9] .&lt;br /&gt;8. La Iglesia no sólo anuncia la conversión y el per-dón, sino que al mismo tiempo es signo portador de reconciliación con Dios y con los hermanos. La ce-lebración del sacramento de la reconciliación se in-serta en el contexto de toda la vida eclesial, sobre todo con relación al misterio pascual celebrado en la eucaristía y hace referencia al bautismo vivido y a la confirmación, y a las exigencias del mandamiento del amor. Es siempre una celebración gozosa del amor de Dios que se da a sí mismo, destruyendo nuestro pecado cuando lo reconocemos humilde-mente.&lt;br /&gt;La misión de Cristo operante en la Iglesia&lt;br /&gt;9. La misión eclesial es un proceso armónico de anuncio, celebración y comunicación del perdón, en particular cuando se celebra el sacramento de la re-conciliación, que es fruto y don de la Pascua del Se-ñor resucitado, presente en su Iglesia: « Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos » (Jn 20,22-23).&lt;br /&gt;La alegría del perdón se convierte en actitud de gra-titud y generosidad en el camino de la santificación y de la misión. Quien ha experimentado el perdón, desea que otros puedan llegar a este encuentro con Cristo Buen Pastor. Por tanto, los ministros de este sacramento, pues ellos mismos experimentan la be-lleza de este encuentro sacramental, se hacen más disponibles a ofrecer dicho servicio humilde, arduo, paciente y gozoso.&lt;br /&gt;10. La práctica concreta, alegre, confiada y com-prometida del sacramento de la reconciliación, mani-fiesta el nivel en el que un creyente y una comuni-dad son evangelizados. « La práctica de la Confesión sacramental, en el contexto de la comunión de los santos que ayuda de diversas maneras a acercar los hombres a Cristo, es un acto de fe en el misterio de la redención y de su realización en la Iglesia » [10] .&lt;br /&gt;En el sacramento de la penitencia, fruto de la sangre redentora del Señor, experimentamos que Cristo «fue entregado por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación » (Rm 4,25). Por tanto, San Pablo podía afirmar que « Dios nos reconcilió con-sigo por Cristo y nos confió el misterio de la recon-ciliación » (2Cor 5,18).&lt;br /&gt;11. La reconciliación con Dios es inseparable de la reconciliación con los hermanos (cfr. Mt 5,24-25). Esta reconciliación no es posible sin purificar, de al-guna manera, el propio corazón. Pero toda reconci-liación proviene de Dios, porque es Él quien « per-dona todas las culpas » (Sal 103,3). Cuando se reci-be el perdón de Dios, el corazón humano aprende mejor a perdonar y a reconciliarse con los hermanos.&lt;br /&gt;Abrirse al amor y a la reconciliación&lt;br /&gt;12. Cristo impulsa hacia un amor cada vez más fiel y, por tanto, hacia un cambio más profundo (cfr. Ap 2,16), para que la vida cristiana tenga los mismos sentimientos que Él tuvo (cfr. Fil 2,5). La celebra-ción, y si fuera menester también comunitaria, del sacramento de la penitencia con la confesión perso-nal de los pecados, es una gran ayuda para vivir la realidad eclesial de la comunión de los santos.&lt;br /&gt;13. Se tiende a la “reconciliación” plena según el “Padre nuestro”, las bienaventuranzas y el manda-miento del amor. Es un camino de purificación de los pecados y también un itinerario hacia la identifi-cación con Cristo.&lt;br /&gt;Este camino penitencial es hoy y siempre de suma importancia, como fundamento para construir una sociedad que viva la comunión. «La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original, incluso en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la so-ciedad: ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el campo de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres» [11] .&lt;br /&gt;El testimonio y la dedicación de los pastores&lt;br /&gt;14. En todas las épocas de la historia eclesial se en-cuentran figuras sacerdotales que son modelos de confesores o de directores espirituales. La exhorta-ción apostólica Reconciliatio et Paenitentia (1984) recuerda a San Juan Nepomuceno, San Juan María Vianney, San Giuseppe Cafasso y San Leopoldo di Castelnuovo. Benedicto XVI, en un discurso en la Penitenciaría Apostólica [12] , añade a San Pío da Pietralcina&lt;br /&gt;Recordando estas figuras sacerdotales, Juan Pablo II añade: « Pero yo deseo rendir homenaje también a la innumerable multitud de confesores santos y casi siempre anónimos, a los que se debe la salvación de tantas almas ayudadas por ellos en su conversión, en la lucha contra el pecado y las tentaciones, en el progreso espiritual y, en definitiva, en la santifica-ción. No dudo en decir que incluso los grandes San-tos canonizados han salido generalmente de aquellos confesionarios; y con los Santos, el patrimonio espi-ritual de la Iglesia y el mismo florecimiento de una civilización impregnada de espíritu cristiano. Honor, pues, a este silencioso ejército de hermanos nuestros que han servido bien y sirven cada día a la causa de la reconciliación mediante el ministerio de la Peni-tencia sacramental » [13] .&lt;br /&gt;15. En muchas Iglesias particulares, sobre todo en las basílicas menores, en las catedrales, en los san-tuarios y en algunas parroquias más céntricas de las grandes ciudades, se observa actualmente una res-puesta muy positiva por parte de los fieles al esfuer-zo de los pastores de ofrecer un servicio asiduo del sacramento del perdón. Si « con el sacramento de la penitencia (los ministros) reconcilian a los pecadores con Dios y con la Iglesia » [14] , esta misma cele-bración penitencial puede dar lugar al servicio de la dirección o consejo espiritual.&lt;br /&gt;16. Los “munera” sacerdotales están fuertemente vinculados entre sí, en beneficio de la vida espiritual de los fieles. «Los presbíteros son, en la Iglesia y pa-ra la Iglesia, una representación sacramental de Je-sucristo, Cabeza y Pastor; proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofre-cimiento de la salvación, principalmente con el bau-tismo, la penitencia y la eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del re-baño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu» [15] .&lt;br /&gt;17. Por esto, la misma exhortación apostólica Pasto-res dabo vobis invita a los ministros a hacer uso de esta práctica, como garantía de su vida espiritual: « Quiero dedicar unas palabras al Sacramento de la Penitencia, cuyos ministros son los sacerdotes, pero deben ser también sus beneficiarios, haciéndose tes-tigos de la misericordia de Dios por los pecadores ». Y repite cuanto escrito en la Exhortación Reconcilia-tio et paenitentia: « La vida espiritual y pastoral del sacerdote, como la de sus hermanos laicos y religio-sos, depende, para su calidad y fervor, de la asidua y consciente práctica personal del Sacramento de la penitencia [...]. En un sacerdote que no se confiesa o se confiesa mal, su ser como sacerdote y su ministe-rio se resentirán muy pronto, y se dará cuenta tam-bién la Comunidad de la que es pastor » [16] . Pero cuando soy agradecido porque Dios me perdona siempre, como escribía Benedicto XVI, « dejándome perdonar, aprendo también a perdonar a los otros » [17] .&lt;br /&gt;18. La fecundidad apostólica proviene de la miseri-cordia de Dios. Por esto, los planes pastorales son escasamente eficaces si se subestima la práctica sa-cramental de la penitencia: « Se ha de poner sumo interés en la pastoral de este sacramento de la Igle-sia, fuente de reconciliación, de paz y alegría para todos nosotros, necesitados de la misericordia del Señor y de la curación de las heridas del pecado [...] El Obispo ha de recordar a todos los que por oficio tienen cura de almas el deber de brindar a los fieles la oportunidad de acudir a la confesión individual. Y se cuidará de verificar que se den a los fieles las máximas facilidades para poder confesarse. Consi-derada a la luz de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia la íntima unión entre el sacramento de la re-conciliación y la participación en la eucaristía, es cada vez más necesario formar la conciencia de los fieles para que participen digna y fructuosamente en el banquete eucarístico en estado de gracia » [18] .&lt;br /&gt;El ejemplo del Santo Cura de Ars&lt;br /&gt;19. El ejemplo del Santo Cura de Ars es muy actual. La situación histórica de aquel momento no era fácil, a causa de las guerras, de la persecución, de las ideas materialistas y secularizadoras. Cuando llegó a la parroquia era muy escasa la frecuencia del sacra-mento de la penitencia. En los últimos años de su vi-da, la frecuencia llegó a ser masiva, incluso de fieles provenientes de otras diócesis. Para el Santo Cura, el ministerio de la reconciliación fue «un largo marti-rio» que « produjo frutos muy abundantes y vigoro-sos». Ante la condición de pecado, decía «no se sabe qué hacer, no se puede hacer nada sino llorar y re-zar». Pero él «vivía sólo para los pobres pecadores con la esperanza de verlos convertirse y llorar » [19] . La confesión frecuente, aun sin pecado grave, es un medio recomendado constantemente por la Iglesia con el fin de progresar en la vida cristiana [20] .&lt;br /&gt;20. Juan Pablo II en la Carta del Jueves Santo de 1986 a los sacerdotes, para conmemorar el segundo centenario del nacimiento del Santo Cura, reconocía que « es sin duda alguna su incansable entrega al sacramento de la penitencia lo que ha puesto de ma-nifiesto el carisma principal del Cura de Ars y le ha dado justamente su fama. Es bueno que ese ejemplo nos impulse hoy a restituir al ministerio de la recon-ciliación toda la importancia que le corresponde ». El hecho mismo de que un gran número de personas « por diversas razones parecen abstenerse totalmente de la confesión, hace urgente una pastoral del sa-cramento de la reconciliación, que ayude a los cris-tianos a redescubrir las exigencias de una verdadera relación con Dios, el sentido del pecado que nos cie-rra a Dios y a los hermanos, la necesidad de conver-tirse y de recibir, en la Iglesia, el perdón como un don gratuito del Señor, y también las condiciones que ayuden a celebrar mejor el sacramento, superan-do así los prejuicios, los falsos temores y las rutinas. Una situación de este tipo requiere al mismo tiempo que estemos muy disponibles para este ministerio del perdón, dispuestos a dedicarle el tiempo y la atención necesarios, y, diría también, a darle la prio-ridad sobre otras actividades. De esta manera, los mismos fieles serán la recompensa al esfuerzo que, como el Cura de Ars, les dedicamos » [21] .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ministerio de misericordia&lt;br /&gt;21. El ministerio de la reconciliación, ejercido con gran disponibilidad, contribuirá a profundizar el sig-nificado del amor de Dios, recuperando precisamen-te el sentido del pecado y de las imperfecciones co-mo obstáculos al verdadero amor. Cuando se pierde el sentido del pecado, se rompe el equilibrio interior en el corazón y se da origen a contradicciones y con-flictos en la sociedad humana. Sólo la paz de un co-razón unificado puede borrar guerras y tensiones. « Los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio funda-mental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre » [22] .&lt;br /&gt;22. Este servicio de reconciliación, ejercido con au-tenticidad, invitará a vivir en sintonía con los senti-mientos del Corazón de Cristo. Es una “prioridad” pastoral, en cuanto es vivir la caridad del Buen Pas-tor, vivir « su amor al Padre en el Espíritu Santo, su amor a los hombres hasta inmolarse entregando su vida » [23] . Para retornar a Dios Amor, es necesario invitar a reconocer el propio pecado, sabiendo que « Dios está por encima de nuestra conciencia » (1Jn 3,20). De aquí se deriva la alegría pascual de la con-versión, que ha suscitado santos y misioneros en to-das las épocas.&lt;br /&gt;23. Esta actualidad del sacramento de la reconcilia-ción se presenta también en la realidad de la Iglesia peregrina, que siendo « santa y necesitada de purifi-cación, avanza continuamente por la senda de la pe-nitencia y de la renovación » [24] . Por esto la Igle-sia mira a María, que « precede con su luz al pere-grinante pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo, hasta que llegue el día del Se-ñor » [25] .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. Líneas fundamentales&lt;br /&gt;Naturaleza del sacramento de la penitencia&lt;br /&gt;24. El sacramento del perdón es un signo eficaz de la presencia, de la palabra y de la acción salvífica de Cristo redentor. En él, el mismo Señor prolonga sus palabras de perdón en las palabras de su ministro mientras, al mismo tiempo, transforma y eleva la ac-titud del penitente que se reconoce pecador y pide perdón con el propósito de expiación y corrección. En él se actualiza la sorpresa del hijo pródigo en el encuentro con el Padre que perdona y hace fiesta por el regreso del hijo amado (cfr. Lc 15,22).&lt;br /&gt;Celebración pascual, camino de conversión&lt;br /&gt;25. La celebración del sacramento es esencialmente litúrgica, festiva y gozosa, en cuanto se dirige, bajo la guía del Espíritu Santo, al re-encuentro con el Pa-dre y con el Buen Pastor. Jesús quiso describir este perdón con los colores de la fiesta y de la alegría (Lc 15,5-7.9-10.22-32). Se hace, así, más comprensible y más deseable la celebración frecuente y periódica del sacramento de la reconciliación. A Cristo se le encuentra voluntariamente en este sacramento cuan-do se ha aprendido a encontrarlo habitualmente en la eucaristía, en la palabra viva, en la comunidad, en cada hermano y también en la pobreza del propio co-razón [26] .&lt;br /&gt;26. En este sacramento se celebra la llamada a la conversión como retorno al Padre (cfr. Lc 15,18). Se llama sacramento de la “penitencia” pues «consagra un camino personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y de satisfacción» [27] . Se llama también sacramento de la “confesión” « ya que la acusación, la confesión de los pecados al sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento. En un sentido profundo es también una “confesión”, reco-nocimiento y alabanza de la santidad de Dios y de su misericordia con el hombre pecador » [28] . Y se llama sacramento del “perdón”, « porque, a través de la absolución sacramental del sacerdote, Dios otorga al penitente “el perdón y la paz” », y de la “reconci-liación”, porque « comunica al pecador el amor de Dios que reconcilia » [29] .&lt;br /&gt;27. La celebración sacramental de la “conversión” está vinculada a un esfuerzo para responder al amor de Dios. Por esto, la llamada a la conversión es «un componente esencial del anuncio del Reino» [30] . Así el cristiano se inserta en el « movimiento del “corazón contrito” (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cfr. Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cfr. 1Jn 4,10) » [31] .&lt;br /&gt;En el camino de santidad&lt;br /&gt;28. Se trata de un itinerario hacia la santidad reque-rida y hecha posible por el bautismo, la confirma-ción, la eucaristía y la Palabra de Dios. Así se actúa la realidad ministerial de gracia que San Pablo des-cribía con estas palabras: « En nombre de Cristo somos, pues, embajadores, como si Dios exhortara por medio de nosotros. Os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! » (2Cor 5,20). La invitación del Apóstol tenía como motivación especial el hecho de que Dios trató a Cristo como « pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él » (2Cor 5,21). De esta forma, « libres del pecado, fructificáis para la santidad » (Rm 6,22).&lt;br /&gt;29. Es posible entrar en esta dinámica de experiencia del perdón misericordioso de Dios desde la infancia y antes de la primera comunión, también por parte de almas inocentes movidas por una actitud de con-fianza y alegría filial [32] . Es necesario preparar di-chas almas a esta finalidad con una adecuada cate-quesis sobre el sacramento de la penitencia antes de recibir la primera comunión.&lt;br /&gt;30. Cuando se entra en esta dinámica evangélica del perdón, es fácil comprender la importancia de confe-sar los pecados leves y las imperfecciones, como de-cisión de “progresar en la vida del Espíritu” y con el deseo de transformar la propia vida en expresión de la misericordia divina hacia los demás [33] . De esta forma, se entra en sintonía con los sentimientos de Cristo « que, el Único, expió nuestros pecados” (cfr. Rm 3,25; 1Jn 2,1-2) » [34] .&lt;br /&gt;31. Cuando el sacerdote es consciente de esta reali-dad de gracia, no puede no alentar a los fieles a acercarse al sacramento de la penitencia. Entonces « el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador » [35] . « El buen Pastor busca la oveja descarriada. Y encontrada, la pone sobre los mismos hombros que llevaron el madero de la cruz, y la lleva de nuevo a la vida de la eternidad » [36] .&lt;br /&gt;Un misterio de gracia&lt;br /&gt;32. El respeto del “secreto sacramental” indica que la celebración penitencial es una realidad de gracia, cuyo itinerario está ya “marcado” en el Corazón de Jesús, en una profunda amistad con él. De esta for-ma, el misterio y la dignidad del hombre se esclare-cen, una vez más, a la luz del misterio de Cristo [37] . &lt;br /&gt;Los efectos de la gracia del sacramento de la peni-tencia consisten en la reconciliación con Dios (recu-perando la paz y la amistad con Él), en la reconcilia-ción con la Iglesia (reintegrándose en la comunión de los santos), en la reconciliación consigo mismo (unificando el propio corazón). Como consecuencia, el penitente « se reconcilia con los hermanos, agre-didos y lesionados por él de algún modo; se reconci-lia con la Iglesia, se reconcilia con toda la creación » [38] .&lt;br /&gt;33. La dignidad del penitente emerge en la celebra-ción sacramental, en la que él manifiesta la propia autenticidad (conversión) y el propio sentimiento. En efecto, « él se inserta, con sus actos, en la cele-bración del sacramento, que se cumple también con las palabras de la absolución, pronunciadas por el ministro en el nombre de Cristo » [39] . Por esto se puede afirmar que « el fiel, mientras realiza en su vida la experiencia de la misericordia de Dios y la proclama, celebra con el sacerdote la liturgia de la Iglesia, que continuamente se convierte y se renue-va » [40] .&lt;br /&gt;34. La celebración del sacramento actualiza una his-toria de gracia que proviene del Señor. « A lo largo de la historia y en la praxis constante de la Iglesia, el “ministerio de la reconciliación” (2Cor 5,18), con-cedido mediante los sacramentos del bautismo y de la penitencia, se ha visto siempre como una tarea pastoral muy relevante, realizada por obediencia al mandato de Jesús como parte esencial del ministerio sacerdotal » [41] .&lt;br /&gt;35. Es un camino “sacramental”, en cuanto signo eficaz de gracia, que forma parte de la sacramentali-dad de la Iglesia. Es también el camino trazado por el “Padre nuestro”, en el que pedimos perdón mien-tras ofrecemos nuestro perdón. De esta experiencia de reconciliación nace en el corazón del creyente un anhelo de paz para toda la humanidad: « El anhelo del cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como “¡Padre nuestro!” » [42] .&lt;br /&gt;3. Algunas orientaciones prácticas&lt;br /&gt;El ministerio de suscitar las disposiciones del peni-tente&lt;br /&gt;36. La actitud de reconciliación y penitencia o “con-versión”, desde los inicios de la Iglesia, se expresa de formas diversas y en momentos diversos: cele-bración eucarística, tiempos litúrgicos particulares (como la Cuaresma), el examen de conciencia, la oración filial, la limosna, el sacrificio, etc. Pero el momento privilegiado es la celebración del sacra-mento de la penitencia o reconciliación donde se da, por parte del penitente, la contrición, la confesión y la satisfacción y, por parte del ministro, la absolu-ción con la invitación a abrirse más al amor.&lt;br /&gt;37. La confesión clara, sencilla e íntegra de los pro-pios pecados recupera la comunión con Dios y con los hermanos, sobre todo en la comunidad eclesial. La “conversión” como regreso a los proyectos del Padre, implica el arrepentimiento sincero y, por tan-to, la acusación y la disposición a expiar o reparar la propia conducta. Así se vuelve a orientar la propia existencia hacia el camino del amor a Dios y al pró-jimo.&lt;br /&gt;38. El penitente, ante Cristo resucitado presente en el sacramento (y también en el ministro), confiesa el propio pecado, expresa el propio arrepentimiento y se compromete a expiar y a corregirse. La gracia del sacramento de la reconciliación es gracia de perdón que llega hasta la raíz del pecado cometido después del bautismo y sana las imperfecciones y las desvia-ciones, dando al creyente la fuerza de “convertirse” o de abrirse más a la perfección del amor.&lt;br /&gt;39. Los gestos exteriores con los que se puede ex-presar esta actitud interior penitencial son múltiples: oración, limosna, sacrificio, santificación de los tiempos litúrgicos, etc. Pero « la conversión y la pe-nitencia diarias encuentran su fuente y su alimento en la Eucaristía » [43] . En la celebración del sacra-mento de la penitencia se experimenta el camino del regreso descrito por Jesús con la parábola del hijo pródigo: « Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelar-nos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza » [44] .&lt;br /&gt;40. Esta gracia de Dios, que ha tenido la iniciativa de amarnos, hace que el penitente pueda cumplir es-tos gestos. El examen de conciencia se realiza a la luz del amor de Dios y de su Palabra. Reconociendo el propio pecado, el pecador asume su responsabili-dad y, movido por la gracia, manifiesta el propio do-lor y el propio aborrecimiento del pecado, sobre todo ante Dios que nos ama y juzga con misericordia nuestras acciones. El reconocimiento y la acusación integral de los pecados al sacerdote, con sencillez y claridad, forma parte, pues, de la acción del Espíritu de amor, que va más allá del dolor de contrición (por amor) o de atrición (por temor a la justicia divina).&lt;br /&gt;Celebración litúrgica&lt;br /&gt;41. La celebración del sacramento de la reconcilia-ción es un acto litúrgico que, según el Rito de la pe-nitencia, se desarrolla partiendo de un saludo y de una bendición, a los que sigue la lectura o recitación de la Palabra de Dios, la invitación al arrepentimien-to, la confesión, consejos y exhortaciones, la impo-sición y aceptación de la penitencia, la absolución de los pecados, la acción de gracias y la bendición de despedida [45] . El lugar visible y decoroso del con-fesionario, « provisto de una rejilla fija entre el peni-tente y el confesor, que puedan utilizar libremente los fieles que así lo deseen » [46] constituye una ayuda para ambos.&lt;br /&gt;42. La forma ordinaria de celebrar la confesión, es decir, la confesión individual, también cuando está precedida por una preparación comunitaria, es una excelente oportunidad para invitar a la santidad y, por consiguiente, a una eventual dirección espiritual (con el mismo confesor o con otra persona). « Gra-cias también a su índole individual, la primera forma de celebración permite asociar el sacramento de la penitencia a algo distinto, pero conciliable con ello: me refiero a la dirección espiritual. Es pues cierto que la decisión y el empeño personal están clara-mente significados y promovidos en esta primera forma » [47] . « Cuando sea posible, es conveniente también que, en momentos particulares del año, o cuando se presente la oportunidad, la confesión in-dividual de varios penitentes tenga lugar dentro de celebraciones penitenciales, como prevé el ritual, respetando las diversas tradiciones litúrgicas y dan-do una mayor amplitud a la celebración de la Palabra con lecturas apropiadas » [48] .&lt;br /&gt;43. Aunque « en casos de necesidad grave se puede recurrir a la celebración comunitaria de la reconci-liación con confesión general y absolución general», según las normas del Derecho, “los fieles, para que sea válida la absolución, deben hacer el propósito de confesar individualmente los propios pecados gra-ves, en el tiempo debido” » [49] . Juzgar si se pre-sentan las condiciones requeridas conforme a la norma del Derecho, « corresponde al Obispo dioce-sano, el cual, teniendo en cuenta los criterios acor-dados con los demás miembros de la Conferencia Episcopal, puede determinar los casos en los que se verifica esa necesidad » [50] .&lt;br /&gt;Por esto, « la confesión individual e íntegra y la ab-solución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Igle-sia, a no ser que una imposibilidad física o moral ex-cuse de este modo de confesión […]. La confesión personal es la forma más significativa de la reconci-liación con Dios y con la Iglesia » [51] .&lt;br /&gt;Las normas prácticas establecidas por la Iglesia como expresión de la caridad pastoral&lt;br /&gt;44. En los cánones del Código de Derecho Canónico se encuentra orientaciones prácticas sobre la confe-sión individual y la celebración comunitaria [52] , y sobre el lugar y modo de disponer el confesionario [53] . Respecto a los ministros, se refieren normas garantizadas por la tradición eclesial y por la expe-riencia, como la facultad de confesar ordinariamente y la facultad de absolver en algunos casos especiales [54] . Es necesario atenerse, en todo, a los criterios de la Iglesia sobre la doctrina moral [55] . Es necesa-rio comportarse siempre como servidores justos y misericordiosos, y así proveer al « honor divino y a la salvación de las almas » [56] .&lt;br /&gt;45. Estas normas ayudan también a actuar con la prudencia debida « atendiendo a la condición y edad del penitente » [57] , tanto para pedir como para ofrecer orientaciones prácticas e indicar una « satis-facción oportuna » [58] . Exactamente en dicho con-texto del misterio de la gracia divina y del corazón humano se encuadra mejor el “secreto” sacramental [59] .&lt;br /&gt;Otras normas ofrecen algunos elementos para ayudar a los penitentes a confesar con claridad, por ejemplo con referencia al número y especie de los pecados graves [60] , indicando los tiempos más oportunos, los medios concretos (cuáles pueden ser, en qué oca-sión, los intérpretes) y sobre todo la libertad de con-fesarse con los ministros aprobados y que ellos pue-den elegir [61] .&lt;br /&gt;46. En el Rito de la Penitencia se encuentran orien-taciones doctrinales y normas prácticas semejantes: preparación del sacerdote, acogida, celebración con todos sus detalles. Estas orientaciones ayudarán al penitente a plasmar la propia vida a la gracia recibi-da. Por esto la celebración comunitaria, con absolu-ción individual, constituye una gran ayuda a la con-fesión individual, que permanece siempre la forma ordinaria de la celebración del sacramento de la pe-nitencia. &lt;br /&gt;47. También la Carta Apostólica Motu Proprio Mi-sericordia Dei, sobre algunos aspectos de la celebra-ción del sacramento de la penitencia, del Papa Juan Pablo II, ofrece muchas normas prácticas sobre los posibles modos de realizar la celebración sacramen-tal y sobre cada uno de sus gestos.&lt;br /&gt;Orientar en el camino de santidad en sintonía con la acción del Espíritu Santo&lt;br /&gt;48. En todas estas posibilidades de celebración, lo más importante es ayudar al penitente en su proceso de configuración con Cristo. A veces un consejo sencillo y sabio ilumina para toda la vida o impulsa a tomar en serio el proceso de contemplación y per-fección, bajo la guía de un buen director espiritual. El director espiritual es un instrumento en las manos de Dios, para ayudar a descubrir lo que Dios quiere de cada uno en el momento presente: su ciencia no es meramente humana. La homilía de una celebra-ción comunitaria o el consejo privado en una confe-sión individual pueden ser determinantes para toda la vida.&lt;br /&gt;49. En todo momento es necesario tener en cuenta el proceso seguido por el penitente. A veces se le ayu-dará a adoptar una actitud de conversión radical que conduzca a recuperar o reavivar la elección funda-mental de la fe; otras veces se tratará de una ayuda en el proceso normal de santificación que es siem-pre, armónicamente, de purificación, iluminación y unión.&lt;br /&gt;50. La confesión frecuente, cuando hay sólo pecados leves o imperfecciones, es como una consecuencia de la fidelidad al bautismo y a la confirmación, y expresa un auténtico deseo de perfección y de regre-so al designio del Padre, para que Cristo viva verda-deramente en nosotros para una vida de mayor fide-lidad al Espíritu Santo. Por esto «teniendo en cuenta la llamada de todos los fieles a la santidad, se les re-comienda confesar también los pecados veniales» [62] .&lt;br /&gt;Disponibilidad ministerial y acogida paterna&lt;br /&gt;51. En primer lugar son esenciales la oración y la penitencia por las almas. Así será posible una autén-tica disponibilidad y acogida paterna.&lt;br /&gt;52. Quienes tienen la cura de almas deben « proveer que se oiga en confesión a los fieles que les están confiados y que lo pidan razonablemente; y a que se les dé la oportunidad de acercarse a la confesión in-dividual, en días y horas determinadas que les resul-ten asequibles » [63] . Hoy se hace así en muchos lugares, con resultados muy positivos, no sólo en al-gunos santuarios, sino también en muchas parro-quias e Iglesias.&lt;br /&gt;53. Esta disponibilidad ministerial tiende a prolon-garse suscitando deseos de perfección cristiana. La ayuda por parte del ministro, antes o durante la con-fesión, tiende al verdadero conocimiento de sí, a la luz de la fe, en vista de adoptar una actitud de con-trición y propósitos de conversión permanente e ín-tima, y de reparación o corrección y cambio de vida, para superar la insuficiente respuesta al amor de Dios.&lt;br /&gt;54. El texto final de la celebración del sacramento, después de la absolución propiamente dicha y la despedida, contiene una gran riqueza espiritual y pastoral, y convendría recitarlo, ya que orienta el co-razón hacia la pasión de Cristo, los méritos de la Bienaventurada Virgen María y de los Santos, y hacia la cooperación por medio de las buenas obras subsiguientes.&lt;br /&gt;55. Así, pues, el ministro, por el hecho de actuar en nombre de Cristo Buen pastor, tiene la urgencia de conocer y discernir las enfermedades espirituales y de estar cerca del penitente, de ser fiel a la enseñan-za del Magisterio sobre la moral y la perfección cris-tiana, de vivir una auténtica vida de oración, de adoptar una actitud prudente en la escucha y en las preguntas, de estar disponible a quien pide el sacra-mento, de seguir las mociones del Espíritu Santo. Es siempre una función paterna y fraterna a imitación del Buen Pastor, y es una prioridad pastoral. Cristo, presente en la celebración sacramental, espera tam-bién en el corazón de cada penitente y pide al minis-tro oración, estudio, invocación del Espíritu, acogida paterna. &lt;br /&gt;56. Esta perspectiva de caridad pastoral evidencia que « la falta de disponibilidad para acoger a las ovejas descarriadas, e incluso para ir en su búsqueda y poder devolverlas al redil, sería un signo doloroso de falta de sentido pastoral en quien, por la Ordena-ción sacerdotal, tiene que llevar en sí la imagen del Buen Pastor. […] En particular, se recomienda la presencia visible de los confesores […] y la especial disponibilidad para atender a las necesidades de los fieles, durante la celebración de la Santa Misa» [64] . Si se trata de una «concelebración, se exhorta vi-vamente que algunos sacerdotes se abstengan de concelebrar para estar disponibles a los fieles que quieren acceder al sacramento de la penitencia » [65] .&lt;br /&gt;57. La descripción que el Santo Cura de Ars hace del ministerio, acentúa la nota de acogida y disponibili-dad. Este es el comentario de Benedicto XVI: « To-dos los sacerdotes hemos de considerar como dirigi-das personalmente a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca de Cristo: “Encargaré a mis minis-tros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infini-ta”. Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cu-ra de Ars no sólo confianza infinita en el sacramento de la Penitencia que nos impulse a ponerlo en el cen-tro de nuestras preocupaciones pastorales, sino tam-bién el método del “diálogo de salvación” que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente » [66] . En di-cho contexto se comprende la explicación que dio a un hermano sacerdote: « Le diré cuál es mi receta: pongo a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo cumplo yo » [67] .&lt;br /&gt;Una formación renovada y actualizada de los sacer-dotes para guiar a los fieles en las diversas situa-ciones&lt;br /&gt;58. Se puede aprender del Santo Cura de Ars el mo-do de diferenciar los penitentes para poderlos orien-tar mejor, en base a su disponibilidad. Aunque ofre-cía los más fervientes modelos de santidad, a todos exhortaba a sumergirse en el « torrente de la divina misericordia » ofreciendo motivo de esperanza para la corrección: « El buen Dios lo sabe todo. Antes de que os confeséis, ya sabe que pecaréis todavía y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que lo impulsa a olvidar voluntaria-mente el futuro, con tal de perdonarnos! » [68] .&lt;br /&gt;Este esfuerzo de caridad pastoral « era para él, sin duda, la mayor de las prácticas ascéticas, un “marti-rio” ». Por esto « el Señor le concedía reconciliar a grandes pecadores arrepentidos, y también guiar a la perfección a las almas que lo deseaban » [69] .&lt;br /&gt;59. El confesor es pastor, padre, maestro, educador, juez espiritual y también médico que discierne y ofrece la cura. « El sacerdote hace las veces de juez y de médico, y ha sido constituido por Dios ministro de justicia y a la vez de misericordia divina, para que provea al honor de Dios y a la salud de las almas » [70] .&lt;br /&gt;60. María es Madre de misericordia porque es Madre de Cristo Sacerdote, revelador de la misericordia. Es la que « como nadie, ha experimentado la misericor-dia [...], es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina » y, por esto, puede « llegar a todos los que aceptan más fácilmente el amor mise-ricordioso de una madre » [71] . La espiritualidad mariana del sacerdote hará entrever, en su modo de actuar, el Corazón materno de María como reflejo de la misericordia divina. &lt;br /&gt;Nuevas situaciones, nuevas gracias, nuevo fervor de los ministros&lt;br /&gt;61. Es necesario reconocer las dificultades actuales para ejercer el ministerio de la penitencia, debidas a cierta pérdida del sentido del pecado, a cierta indife-rencia hacia este sacramento, a no ver la utilidad de confesarse si no hay pecado grave, y también al can-sancio del ministro atareado en tantas actividades. Pero la confesión es siempre un renacimiento espiri-tual que transforma al penitente en nueva criatura y lo une cada vez más a la amistad con Cristo. Por esto es fuente de alegría para quien es servidor del Buen Pastor.&lt;br /&gt;62. Cuando el sacerdote ejerce este ministerio vive de nuevo, de forma particular, su condición de ser instrumento de un maravilloso acontecimiento de gracia. A la luz de la fe, puede experimentar el cum-plirse del amor misericordioso de Dios. Los gestos y las palabras del ministro son un medio para que se realice un verdadero milagro de la gracia. Aunque existen otros instrumentos eclesiales para comunicar la misericordia de Dios, por no hablar de la eucaris-tía, máxima prueba de amor, « en el sacramento de la penitencia el hombre es alcanzado de forma visi-ble por la misericordia de Dios » [72] . Es un medio privilegiado para alentar no sólo a recibir el perdón, sino también para seguir con generosidad el camino de la identificación con Cristo. El camino del disci-pulado evangélico, por parte de los fieles y del mis-mo ministro, tiene necesidad de esta ayuda para mantenerse a un nivel de generosidad.&lt;br /&gt;63. Esta perspectiva de aliento exige al ministro una mayor atención a su formación: «Por tanto, es nece-sario que, además de una buena sensibilidad espiri-tual y pastoral, tenga una seria preparación teológi-ca, moral y pedagógica, que lo capacite para com-prender la situación real de la persona. Además, le conviene conocer los ambientes sociales, culturales y profesionales de quienes acuden al confesionario, para poder darles consejos adecuados y orientacio-nes espirituales y prácticas… Además de la sabidu-ría humana y la preparación teológica, es preciso añadir una profunda vena de espiritualidad, alimen-tada por el contacto orante con Cristo, Maestro y Redentor» [73] . Para este fin es de gran utilidad la formación permanente, por ejemplo las jornadas de formación del clero, con cursos específicos, como los ofrecidos por la Penitenciaría Apostólica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II.&lt;br /&gt;EL MINISTERIO DE LA DIRECCIÓN ESPI-RITUAL&lt;br /&gt;1. Importancia actual, momento de gracia&lt;br /&gt;Itinerario histórico y actual&lt;br /&gt;64. Desde los primeros siglos de la Iglesia hasta nuestros días, se ha practicado el consejo espiritual, llamado también dirección, guía y acompañamiento espiritual. Se trata de una praxis milenaria que ha dado frutos de santidad y de disponibilidad evange-lizadora.&lt;br /&gt;El Magisterio, los Santos Padres, los autores de es-critos espirituales y las normas de vida eclesial hablan de la necesidad de este consejo o dirección, sobre todo en el itinerario formativo y en algunas circunstancias de la vida cristiana. Hay momentos en la vida que necesitan de un discernimiento especial y de acompañamiento fraterno. Es la lógica de la vida cristiana. « Es necesario redescubrir la gran tradición del acompañamiento espiritual individual, que ha dado siempre tantos y tan preciosos frutos en la vida de la Iglesia » [74] .&lt;br /&gt;65. Nuestro Señor estaba siempre cerca de sus discí-pulos. La dirección o acompañamiento y consejo es-piritual ha existido durante los siglos, al inicio, sobre todo por parte de monasterios (monjes de Oriente y de Occidente) y en lo sucesivo también por parte de las diversas escuelas de espiritualidad, a partir del Medioevo. Desde los siglos XVI-XVII se ha hecho más frecuente su aplicación a la vida cristiana, como se puede comprobar en los escritos de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San Ignacio de Loyo-la, San Juan de Ávila, San Francisco de Sales, San Alfonso María de Ligorio, Pedro de Bérulle, etc. Aunque haya prevalecido la dirección espiritual im-partida por monjes y por sacerdotes ministros, siem-pre ha habido fieles (religiosos y laicos) – por ejem-plo Santa Catalina – que han prestado dicho servicio. La legislación eclesiástica ha recogido toda esta ex-periencia y la ha aplicado sobre todo en la formación inicial a la vida sacerdotal y consagrada. Hay tam-bién fieles laicos bien formados – hombres y muje-res – que realizan este servicio de consejo en el ca-mino de la santidad. &lt;br /&gt;Formación sacerdotal para este acompañamiento&lt;br /&gt;66. La dirección espiritual es una ayuda en el cami-no de la santificación para todos los fieles de cual-quier estado de vida. Actualmente, mientras se ob-serva una búsqueda de orientación espiritual por par-te de los fieles, al mismo tiempo se advierte la nece-sidad de una mayor preparación por parte de los mi-nistros, con el fin de poder prestar con diligencia es-te servicio de consejo, discernimiento y acompaña-miento. Donde existe dicha práctica, existe renova-ción personal y comunitaria, vocaciones, espíritu apostólico, alegría de la esperanza.&lt;br /&gt;67. En el período de preparación al sacerdocio, se presenta siempre muy necesario y urgente el estudio de la teología espiritual y la experiencia de esta misma vida. En realidad, el consejo y el acompaña-miento espiritual es parte integrante del ministerio de la predicación y de la reconciliación. El sacerdo-te, en efecto, está llamado a guiar en el camino de la identificación con Cristo, que incluye el camino de la contemplación. La ayuda de dirección espiritual, como discernimiento del Espíritu, es parte del minis-terio: « Examinando si los espíritus son de Dios, [los presbíteros] descubran con sentido de fe, reconozcan con gozo y fomenten con diligencia los multiformes carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos » [75] .&lt;br /&gt;68. La formación inicial al sacerdocio, desde los primeros momentos de vida en el Seminario, com-prende precisamente esta ayuda: « Los alumnos se han de preparar por una formación religiosa pecu-liar, sobre todo por una dirección espiritual conve-niente, para seguir a Cristo Redentor con generosi-dad de alma y pureza de corazón » [76] .&lt;br /&gt;69. No se trata sólo de una consultación sobre temas doctrinales, sino más bien de la vida de relación, in-timidad y configuración con Cristo, que es siempre de participación en la vida trinitaria: « La formación espiritual ha de estar estrechamente unida a la doc-trinal y pastoral y, con la colaboración sobre todo del director espiritual, debe darse de tal forma que los alumnos aprendan a vivir en trato familiar y asi-duo con el Padre por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo » [77] .&lt;br /&gt;Dirección espiritual y ministerio sacerdotal&lt;br /&gt;70. Los “munera” sacerdotales se describen teniendo en cuenta su relación con la vida espiritual de los fieles: « Vosotros sois los ministros de la Eucaristía, los dispensadores de la misericordia divina en el sa-cramento de la penitencia, los consoladores de las almas, los guías de todos los fieles en las tempestuo-sas dificultades de la vida » [78] .&lt;br /&gt;En el acompañamiento o dirección espiritual, se ha dado siempre gran importancia al discernimiento del Espíritu, teniendo presente el fin de la santificación, de la misión apostólica y de la vida de comunión eclesial. La lógica del espíritu Santo impulsa a vivir en la verdad y en el bien según el ejemplo de Cristo. Es necesario pedir su luz y su fuerza para discernir y ser fieles a sus directrices.&lt;br /&gt;71. Se puede afirmar que esta atención a la vida es-piritual de los fieles, guiándolos en el camino de la contemplación y de la santidad, también como ayuda en el discernimiento vocacional, es una prioridad pastoral: « En esta perspectiva, la atención a las vo-caciones al sacerdocio se debe concretar también en una propuesta decidida y convincente de dirección espiritual […]. Por su parte, los sacerdotes sean los primeros en dedicar tiempo y energías a esta labor de educación y de ayuda espiritual personal. No se arrepentirán jamás de haber descuidado o relegado a segundo plano otras muchas actividades también buenas y útiles, si esto lo exigía la fidelidad a su mi-nisterio de colaboradores del Espíritu en la orienta-ción y guía de los llamados » [79] .&lt;br /&gt;72. La atención a los jóvenes, en particular con el fin de discernir la propia vocación específica en la vo-cación cristiana general, comprende esta atención de consejo y acompañamiento espiritual: « Como decía el Cardenal Montini, futuro Pablo VI, “la dirección espiritual tiene una función hermosísima y, podría decirse indispensable, para la educación moral y es-piritual de la juventud, que quiera interpretar y se-guir con absoluta lealtad la vocación, sea cual fuese, de la propia vida; conserva siempre una importancia beneficiosa en todas las edades de la vida, cuando, junto a la luz y a la caridad de un consejo piadoso y prudente, se busca la revisión de la propia rectitud y el aliento para el cumplimiento generoso de los pro-pios deberes. Es medio pedagógico muy delicado, pero de grandísimo valor; es arte pedagógico y psi-cológico de grave responsabilidad en quien la ejerce; es ejercicio espiritual de humildad y de confianza en quien la recibe” » [80] .&lt;br /&gt;73. La dirección espiritual está habitualmente en re-lación con el sacramento de la reconciliación, al me-nos en el sentido de una consecuencia posible, cuan-do los fieles piden ser guiados en el camino de la santidad, incluido el itinerario específico de su per-sonal vocación: « De manera paralela al Sacramento de la Reconciliación, el presbítero no dejará de ejer-cer el ministerio de la dirección espiritual. El descu-brimiento y la difusión de esta práctica, también en momentos distintos de la administración de la Peni-tencia, es un beneficio grande para la Iglesia en el tiempo presente. La actitud generosa y activa de los presbíteros al practicarla constituye también una ocasión importante para individualizar y sostener la vocación al sacerdocio y a las distintas formas de vi-da consagrada » [81] .&lt;br /&gt;La dirección espiritual que reciben los ministros or-denados&lt;br /&gt;74. Los mismos ministros tienen necesidad de la práctica de la dirección espiritual, que está siempre vinculada a la intimidad con Cristo: « Al fin de cumplir con fidelidad su ministerio, gusten de cora-zón del cotidiano coloquio con Cristo Señor en la vi-sita y culto personal de la Santísima Eucaristía, practiquen de buen grado el retiro espiritual y esti-men altamente la dirección espiritual » [82] .&lt;br /&gt;75. La realidad ministerial exige que el ministro re-ciba personalmente la dirección espiritual buscándo-la y siguiéndola con fidelidad, para guiar mejor a los otros: «Para contribuir al mejoramiento de su propia vida espiritual, es necesario que los presbíteros prac-tiquen ellos mismos la dirección espiritual. Al poner la formación de sus almas en las manos de un her-mano sabio, madurarán — desde los primeros pasos de su ministerio — la conciencia de la importancia de no caminar solos por el camino de la vida espiri-tual y del empeño pastoral. Para el uso de este eficaz medio de formación tan experimentado en la Iglesia, los presbíteros tendrán plena libertad en la elección de la persona a la que confiarán la dirección de la propia vida espiritual » [83] .&lt;br /&gt;76. Para las cuestiones personales y comunitarias es necesario hacer uso del consejo de los hermanos, so-bre todo de aquellos que deben ejercerlo para la mi-sión que se les ha confiado, según la gracia de esta-do, recordando que el primer “consejero” o “direc-tor” es siempre el Espíritu Santo, al que es necesario acudir con una oración constante, humilde y confia-da.&lt;br /&gt;2. Líneas fundamentales&lt;br /&gt;Naturaleza y fundamento teológico&lt;br /&gt;77. La vida cristiana es “camino”, es “vivir del Espí-ritu” (cfr. Gal 5,25), como sintonía, relación, imita-ción y configuración con Cristo, para participar de su filiación divina. Por esto « todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios » (Rm 8,14). El consejo o dirección espiritual ayuda a distinguir « el espíritu de la verdad y el espíritu del error » (1Jn 4,6) y a « revestirse del hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y en la santidad de la verdad » (Ef 4,24). La dirección espiritual es sobre todo una ayuda para el discernimiento en el camino de santidad o perfección.&lt;br /&gt;El fundamento de esta práctica del “acompañamien-to” o “dirección” espiritual está en la realidad de ser Iglesia comunión, Cuerpo Místico de Cristo, familia de hermanos que se ayudan según los carismas reci-bidos. La Iglesia es un conjunto de “mediaciones” que corresponden a los diversos ministerios, voca-ciones y carismas. Todos tienen necesidad de los demás, también y especialmente en el campo del consejo espiritual. Se trata de buscar y aceptar un consejo que viene del Espíritu Santo por medio de los hermanos. &lt;br /&gt;En el bautismo y en la confirmación, todos hemos recibido los dones del Espíritu, entre los cuales es relevante el don de “consejo”. La experiencia ecle-sial demuestra que algunas personas poseen este don de consejo en un alto grado o que, al menos, están llamadas a servir a los otros aportando el carisma re-cibido. La dirección o consejo espiritual se ejerce, a veces, basándose en un encargo confiado por la au-toridad eclesial o por la comunidad eclesial en la que se vive.&lt;br /&gt;Objetivo específico&lt;br /&gt;78. El objetivo de la dirección espiritual consiste principalmente en ayudar a discernir los signos de la voluntad de Dios. Normalmente se habla de discer-nir luces y mociones del Espíritu Santo. Hay mo-mentos en los que dicha consultación es muy urgen-te. Es necesario tener en cuenta el “carisma” peculiar de la vocación personal o de la comunidad en la que vive quien pide o recibe el consejo.&lt;br /&gt;79. Cuando se trata de discernir los signos de la vo-luntad de Dios, con la ayuda del consejo fraterno, se incluye eventualmente la consultación sobre temas de moral o de práctica de las virtudes, y también el comunicar confidencialmente la situación que se quiere aclarar. Si falta el deseo verdadero de santi-dad, se pierde el objetivo principal de la dirección espiritual. Este objetivo es inherente al proceso de fe, esperanza y caridad (como configuración con los criterios, valores y actitudes de Cristo) que se ha de orientar según los signos de la voluntad de Dios en armonía con los carismas recibidos. El fiel que reci-be el consejo debe asumir la propia responsabilidad e iniciativa. &lt;br /&gt;80. La consultación moral, el exponer confiadamen-te los propios problemas, el poner en práctica los medios de santificación, se han de colocar en el con-texto de la búsqueda de la voluntad de Dios. Sin el deseo sincero de santidad, que equivale a practicar las bienaventuranzas y el mandamiento del amor, no existe tampoco el objetivo específico de la dirección espiritual en la vida cristiana.&lt;br /&gt;Dinamismo y proceso&lt;br /&gt;81. Durante el proceso de la dirección espiritual es necesario entrar en la conciencia de sí mismo a la luz del Evangelio y, por tanto, apoyarse en la con-fianza en Dios. Es precisamente un itinerario de re-lación personal con Cristo, en el que se aprende y practica con Él la humildad, la confianza y el don de sí, según el nuevo mandamiento del amor. &lt;br /&gt;Se ayuda a formar la conciencia instruyendo la men-te, iluminando la memoria, fortificando la voluntad, orientando la afectividad y alentando una entrega generosa a la santificación.&lt;br /&gt;82. El proceso de la dirección espiritual sigue algu-nas etapas que no están rígidamente ordenadas, pero que se desarrollan como círculos concéntricos: guiar al conocimiento de sí, en la confianza del Dios Amor, en la decisión del don total de sí, en la armo-nía de purificación, iluminación y unión. Es una di-námica de vida en sintonía con la vida trinitaria par-ticipada (cfr. Jn 14,23; Ef 2,18) por medio de la configuración con Cristo (criterios, valores, actitudes que manifiestan la fe, la esperanza y la caridad) y bajo la acción del Espíritu Santo, aceptado con fide-lidad y generosidad.&lt;br /&gt;Todo esto se desarrolla en una serie de campos (re-lación con Dios, trabajo, relaciones sociales, en uni-dad de vida) en los que se busca la voluntad de Dios por medio del consejo y del acompañamiento: cami-no de oración-contemplación, discernimiento y fide-lidad a la vocación, donación en el itinerario de san-tidad, vivir armónicamente la “comunión” fraterna eclesial, disponibilidad al apostolado. El acompaña-miento y el consejo llegan también a los medios concretos. En todo este proceso es necesario tener presente que el verdadero director es el Espíritu San-to, mientras el fiel conserva toda la propia responsa-bilidad e iniciativa.&lt;br /&gt;83. En el camino de la oración (personal, comunita-ria, litúrgica) será necesario enseñar a rezar, cuidan-do en particular la actitud filial del “Padre nuestro” que es de humildad, confianza y amor. Los escritos de los santos y de los autores espirituales serán de ayuda al orientar en este camino para “abrir el cora-zón y alegrarse por su presencia” (Santo Cura de Ars), en un cruce de miradas, “yo lo miro y él me mira” (el campesino de Ars, siguiendo las enseñan-zas del Santo Cura). Así se acepta la presencia do-nada de Jesús y se aprende a hacer de la propia pre-sencia un “estar con quien sabemos que nos ama” (Santa Teresa de Jesús). Es el silencio de adoración, de admiración y de donación, como “una mirada sencilla del corazón” Santa Teresa de Lesieux), y el hablar como Jesús en Getsemaní. &lt;br /&gt;En todas las vocaciones eclesiales&lt;br /&gt;84. Partiendo de la llamada de Jesús (« vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial » Mt 5,48), el sacerdote invita a todos los fieles a emprender el « camino de la plenitud de la vida propia de los hijos de Dios » [84] , para llegar al « conocimiento vivido de Cristo » [85] . Las exi-gencias de la vida cristiana (laica, religiosa, sacerdo-tal) no se comprenden sin esta vida “espiritual” o sea la “vida” en el Espíritu Santo, que conduce a « anunciar a los pobres la buena nueva » (Lc 4,18).&lt;br /&gt;85. En el camino de la propia vocación eclesial, se cuidan sobre todo las motivaciones y la recta inten-ción, la libertad de elección, la formación a la ido-neidad o las cualidades. &lt;br /&gt;Los expertos en teología espiritual describen al di-rector espiritual como el que instruye en casos y aplicaciones concretas, da los motivos para donarse con generosidad y ayuda proponiendo medios de santificación adecuados a cada persona y situación, según las diversas vocaciones. Las dificultades se afrontan en la perspectiva del auténtico seguimiento de Cristo.&lt;br /&gt;86. Puede existir una dirección habitual o un acom-pañamiento temporal “ad casum”. Además puede ser más intensa inicialmente. Es frecuente que algunos creyentes, en el camino de la vocación, se sientan invitados a pedir la dirección espiritual, gracias a la predicación, a lecturas, a retiros y encuentros de ora-ción, o a la confesión. Una lectura atenta de los do-cumentos del Magisterio puede suscitar también la exigencia de buscar un guía para vivir más coheren-temente la vida cristiana. Esta donación en la vida espiritual conduce a un mayor compromiso en la vi-da social: « La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como tarea solidaria y gozosa » [86] .&lt;br /&gt;3. Orientaciones prácticas&lt;br /&gt;Itinerario o camino concreto de vida espiritual&lt;br /&gt;87. Partiendo de estas líneas fundamentales sobre la dirección espiritual y teniendo en cuenta la realidad de hoy, en el cruce de gracia y situaciones sociológi-cas y culturales, se obtienen algunas orientaciones prácticas, siempre abiertas a nuevas gracias y a nue-vas circunstancias. &lt;br /&gt;La aplicación del consejo espiritual (dirección, acompañamiento) ha de tener en cuenta la vocación eclesial específica, el carisma particular o las gracias especiales. Dado que la persona es “una”, es necesa-rio conocer sus circunstancias concretas de vida: fa-milia, trabajo, etc. Si se trata de una vocación y de un carisma específico, es oportuno prestar atención a los diversos momentos del camino [87] .&lt;br /&gt;En todo momento es necesario prestar especial aten-ción a casos y situaciones particulares, como el cambio de estado eclesial, los deseos de mayor per-fección, la tendencia a los escrúpulos, los fenómenos extraordinarios.&lt;br /&gt;88. Es oportuno iniciar el camino de la dirección es-piritual, con una relectura de la vida. Es de gran ayuda tener algunos propósitos o un proyecto de vi-da que incluya la relación con Dios (oración litúrgi-ca y personal), la relación fraterna, la familia, el tra-bajo, las amistades, las virtudes concretas, los debe-res personales, el apostolado, los instrumentos de espiritualidad. En el proyecto pueden reflejarse las aspiraciones, las dificultades, el deseo de donarse más a Dios. Es muy útil precisar los medios que se quieren utilizar en el camino de la oración, de la san-tidad (virtud), de los deberes del propio estado, de la mortificación o de las « pequeñas dificultades coti-dianas » [88] .&lt;br /&gt;89. Hay un momento inicial en el que se tiende a hacer brotar actitudes de piedad y de perseverancia en las virtudes de oración y adhesión a la voluntad de Dios, alguna práctica de apostolado, formación del carácter (memoria, inteligencia, afectividad, vo-luntad), purificación, formación a la apertura y a una actitud de autenticidad sin dobleces. Se afrontan, pues, los casos de aridez, inconstancia, entusiasmo superficial o pasajero, etc. Es el momento justo para « extirpar... y plantar » (Jer 1,10), para conocer y orientar rectamente la pasión dominante.&lt;br /&gt;90. Un segundo momento se llama tiempo de pro-greso, en el que se tiende al recogimiento o vida in-terior, a una mayor humildad y mortificación, a la profundización de las virtudes, a mejorar la oración. &lt;br /&gt;Así se llega a un momento de mayor perfección en el que la oración es más contemplativa, se trata de extirpar las preferencias, distinguiendo un aspecto “activo” y uno “pasivo” (o sea secundar fielmente la acción de la gracia que es siempre sorprendente), aprendiendo a pasar la noche del espíritu (noche de la fe). La profundización en la humildad se trasfor-ma en gestos de caridad. &lt;br /&gt;91. Cada una de las virtudes necesita de una aten-ción específica. Las luces, las inspiraciones o mo-ciones del Espíritu Santo se reciben en este camino, que es de continuo discernimiento para una mayor fidelidad y generosidad. Los casos concretos de gra-cias especiales o de debilidades espirituales o psí-quicas se afrontan con el debido estudio, compren-dida la colaboración de otras personas más expertas, siempre con gran respeto.&lt;br /&gt;Es útil seguir un proyecto de vida que se puede sub-dividir sencillamente en un conjunto de principios, objetivos y medios. O sea, se indica dónde se quiere ir, dónde se encuentra, dónde se debe ir, qué obstá-culos se pueden encontrar y qué instrumentos se de-ben utilizar.&lt;br /&gt;92. Influye directamente en la vida espiritual el «sa-crificio eucarístico, fuente y cumbre de la vida cris-tiana» [89] para construir la unidad de vida, necesa-ria a los presbíteros [90] y a los fieles [91] . Entre los medios concretos de vida espiritual, además de las fuentes principales (eucaristía, Palabra, oración…), son relevantes por su aspecto práctico la Lectio divi-na o meditación según métodos diversos, la práctica asidua del sacramento de la reconciliación, la lectura espiritual, el examen de conciencia (particular y ge-neral), los retiros espirituales. La lectura espiritual de santos y autores de espiritualidad es guía en el camino del conocimiento de sí, de la confianza filial y de la entrega generosa.&lt;br /&gt;93. Es normal que el camino cristiano presente algu-nas crisis de crecimiento y de maduración, que pue-den verificarse en grado diverso. La “noche obscu-ra” de la fe se puede presentar en varios momentos, pero especialmente cuando la persona se acerca más a Dios, hasta experimentar una especie de “silencio” o “ausencia” de Dios que, en realidad es un hablar y una presencia más profunda de Dios mismo. El acompañamiento espiritual es más necesario que nunca en aquel momento, con la condición de que se sigan las indicaciones que nos han dejado los gran-des santos y maestros del espíritu.&lt;br /&gt;En el apostolado hay momentos de aridez, de derro-tas, de malentendidos, de calumnias y también de persecución, la cual puede venir, por error, de perso-nas buenas (la “persecución de los buenos”). El con-sejo espiritual debe ayudar a vivir el misterio fecun-do de la cruz como un don peculiar de Cristo Amigo.&lt;br /&gt;94. En la vida cristiana se presentan situaciones par-ticulares. A veces se trata de luces y mociones del Espíritu y deseos de mayor entrega o apostolado. Pe-ro hay también momentos de ilusiones engañosas que pueden provenir del amor propio o de la fanta-sía. Pueden existir también desánimos, desconfianza, mediocridad o negligencia y también tibieza, ansia excesiva de hacerse apreciar, falsa humildad, etc.&lt;br /&gt;95. Cuando se verifican casos o fenómenos extraor-dinarios es necesario referirse a los autores espiritua-les y a los místicos de la historia eclesial. Es necesa-rio tener presente que estos fenómenos, que pueden ser fruto de la naturaleza, o también en el caso que provengan de una gracia, pueden expresarse de for-ma imperfecta por motivos psicológicos, culturales, de formación, de ambiente social. Los criterios que la Iglesia ha seguido para constatar su autenticidad se basan en contenidos doctrinales (a la luz de la Sa-grada Escritura, de la Tradición y del Magisterio), la honestidad de las personas (sobre todo la sinceridad, la humildad, la caridad, además de la salud mental) y los frutos permanentes de santidad.&lt;br /&gt;96. Existen también enfermedades o debilidades psí-quicas vinculadas a la vida espiritual. A veces son de carácter más espiritual, como la tibieza (aceptación habitual del pecado venial o de las imperfecciones, sin interés en corregirlas) y la mediocridad (superfi-cialidad, fatiga para el trabajo sin un sostén en la vi-da interior). Estas debilidades pueden estar relacio-nadas también con el temperamento: ansia de per-feccionismo, falso temor de Dios, escrúpulos sin fundamento, rigorismo, laxismo, etc. &lt;br /&gt;97. Las debilidades o enfermedades de tipo neuróti-co, más vinculadas a la vida espiritual, necesitan de la atención de expertos (en espiritualidad y psicolo-gía). Habitualmente se manifiestan con una excesiva riqueza de atención o una profunda insatisfacción de sí (“hysterein”) que trata de atraer el interés y la compasión de todos, produciendo con frecuencia un clima de agitación eufórica en el que puede quedar involucrado el mismo director espiritual (creyendo proteger una víctima o una persona privilegiada). Estas manifestaciones no tienen nada que ver con la verdadera contemplación y mística cristiana, la cual, admitiendo la propia debilidad, no trata de cautivar la atención de los otros, pero se expresa en la humil-dad, en la confianza, en el olvido de sí para servir a los otros según la voluntad de Dios. &lt;br /&gt;El discernimiento del Espíritu Santo en la dirección espiritual&lt;br /&gt;98. Con la ayuda del acompañamiento o consejo es-piritual, a la luz de esta fe vivida, es más fácil dis-cernir la acción del Espíritu Santo en la vida de cada uno, que conduce siempre a la oración, a la humil-dad, al sacrificio, a la vida ordinaria de Nazaret, al servicio, a la esperanza, siguiendo el modelo de la vida de Jesús, siempre guiada por el Espíritu Santo: al « desierto » (Lc 4,1), a los « pobres » (Lc 4,18), a la « alegría » pascual en el Espíritu (Lc 10,21).&lt;br /&gt;99. La acción del espíritu maligno está acompañada de soberbia, autosuficiencia, tristeza, desánimo, en-vidia, confusión, odio, falsedad, desprecio de los demás, preferencias egoístas. Sobre todo cuando se añade el temperamento, la cultura y las cualidades naturales, es muy difícil, sin el consejo y acompa-ñamiento espiritual, poner luz en ciertos ambientes: estos campos necesitados de discernimiento son so-bre todo los del camino de la vocación (en las cir-cunstancias de la vida de cada día), de la contempla-ción, de la perfección, de la vida fraterna, de la mi-sión. Pero se dan situaciones personales y comunita-rias que exigen un discernimiento particular, como el cambio de estado de vida, las nuevas luces o mi-siones, los cambios estructurales, algunas debilida-des, los fenómenos extraordinarios, etc. &lt;br /&gt;100. Ya que el Espíritu « sopla donde quiere » (Jn 3,8), no se pueden dar normas o reglas rígidas sobre el discernimiento; pero los santos y los autores espi-rituales remiten a ciertas constantes o signos de la acción del Espíritu de amor, que actúa por encima de toda lógica.&lt;br /&gt;No se puede discernir bien una situación espiritual sin la paz en el corazón, que se manifiesta, como don del Espíritu Santo, cuando no se busca el propio interés o el prevalecer sobre los demás, sino el modo mejor de servir a Dios y a los hermanos. El consejo espiritual (en el contexto del discernimiento) actúa, pues, con la garantía de la libertad interior, no con-dicionada por preferencias personales ni por las mo-das del momento.&lt;br /&gt;Para realizar bien el discernimiento es necesario: oración, humildad, desapego de las preferencias, es-cucha, estudio de la vida y doctrina de los santos, conocimiento de los criterios de la Iglesia, examen atento de las propias inclinaciones interiores, dispo-nibilidad a cambiar, libertad de corazón. De esta forma se educa a una sana conciencia, o sea a la « caridad, que procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera » (1Tm 1,5).&lt;br /&gt;Cualidades del “director”&lt;br /&gt;101. En general se pide que el director tenga un gran espíritu de acogida y de escucha, con sentido de res-ponsabilidad y disponibilidad, con un tono de pater-nidad y de fraternidad, y de respetuosa amistad, siempre como servicio humilde de quien ofrece un consejo, evitando el autoritarismo, el personalismo y el paternalismo, además de la dependencia afectiva, la prisa y la pérdida de tiempo en cuestiones secun-darias, con la debida discreción y prudencia, sabien-do pedir consejo oportunamente a otros con las de-bidas cautelas, etc. Estas cualidades se integran con el don del consejo. No debe faltar una nota de sano “humor” que, si auténtico, es siempre respetuoso y contribuye a reducir a sus justas dimensiones mu-chos problemas artificiales y a vivir más serenamen-te.&lt;br /&gt;102. Para poder ejercer el don del consejo, se requie-re el conocimiento o ciencia (teórica y práctica) de la vida espiritual, su experiencia, el sentido de respon-sabilidad y la prudencia. La armonía entre estas cua-lidades fundamentales se expresa como cercanía, es-cucha, optimismo, esperanza, testimonio, coheren-cia, en infundir deseos de santidad, firmeza, clari-dad, verdad, comprensión, amplitud o pluralidad de perspectivas, adaptación, perseverancia en el proce-so o camino. &lt;br /&gt;Generalmente el director o consejero espiritual (ele-gido, propuesto, indicado) es uno sólo, con el fin de asegurar la continuidad. En la vida de algunos santos se puede observar una gran libertad en consultar a otros y en cambiar de director cuando se constata que es mejor para la vida espiritual. El eventual cambio de director ha de ser siempre posible y libre, cuando existen motivos válidos para un mayor cre-cimiento espiritual. &lt;br /&gt;103. El director debe conocer bien a la persona que ayuda, para buscar junto con ella los signos de la vo-luntad de Dios en el camino de santidad y en los momentos especiales de gracia. La diagnosis se cen-trará en la manera de ser, las cualidades y los defec-tos, el desarrollo de la vida espiritual personal, etc. La formación impartida corresponde al momento de gracia. El director no hace el camino, sino que lo si-gue, asistiendo a la persona en su realidad concreta. Quien guía las almas es el Espíritu Santo y el direc-tor debe favorecer su acción. &lt;br /&gt;Mantiene constantemente un respeto profundo por la conciencia de los fieles, creando una relación ade-cuada para que se dé una apertura espontánea y ac-tuando siempre con respeto y delicadeza. El ejerci-cio del poder de jurisdicción en la Iglesia debe res-petar siempre la reserva y el silencio del director es-piritual.&lt;br /&gt;104. La autoridad del director no se funda en la po-testad de jurisdicción, pero es la propia del consejo y de la orientación. No permite el paternalismo, aun-que a dicha autoridad se debe responder con una fi-delidad de base, típica de la docilidad filial. La acti-tud de humildad y confianza del director lo conduci-rá a rezar y a no desanimarse cuando no logra ver los frutos. &lt;br /&gt;105. En las instituciones de formación sacerdotal y de vida consagrada, como en algunas iniciativas apostólicas, precisamente para garantizar la forma-ción adecuada, se indican, habitualmente, algunos consejeros (directores, maestros) dejando amplio margen a la elección del director personal, en parti-cular cuando se trata de un problema de conciencia y de confesión.&lt;br /&gt;Cualidades de quien es objeto de dirección espiri-tual&lt;br /&gt;106. Por parte de quien es objeto de dirección espiri-tual debe existir apertura, sinceridad, autenticidad y coherencia, utilización de los medios de santifica-ción (liturgia, sacramentos, oración, sacrificio, exa-men…). La periodicidad de los coloquios depende de los momentos y de las situaciones, pues no existe una regla fija. Los momentos iniciales de la forma-ción exigen una periodicidad más frecuente y asidua. Es mejor que la consultación se haga espontánea-mente sin esperar a ser llamados.&lt;br /&gt;107. La libertad en la elección del director no dismi-nuye la actitud de respeto. Se acepta la ayuda con espíritu de fe. Se debe expresar con sobriedad, oral-mente o leyendo algo que se escribió antes, dando cuenta de la propia conciencia y de la situación en la que se encuentra respecto al proyecto de vida traza-do en vista de la dirección. Se pide consejo sobre las virtudes, los defectos, la vocación, la oración, la vida de familia, la vida fraterna, los propios deberes (es-pecialmente en el trabajo), el apostolado. La actitud de fondo es la de quien pregunta cómo agradar a Dios y ser más fiel a su voluntad. &lt;br /&gt;108. La autenticidad de la vida espiritual se eviden-cia en la armonía entre los consejos buscados y reci-bidos y la vida práctica coherente. El examen perso-nal es muy útil para la conciencia de sí, como la par-ticipación en retiros espirituales relacionados con la dirección espiritual.&lt;br /&gt;109. El cristiano debe actuar siempre con total liber-tad y responsabilidad. La función del director espiri-tual es ayudar a la persona a elegir y a decidir libre y responsablemente ante Dios lo que debe hacer, con madurez cristiana. La persona dirigida debe asumir libre y responsablemente el consejo espiritual, y si se equivoca no ha de descargar la responsabilidad en el director espiritual. &lt;br /&gt;Dirección espiritual del sacerdote&lt;br /&gt;110. El ministerio del sacerdote está vinculado a la dirección espiritual, pero también él tiene necesidad de aprender a recibir esta dirección para saberla im-partir mejor a los otros cuando se la piden.&lt;br /&gt;Cuando es el sacerdote quien recibe la dirección es-piritual, es necesario tener en cuenta el hecho de que su espiritualidad específica tiene como elemento central la « unidad de vida », basada en la caridad pastoral [92] . Esta « unidad de vida », según el Concilio, la realizan los presbíteros con sencillez, en su realidad concreta, « si, en el cumplimiento siguen el ejemplo de Cristo, cuya comida era hacer la vo-luntad de Aquel que lo envió para que llevara a cabo su obra » [93] . Son dones y carismas vividos en es-trecha relación de dependencia del propio obispo y en comunión con el presbiterio de la Iglesia particu-lar.&lt;br /&gt;111. Un proyecto personal de vida espiritual de sa-cerdote, además de la celebración cotidiana del Sa-crificio eucarístico y de la recitación cotidiana del Oficio Divino, se puede delinear así: dedicar cada día cierto tiempo a la meditación de la Palabra, a la lectura espiritual, reservar cotidianamente un mo-mento de visita o adoración eucarística, mantener periódicamente un encuentro fraterno con otros sa-cerdotes para ayudarse recíprocamente (reunirse pa-ra rezar, compartir, colaborar, preparar la homilía, etc.), poner en práctica y sostener las orientaciones del Obispo sobre el Presbiterio (proyecto de vida o directorio, formación permanente, pastoral sacerdo-tal…), recitar cotidianamente una oración mariana, que puede ser el santo Rosario, para la fidelidad a estos compromisos, hacer cada día el examen de conciencia general y particular [94] .&lt;br /&gt;112. En este ministerio o servicio de dirección espi-ritual, como en el ministerio de la reconciliación sa-cramental, el sacerdote representa a Cristo Buen Pastor, guía, maestro, hermano, padre, médico. Es un servicio íntimamente unido al ministerio de la predicación, de la dirección de la comunidad y del testimonio de vida. &lt;br /&gt;113. La acción ministerial está estrechamente unida al acompañamiento espiritual. « Por lo cual, atañe a los sacerdotes, en cuanto educadores en la fe, el pro-curar personalmente, o por medio de otros, que cada uno de los fieles sea conducido en el Espíritu Santo a cultivar su propia vocación según el Evangelio, a la caridad sincera y diligente y a la libertad con que Cristo nos liberó. De poco servirán las ceremonias, por hermosas que sean, o las asociaciones, aunque florecientes, si no se ordenan a formar a los hombres para que consigan la madurez cristiana. En su conse-cución les ayudarán los presbíteros para poder averi-guar qué hay que hacer o cuál es la voluntad de Dios en los mismos acontecimientos grandes o pequeños. Enséñese también a los cristianos a no vivir sólo pa-ra sí, sino que, según las exigencias de la nueva ley de la caridad, ponga cada uno al servicio del otro el don que recibió y cumplan así todos cristianamente su deber en la comunidad humana » [95] .&lt;br /&gt;114. Quien aprecia verdaderamente la dirección es-piritual, no sólo la recomienda en el propio ministe-rio, sino que la practica personalmente.&lt;br /&gt;Si no se pierde de vista el objetivo principal de la di-rección (discernimiento de la voluntad de Dios en todos los aspectos del camino de santidad y aposto-lado), se puede encontrar el modo de ofrecerla y re-cibirla habitualmente.&lt;br /&gt;115. La invitación a practicar la dirección espiritual ha de ser un capítulo importante y permanente de cualquier plan pastoral, que debe ser siempre y al mismo tiempo pastoral de la santificación y de la misión. Se puede formar a los fieles en este camino con la predicación, la catequesis, la confesión, la vi-da litúrgico-sacramental especialmente en la eucaris-tía, los grupos bíblicos y de oración, el mismo testi-monio del ministro que pide también consejo a su debido tiempo y en las circunstancias oportunas. De algunos de estos servicios o ministerios es lógico pa-sar al encuentro personal, a la invitación a la lectura espiritual, a los retiros espirituales, también éstos personalizados.&lt;br /&gt;116. La dirección espiritual como ministerio está vinculada con frecuencia a la confesión, donde el sa-cerdote actúa en nombre de Cristo y se muestra co-mo padre, amigo, médico y guía espiritual. Es servi-dor del perdón y orienta el camino de la contempla-ción y de la perfección, con respeto y fidelidad al magisterio y a la tradición espiritual de la Iglesia.&lt;br /&gt;La dirección espiritual en la vida consagrada&lt;br /&gt;117. Las personas consagradas, según sus diversas modalidades, siguen una vida de radicalismo evan-gélico y “apostólico”, añadiendo «una especial con-sagración» [96] , « mediante la profesión de los con-sejos evangélicos » [97] . En 
